<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606</id><updated>2011-09-14T07:54:10.114-07:00</updated><category term='Relato'/><category term='Reflexión'/><category term='idolatría'/><category term='Presentación'/><category term='Fútbol'/><category term='Charlas de Café'/><category term='Diálogos'/><category term='Monólogos'/><title type='text'>Selección Negra</title><subtitle type='html'>Selección personal y arbitraria de cuentos del gran Negro Fontanarrosa</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>25</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-761477681352505359</id><published>2008-09-25T10:53:00.000-07:00</published><updated>2008-09-25T10:55:13.476-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Fútbol'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='idolatría'/><title type='text'>Lo que se dice un ídolo</title><content type='html'>Pedrito se apioló tarde de cómo venía la mano. Porque él podía haber sido un ídolo, un ídolo popular, desde mucho tiempo antes. Lo que pasa que el Pedro, vos viste cómo es, un tipo que se pasa de correcto, de buen tipo.&lt;br /&gt;Decime vos, ocho años jugando en primera y no lo habían expulsado nunca. ¡Nunca, mi viejo, nunca! Ni una expulsión ni una tarjeta amarilla aunque sea. Y mirá que liga, eh. Porque siempre fue para adelante y lo estrolaban que daba gusto. Muy respetado por los rivales, por el referí, por todos, pero le pegaban cada guadañazo que ni te cuento. Y sin embargo, nunca reaccionó. Mirá que más de una vez se podía haber levantado y haberle puesto un castañazo al que le había hecho el ful, o a la vuelta siguiente encajarle un codazo, pero él... nada che. Una niña. Un duque el Pedro. Claro, ¿cómo no lo iban a querer? Los contrarios, los compañeros, todos. Pero... ¿querés que te diga? No sé si era cariño, cariño. Por ahí era respeto, más que nada. Respeto ¿viste? Porque mirá que yo lo conozco al Pedro y te digo que no es un tipo demasiado fácil para acercarse, para hablar, para... ¿cómo te digo?... para que se te franquee. ¿Viste? No es un tipo que va a venir y sin que vos le preguntés nada te va a contar de algún balurdo que tiene, algún fato afectivo... no, no es de esos. Es un tipo más bien reconcentrado que, a veces, para que te cuente qué le pasa, la puta, se lo tenés que preguntar mil veces, y eso que a mí me conoce mucho.&lt;br /&gt;Incluso yo a veces le decía: "No dejes que te peguen" porque me daba bronca ver cómo la ligaba y se quedaba muzarella. "No dejes que te peguen, Pedro" le decía. "Poneles una quema, meteles una buena plancha, a ver si así te van a entrar tan fuerte".&lt;br /&gt;Y me decía que no, que es muy jodido pegar siendo delantero. Sí, andá a decirle al Pepe Sasía eso, andá a decirle al cordobés Willington que no se puede pegar siendo delantero. O al negro Pelé, sin ir más lejos, que tiene el récord de tipos quebrados. Andá a decirle al Pepe Sasía que a los delanteros les es más difícil pegar. El Pepe te metía cada hostiazo que te arrancaba la sabiola. Le bajaba cada plancha a los fulbá que te la voglio dire. Pero al Pedro qué le iba a pedir eso. Si ni cuando se armaban las roscas grandes se metía. Cuando se armaban esos bolonquis de todos contra todos o esos entreveros con el referí en el medio, que son ¿sabe qué? pa repartir tupido, son una uva, él se quedaba a un costado, con los bracitos en la cintura, ni se acercaba. Y en esos entreveros no hay peligro ni de que te echen, ahí te meten esos puntines en los tobillos, o te tiran del pelo, te meten los dedos en los ojos o te african un cabezazo y vale todo. Nadie vio nada. Que siga la joda. Y no era que el Pedro no se metiera de cagón, ¿eh? Porque eso sí, de cagón nunca tuvo un carajo. Un tipo que se mete en el área como se mete el Pedro, oíme, a un tipo de esos ni en pedo lo podes catalogar de cagón.&lt;br /&gt;Pedro no se calentaba. Tenía eso. No se calentaba. No era un tipo que se podía calentar. Lo fajaban y se quedaba en el molde. Y la hinchada lo quería, sí, pero nada más. Cuando salía de los vestuarios después del partido, las palmaditas, "Bien Pedro", "Buena Pedrito". Pero ahí nomás. A veces algún cantito. O no lo puteaban demasiado cuando perdían. El Pedro siempre normal, en siete puntos, seis puntos, como diría el Flaco.&lt;br /&gt;¿Sabés cuál era la cagada del Pedro? Yo lo estuve pensando. Era muy lógico. Mirá vos, era muy lógico. Nunca decía algo fuera de la lógica. Todo era. digamos, criterioso. Pensado. Lógico, todo era lógico. Me acuerdo que íbamos a jugar contra Boca, en Buenos Aires, y le preguntan qué pensaba del partido. Y él contesta que lo más probable era que perdiéramos. Que con un empate estábamos hechos. ¡Por supuesto que lo más probable era que perdiéramos! Si lo más probable cuando salís de visitante es que te hagan el hoyo, y no en cancha de Boca, en cualquiera.&lt;br /&gt;Pero, viejo, qué sé yo, agrandate, decí: "les vamos a romper el culo", "les vamos a hacer tricota", qué sé yo. No te digo siempre, pero alguna vez andá en ganador. No, el Pedro siempre con la justa: "La verdad que nos van a ganar". "Si sacamos un empate estamos hechos". "La lógica es que nos rompan el orto".&lt;br /&gt;Claro, desde un punto de vista razonable, todo lo que él declaraba era cierto. No se le podía discutir. O cuando se perdía. Era lo mismo que cuando lo fajaban. Siempre estaba de acuerdo con el resultado. "Nos ganaron bien", "jugando así nosotros, era lógico que nos ganaran", "nos tendrían que haber hecho más goles". Nunca se enojaba. Era como cuando lo fajaban los defensores. Se la bancaba siempre. Nunca ibas a leer declaraciones de que les habían afanado el partido, que los habían cagado a patadas, que les habían cobrado un gol en offside. Nunca. ¡Te imaginás! Fue premio a la caballerosidad deportiva como mil veces.&lt;br /&gt;Y cuando se armó la primera vez este fato con la mina ésa, también. Porque tampoco el Pedro era un tipo que le podías buscar una fulería en su vida privada.&lt;br /&gt;Padres macanudos, ningún problema con los viejos, y la Isabel, la noviecita de toda la vida. Y pará de contar. Ni jodas, ni calavereadas, ni un chancletazo por ahí. Nada. Fue cuando le inventaron el fato ese con la Mirna Clay, la cabaretera esa. ¡Mirá vos! Justamente a Pedro venirle a inventar que se encamaba con esa mina. Al Pedro, que la Isabelita lo tenía más marcado que los fulbás contrarios. Y además, ni falta hacía marcarlo, porque para eso era un nabo. Pero vos viste que hay periodistas que ya no saben qué carajo inventar y armaron todo el verso ese de que el Pedro andaba con la Mirna Clay. ¡El quilombo que se armó! ¡Para qué! El Pedro, ahí sí, fue a la revista, chilló, tiró la bronca y los ñatos de la revista pegaron marcha atrás y desmintieron todo. Que habían sido rumores, que eran todas mulas, en fin. La cosa que el Pedro se quedó tranquilo. Y fijate que ahí yo estuve a punto pero a punto de decirle algo, pero me callé la boca.&lt;br /&gt;Dijo: "callate Negro, que por ahí la embarrás" y me callé bien la boca. Yo los conozco mucho a los viejos, a la Isabelita, ¿sabés? y preferí quedarme en el molde.&lt;br /&gt;Pero mirá vos, para el tiempo, y esta otra revista empieza con la misma milonga. Con otra mina pero con la misma milonga. Ahora con la loca ésta, la Ivonne Babette, pero con el mismo verso. Que los habían visto juntos, que parecía que el Pedrito se la movía, que qué sé yo. Para colmo la mina ésta que debe ser más rápida... una luz la mina... agarró el bochín y empezó con que estaban perdidamente enamorados, que Pedro era el único amor de su vida, en fin. Se ve que armaron el estofado a partir de esa foto que salió cuando el equipo tenía que viajar a Perú y les sacaron una foto en el aeropuerto cuando justo estaba la reventada ésta que también viajaba en el mismo avión.&lt;br /&gt;Para colmo la mina sale al lado de Pedro. Eran como mil en la delegación pero dio la puta casualidad que esta mina sale junto al Pedro. Y se ve que ahí armaron el estofado. Que a la mina le viene macanudo, mirá qué novedad.&lt;br /&gt;Y ahí sí, lo agarré al Pedro y le dije: "Pedrito no hagás declaraciones. No digás ni desmientas nada. Quédate chanta, haceme caso". Lo corrí un poco con el verso de que él no podía prestarse a ese escándalo, que él tenía que mantenerse por sobre toda esa suciedad, que no tenía que prestarse siquiera a hablar del asunto. Que ya bastante se había ensuciado antes con el balurdo anterior con la Mirna Clay. Y el Pedro me hizo caso. Lo llamaban de los diarios y él decía que no iba a hablar del asunto. Que no insistieran. Y los periodistas, que son lerdos también, se agarraron de eso que "el que calla, otorga". Y dieron el caso como comprobado. Hasta diarios más serios hablaron del caso del Pedro con esta mina. Y la mina ¡para qué te cuento! inventó cualquier boludez para darle manija al asunto. Cuando el Pedro quiso parar la cosa, ya era demasiado grande y tuvo que quedarse en el molde.&lt;br /&gt;Eso habrá durado un par de semanas. La Isabelita se enojó con el Pedro y casi lo manda a la mierda, los diarios dijeron que esa pelea confirmaba el enganche del Pedro con la Babette ésta, en fin, un quilombo impresionante.&lt;br /&gt;Al domingo siguiente, tenían que jugar en Buenos Aires un partido chivo contra Vélez. Y al Pedro lo marca Carpani, un hijo de mil putas que le pega hasta a la madre y este Carpani lo empieza a cargar. Le decía: " ¡Qué mierda te vas a voltear vos a esa mina, si vos en tu vida te volteaste ninguna!", "ya que sos tan macho animate a entrar al área que te voy a romper la gamba en cuatro pedazos", esas cosas. Y le tocaba el culo. Al final el Pedro, mirá como estaría, le pegó semejante roscazo que le arruinó la jeta. Le puso una quema en medio de la trucha que lo sentó de culo en el punto del penal. ¡Te imaginás lo que fue eso! Que al terrible Carpani, el choma que se comía los pibes crudos, el patrón del área, le pusieran semejante hostia en la propia cancha de Vélez, en el Fortín de Villa Luro. Lo tuvieron que sacar en camilla porque quedó boludo como media hora. Y a Pedro, más bien, tarjeta roja y a los vestuarios. Por primera vez en la vida. Pero después me contaba, los de Vélez lo miraban pasar para las duchas y no le decían nada, lo miraban nomás. Hasta hubo uno que le dio la mano.Le dieron pocos partidos. Y volvió en cancha nuestra, contra la lepra. Y ahí se confirmó mi teoría. Era un mundo de gente. Muchos habían ido por el partido, pero muchos habían ido para verlo al Pedro. ¡Y cuando entró... se venía abajo la tribuna, mi viejo! "Y coja, y coja, y coja Pedro, coja" cantaban los negros. Era una locura. "Y pegue, y pegue, y pegue Pedro, pegue". Como será que hasta el Pedro se emocionó y se apartó de los muchachos para saludar a la hinchada con los dos brazos en alto. Una locura. Ahí empezó a ser ídolo. Ahí empezó. Aunque no me lo reconozca porque nunca volvió a darme demasiada bola. Pero no podés ser ídolo si sos demasiado perfecto, viejo. Si no tenés ninguna fulería, si no te han cazado en ningún renuncio... ¿Cómo mierda la gente se va a sentir identificada con vos? ¿Qué tenés en común con los monos de la tribuna? No, mi viejo. Decí que el Pedrito se apioló tarde de cómo viene la mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De "&lt;em&gt;El mundo ha vivido equivocado y otros cuentos&lt;/em&gt;" y de " &lt;em&gt;Puro fútbol&lt;/em&gt;"&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-761477681352505359?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/761477681352505359/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=761477681352505359' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/761477681352505359'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/761477681352505359'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/09/lo-que-se-dice-un-dolo.html' title='Lo que se dice un ídolo'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-316130994592553080</id><published>2008-08-14T10:57:00.000-07:00</published><updated>2008-08-14T10:58:37.936-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Charlas de Café'/><title type='text'>La mesa de Los Galanes</title><content type='html'>Al Francés lo volvieron a ver en la vereda de en&amp;shy;frente de El Cairo, la tarde en que Ricardo le estaba contando al Zorro sobre el día aquel en que Moreyra corrió a los putos del baño con el trapo rejilla.&lt;br /&gt;—Hace mucho que no aparecía ese naipe —inte&amp;shy;rrumpió su relato Ricardo, estudiando la figura del Francés que estaba conversando animadamente con otro tipo, justo en la esquina del Banco Italiano—. Andaba desaparecido.&lt;br /&gt;—Dejalo —se desinteresó el Zorro mientras se mordisqueaba una uña—. ¿Y, che? —apuró después, pegándole una palmadita a Ricardo en el brazo—. ¿Cómo fue lo del Negro con los trolos?&lt;br /&gt;—No —insistió Ricardo— Porque antes caía tupido por acá.&lt;br /&gt;—Dejalo, boludo. No le hagas fiestas que por ahí se viene. Contame lo de los trolos.&lt;br /&gt;—Venía siempre.&lt;br /&gt;—Ya sé, gil. Si yo también venía. ¿O no venía yo?&lt;br /&gt;—Claro, antes de que te fueras a Buenos Aires.&lt;br /&gt;—¿Para qué lo querés? —murmuró despectivo el Zorro, y volvió a palmearlo a Ricardo en el brazo—. Contame la del Negro que ésa es mundial.&lt;br /&gt;Estaban los dos sentados en la Mesa de los Ga&amp;shy;lanes pero un poco antes de la hora habitual de la tertulia (las siete, las siete y media de la tarde) los dos dando la espalda a los baños, del mismo lado de la mesa, mirando hacia calle Sarmiento. Una muy buena ubicación para tener controlada la entrada de la ochava, aunque el Zorro quedaba medio tapado por la columna que estaba a su derecha. La columna donde se había colgado la foto enmarcada de la visi&amp;shy;ta del Nano Serrat, foto tras la cual (hasta hacía al&amp;shy;gún tiempo) había estado oculto el Pequeño Larousse Ilustrado que trajera Malena después de la seve&amp;shy;ra discusión armada una noche en derredor del sig&amp;shy;nificado de la palabra "frontispicio".&lt;br /&gt;—¿Vos no estabas, boludo? —retomó Ricardo—. ¿O ya te habías ido para esa época?&lt;br /&gt;—Ya me había ido —siguió mordisqueándose una cutícula el Zorro.&lt;br /&gt;—Uy, yo creí que ya la sabías. Te acordás que el baño era una convención de putos...&lt;br /&gt;El Zorro se encogió de hombros, enarcando las cejas, en una muda afirmación de su conocimiento del tema.&lt;br /&gt;—Había horas en que no se podía ir. Horas pico —recordó Ricardo—. En cualquier momento te ma&amp;shy;noteaban el ganso...&lt;br /&gt;—O había tipos con los lienzos bajados hasta los tobillos. Con el culo al aire... ¡Para mear! ¡Oíme!&lt;br /&gt;—Por eso mismo, por eso mismo... Y un día el Ne&amp;shy;gro Moreyra se calentó, se ve que vino alguno a pro&amp;shy;testarle y el Negro se calentó y entro en el baño a los gritos: "¡Fuera degenerados, que vienen criaturas acá!". Y entró a darles chicotazos con el trapo rejilla...&lt;br /&gt;—¡No me jodás! —se rió el Zorro.&lt;br /&gt;—Meta chicotazos en el culo. Húmedo el trapo rejilla ¿viste?&lt;br /&gt;—El Negro es un sueño. El Negro es maravillo&amp;shy;so, es para llevárselo a la casa.&lt;br /&gt;—¡La desbandada de los trolos! —Ricardo se sacudía de la risa. ¡Piraron todos para la calle!&lt;br /&gt;Se rieron un rato más. Ricardo volvió a estudiar al Francés, que seguía en la vereda de enfrente ha&amp;shy;blando con un señor bastante más grande que él.&lt;br /&gt;—¿Sigue hablando pelotudeces aquél? —refle&amp;shy;xionó, en voz alta—. Siempre bien vestido. Buenas pilchas.&lt;br /&gt;—¿Sigue en playboy, che? —preguntó el Zorro— ¿Sigue en lindo?&lt;br /&gt;Ricardo frunció la nariz y tardó en contestar, cavilando.&lt;br /&gt;—No sé... —dijo al fin—. Hace bastante que no lo veo. Andaba medio perdido, te digo. Antes lo solía ver más a menudo en lo del Pitu, en "Barcelona". O siempre caía por aquí con alguna minita.&lt;br /&gt;—Coge para la tribuna, hermano —El Zorro reto&amp;shy;mó el tono despectivo.&lt;br /&gt;—Ah, eso sí. Coge para los muchachos.&lt;br /&gt;—Siempre te traía alguna minita para mostrár&amp;shy;tela, para que la vieran ¿eh? ¿Es así o no es así? La vareaba. Te la mostraba.&lt;br /&gt;—En una de ésas, hasta por ahí te la ofrecía...&lt;br /&gt;—¡Sí, sí! — enfatizó el Zorro—. Te la presentaba y después te decía: "En una de ésas, en un tiempito, te la enganchás vos"...&lt;br /&gt;—Te abría una puerta, generoso...&lt;br /&gt;—Te enseñaba el know how... ¿eh? ¿eh? El know how te enseñaba...&lt;br /&gt;—Pero, ojo... —reivindicó, Ricardo—. Que el hombre ha enganchado sus buenas lobas, eh, no nos olvidemos de eso. Te cuento que la ha puesto donde no la pusieron muchos...&lt;br /&gt;—Puede ser, puede ser...&lt;br /&gt;—Cuando se volteó a la Graciela, me acuerdo que el Turco le decía "Francés, vení que te beso la verga"... No.. Hay que reconocerle sus méritos al hombre...&lt;br /&gt;—Para la tribuna, Ricardo...&lt;br /&gt;—Es que tiene su pinta, Zorro, decí la verdad. El Francés tiene su pintita, es agradable —porque no es un burro— es agradable, tiene su auto...&lt;br /&gt;—Ya está medio achacado, Ricardo ¿Cuántos años tendrá el Francés?&lt;br /&gt;Ricardo miró al Francés, que ya se estaba despi&amp;shy;diendo, a través de las ventanas que dan a Santa Fe, estudiándolo.&lt;br /&gt;—Y... tendrá 45, 46...&lt;br /&gt;—¡Más Ricardo! ¿O te creés que nosotros solos cum&amp;shy;plimos años? El Francés debe estar casi por los 51, 52...&lt;br /&gt;—No creo. Pero miralo... Está bien el hijo de puta. Además, siempre bronceado, no se le han vola&amp;shy;do demasiado las chapas... Yo te digo, es verdad que, de última, lo he visto poco, y las dos o tres veces que lo he visto en Barcelona, lo he visto solo, solari esta&amp;shy;ba, pero el hombre tiene su chapa. Y con las minas, gana, gana tupido. Porque no es mal tipo, porque es educado con ellas....&lt;br /&gt;—No sabe hacer la "O" ni con el culo de un vaso.&lt;br /&gt;—No es un pensador, de acuerdo... No es un Marcuse... pero....&lt;br /&gt;—Y está al pedo, querido. Ha estado siempre al reverendísimo pedo —casi estalló el Zorro—. Y eso es fundamental. Para las minas tenés que tener tiempo, hermano. Podés tener un coche, un depto, una lancha, una casa en la isla, pero si no tenés tiempo cagaste, hermano.&lt;br /&gt;—Eso es verdad.&lt;br /&gt;—Y este tipo no ha laburado en su puta vida.&lt;br /&gt;—Creo que manejaba una fábrica del padre, al&amp;shy;go así.&lt;br /&gt;—Pero de taquito la manejaba, Ricardo. Nunca hizo un sorete, hermano. Se la pasaba en el Augustus tomando copetines. Lo he visto yo.&lt;br /&gt;—Ahora trabaja. Ahora alguien me dijo que, desde que se le murió el viejo, se ha tenido que poner más en serio.&lt;br /&gt;—Será una exigencia del Fondo Monetario Internacional, Ricardo —se rió el Zorro—. Le dijeron al Presi, "Les abrimos las líneas de crédito si labura el Francés". Eso habrá sido. Hay que tener tiempo para dedicarse full time a las minas, Ricardito ¿O no? ¿O no?&lt;br /&gt;—Vos de envidia.&lt;br /&gt;El Zorro frunció la frente, honesto.&lt;br /&gt;—Puede ser, puede ser. Se ha cogido algunas minas que hacían mucho ruido, lo reconozco.&lt;br /&gt;—La Flaca Viviana ¿te acordás? Ésa que era modelo de Canal 3...&lt;br /&gt;Ricardo miró para afuera.&lt;br /&gt;—Ahí viene —anunció. El Francés cruzaba la calle entrecerrando los ojos, escrutando si adentro del boliche los muchachos estaban en la mesa de siempre.&lt;br /&gt;—Miralo —dijo el Zorro—. No ve un carajo ¿No te digo? Está achacado. Dentro de dos meses lo vemos con un bastón blanco. No va a poder cruzar solo —y se puso de pie—. Me voy.&lt;br /&gt;—Vos de envidia, Zorro ¿Te vas? Quédate boludo.&lt;br /&gt;—No, no me lo banco. Que te cuente a vos a qué mina se cogió esta semana. Yo me voy.&lt;br /&gt;Sin embargo, el Francés ya entraba por la puer&amp;shy;ta de la esquina y se dirigía directamente hacia la mesa, radiante, sonriente, con un traje liviano clarito, camisa a rayitas y corbata al tono. El Zorro no pudo menos que esperarlo, cambiar un par de salu&amp;shy;dos de rigor, decirle que lo encontraba muy bien, preguntarle si había hecho un pacto con el Diablo y luego irse por la puerta que da a Santa Fe.&lt;br /&gt;—Te dejo la silla —le dijo de última, como justi&amp;shy;ficando su huída, aunque había más de cinco sillas libres. El Francés se sentó frente a Ricardo, no sin antes, prolijo, levantarse levemente los pantalones sobre los muslos, cosa de no arrugarlos demasiado. También hubo otro intercambio mínimo de saluta&amp;shy;ción y un recorrido rápido de la vista del Francés por el recinto, como para comprobar que todo seguía igual pese a su ausencia. Estaba sentado casi en la punta de su silla, la silla un tanto alejada de la mesa, acodado en el nerolite y sin soltar de su mano izquierda un par de carpetas y una agenda. Recién cuando le informó a Ricardo, "Mirá, quería hacerte una pregunta", acercó la silla y se acomodó bien de frente a él, como para quedarse. En ese mismo momento, y al igual que en las comedias livianas del teatro de entretenimiento —casi simultáneamente con la salida del Zorro por Santa Fe—, entraba el Pitufo por la puerta de la esquina. El Pitufo venía con ganas de joder y se sentó en la silla en que había estado el Zorro. Se alegró de ver al Francés pero era notorio que su intención era hincharle las bolas.&lt;br /&gt;—¿Qué haces, Francés? —le dijo—. ¿Es cierto que te hiciste puto?&lt;br /&gt;El Francés se rió.&lt;br /&gt;—Algo de eso hay, Pitu —afirmó con la cabeza, siguiéndole el juego.&lt;br /&gt;—Que te habías hecho trolo... —continuó el Pitu lentificando el ritmo de sus palabras, irónicamente serio—... que ya no se te paraba... no sé... Bah, son cosas que dicen los muchachos...&lt;br /&gt;—Y... —explicó el Francés, más previsible, de buen grado pero con menos manejo del humor—. Hay que probar de todo en la vida.&lt;br /&gt;—Que andabas de novio con un muchacho.&lt;br /&gt;—Estoy buscando nuevas experiencias, ¿viste?&lt;br /&gt;—Que te habían visto tirándole la goma a un tipo en el Parque Urquiza...&lt;br /&gt;El Francés se rió y, volviendo a Ricardo, dio por terminado el momento de la joda.&lt;br /&gt;—Oíme Ricardo —dijo—. ¿Vos no sabes quién es el fotógrafo de la revista de Cablemundo?&lt;br /&gt;Ricardo sacó la mandíbula inferior hacia adelan&amp;shy;te, en signo de ignorancia.&lt;br /&gt;—¿De Cablemundo?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—Ni idea. No. No sé... ¿Qué? ¿Tiene una revista Cablemundo?&lt;br /&gt;—Sí. Tiene una de esas revistas de la farándula —asesoró el Francés—. Que saca un montón de pelotudeces. Fotos de la noche rosarina, los boliches, esas cosas...&lt;br /&gt;—Sí —corroboró el Pitufo—. A mi boliche vinie&amp;shy;ron. A sacar fotos.&lt;br /&gt;—De esas fotos que ponen —siguió el Francés—. "Menganito, Fulanito y Perenganito en la Taberna del Parque" por ejemplo.&lt;br /&gt;—Ah —se enteró Ricardo—. Pero no sé quién es el fotógrafo, Francés. Deberías preguntarle a Carrión.&lt;br /&gt;—¿A qué Carrión? ¿El Negro, el fotógrafo?&lt;br /&gt;—Sí. Él debe saber. Acá se conocen todos.&lt;br /&gt;—¿No sabés dónde lo puedo conseguir a Carrión? —el Francés aparecía ahora inopinadamente se&amp;shy;rio.&lt;br /&gt;—¿Para qué querés un fotógrafo de esa revista, Francés? —el Pitufo se estiró hacia adelante en la mesa y quedó casi con el mentón sobre el nerolite—. A vos te convendría salir ahí, en una de ésas. Para hacerte un poco de promoción. Dicen los muchachos que en los últimos tiempos no cazas una mina ni de casualidad.&lt;br /&gt;—Sí. Seguro —contestó el Francés, serio, sin dar a entender si continuaba con la broma, aproba&amp;shy;ba o la rechazaba de plano—¿Carrión viene por acá?&lt;br /&gt;—Suele venir. Suele venir—dijo Ricardo—. Pero no viene siempre, no te puedo asegurar.&lt;br /&gt;El Francés buscó en un bolsillo interior del saco, sacó una billetera, de la billetera tomó una tarjeta y se la dio a Ricardo.&lt;br /&gt;—Mirá, te dejo mi tarjeta. Ahí está mi fono. Si lo ves a Carrión decile por favor que me llame. El debe saber quién es el fotógrafo de la revista— Ricardo asintió con la cabeza—. Que me llame urgente.&lt;br /&gt;Ricardo y el Pitufo miraron al Francés.&lt;br /&gt;—¿Es algo jodido? —se atrevió Ricardo.&lt;br /&gt;—No. No —vaciló el Francés—. Un laburo que necesito darle.&lt;br /&gt;—¿Para qué querés un fotógrafo, Francés? — retomó su tono zumbón el Pitu—. ¿Para sacarte una foto porno? ¿O te agarraron en un renuncio fulero? Decime... ¿Te agarraron sentándote en el pelado? Decime... ¿Te plancharon la escarapela?&lt;br /&gt;—Hablando de fotos porno —se sonrió el Fran&amp;shy;cés, como aprovechando lo dicho por el Pitu para cambiar el rumbo de la charla—. El otro día, me voy con una mina al mueble...&lt;br /&gt;El Pitufo se revolvió en su asiento y pareció acer&amp;shy;car aun más su cara hacia el Francés.&lt;br /&gt;—Contá, contá —alentó—. Contá que me encan&amp;shy;tan esas cosas ¿Quién era la mina?&lt;br /&gt;—Una mina —el Francés espantó una imagina&amp;shy;ria mosca con su mano izquierda, amparándose en una discreción quizás real—. Me voy con una mina al mueble...&lt;br /&gt;—Tenés que contarnos esas cosas —lo reprendió, también irónico, Ricardo—. Acá los muchachos vivi&amp;shy;mos de tus hazañas. A nosotros las minas ya no nos dan más bola. Nosotros ya fuimos, Francés.&lt;br /&gt;—Una mina a la que reencontré después de como diez años —siguió el Francés—. O sea que era como si fuera una mina nueva ¿Viste? Habíamos tenido nuestros tiroteos en otro tiempo, pero hacía mucho. Entonces, íbamos en auto para el mueble, pero en un plan muy ¿cómo decirte? muy civilizado. Pura charla, pura conversación...&lt;br /&gt;—Nada de manoteos —aportó Ricardo.&lt;br /&gt;—Ningún chupón en los semáforos —completó el Pitu.&lt;br /&gt;—Nada. Nada. Como si fuéramos a hacer un trá&amp;shy;mite judicial, a pedir un crédito a un banco. Una cosa así. Hasta te diría que uno está como tímido en esos trances. Bueno. Digamos que hasta que llega&amp;shy;mos al mueble yo no le había tocado un pelo a la mina ni ella a mí. Había una especie de respeto mutuo, digamos. Una cosa elegante. Cuando ya vamos a entrar a la pieza, viene el punto ése que te cobra la habitación, le pago y yo no me doy cuenta pero el tipo, antes de irse, enciende el aparato de televisión...&lt;br /&gt;—De esos telos con video.&lt;br /&gt;—De ésos. Bueno... —el Francés se apretó los ojos con la punta de los dedos como queriendo hun&amp;shy;dirse las órbitas dentro del cráneo. —Mirá... Cuando entramos, en la televisión una mina se estaba chu&amp;shy;pando una poronga... —el Francés observó la super&amp;shy;ficie de la mesa, miró las sillas, con el ceño fruncido, como buscando algo—. Mirá no te miento —midió con las manos abiertas el ancho de la mesa—. Más o menos de este tamaño. De este tamaño, te juro. Unos 50 centímetros, no te miento....&lt;br /&gt;—Ehhh... —se asombró Ricardo—. No puede ser ¿No sería una porno de Spielberg? Eso no es posible. Esos son efectos especiales.&lt;br /&gt;—Son trucos. Ahora se hace cualquier cosa con la fibra de vidrio —dijo el Pitufo.&lt;br /&gt;—Una cosa increíble —el Francés se comenzó a reír—. ¡Te imaginás, yo! Y la mina. Después de tanta consideración del uno hacia el otro, de tanto respe&amp;shy;to... Entrás y te encontrás con una cosa así...&lt;br /&gt;—Además —opinó Ricardo—. Las comparacio&amp;shy;nes. Ahí cagaste. Porque después, cuando uno se baja los lienzos ahí la mina empieza a comparar y vos perdés como en la guerra.&lt;br /&gt;—Se te cagan de risa en la cara —se rió el Pitu&amp;shy;fo.&lt;br /&gt;—Llaman por teléfono al conserje para pedir al de la película —siguió Ricardo.&lt;br /&gt;—Pero te digo —adoptó un tono suficiente el Francés— que, al final, es mejor. Porque las minas se hacen las que se escandalizan pero esas películas las vuelven locas...&lt;br /&gt;—Che —presionó el Pitufo—. Contá ¿quién era la mina?&lt;br /&gt;—Vos no la conocés —dijo el Francés, guiñándo&amp;shy;le un ojo a Ricardo— ¿Te vas a acordar, Ricardo, de decirle eso a Carrión?&lt;br /&gt;—Le digo, le digo.&lt;br /&gt;—Es importante ¿sabés? —El Francés tomó sus carpetas y la agenda como para levantarse. Lo detu&amp;shy;vo nuevamente la requisitoria del Pitufo.&lt;br /&gt;—Para, Francés. Ahora en serio, fuera de joda — el Pitu había adoptado un rostro de severidad, aun&amp;shy;que Ricardo detectó que su afán de acicatearlo al Francés continuaba intacto—. Lo que yo te decía antes, eso de que se comentaba de que te habías vuelto marica y todo eso, era en joda.&lt;br /&gt;—No me había dado cuenta —mintió el Francés mirándolo con atención.&lt;br /&gt;—Pero ahora de veras. No te veo más con mi&amp;shy;nas, pelotudo ¿Qué pasa? ¿Te retiraste de la activi&amp;shy;dad? ¿Tenés más trabajo? ¿Las minas están muy ca&amp;shy;gadas con el asunto del Sida? ¿Qué pasa?&lt;br /&gt;Una sombra de molestia atravesó la cara del Francés.&lt;br /&gt;—Me muestro menos, Pitufo. Eso es todo.&lt;br /&gt;—Fuera de joda, Francés. Vos sabés que acá en Rosario todo trasciende. Y me dijeron que se te ve mucho solo. Que te patearon un par de minas...&lt;br /&gt;—¿Quién me pateó? —se enojó el Francés.&lt;br /&gt;—Me dijeron que la Marisa. Que después la Ne&amp;shy;gra Fraquea te paró la chata... —esto último lo dijo el Pitufo en un hilo de voz, como con temor a decir&amp;shy;lo.&lt;br /&gt;—Se habla mucho al pedo, Pitufo.&lt;br /&gt;—Vos perdóname si te lo pregunto. Pero es un poco el comentario de los muchachos, de la noche — agregó compungido el Pitufo. Ricardo lo miraba con los labios apretados, seguro de que el Pitufo estaba disfrutando intensamente el momento.&lt;br /&gt;—Se habla mucho al pedo —repitió el Francés, como si no tuviera demasiados argumentos—. Lo de Marisa ya te lo voy a contar bien algún día, cuando tenga más tiempo. En cuanto a lo de la Negra Fra&amp;shy;quea...&lt;br /&gt;—Yo pensaba que tal vez, cuando se llega a cier&amp;shy;ta edad....&lt;br /&gt;El Francés bufó y se revolvió en el asiento, ner&amp;shy;vioso. Se hizo un momento de silencio y pareció que la cosa iba a quedar así. Pero el Francés se inclinó hacia adelante, entrecerró los ojos y clavó la mirada en el Pitufo.&lt;br /&gt;—¿Querés que te cuente por qué ando buscando a este fotógrafo? —le dijo adoptando un tono de voz confidencial.&lt;br /&gt;—Contame. Contame.&lt;br /&gt;Ricardo también se aprestó a escuchar.&lt;br /&gt;—Porque me escrachó con una mina con la que yo no tenía que ser visto. Por eso lo ando buscando. Y eso fue antes de anoche.&lt;br /&gt;—¿Cómo te escrachó?&lt;br /&gt;—Yo estaba en un boliche. Un boliche medio de trampa que está allá por Alem al fondo. Tomando un trago con una mina. Y no me di cuenta de que al la&amp;shy;do mío, adelante, habían otra mina con algunas pendejas y algunos pendejos, muy chetos todos. Y era temprano, serían las once de la noche, las doce. Y en eso veo un relampagueo, un flashazo, de una foto. Primero no le di pelota pero después, calculando, me di cuenta de que desde el lugar donde estaba parado el fotógrafo la mesa mía también había salido. Y que yo y la mina estábamos ahí en la foto, seguro. Segu&amp;shy;ro. En un segundo plano, pero estábamos. Cuando me di cuenta salí a buscar al fotógrafo pero ya se ha&amp;shy;bía ido. Le pregunté al pibe dueño del boliche y me dijo que era un fotógrafo de la revista de Cablemundo. Hablé a Cablemundo y no supieron decirme. Em&amp;shy;pecé a buscarlo por todos lados...&lt;br /&gt;—Pero Francés —titubeó el Pitufo—. ¿Y a vos qué te calienta salir en una foto? ¿Estás casado, vos?&lt;br /&gt;—No, boludo. Pero la mina sí.&lt;br /&gt;—Ah. El problema es la mina.&lt;br /&gt;—No solo la mina, Ricardo —se puso grave, el Francés—. El marido de la mina. El marido de la mina. Es un pesado de aquellos. Estaba mezclado en el sindicalismo. Imaginate que salga la foto publica&amp;shy;da en la revista. Que aparezca la foto con "Fulanito y el Pendorcho García en el boliche tal, con Susanita y Menganita". Y atrás, en la penumbra, esta mina y yo de bruto atraque tomando una copa. Este tipo me caga a balazos.&lt;br /&gt;—Es jodida la mano —acordó Ricardo.&lt;br /&gt;—Aparte —retomó cierto aire ufano el Fran&amp;shy;cés—. Ese tipo me la tiene jurada porque yo ya un par de veces le afané alguna novia. Ya me dijo que me iba a matar. Y a esta mina de ahora, que es su esposa legal, la marca bien de cerca porque es una potra de novela.&lt;br /&gt;—Ah...Es así la cosa —musitó el Pitufo, algo apabullado. Se hizo un silencio. El Francés se puso de pie.&lt;br /&gt;—Si viene el Negro Carrión —advirtió, por últi&amp;shy;ma vez—. Decile que me busque, que necesito saber quién es ese fotógrafo. Que le compro la foto. El ne&amp;shy;gativo le compro. Pero, oíme... que no comente mu&amp;shy;cho el asunto —la advertencia destinada al Negro Carrión iba, implícitamente, para el Pitufo y Ricar&amp;shy;do.&lt;br /&gt;El Francés se fue. Dos minutos después, como repitiendo el fácil recurso de las comedias de enre&amp;shy;dos, apareció Carrión con su pesado bolso del equipo fotográfico a cuestas. Pitufo no pudo menos que reír&amp;shy;se.&lt;br /&gt;—Esto parece esas obras de títeres —apuntó— donde aparece un policía y le pregunta a los chicos "¿Hacia dónde fue el ladrón, chicos?"&lt;br /&gt;—Y todos gritan "¡Para allá! ¡Para allá!" —com&amp;shy;pletó Ricardo, mientras Carrión se sentaba.&lt;br /&gt;—Entonces el policía se va por un costadito del teatro —siguió el Pitufo, conocedor— y por el otro, enseguida, entra el ladrón...&lt;br /&gt;—¿Qué pasa, che? — preguntó Carrión, diverti&amp;shy;do.&lt;br /&gt;Pitufo y Ricardo le contaron. Un poco a borbotones, un poco desordenadamente, pero lo impusieron del problema.&lt;br /&gt;—Soy yo el fotógrafo de Cablemundo —subrayó Carrión finalmente.&lt;br /&gt;—¿Sos vos? —El Pitufo se tiró hacia atrás en su silla, a las carcajadas.&lt;br /&gt;—Entonces... ¿Tenés la foto? —Ricardo no podía con su ansiedad.&lt;br /&gt;—Si se la saqué, debo tenerla —Carrión levantó el bolso que habían dejado en el suelo y lo puso en una silla libre al lado suyo—. Pero yo no me acuerdo de este tipo, el Francés.&lt;br /&gt;—Uno alto, boludo —lo retó el Pitufo—. Medio rubio, siempre bien vestido, que venía hace mucho.&lt;br /&gt;Carrión lo miró desconcertado.&lt;br /&gt;—No me acuerdo —dijo después. Y sacó un so&amp;shy;bre de papel manila del bolso—. Acá tengo las fotos.&lt;br /&gt;—Mostrámelas que nosotros te decimos quién es —apuró Ricardo.&lt;br /&gt;—Pásalas, pásalas —el Pitufo, excitadísimo, prácticamente saltaba sobre su asiento. Fueron pa&amp;shy;sando las fotos de mano en mano, ansiosamente. Ca&amp;shy;rrión, de tanto en tanto, les deslizaba el nombre del lugar en el que habían sido tomadas.&lt;br /&gt;—Hay boliches donde suele estar muy oscuro — advirtió—. Y a veces el flash no alcanza para las me&amp;shy;sas de más atrás. Por ahí este tipo piensa que yo lo escraché y no salió absolutamente nada.&lt;br /&gt;Las fotos eran una cantidad considerable y tar&amp;shy;daron bastante en pasarlas. Restaban solo dos o tres y, ante las puteadas del Pitufo, el Francés no apare&amp;shy;cía en ninguna.&lt;br /&gt;—¡Aquí está! —estallaron Ricardo y el Pitufo, de pronto y al unísono—. ¡Aquí está el hijo de puta, aquí está!&lt;br /&gt;Carrión torció su cuerpo como una víbora sobre la mesa, para ver la foto.&lt;br /&gt;—Ah sí. Eso era en "La Bordalesa" —detalló, profesional—. A ver, déjame verlo al punto. A ver si lo conozco.&lt;br /&gt;Pitufo le mostró la foto. Mostraba, efectivamen&amp;shy;te, un grupo juvenil, tomado de cerca, lleno de sonri&amp;shy;sas y pelos largos. Atrás, sobre la derecha de la foto y no suficientemente cubiertos por los protagonistas del enfoque, se veía al Francés nítido, de perfil y a una mujer que había mirado frontalmente a la cá&amp;shy;mara en el momento de la toma.&lt;br /&gt;—Ah sí —pareció reprocharse a sí mismo, Carrión—. Más bien que lo conozco a este tipo. Un fla&amp;shy;co que venía acá.&lt;br /&gt;—Pero la mina, boludo —urgió Ricardo—. Trae para ver quién es la mina —y le arrebató la foto. La colocó frente a él sobre la mesa y el Pitufo se le mon&amp;shy;tó prácticamente en un hombro. La expectativa duró siete segundos. Luego el Pitufo abrió grande los ojos, se puso de pie y gritó, señalando hacia abajo: "¡Esa es la gorda Recupero, Ricardo! ¡Ésa es la Gorda Recupero!"&lt;br /&gt;—¡No! —gritó Ricardo, estupefacto pero ya al borde de la carcajada.&lt;br /&gt;—¡Es la gorda Recupero, boludo, la gorda! —al Pitufo le dio un ataque de algo. Saltaba, giraba co&amp;shy;mo un trompo y se reía al mismo tiempo, con la voz transfigurada por la emoción.&lt;br /&gt;—¡La gorda Recupero! —confirmó Ricardo, em&amp;shy;pezando también a reírse ante la mirada entre aten&amp;shy;ta y divertida de los escasos parroquianos de las otras mesas—. ¡Loco, esto no se puede creer! ¡Claro, es la gorda, está un poco distinta con el pelo corto pero es la gorda!&lt;br /&gt;—¿Quién es la gorda? —Carrión contemplaba la escena con algún desconcierto. Pitufo se había vuel&amp;shy;to a sentar pero no cesaba de rascarse la cabeza y acomodarse el pelo, como cuando estaba muy nervio&amp;shy;so. Se tiró hacia adelante sobre la mesa, hacia Carrión.&lt;br /&gt;—Es una gorda espantosa, Negro —lo asesoró—. Una gorda que no vale un carajo.&lt;br /&gt;—¡Fea! —puntualizó Ricardo, ensañado—. Y mal bicho. Caía siempre cuando yo tenía la peña y a veces enganchaba a algún borracho, de última.&lt;br /&gt;—De bigotes, Negro —continuaba, encarnizado, el Pitufo—. Te juro que tiene unos bigotitos, acá, so&amp;shy;bre el labio. Peluda.&lt;br /&gt;—Así —gráfico Ricardo, extendiendo su mano derecha, aproximadamente a un metro con cuarenta centímetros del piso—. Una enana...&lt;br /&gt;—¿Y cómo se enganchó este tipo con esta mina? —preguntó, con criterio, Carrión.&lt;br /&gt;—Estaría en pedo —dijo Ricardo.&lt;br /&gt;—¿Que va a estar en pedo Ricardo? —se soli&amp;shy;viantó, airado, el Pitufo—. Miralo, no parece en pe&amp;shy;do. Además, él mismo dijo que era temprano, que no eran las doce de la noche...&lt;br /&gt;—Es increíble —meneó la cabeza Ricardo mi&amp;shy;rando la foto. Flotó un silencio absorto.&lt;br /&gt;—Por eso quería recuperar el negativo Ricardo —el Pitufo, más calmo, reconstruía ahora el suceso casi recostado sobre la mesa—. Era todo un verso eso de la mina casada y del esposo que lo quería ma&amp;shy;tar.&lt;br /&gt;—Todo verso. Todo verso. Lo que no quería era que le diéramos la cana o que alguien le diera la ca&amp;shy;na con ese bagre.&lt;br /&gt;—¿Te imaginás si esto... —Pitufo elevó la foto como una hostia consagrada— sale publicado en esa revista? A la mierda con la fama de cogedor del Francés. Yo no pensaba que era tan macaneador este hijo de puta.&lt;br /&gt;—Lo que pasa es que vos lo pinchaste, Pitu. Vos lo pinchaste...&lt;br /&gt;—Con la gorda Recupero... —seguía repitiendo Pitufo, sin poder admitirlo.&lt;br /&gt;—¿Y qué vas a hacer, Negro? —preguntó Ricardo a Carrión, que estaba guardando las fotos—. ¿Vas a publicarla?&lt;br /&gt;—Nooo. Por supuesto que no. Total, tengo un montón. No lo vamos a cagar al hombre justamente con ésta.&lt;br /&gt;—Claro, sería una maldad. Sería destruir la imagen del playboy, el ídolo de la mesa.&lt;br /&gt;—No —aprobó el Pitufo—. Rompela. Sería una guachada publicarle ésa.&lt;br /&gt;Carrión se levantó, echándose el bolso al hom&amp;shy;bro. Ricardo le alcanzó la tarjeta del Francés.&lt;br /&gt;—Pero llamalo, Negro —le advirtió—. Decile que yo te di la tarjeta.&lt;br /&gt;—Y no le digas que nosotros vimos las fotos — rogó el Pitufo—. Por favor no le digas.&lt;br /&gt;—No. Ni loco —prometió Carrión. Y era un tipo confiable.&lt;br /&gt;Ricardo y el Pitufo se quedaron en silencio. De cuando en cuando Ricardo meneaba la cabeza, se mordía los labios. Al Pitufo, cada tanto, se le dibuja&amp;shy;ba una sonrisa.&lt;br /&gt;—¡Qué decadencia, Ricardo! ¡Qué fulero, pobre Francés!&lt;br /&gt;—¿Será así nomás, che? ¿También nosotros cae&amp;shy;remos tan bajo?&lt;br /&gt;—A mí ya me habían dicho algo, te juro. Que venía medio herido el hombre...&lt;br /&gt;—Sí, pero hay que estar muy necesitado para engancharse la gorda esa.&lt;br /&gt;—Un ídolo con pies de barro, Ricardo.&lt;br /&gt;—No lo comentes en el boliche, hijo de puta.&lt;br /&gt;—No, Ricardo. Vos sabés que yo, en esas cosas, soy muy discreto.&lt;br /&gt;—Esperá que se lo cuente al Zorro ¡Uy cómo se va a poner el Zorro!&lt;br /&gt;—¡A Pedrito, boludo, a Pedrito se lo tenemos que decir!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De "&lt;em&gt;La Mesa de Los Galanes y otros cuentos&lt;/em&gt;"&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-316130994592553080?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/316130994592553080/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=316130994592553080' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/316130994592553080'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/316130994592553080'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/08/la-mesa-de-los-galanes.html' title='La mesa de Los Galanes'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-7749054946828161834</id><published>2008-05-07T09:44:00.000-07:00</published><updated>2008-05-07T09:45:35.173-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Monólogos'/><title type='text'>Palabras iniciales</title><content type='html'>“Puto el que lee esto.”Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.” Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.“Es un golpe bajo”, dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor –les contesto–, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: “Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción”, no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. “Me voy, me muero, cagué la fruta –podría ser el postrer anhelo–. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches.” Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros –le advierten–, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.“Puto el que lee esto.”John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: “Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia”. Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: “Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola”.Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. “Puto el que lee esto.” Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De "&lt;em&gt;Usted no me lo va a creer y otros cuentos&lt;/em&gt;"&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-7749054946828161834?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/7749054946828161834/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=7749054946828161834' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/7749054946828161834'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/7749054946828161834'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/05/palabras-iniciales_07.html' title='Palabras iniciales'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-4400494848368645267</id><published>2008-04-26T09:28:00.000-07:00</published><updated>2008-04-26T09:37:15.666-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Relato'/><title type='text'>Iniciación</title><content type='html'>Yo creo que a mi padre se le ocurrió ese día en que entró al baño y yo estaba bañándome. Dijo "permiso" y entró, sin esperar que yo contestara, cosa que siempre hacía y que a mí me jodía bastante. Pero él tenía esa costumbre de los clubes, de los vestuarios de los clubes. Le gustaba esa cosa muchachera de la falta de privacidad de los clubes y, entonces, lo mismo entraba. Yo creo que fue ese día porque me pegó una ojeada, empezó a buscar algo en el botiquín, por ahí me volvió a mirar, cerró el botiquín y se fue preguntándome si salía bien el agua de la ducha y sin esperar a que yo le contestara.&lt;br /&gt;También es cierto que yo hacía poco que me había puesto los pantalones largos a instancias de mi viejo que le preguntó a mi vieja qué esperaba para comprármelos y le dijo que faltaba poco para que se me pasaran las bolas por debajo de los cortos. Además a mí me había agarrado una gripe fuerte y había pegado un estirón interesante. No diré que me había puesto alto porque nunca fui alto, pero para esos días había pegado un estirón considerable.&lt;br /&gt;Al poco tiempo lo encontré a mi viejo hablando en voz baja con mi madre y eso me sorprendió porque mi viejo hablaba muy poco con mi madre. Era de esos matrimonios de antes que funcionaban con muy pocas palabras, con acuerdos tácitos, con miradas, con gestos. Por otra parte, se daba por descontado que el padre no tenía por qué contarle sus problemas a la esposa. Pero yo entré en la cocina no sé buscando qué cosa y ellos estaban hablando en voz baja y cuando me vieron dejaron de hablar o cambiaron la conversación, no sé, algo que yo me di cuenta. Y me dio la impresión de que mi viejo quería convencerla a mi madre de algo y que a ella no le caía del todo bien el asunto. Después, esa tarde, mi madre, mientras planchaba, me miraba. Daba un par de pasadas con la plancha y me miraba, después volvía a planchar. Yo estaba estudiando química, me acuerdo —una materia que detestaba— y me hacía que no la veía, pero notaba que ella me estaba observando.&lt;br /&gt;Pasó un tiempo y no ocurrió nada. Digamos, todo esto que ahora yo cuento lo relacioné después, después que pasó todo. En ese momento, digamos, lo noté, pero no le di mayor importancia. Después até cabos, más adelante.&lt;br /&gt;Muy bien; un día mi viejo aparece de tarde, y eso era raro en él, que casi siempre aparecía ya bien de noche, y me dice "vestite". Ahí fue, ahí fue cuando yo me di cuenta de que había algo raro. Cuando él me dijo "vestite" yo ya presentí que había algo raro.&lt;br /&gt;"¿Adonde vamos?" le pregunto. "Al club" me dice. Me acuerdo que salimos juntos, caminamos esas tres cuadras y llegamos al club. En el trayecto mi viejo no me habló una palabra, nada. Llegamos al club y mi viejo entra en el buffet. No había un alma. Mi viejo se movía en el club como en su casa, o mejor que en su casa porque se la pasaba más en el club que con nosotros. "¿Está Mendoza?" le pregunta a un tipo que aparece detrás del mostrador. "Salió" le dicen. "Cagamos" dice mi viejo. "Pero vuelve" dice el tipo. "Lo esperamos, entonces" dijo mi viejo. "Acá, con el compañero, lo esperamos". Nos sentamos en una de las mesitas del salón. Mi viejo, después de hablar conmigo algunas pavadas, banalidades, las clásicas preguntas de cómo me iba en el colegio, esas cosas, me empieza a decir que todo llega en esta vida, que el tiempo pasa, que yo ya había dejado de ser un pibe, que estaba empezando a ser un hombre, que había algunas cosas que yo tenía que conocer, etc., etc., etc. Todo muy por encima, todo más amagado que concreto, pero era la primera vez que nos poníamos los dos, uno frente al otro, solos, en una mesa, a hablar de esos asuntos. O mejor dicho, hablaba él, yo lo escuchaba. De todos modos, era la primera vez. No fue muy larga la espera, sin embargo, porque enseguida llegó el Mendoza en cuestión. Era el bufetero del club; yo lo había visto un par de veces antes. Y se ve que ya habían conversado de la cosa porque mi viejo le dijo: "Acá está el hombre" señalándome y el tipo dijo: "¿Así que éste es el campeón?" y enseguida mi viejo se levantó, lo agarró del brazo y se lo llevó hasta el mostrador. Ahí estuvieron hablando unos minutos con gran familiaridad. Mi viejo le dio unos pesos que sacó de la billetera y después se acercó de nuevo hasta la mesa. "Te dejo con Mendoza" me dijo "es un amigo. Él se va a ocupar de todo". "Andá tranquilo que todo va a salir bien" le dijo el otro a mi viejo desde atrás del mostrador mientras acomodaba unas facturas que se ve quería dejar arregladas antes de venirse conmigo. "Después te veo en casa" me dijo mi viejo, y se fue. Este Mendoza entró a lo que era la cocina del club y enseguida salió con un saco puesto, así nomás, sin corbata. Me acuerdo que agarramos el auto de él, un Plymouth viejo, todavía me acuerdo, y salimos. Ni sé para qué lado agarramos pero este Mendoza tampoco me dijo nada.&lt;br /&gt;Llegamos a una casa, una casa grande, y bajamos. Mendoza entra y me hace esperar afuera. Al ratito sale y me dice: "Entrá". Yo entro, era un living amplio, bastante bien puesto, con unos sillones, esas mesitas con mantelitos de encajes y unas muñecas sobre las mesas, todo bastante rococó.&lt;br /&gt;Y ahí había una mujer, alta, grandota, que debía ser bastante joven, andaría por los 35, por ahí, lo que pasa es que para mí, en ese entonces era casi una jovata, una veterana. La mujer tenía puesto una especie de salto de cama con muchos bordados y chinelas. No era fea, para nada. Tenía un pelo muy negro me acuerdo y los ojos muy pintados. Me acuerdo también del perfume, un perfume dulzón, penetrante. Mendoza y la mujer cuchichearon un momento, se rieron y enseguida Mendoza se fue hacia la puerta. "Te espero en el auto" me dijo, y me guiñó un ojo. "Vení, pasá, pasá", me dijo la mujer, apoyada en la puerta que daba al patio y que era parte de una mampara con un vitraux.&lt;br /&gt;Entonces me acuerdo que pasamos a una pieza, a un dormitorio, donde había una estufa de esas altas a la que, en la parte de arriba, le habían puesto una ollita con hojitas de eucaliptus para secar el ambiente. No me podré olvidar nunca de ese olor. "Sentate" me dijo la mujer, y me señaló una silla; "yo ya vengo". Yo me quedé ahí, sentado en la punta de la silla, mirando todo, con las manos agarradas medio tapándome los puños de la camisa que me sobresalían por debajo del saco porque estaban medio despelusados y me daba vergüenza. Enseguida vuelve esta mujer del baño y se había sacado esa especie de batón, de salto de cama, que tenía. Tenía puesta una camisa blanca y una pollera, sencilla nomás. Se sentó en la cama y, mientras me miraba, dejó caer las chinelas y subió las piernas a la cama. Yo trataba de no mirarla mucho, pero ella me miraba permanentemente. Por ahí me dijo: "Tenés lindos ojos". Yo me quedé mudo y seguía tratando de no mirarla. "De veras''', repitió, "tenés ojos muy lindos". Después se hizo un silencio y yo noté que estaba transpirando. Yo, estaba transpirando. Era un silencio muy pesado y sólo se oía el tic tac de un reloj desde la otra pieza. Entonces ella se levantó y se acercó lentamente a mí. Se agachó enfrente mío y puso sus manos sobre las mías. Después se levantó, sin soltarme las manos, y yo quedé casi obligado a mirar a los ojos. Entonces me dijo: "Hay cosas que un hombre tiene que saber". Y enseguida: "Los Reyes Magos son los padres".&lt;br /&gt;Después, lo único que me acuerdo es que me fui de aquel lugar llorando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De "&lt;em&gt;Nada del otro mundo y otros cuentos"&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-4400494848368645267?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/4400494848368645267/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=4400494848368645267' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/4400494848368645267'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/4400494848368645267'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/04/iniciacin.html' title='Iniciación'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-652206697491134561</id><published>2008-04-21T14:56:00.001-07:00</published><updated>2008-04-21T14:57:53.559-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Relato'/><title type='text'>Sexo explícito</title><content type='html'>La Flaca siempre estuvo buena, siempre. Yo la miraba trotando adelante mío y decía “mamita, si te agarro”. Más la miraba y más me calentaba, me ponía al palo. Y eso que ella no me había dejado acercarme demasiado. Porque es grandota la guacha, algo desmañada te diría. Pero, incluso eso, ese mismo asunto de moverse así, un poco torpe, un poco zanguanga ¿viste?, ese trotar un poco de costado, era lo que más me venía loco. ¡Treinta cuadras ya había trotado detrás de ella! O más. ¡Qué sé yo! Quizá cuarenta, uno no le da bola a esas cosas en esos momentos. Pero un par de veces que me le quise acercar ella me había mordido. Yo, te digo, nunca voy a entender a las hembras.&lt;br /&gt;Porque uno sabe que andan alzadas y hacen todo por demostrarlo. Además, despiden ese olor fuertón y andan locas por un poco de sexo pero, después, hay que seguirlas como mil kilómetros para conseguir algo. Y arriba te muerden, las desgraciadas. Y todos en patota, en montón, corriendo como pelotudos detrás de ella que nos llevaba a la rastra, adonde se le cantaba el orto, como ciego a mear nos llevaba. Siempre me ha avergonzado muchísimo eso. Y eso que yo he sido siempre medio travieso, especialmente antes de que me mandaran a la escuela. Pero siempre me dio por el forro esa cosa babosa, infame, de andar hecho un imbécil detrás de una hembra, como una banda de desesperados como uno, la lengua afuera, las patas y los pelos de la panza embarrados, dando un espectáculo lamentable. Porque aquello parecía el juego de “siguiendo al líder” ¿te acordás? La Flaca cruzaba un baldío y nosotros cruzábamos el baldío; La Flaca se metía en un charco y nosotros nos metíamos en el charco; a ella se le antojaba atravesar un basural y nosotros atravesábamos el basural. Y lo que es peor, yo veía, con el poco resto de lucidez que me quedaba, que ella nos iba llevando para la avenida Alberdi, a meterse como una boluda en medio de las cuatro manos de coches que vienen y van echando putas de un lado para otro y que más de una vez ¡qué digo una vez! ¡miles! Han hecho cagar a uno de nosotros. Aparte, te confieso, la preocupación de saber que me estaba alejando de la casa. Saber que se pasaba la hora de comer y que iban a empezar a preocuparse por averiguar adónde carajo estaba yo. Incluso, la responsabilidad. La custodia de esa casa está a mi cargo, el abogado ha depositado la confianza en mí, para que yo me la pase firme ahí detrás de la reja y no para que ande corriendo detrás de una loca que ya más de una vez me hizo lo mismo, y al final, ni cinco de pelota. Porque ésa es otra. Uno puede correr, trotar, trepar, largar los bofes detrás de cualquier histérica para que después la muy hija de puta no le dé ni la hora. Pero te juro que, en esta ocasión, yo estaba dispuesto a revertir la historia. No iba a permitir otro desprecio. Iba a ir hasta las últimas consecuencias aunque tuviera que seguirla hasta la recalcada concha de la lora, como una vez, hace años, que detrás de una dálmata fui a parar a Capitán Bermúdez. Esta vez no iba a pasar lo mismo. Sentía las patas… ¿sabés cómo tenía las patas? ¡Así tenía las patas! Parecían cuatro hornallas. La boca pastosa, por la calentura. ¡Y me picaba todo el cuerpo! Por el sudor ¿sabés cómo sudaba? Pero no iba a dar el brazo a torcer. Ella se había parado sólo dos veces, en dos esquinas justamente, en plena zona comercial y nosotros nos habíamos arremolinado alrededor suyo como tiburones. Porque a esa altura de la persecución ya éramos como veinte ¡qué sé yo! Treinta. Siempre me pone mal esa multitud, esa falta de medida en la ambición, esa actitud ramplona de unirse a la patota, a veces, por el solo hecho de molestar o de joder un poco. Admito que La Flaca le gusta a cualquiera de la misma manera que me gusta a mí. Pero había algunos pelotudos que se unían al grupo sin ninguna chance, como quien puede unirse a una murga, a una comparsa, a una procesión, al reverendo pedo.&lt;br /&gt;Había un pekinés, por ejemplo, no te miento, que no medía más de quince centímetros de altura, que no le llegaba a la Flaca ni al garrón, y venía tercero o cuarto, ladrando de vez en cuando, alborotando como si fuera un astro de cine, metiéndose entre las patas de los demás, al pedo, al grandísimo pedo, por hacer número, porque lo importante es competir o porque se creía que era una carrera, el pelotudo.&lt;br /&gt;O porque se pensaba que era una joda y no una ceremonia de preservación de la especie. Había otro cuzco color naranja, ordinario como papel de cuete, cruza de vaya a saber cuántos bastardos desconocidos, al que le faltaba un ojo para colmo, y que pretendía avanzarse a la Flaca cuadra por medio y trepársele en las ancas. Decí que la Flaca le encajó un par de tarascones en el cogote y el idiota se mandó a mudar por allá atrás y se quedó en el molde. Pero no aflojó ¿podés creer? A las dos cuadras ya lo tenía de nuevo al lado mío, jadeando, empecinado, dale y dale el tuerto hacia las cuatro manos de la Avenida, candidato fijo al despanzurre, a que lo agarrara un Scania Babis y lo dejara planchado en el pavimento. Y además, el escándalo. Éramos ya una piara de vándalos enceguecidos, irracionales, trotando como zombis entre la gente. Por suerte la Flaca tuvo el buen tino de no parar frente a una iglesia ni frente a un colegio, cuando salen los pibes. Yo pensaba, dentro de la calentura, en Marquitos y Maite, que estarían preguntando por mí en la casa, buscándome para darme de comer.&lt;br /&gt;Yo jamás les daría ese tipo de espectáculos por mi voluntad, ahí tenés. Creo que desistiría incluso de servirla a una hembra como la Flaca aun viniendo ella a tentarme en el jardín de la casa, mirá lo que te digo. Por no mostrar frente a ellos lo indecoroso del sexo. Para algo me mandaron a la escuela, supongo. Pero en aquella jauría valía todo. Era como si el mundo exterior hubiese desaparecido para nosotros.&lt;br /&gt;La gente nos miraba pasar con un cierto dejo de temor y asco, o se corría contra la pared por miedo a que los atropelláramos ¡cómo sería el embale que llevábamos! Ya, más de una vez, al cruzar alguna calle, yo había escuchado frenadas, bocinazos, el chirrido de las gomas sobre el asfalto, pero no me había dado vuelta ni para mirar. La verdad es que no quería mirar a nadie. Ni a la gente. Es que sufría pensando en que pudiese verme algún amigo en ese trance, babeándome detrás de aquella perra. Que me viera algún amigo del abogado, o de doña Lucía. El arquitecto Constantini, por ejemplo, que diseñó el salón de juegos de los chicos y la pileta, que siempre que va a la casa elogia lo cuidado y terso de mi pelaje. Que me viera así, mezclado entre esa banda de descastados, mordiéndome con los demás, atravesando charcos podridos, pisando mierda. Que me viera el primo de Mauricio, sin ir más lejos, el que le llevó al abogado a la Duquesa para cruzarla conmigo.&lt;br /&gt;Dos noches enteras me dejaron con esa histérica encerrado en el patiecito del fondo para ver si pasaba algo. Pero yo sabía que me estaban espiando, Florencia, Máxima y la hija de Máxima, ahí, cuchicheando, meta chusmear, cagándose de risa de mí. Con esa falta de privacidad, con tanto público, nadie puede tener una relación satisfactoria. Pero hubiese sido terrible que el primo de Mauricio me viera por la calle y le contara al abogado “Vi a su perro corriendo tras una hembra en celo por calle Agrelo. Iba acompañado por un grupo de otros quince miserables”. Aunque no creo que le hubiese sido muy fácil reconocerme. Ya te hablé de la mugre que me cubría, del agua sucia que se me había hecho barro entre las verijas, y las patas, todo, era un asco eso. O los ojos de loco, la expresión, digamos, demencial porque en un momento me miré reflejado en una vidriera y me asusté de mi cara de extravío, de enajenación. Las pupilas dilatadas, la lengua colgándome afuera con una longitud que yo nunca hubiese imaginado que pudiese llegar a tener. Y allí yo estaba regalando mi ventaja. Yo sabía que la Flaca era difícil, pero viva. Ella podía elegir, no mendigaba. Ella era consciente de que tenía atrás a un montón de pelotudos sin dignidad ni orgullo que obedecían al más mínimo de sus caprichos. Podía echar una mirada y decir “Aquel dálmata sí. El cuzco no. Ese terrier también. El rengo no”.&lt;br /&gt;Y sabía elegir, no era boluda. Podía entonces diferenciar un perro bien cuidado de otro muy choto. Podía darse cuenta de aquel que estaba bien cuidado, rollizo, fuerte, sano, del otro que no valía un carajo, el perro de la calle, imbécil, subalimentado, que no sabe obedecer ni una voz de mando, que no ha ido a la escuela, que no sabe que “sit” es “sit” ni que “down” es “down”, y que no puede trotar dos pasos acomodándose al ritmo del caminar del amo. Por otro lado, ella ya me conocía de vista, no hay que olvidar que el año pasado hice la misma peregrinación tras la Flaca sin ningún éxito. Y ella sabía que yo tengo mi buena alzada y que podía servirla sin hacer más grande el escándalo ni el ridículo que representa pirobar en plena calle. Ya lo había demostrado con el Negrito, un cuzco infecto de color indefinido, no más alto que una gallina, vecino de mi casa, que intentó trepársele en la primera parada que hizo la Flaca cerca de la pinturería de don Aldo. Aquella imagen de ese perro ínfimo, viejo para colmo, abrazado a una pata trasera de la Flaca, realizando movimientos pélvicos espasmódicos, la lengua de un rojo, digamos, obsceno, colgándole como una tripa afuera de la boca, era peripatética. Mi competidor era otro. Un símil manto negro que venía tercero, seguramente producto de cien polvos diferentes, con algún gen de dogo argentino por ahí dando vueltas, a juzgar por los ojos colorados de infradotado que tenía, pero despierto, vivo, perspicaz. Un típico espécimen de la calle, que no se ha embrutecido aún del todo con la dieta de la basura diferenciada y que tenía el olfato intuitivo del perro hecho a la intemperie, piola para eludir patadas y saber adónde puede uno meterse en un lío y adónde no. Ese era el rival a vencer. Tenía buen tamaño y se lo veía fibroso y ágil. Trotaba a muy buen ritmo y su respiración no parecía agitada. Se le veía buen morro y mostraba ese algo canallesco y perverso que suelen adorar las hembras en los perros atorrantes. Y la Flaca lo había visto. En cada una de sus sentadas de descanso, ella se hacía la desentendida pero miraba. Pienso que sus escalas eran más de control, que de descanso. Entrecerraba los ojos, preparaba los dientes para mantenernos a raya, y de paso cañazo repasaba al plantel que venía detrás suyo. Yo no sé. Habría hecho una apuesta, tal vez. Tal vez le había apostado a alguna amiga del barrio que reuniría una cifra de más de dos dígitos siguiéndola. Se sentiría, digo yo, una diva de la TV. O un líder de la política. Una hembra predestinada. Yo casi no descartaba que, en algún momento, se detuviera, se trepara a un montículo y nos saliera con un discurso sobre los derechos del animal, algún fragmento de Indira Gandhi, algunos slogans del feminismo, alguna cita de la Madre Teresa de Calcuta, algo de eso. Sin embargo, te digo, salvo el símil manto negro, el resto no era mensurable. Cuarto o quinto venía el bóxer de los Zamorano. Lo vi recién como a las veinte cuadras y se hizo bien el boludo. En verdad, los dos nos hicimos bien los boludos, como si estuviéramos allí por otra cosa, buscando el diario o haciendo aeróbic. El hizo un movimiento así, con la cabeza, como un saludo, pero la fue de desentendido para no demostrar interés, como diciendo: “¿Adónde van todos, che?”. Sexto o séptimo venía el engendro de la familia Mendoza Barrios, al que conozco porque es también del Kennel. Un sorete mínimo, buen perro, que suele mear en los mismos lugares donde yo lo hago en la plaza, cuando nos sacan a pasear. Esa conducta obsecuente y copiona me revienta. Aunque no puedo decir que lo odie. Lo desprecio, apenas. Por atrás, alejado del lote, pude ver también al caniche de los Ochoa, el Rulo, que casi se muere de moquillo el año pasado. Nos peina el mismo peinador y es insufrible. Andaba a los saltos entre la patota, convencido seguramente, el pelotudo, de que era una caza de zorro. Los demás no contaban. Había una sarta de roñosos, con sarna algunos, llenos de moscas y mataduras. Otros que parecía mentira que creyeran que podían tocarle un pelo tan siquiera a esa diosa de la Flaca. Pero uno nunca sabe, te garanto. El gusto de las hembras es inexplicable. El año pasado, ella terminó revolcándose con un misturado mugriento, impresentable, de una raza absolutamente indefinida, que no la largó como por media hora. Y ella tan pancha. Un asco. Un verdadero asco.&lt;br /&gt;Pero yo no estaba dispuesto a aflojar, esta vuelta. Ya llevábamos como cincuenta cuadras y no paraba. Habían aparecido edificios nuevos, olores desconocidos, veredas extrañar y la Flaca no parecía dispuesta a detenerse. Yo escuchaba, dentro de mi barullo mental, el zumbido amenazador y cada vez más cercano, del tráfico de la avenida. Pero no estaba dispuesto a renunciar, como otras veces. Es más, esa combinación de sexo y peligro me enervaba. Jamás, de otra forma, me hubiese juntado con esa pandilla de pordioseros que corrían, jadeaban y ladraban en torno mío. Por un momento pensé, mirá qué cosa, si aquello no sería una nueva trampa de la perrera. Mirá la persecuta. Dudé si la Flaca, esa Flaca esquiva e inalcanzable no estaría trabajando para esos hijos de puta y no nos estaría llevando a todos a una encerrona. Había allí ya casi una veintena de vagos repugnantes que serían un bocado más que apetitoso para los guardias del lazo. Y admito que no me hubiese disgustado verlos a todos rumbo a la cámara de gas. Por mi parte, podía correr ese riesgo. El concejal Ribera Collovini, amigo del abogado, ya había rescatado de la muerte al gran danés de los García Jurado cuando esa bestia se escapó de la casa. Bien podía hacer lo mismo por mí, llegado el caso. Máxime que yo no estaba dispuesto a ceder. Ganaría por obsecación. Por prepotencia de trabajo, como dijera Arlt. Por emperrado, justamente. Mi único temor era que no apareciera el siberiano del negocio de venta de kayaks. Las perras morían por esos ojos azules. Pero al siberiano lo cuidaban como a una joya y lo tenían siempre atado a un tilo, en el jardincito del negocio. En ese momento perdí la cuenta de cuánto éramos. Y no miraba hacia atrás, pero por el rumor de pasos sobre el asfalto, por el vaho caliente y fétido del aliento que nos cubría como una nube atómica, calculo que no seríamos menos de cuarenta. ¡Hasta recuerdo a un gato! No dentro del grupo, por supuesto. Un testigo. Una visión fugaz, que nos miró al pasar, sentado, sin inmutarse, desde el umbral de una puerta, cerca del cruce Alberdi. Nadie le dio bola, nadie lo miró siquiera. ¡Una jauría que en otras circunstancias lo hubiera destrozado en una fracción de segundos si lo descubría! Sólo un terrier chiquito, de esos peludos, se detuvo frente a él como para atacarlo. Era pura parada, yo lo sabía. Jamás se hubiese atrevido a hacerlo por sí solo, sin nuestra ayuda. Pero se paró un instante como diciendo: “¡Hey, acá hay un gato!”. Y nos miraba a nosotros que nos alejábamos, y al gato, como esperando refuerzos. Ninguno le dio pelota. Había que ser un fundamentalista muy recalcitrante para abandonar el seguimiento de la Flaca por un gato. Pero no me extrañó esa actitud del terrier. Se decía que era puto. Ya alguna vez lo había visto yo en actitud muy sospechosa con un dálmata en la plaza Alberdi y, al parecer, el dálmata le estaba dando cuerda. Además, cuando íbamos detrás de la Flaca, un par de veces que ella se detuvo, un galgo de montón, de esos que no reconocen una liebre de una perdiz, se lo quiso montar al terrier y éste lo dejaba.&lt;br /&gt;Al final, después de amagarle un par de veces al gato, se vino cagando con nosotros. Y el gato ni se inmutó. Hay que reconocerle eso a los gatos. Los huevos que tienen. Y algo más. Son más discretos para la relación sexual. Nada de correr en tropilla detrás de una hembra. Nada de andar dando ese espectáculo violento de coger en las esquinas, ante la mirada horrorizada de las viejas o el fingir que no te han visto de los hombres. Ellos hacen lo suyo de noche y en los tejados. Lejos de la vista humana. Se cagan a arañazos, eso si, y vuelven hechos flecos con sus patrones, pero mantienen un decoro. Me han dicho –y las he oído también- que las gatas gritan como marranas cuando se las cojen, pero ésas son cosas de la pasión.&lt;br /&gt;También dicen que los gatos tienen el pito en forma de flecha. Que lo meten y después no lo pueden sacar, y de allí los gritos. Pero nunca le escuché decir eso a ningún veterinario. Admito que los gatos son un error de la naturaleza, pero de allí a tener el pito en forma de flecha ya me parece una exageración. Gritarán las gatas porque les gusta y en ese aspecto no son demasiado rescatadas. Uno tampoco puede afirmar que ha estado siempre lejos del escándalo. Me acuerdo años atrás con una doberman, que quedamos abotonados más de una hora frente a un colegio de monjas. Eso es feo, lo admito. Es una experiencia jodida que no deseo ni al peor de mis enemigos.&lt;br /&gt;Eso de tener que esperar tanto tiempo, cada uno mirando hacia latitudes diferentes, dando a entender que no ocurre nada extraño, escuchando, cagado de vergüenza, las preguntas improcedentes de los pibes a sus padres, o temiendo que se acerque alguna vecina caritativa, o airada, con un balde de agua o, lo que es peor, con un palo de escoba para terminar con ese escarnio.&lt;br /&gt;Quien ha pasado por eso, ya ha pasado por todo. Pero yo no estaba dispuesto a ceder. Cuando vi que llegábamos a la Escuela República de Méjico, me di cuenta de que la Flaca enfilaba directamente hacia la Avenida y no parecía dispuesta a detenerse. Se olía gasolina en el aire, y el humo de los escapes. Sin duda quería someternos a una última prueba de valor y destreza. Quería saber hasta dónde estábamos dispuestos a arriesgar el cuero por ella y procuraba hacer una selección rigurosa que en nada podía envidiar a la que se hace para elegir astronautas. Era el momento de actuar. Era el momento de demostrar personalidad y tomar la iniciativa. Apuré el trote y puse mi hocico a la altura de su anca derecha. Con sólo inclinar un poco la cabeza podía morderla. Sentí el perfume enloquecedor de su cuerpo. Reconozco que perdí la razón. Ella estaba allí, al alcance de mi tacto y de mi olfato. Su pelaje amarillento vibraba de tanto en tanto, como fuera de control, en un temblequeo nervioso producto del movimiento del andar y el desenfrenado frenesí del deseo. Supe que podía ser mía. Giró la cabeza y me miró, me miró a los ojos. Y ahí no vi nada más. Ni vi ni escuché ni sentí nada más. Sólo sé que hubo como una explosión y todo se me puso negro. Dicen que volé más de quince metros. Esa es la cagada de los trolebuses, son silenciosos. Uno no los escucha venir. Los que los defienden argumentan que no hacen ruido y no polucionan. Por mí que se vayan todos a la puta madre que los remil parió. Ni sé quién me trajo de vuelta a la casa. No me puedo mover. Tengo un vendaje que pica una barbaridad y que me agarra las dos patas de atrás y hasta la cintura. Cada tres horas viene el veterinario y me pone una inyección que duele más que la mierda. Para colmo el abogado se la pasa preguntando, muy caliente, para qué me habrán mandado a la escuela. Casi no tengo ganas de comer, y como diría Hernández, por doler me duele hasta el aliento. Escucho decir a la señora que será mejor insistir con la dálmata. Pero que, al menos, ya ha pasado el peligro de tener que sacrificarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De "&lt;em&gt;Uno nunca sabe y otros cuentos&lt;/em&gt;"&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-652206697491134561?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/652206697491134561/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=652206697491134561' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/652206697491134561'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/652206697491134561'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/04/sexo-explcito.html' title='Sexo explícito'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-2427155871914017185</id><published>2008-04-15T21:29:00.000-07:00</published><updated>2008-04-15T21:31:26.128-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Reflexión'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Relato'/><title type='text'>Inspiración</title><content type='html'>Desde el momento en que Nacha entró al Dory se supo que llegaba con una noticia importante. Ya desde la puerta se acercó a la mesa agitando en el aire la regordeta mano libre (la otra la tenía ocupada con unas carpetas) anunciando así al Negro, Manuel, Coca. Cacho y una flaquita de rulitos recién integrada al grupo, que no veía el momento de aproximarse para lanzar la primicia.&lt;br /&gt;—Armando vendió su obra de teatro —anunció, radiante, aún antes de sentarse—. Acabo de hablar con él por teléfono.&lt;br /&gt;—No jodás —apartó el Negro la vista del menú, que ya se sabía de memoria, para prestarle atención.&lt;br /&gt;—¿Qué obra? —se extrañó Manuel.&lt;br /&gt;—La obra —casi se escandalizó Nacha por la pregunta.—Una de sus obras de teatro.&lt;br /&gt;—¿Hace teatro también? —lo de Manuel fue algo agresivo.&lt;br /&gt;—Pero eso no es todo —desestimó la indirecta, Nacha.— ¡Escuchen bien a quién se la vendió!&lt;br /&gt;—¿A quién se la vendió? —se entusiasmó Coca.&lt;br /&gt;—Escuchen... Escuchá Cacho, vos... —dijo la gorda. Cacho había retornado a su aparte privado en la punta de la mesa con la flaquita de rulos. —¡Se la vendió a Gerardo Postiglione!&lt;br /&gt;Esta vez sí la expresión de sorpresa fue general, incluso Cacho miró por un instante a Nacha.&lt;br /&gt;—¡A la puta! ¿Y cómo hizo? —El Negro se rascó la barba.&lt;br /&gt;—Mirá —informó Nacha— ¡Qué sé yo cómo hizo! Pero vos viste cómo es Armando... ¡Ahora viene, ahora viene, me dijo que se venía para acá! ¡Si yo tampoco sé nada, lo único que me dijo por teléfono fue eso!&lt;br /&gt;—¡Ay, cómo debe estar! —se tocó la mejilla Coca.&lt;br /&gt;—¡Mirá —supuso Nacha— debe estar más delirado que nunca!&lt;br /&gt;Y era así, nomás. Apenas 10 minutos más tarde, cuando ya el Dory estaba bastante lleno, Armando abrió la puerta enérgicamente, la cerró, se paró dando el frente al salón y con una sonrisa de oreja a oreja, los brazos en alto al estilo de los triunfadores boxísticos, agradeció el aplauso que rompió desde la mesa de la barra, una de las del fondo, a la cual se había unido también el Buchi, llegado después.&lt;br /&gt;Así, con los brazos en alto, a pasos largos y acompasados, sin clausurar su sonrisa majestuosa, fue sorteando las mesas desde donde lo miraban de reojo comensales entre divertidos y acostumbrados a esa fauna algo extraña del boliche. Tuvo que eludir también a Chichín que medio encorvado cruzó su camino con una napolitana con fritas, y que le dijo al pasar:&lt;br /&gt;—¿Qué haces, Chichín? Te pareces a Perón. Chichín le decía a todos "Chichín", por eso le decían Chichín.&lt;br /&gt;Otros diez minutos después Armando estaba sentado ya a la mesa, había pedido un conejito a la cazadora que según Pepe, otro de los dueños, estaba "una cosa de locos" y magnetizaba la atención de la mesa.&lt;br /&gt;—El asunto vino por el viejo —explicó—. El miércoles me llamó desde Buenos Aires a donde había ido a vender unos novillos. Vos sabés que el viejo es muy amigote de este Postiglione, el Gerardo...&lt;br /&gt;—¿Y de dónde lo conoce? —preguntó Manuel.&lt;br /&gt;—Qué sé yo. Pero vos viste que el viejo conoce a Dios y María Santísima. Seguro que son amigotes de algún boliche. El viejo cuando baja a Buenos Aires, como él dice, se flagela ahí en Le Privé, del negro Molinari, y ahí lo debe haber conocido a este otro, el Gerardo...&lt;br /&gt;—Gente de la noche —subrayó Buchi.&lt;br /&gt;—Lógico —aprobó Armando. —Mi viejo: baqueano de la noche porteña. Baqueano de las estrellas. Guía espiritual del reviente cosmopolita.&lt;br /&gt;—¡Ay qué hermoso! —festejó la definición Nacha apoyándose en el brazo de Armando y mirando a los demás como refrendando el acierto.&lt;br /&gt;—La cosa es que el Viejo me llama y me dice: "Armandito, he estado hablando con Postiglione y yo le dije que vos (por mí), estabas muy pero muy interesado en hablar seriamente con él" cosa que es una flagrante mentira porque yo en la puta vida le he dispensado dos minutos de mi pensamiento a ese caballero Postiglione, ni lo conozco... pero, en fin. No te la hago larga, el viejo le habló al Gerardo y le contó maravillas sobre su hijito mayor, debían estar bastante en pedo ya a esa altura me imagino, y le dijo que yo escribiendo obras de teatro, revista o vodevil era algo así como una mezcla de Bertolt Brecht y Neil Simon.&lt;br /&gt;—¡Qué es verdad! —afirmó Nacha.&lt;br /&gt;—Y lo que son las casualidades —siguió Armando, ya algo impermeable a los elogios de la gorda— el Gerardo Postiglione tenía que venir para Rosario.&lt;br /&gt;—¡No me digas! —dijeron varios.&lt;br /&gt;—Tenía que venir para Rosario. El importante empresario y productor de nuestra farándula artística debía venir a la Capital de los Cereales a ver si contrataba la sala del Astengo para un recital de no sé quién, no sé qué pajería tenía que traer... no importa... qué sé yo.&lt;br /&gt;—¿Y lo viste? —no aguantó la ansiedad Coca.&lt;br /&gt;—Esta misma tarde —el curvado dedo índice de Armando golpeteó sobre la mesa.&lt;br /&gt;—¿Esta tarde?&lt;br /&gt;—Vengo de estar con ese sujeto.&lt;br /&gt;Hubo exclamaciones, grandes alaridos de aprobación, salvo en la punta más distante donde Cacho continuaba su diálogo privado con la de rulos.&lt;br /&gt;—¡Contá, contá!&lt;br /&gt;—Che... ¿Y cómo es el tipo?&lt;br /&gt;—Por partes —controló Armando la conmoción. —Bueno, la pinta... la pinta es, bueno... la que se ve en las revistas... Bastante de cuarta el pobre Gerardo... y él... Bueno, él: un chanta. Un chanta de categoría, nivel Buenos Aires, pero esperá que les cuento...&lt;br /&gt;—Sí, dale —urgió Manuel— Contá primero la charla.&lt;br /&gt;—Lo voy a ver al hotel. En el Majestic el tipo. Y me recibe en el bar, abajo. Canchero, hombre canchero, hecho al mundillo de las estrellas. Y me dice que un par de autores —no me quiso decir los nombres, los preservó del escarnio-, lo habían colgado con una pieza. Y que él necesitaba dentro de cinco días, a más tardar, arrancar con los ensayos y la preparación y la escenografía y las pelotas, de un espectáculo musical, que le tenía prometido y contratado al Ópera.&lt;br /&gt;—¿Cinco días?&lt;br /&gt;—Cinco días. Y yo le dije que muy bien, ningún problema. Que yo tenía escrita una pieza sensacional, formidable, prácticamente lista, que no me había preocupado en terminar hasta ahora porque había estado tratando de terminar mi serie de pinturas y además porque no veía a nadie con mayores posibilidades de ponerla en escena. Pero que él era indudablemente un tipo solvente y que yo no tenía inconveniente, dentro de cuatro días, en presentarle la pieza terminada.&lt;br /&gt;—¿Y vos la tenés terminada? —preguntó Buchi. Armando hizo un gesto como restando importancia al asunto.&lt;br /&gt;—Me preguntó si yo antes había escrito alguna otra cosa —siguió Armando— y yo le conté que con Luppi habíamos estado charlando de una puesta...— giró hacia Nacha buscando un testigo— ¿Te acordás cuando vino Federico a casa y estuvimos charlando de...?—. Nacha aprobó enérgicamente con la cabeza, la boca llena de milanesa de pollo, feliz de la complicidad del recuerdo—... bueno... Y que después...&lt;br /&gt;—Luppi estaba encantado —logró decir Nacha.&lt;br /&gt;—Enloquecido —sumó Armando.—Y que después Federico me llamó desde Buenos Aires para decirme que largaba con "Convivencia" y bueh... El Gerardo me dijo que la palabra del viejo, para él era suficiente, mirá vos y quedamos en que en cuatro días él vuelve a Rosario y yo le entrego la pieza...&lt;br /&gt;—¿Él vuelve para hablar con vos? —se asombró Coca.&lt;br /&gt;—Sí m'hijita, vuelve a hablar conmigo. De paso viene a cerrar el contrato con el Astengo pero viene a hablar conmigo... Porque me dice, che, me dice —Armando estiró el brazo y palmeó el centro de la mesa reclamando una atención que ya tenía salvo en el flanco dominado por Cacho y la rulienta —me dice...: "Yo tengo que tener lo antes posible el libreto para largar con la escenografía. Tengo que, ya, comprometer al escenógrafo". Y ahí lo cagué pero lo cagué lo cagué... le digo: "No se preocupe por la escenografía porque yo ya le doy solucionada toda la escenografía y no tiene que andar preocupándose por eso"... ¡Se quedó!&lt;br /&gt;—¡No me digas que le dijiste eso! —lo reprendió amistosamente Nacha.&lt;br /&gt;—Y sobre el pucho lo remacho: "Y las letras de las canciones también se las paso yo"... Si vieran los ojos del Gerardo, una lechuza parecía.&lt;br /&gt;Hubo una serie de comentarios entre golpetear de vasos, movimiento de platos y un cierto retorno de la atención sobre la comida, algo dejada de lado ante lo especial de la noche.&lt;br /&gt;—¡Pero mirá si yo voy a permitir meter tantas manos ajenas en una obra mía! —se ofuscó Armando, herido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una hora después estaban en el bar del Riviera. Armando había dictaminado que aquello había que festejarlo y que la ocasión bien valía unos whiskies en algún lugar elegante, mundano. Después de todo, caminando eran apenas unas siete cuadras. Algunos no se anotaron. Cacho porque partió con la rulienta con rumbo desconocido. Manuel porque se negó a compartir una celebración con la clase social que frecuentaba el bar del Riviera, y Roberto porque al día siguiente se tenía que levantar temprano y sabía que las sobremesas de Armando solían estirarse hasta la madrugada.&lt;br /&gt;Nacha, tras catalogar de amargados y aburridos a los desertores se colgó del brazo de Armando todo el trayecto, en tanto Buchi, junto a Coca, caminaba del lado de la pared, los cuatro a buen paso porque hacía un frío considerable.&lt;br /&gt;—Che, Armando —dijo Buchi— ¿Y tenés que hacerle muchas correcciones a la obra?&lt;br /&gt;Armando hizo girar el hielo dentro del vaso de whisky y adelantó el torso sobre la mesa ratona que estaba entre los sillones. La excitación inicial había pasado y Armando se hallaba más reconcentrado y reflexivo.&lt;br /&gt;—Mirá —dijo— La verdad que no la tengo ni escrita.&lt;br /&gt;Los ojos de la gorda Nacha se hicieron más redondos. Buchi también sintió el impacto. Armando hizo girar su mano derecha frente a sus ojos como disipando una niebla.&lt;br /&gt;—Tengo una idea... Más o menos... Algo vaga...&lt;br /&gt;—Pero... —se alarmó Nacha— ¡Tenés cuatro días nada más!&lt;br /&gt;— ¿Y...? ¿Y...? —se encogió de hombros Armando—. Si esto es... ¿sabés?... —hizo chasquear los dedos pulgar y grande de su mano derecha junto a su oreja— Así. Un segundo... Un segundo...&lt;br /&gt;—Bueno... no sé... Vos sabrás —pareció conformarse Nacha.&lt;br /&gt;—Por favor —restó importancia a la cosa Armando. —¿Querés otro whisky? —preguntó a Buchi. Buchi aprobó con la cabeza. Estaba entrando en su silencio alcohólico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando salieron a la calle eran casi las dos de la mañana y hacía un frío cortante. Hubo saltitos en la vereda de calle San Lorenzo, castañeteo de dientes y puteadas graciosas. Armando en cambio, terminó de pagar la mesa, e impulsado por el envión etílico salió a la calle tras el grupo, a los gritos, aspirando hondamente el aire helado, ampliando el pecho, cerrando los puños.&lt;br /&gt;—¡Esto es bueno, vivificante! —gritó. Coca se había apretujado con el Buchi y la gorda buscaba meterse bajo un brazo de Armando.&lt;br /&gt;—Esperá Gorda, largá —la apartó éste. —Esperá que me saco esto —y comenzó a quitarse el saco ante las carcajadas asombradas de las mujeres y la mirada ya bovina de Buchi.—¡Hay que llenarse de este aire marino y salobre de Rosario! ¡Esto es salud! ¡Y los pantalones también! —subrayó el anuncio comenzando a desabrocharse el cinturón.&lt;br /&gt;—¡Ah qué loco! —Aulló Nacha.&lt;br /&gt;—¡No che...! —se alarmó entre risas Coca. El frío hizo recapacitar a Armando. Se abrochó de nuevo, se calzó el saco y se lanzó sobre Nacha y Coca cobijando a ambas bajo sus brazos. Empezaron a caminar hacia Corrientes.&lt;br /&gt;—Es así, Coquita, es así —exclamó de inmediato. El whisky le había devuelto su habitual euforia. —¡La inspiración es una cosa divina, celestial, una cosa... un rayo que ilumina al artista, en un instante, lo transforma! ¡Yo tengo una musa inspiradora, Coquita, una musa!&lt;br /&gt;—¡Ay! ¿Quién es? —interrogó Nacha, desde abajo del brazo izquierdo de Armando.&lt;br /&gt;—¡Mi musa inspiradora, simplemente! ¡Una especie de ángel de la guardia de mi talento creador! ¡La musa que viene en mi ayuda cuando yo la necesito!&lt;br /&gt;—Una especie de bombera voluntaria... -arriesgó Coca.&lt;br /&gt;—¡Eso mismo Coca! Una especie de bombera voluntaria... —aprobó Armando y ahí comenzaron las carcajadas. Ya estaban tentados. —Una especie de bombera voluntaria con la diferencia de que no se la puede llamar. Ella viene sola ¿Me entendés?&lt;br /&gt;—¿No figura en "Llamadas de Urgencia"? —preguntó Coca.&lt;br /&gt;A ese punto de la divagación, se reían tanto que tuvieron que pararse antes de llegar a la esquina de Corrientes. Sólo Buchi insistía en seguir un tanto sonámbulo.&lt;br /&gt;Un policía, las manos en los bolsillos del sobretodo, golpeteando con sus tacos sobre la vereda, desde la esquina en cruz, frente a la ochava del "Sibarita", los miraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche siguiente, en la mesa del Dory, el único que faltaba era el Cacho quien, según el resto, "estaba en otra cosa".&lt;br /&gt;El clima de la mesa era confuso y preocupado porque Armando ni bien se hubo sentado confesó que no había tocado un solo papel, que no había escrito una sola línea. Nacha estaba desolada. El Negro fue un poco más duro.&lt;br /&gt;—Armando —le dijo— ¿cuántos años tenés?&lt;br /&gt;—38 —dijo Armando, medio asombrado ante la pregunta.&lt;br /&gt;—Bueno, ya no sos un pendejo. Me parece...&lt;br /&gt;—Mirá la novedad —lo cortó Armando.&lt;br /&gt;—¡Qué simpático! —catalogó Nacha al Negro.&lt;br /&gt;—No. Te digo en serio. Te digo en serio —llamó a la reflexión éste antes que los comensales entrasen en las digresiones habituales.—Ya no sos un pendejo. Esta oportunidad que se te da ahora no es una cosa como para desperdiciar. Que te dé bola, que te diga un tipo como el Postiglione, que será un chanta pero mueve la guita loca, que te va a montar una obra tuya... oíme... No es como para desperdiciar...&lt;br /&gt;—Escuchame... —Armando no borraba la amplia sonrisa, algo endurecida, en su cara— ¿Y quién habla de desperdiciarla?&lt;br /&gt;—Me decís que no tenés un carajo escrito, que tenés una idea pero no la has desarrollado, que... No sé...&lt;br /&gt;—¿Ya vos te parece que yo la voy a desperdiciar? —se inclinó hacia el Negro, Armando, por sobre la mesa.— A mí el Postiglione podrá parecerme un chanta y un tipo que no sabe un carajo de teatro, pero eso no quita que sea un habilísimo productor y un tipo que hace cosas.&lt;br /&gt;—Yo te digo, yo te digo— insistió el Negro en un tono de advertencia que sólo él se daba el lujo de esgrimir frente a Armando en el grupo, quizás usufructuando el derecho de sus 43 años recién cumplidos.— Porque si no aprovechás esta oportunidad, no sé cuándo podés tener otra igual. Acá podés pasar al frente. Y aparte del éxito, ojo que estos tipos se mueven a gran nivel ¿eh? y hoy no te conoce nadie y mañana aparecés en todos los diarios si las cosas te van bien con él. Aparte del éxito podés agarrar la mosca loca. Ojo.&lt;br /&gt;— ¿Y por qué te pensás que me llamó mi viejo? —volvió a inclinarse Armando hacia el Negro, incluso al punto de acercar peligrosamente el cuello de su pullover al guiso de mondongo.— Porque el viejo ya está hinchado las pelotas de pasarme guita.&lt;br /&gt;La ruda aceptación del hecho por parte de Armando lo enalteció ante los ojos de los demás, que aprobaron con sus cabezas.&lt;br /&gt;—Por eso te digo, por eso te digo —contemporizó el Negro, quizás arrepentido de haber llevado la conversación a plano tan íntimo.&lt;br /&gt;—El viejo —remarcó Armando— ya está hinchado las pelotas de que su hijito dilecto no tenga guita para mantenerse solo. Y yo también. Yo también estoy cansado de eso. ¿O te parece que a los 38 años me gusta tener que llamarlo cada tanto al campo para decirle: Viejo, mandame unos mangos que no me alcanza para la comida? A mí tampoco me gusta. Porque oíme, todo muy lindo, yo he sido siempre el geniecito, el Shirley Temple de la familia, que yo era un genio dibujando, una maravilla con la pintura, Manucho Mujica Láinez le decía al viejo que por qué yo no escribía, oíme, en poesía, también, escúchame... pero yo al viejo con eso no lo convenzo más... Yo no puedo hablarle al viejo y decirle que se venga que hago una muestra en Krass de mis cosas cinéticas porque al Telmo vos le hablás de cinética y es como si le hablaras de los agujeros negros, oíme...&lt;br /&gt;Las risas aflojaron un poco la tensión.&lt;br /&gt;—Yo sé lo que significa esto para mí —puntualizó Armando, ya para todos.&lt;br /&gt;—Bueno. ¿Y por qué no te ponés a laburar? —. El Negro había adoptado su papel de abogado del diablo.&lt;br /&gt;—Mirá, la cuestión de la creación es muy particular —dijo Armando.— Es una cosa... como te diría... mágica. A mí me pasa así. Yo estoy caminando, andando por la calle, y de repente, tlac, me ilumino, es una luz, una cosa celestial... —Frunció la boca, frotó los dedos de sus manos unos contra otros. —No sé.., es difícil de explicar. Siempre ha sido así para mí. Cuando dibujo, por ejemplo. Estoy vacío, hueco, sin motivación... y de pronto es como una luz, algo que me dice: tenés que hacer esto. Es así.&lt;br /&gt;Coca aprobó con la cabeza.&lt;br /&gt;—Sí. Me imagino que para el que no está en la creación... —dijo.&lt;br /&gt;—Es difícil —la apoyó Nacha. —¡Muy difícil!&lt;br /&gt;—Yo digo que tengo una musa —prosiguió Armando.— Y es verdad. Tengo una musa. Que no me va a abandonar en un momento así. Estate tranquilo.&lt;br /&gt;—Yo estoy tranquilo—. El Negro se señaló con el cuchillo.— Vos...&lt;br /&gt;—¡El vino, el vino! —Armando ya había pasado a otro tema. Había atrapado su vaso, bien abierto el codo de su brazo derecho—. ¡El vino que alimenta mi inspiración natural, sangre vegetal que... —se puso de pie corriendo la silla con estruendo—... alimenta la bestia primigenia...&lt;br /&gt;—¡Qué loco! —Nacha controlaba la repercusión en los demás. Los demás se reían. Cuando Armando se sentó había iniciado ya una polémica sobre el último film de Fassbinder (lo había visto en Buenos Aires) que le había provocado una erección.&lt;br /&gt;Pero lo que sucedió diez minutos después es algo difícil de explicar.&lt;br /&gt;Incluso pasado el tiempo fue algo siempre muy complejo de razonar para los que compartían aquella mesa esa noche y los otros parroquianos del Dory.&lt;br /&gt;Armando estaba prácticamente con el mentón apoyado sobre el centro de la mesa, sólo separando su tórax del mantel por el brazo derecho doblado bajo la tetilla, los ojos muy fijos en la cara de Manuel que estaba definiendo a Fassbinder como "un jeropa mental del carajo".&lt;br /&gt;Armando permaneció así, hipnotizado, y de repente tuvo como un estremecimiento, tan notorio que todos se dieron cuenta y cesaron la discusión.&lt;br /&gt;—¿Te pasa algo? —alcanzó a preguntarle Nacha. Fue cuando sucedió: un chorro de luz intensísimo pareció perforar el humedecido techo del Dory iluminando a Armando. Al mismo tiempo atronó el aire un coro celestial. Armando, lívido, en éxtasis, más que ponerse de pie pareció levitar como succionado por el mismo rayo ambarino. Sus ojos estaban desmesuradamente abiertos pero no reflejaban temor. Las voces angelicales del coral celeste aturdían y un viento arrachado despeinó el rubio cabello de Armando. De los bolsillos de su pantalón, de los bolsillos de su saco, aparecieron palomas que volaron por el interior del Dory, enloquecidas. Una suerte de microclima extraño se generaba dentro de ese cilindro dorado en el cuál flotaba, casi a 50 centímetros del suelo, Armando. De pronto, así como se había producido, el encanto cesó. Se retiró la luz replegándose hacia lo alto, callaron las voces infantiles del coro y todo volvió a la rutinaria normalidad del Dory. El fenómeno no había durado más de un minuto, tanto que muchos, después, negaron que hubiese existido.&lt;br /&gt;—¡Un papel! —pidió a los gritos Armando apenas sintió sus pies nuevamente sobre el piso. —¡Un papel!&lt;br /&gt;—¡La inspiración, la inspiración! —gritaba, demudada, la gorda Nacha.&lt;br /&gt;—La Luz... la luz del genio... —susurraba Coca, inaudible.&lt;br /&gt;La primera en reaccionar fue Nacha; de una de sus misteriosas carpetas arrancó una hoja y se la alcanzó a Armando que aún no se había sentado.&lt;br /&gt;—¿Qué te dijo? ¿Qué te dijo? —lo tomó de un brazo Manuel, de paso para comprobar si estaba sano. Armando recibió el papel que le alcanzaba Nacha, lo arrugó un poco y con él limpió uno de sus hombros, donde había sido alcanzado por un resto de postre Balcarce, volatilizado ante el viento divino. Armando se sentó.&lt;br /&gt;—Era tu musa —le dijo Coca.&lt;br /&gt;—Tu musa, Armando... ¿Qué te dijo? —exigió Nacha.&lt;br /&gt;—Ahora sí... un papel... una birome... —pidió Armando, todavía lento, como quien sale de un sueño profundo. Nacha volvió a manotear y casi destrozar una de sus carpetas. Con gestos violentos apartó vasos, platos y botellas.&lt;br /&gt;—¡Saquen todo, saquen todo! —gritó— ¡Tiene que escribir, tiene que escribir!&lt;br /&gt;—¿Qué te dijo la musa, Armando? —apuró Manuel. Armando tenía la birome frente al papel blanco con su mano derecha mientras los dedos de la izquierda oprimían y arrugaban su frente.&lt;br /&gt;—¿Qué te dijo, Armando? —insistió Coca.&lt;br /&gt;—¿Podés creer que me olvidé? —dijo Armando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente, a eso de las siete, fueron llegando a "El Cairo"' como todos los días. Nadie se atrevió a tocar el tema con Armando dado que éste llegó considerablemente más opaco que de costumbre, casi malhumorado y denotando un atisbo de preocupación. Incluso le pidió a Coca que se sentase al lado suyo, cosa de ocupar la silla que había quedado vacía ofreciendo el riesgo de que fuese ocupada por Nacha (aún no había llegado) y que ésta empezase con sus cargoseos y efusividades. El otro flanco de Armando ya estaba ocupado por Cacho, quien había aparecido con la rulienta y ahora los dos charlaban en su cosmos particular, en voz baja, muy seriamente. Sin embargo, fue el propio Armando el que sacó la conversación aprovechando que Manuel le preguntó, por formalidad, cómo andaba.&lt;br /&gt;—Hoy me llamó —dijo Armando.&lt;br /&gt;—¿Quién? —preguntó Manuel.&lt;br /&gt;—El Gerardo.&lt;br /&gt;—¿Qué Gerardo?&lt;br /&gt;—¡El Gerardito Postiglione! —pareció recuperar su humor Armando.— Mi productor.&lt;br /&gt;—¡Ahh!&lt;br /&gt;—¿Te llamó? —se asombró Coca.&lt;br /&gt;—Sí, señor —afirmó Armando.— Ya somos como chanchos con el Gerardo.&lt;br /&gt;—¿Y? —preguntó Manuel.— ¿Cómo va la cosa?&lt;br /&gt;Armando se encogió de hombros, despreocupado.&lt;br /&gt;—Magnífico —calificó, despachándose en cuatro tragos la copa del vino blanco dulce que le habían servido momentos antes. En eso llegaba Nacha, acercó una silla, desparramó sus carpetas y el bolsón tejido enorme en otra más y tiró besos a todos con la punta de los dedos.&lt;br /&gt;—Lo habló Postiglione —se apuró a informarla el Negro.&lt;br /&gt;—¿Te habló Postiglione? —no lo podía creer la gorda. Armando asintió con la cabeza. —¿Para qué?&lt;br /&gt;—Está desesperado el Gerardo —comunicó Armando, a todos.— Me recordó la fecha en que tengo que entregarle la obra.&lt;br /&gt;—Dentro de tres días —contabilizó Manuel, alertando.&lt;br /&gt;—"Ningún problema, Gerardo" le dije yo —continuó Armando, sin acusar la acotación de Manuel. —"Ya está todo cocinado, mi querido".&lt;br /&gt;—¿"Gerardo" le decís vos? —se escandalizó Coca.&lt;br /&gt;—"Gerardo". Y él me dice "Armandito". Íntimos, íntimos somos con el Postiglione. Dos amantes a través del auricular.&lt;br /&gt;—Che —Buchi, que había permanecido callado leyendo "La Tribuna", reclamó la atención de Armando.— ¿Y ya tenés lista la cosa?&lt;br /&gt;Armando osciló su mano derecha, lentamente, frente a sus ojos.&lt;br /&gt;—Está todo... acá... fluctuante... vago... —dramatizó. Los ojos de Nacha se llenaron de pavor.&lt;br /&gt;Media hora después arrancaron en patota hacia la galería de Gilberto.&lt;br /&gt;Pedro Omar Minervino exponía acuarelas, y aunque algunos no tenían la más remota idea de quién era Minervino y otros apenas si informaban que era un flaco que había solido frecuentar las sábanas de una amiga de una ex-novia de Buchi, la perspectiva de encontrarse con gran parte de la fauna y tomarse unos vinos gratuitamente los encaminó sin dilaciones hacia la sala de arte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Armando, posiblemente gracias a los efectos de un par de vinos blancos, había abandonado su rostro preocupado y se mostró más que jovial y comunicativo en la inauguración de las acuarelas de Minervino, a las cuales llegó a calificar como "emparentadas con la escuela holandesa, pero con la escuela diferencial holandesa".&lt;br /&gt;Salieron de allí una hora más tarde, al frío de la noche, rumbo a la cita obligada del Dory. El Negro y Cacho se habían ido hacia allí un poco antes, Coca y Manuel estaban a mitad de camino y como siempre la verborragia de Armando lo había hecho quedar último, sólo flanqueado por Nacha y Buchi que hasta último momento había insistido en levantarse una rubia interesante y algo bizca que luego resultó ser la novia de Minervino.&lt;br /&gt;Fue llegando a la esquina de Santa Fe que ocurrió de nuevo: Armando quedó como clavado en el piso, cosa de la que se percataron Nacha y Buchi tres pasos más adelante, apurados como iban en procura de la calidez del boliche.&lt;br /&gt;Se dieron vuelta pensando que a Armando se le había caído algo, o había olvidado alguna cosa en lo de Gilberto. Pero no, Armando estaba quieto, mirando fijamente al frente, como aterido y de pronto el dorado rayo de luz lo atrapó levitándolo unos centímetros. Rompió el coral de ángeles a cantar y de nuevo el viento casi huracanado que se generaba dentro de ese baño de luz ambarina, despeinó el cabello del autor. Esta vez fueron pequeños pájaros de pecho rojo los que escaparon de bajo su saco de cuero y hasta pareció escucharse un rumor de mar entre las voces de los niños celestiales.&lt;br /&gt;—¡La musa, la musa! —alcanzó a decir, paralizada, Nacha. Cuando terminó de decirlo, el fenómeno había cesado. Corrieron hacia Armando quien ya estaba de nuevo apoyado con ambos pies sobre la vereda, alborotado el pelo, confuso, meneando la cabeza, tocándose los labios. La calle parecía más vacía, más silenciosa y más oscura que nunca tras la retirada del cilindro de luz.&lt;br /&gt;Entre Nacha y Buchi, prácticamente alzado por los codos llevaron a Armando hasta el Dory.&lt;br /&gt;—¡Lo agarró, lo agarró de nuevo! —comunicó Nacha, a los gritos, a los demás, en tanto sentaban a Armando en una silla.&lt;br /&gt;—¡La inspiración! —certificó Buchi.&lt;br /&gt;—¡El rayo ése de luz, la musa, lo agarró de nuevo! —prosiguió Nacha.&lt;br /&gt;—¡Armando, Armando... —lo tomó del brazo Manuel.— ¿Qué te dijo? ¿Qué te dijo?&lt;br /&gt;Armando miraba fijamente una botella estacionada frente a él. Su mano derecha se abría y cerraba, nerviosa.&lt;br /&gt;—¿Qué te dijo? ¿Querés papel? —insistió Nacha. Armando recorrió los rostros anhelantes de todos, con lentitud.&lt;br /&gt;—¿Podes creer... —comenzó, con broma— ...podés creer que no le escuché nada?&lt;br /&gt;—¿¡Cómo!? —saltaron todos.&lt;br /&gt;—¿Y qué voy a escuchar —golpeó con su puño derecho sobre la mesa, Armando— con ese coro de mierda que te aturde? ¿Qué voy a escuchar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al otro día Armando no apareció ni por el Cairo primero, ni luego por el Dory lo que desató el espanto en Nacha. Desoyendo el paternal consejo del Negro quien le sugirió "no romper las pelotas" a Armando, la gorda amontonó sus carpetas y partió rumbo al departamento de éste.&lt;br /&gt;Armando le contestó pero, cosa extraña, no le abrió la puerta mediante el portero eléctrico sino que él mismo bajó hasta la planta baja.&lt;br /&gt;—¿Estás trabajando? —preguntó Nacha.&lt;br /&gt;—No. No. —respondió Armando, siempre sin soltar la puerta de calle, como dando a entender que estaba pronto a cerrarla.&lt;br /&gt;—Pero —se agitó Nacha— Hoy... ¿no trabajaste... en la obra?&lt;br /&gt;Armando negó con la cabeza. Nacha hundió algunos de sus dedos en su fofo moflete derecho, consternada.&lt;br /&gt;—¿Y? —preguntó. —Tenés dos días, nada más.&lt;br /&gt;—Dos días, así es —aceptó Armando.&lt;br /&gt;—Y... ¿qué vas a hacer?&lt;br /&gt;—Mirá... yo sé que la inspiración no me va a abandonar. Mi musa no me va a abandonar, justamente ahora.&lt;br /&gt;—Y... ¿qué estabas haciendo? —apuró Nacha, algo incómoda en el frío de la calle. —Estaba por comer.&lt;br /&gt;—¿Vas a comer solo? Te acompaño.&lt;br /&gt;—No, gracias.&lt;br /&gt;—Es feo comer solo.&lt;br /&gt;—¿Sabés qué pasa, Nacha? —Armando abandonó su tono frío y procuró ser convincente.— Pienso que a la inspiración hay que ayudarla. Hay que crear un clima especial. Una cierta predisposición de ánimo, un ámbito... un continente...&lt;br /&gt;—¿Y querés estar solo?&lt;br /&gt;—Sí. Estoy seguro que en las otras dos veces que me asaltó la inspiración, el rapto... eh... creativo, yo no estaba predispuesto. Estaba distraído, en otra cosa. Y no se puede jugar así con una musa inspiradora. No se puede jugar así.&lt;br /&gt;—Por supuesto. Por supuesto —corroboró Nacha.— Me voy entonces.&lt;br /&gt;—Chau.&lt;br /&gt;—Pero prometeme que si necesitás algo me llamás. Vamos a estar hasta tarde en el Dory y después seguro que vamos a ir a lo de Coca.&lt;br /&gt;—¿Al departamento nuevo?&lt;br /&gt;—Sí. Dice que quedó regio.&lt;br /&gt;—Bueno —se interesó Armando. —Más tarde, si ya se me ha ocurrido algo, me voy para allá.&lt;br /&gt;—Si no, mañana. Acordate que mañana a la noche, Coca inaugura oficialmente su bulín. No podes faltar.&lt;br /&gt;—Voy a ir. Voy a ir —cortó Armando. Nacha se fue.&lt;br /&gt;Armando subió a su departamento y cerró con llave. Había terminado su frugal cena y llevó la escasa vajilla sucia a la cocina. Luego fue hasta el living, tomó buen cuidado en cerrar la puerta que daba a la cocina para evitar el paso de aromas grasos, y apagó la lámpara del techo, dejando sólo encendido el spot que iluminaba la mesa pequeña en un ángulo de la habitación y el sillón. Fue hasta el tocadiscos y puso el concierto en mi menor para violín de Mendelssohn. Después se dio una ducha prolongada con agua bien caliente. Se secó, se perfumó y se cubrió con una salida de baño de seda. Volvió al living llevando en sus manos una botella de whisky, un vaso y un baldecito con hielo. Los cigarrillos ya estaban sobre la mesita ratona. Puso todo al alcance de sus manos, elevó discretamente el volumen de la música y se recostó en el sillón. Estuvo así cerca de diez minutos, pensando. Luego se durmió.&lt;br /&gt;Lo despertó una mano femenina, sacudiéndolo por el hombro.&lt;br /&gt;Algo asustado, Armando se quedó un par de minutos contemplando a esa mujer ya no tan joven, algo desgreñada, con un inquietante parecido a la imagen de la República, pero más flaca.&lt;br /&gt;—¿Quién... —atinó a balbucear Armando en tanto se incorporaba, arreglándose un poco el cabello revuelto— quién sos?&lt;br /&gt;La mujer, cumplido el hecho de despertarlo parecía haberse desentendido de él y hurgueteaba entre los discos diseminados sobre el Audinac.&lt;br /&gt;El suelto vestido blanco que le llegaba hasta los tobillos y la melena larga y rubia que le caía desordenada y desaliñada sobre los hombros, además del no muy resplandeciente pero sí notorio halo ambarino que la recubría, le daban un aspecto etéreo que hubiese sido completo a no ser por el cigarrillo que apretaba entre sus dedos largos, amarillentos de nicotina.&lt;br /&gt;—¿Quién sos? —repitió Armando, adivinando la respuesta.&lt;br /&gt;La mujer se sentó, cruzándose con soltura de piernas; miraba la cubierta de un long-play.&lt;br /&gt;—Tu musa —respondió, seca.&lt;br /&gt;—¿Y... cómo...?&lt;br /&gt;—Oíme —cortó la musa, tirando a un lado el disco.— Creo que las preguntas las tengo que hacer yo.&lt;br /&gt;Armando, dócil, volvió a sentarse.&lt;br /&gt;—¿Dónde estabas las dos veces que intenté tomar contacto con vos? —preguntó ella.&lt;br /&gt;—Bueno... —vaciló Armando.— La primera vez estaba...&lt;br /&gt;—En el Dory, ya sé. Y la segunda, por la calle.&lt;br /&gt;—Sí —corroboró Armando.— Creo que fue por eso que no...&lt;br /&gt;—Déjalo así. —cortó la musa. Se puso de pie y se dirigió a contemplar unos cuadros que colgaban de una de las paredes. —¿Cuándo tenés que presentar la obra?&lt;br /&gt;—Pasado mañana.&lt;br /&gt;—¿Y tenés algo escrito?&lt;br /&gt;—La verdad...&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—No. —admitió Armando.&lt;br /&gt;—Bueno, bueno... —la musa continuó su recorrido en torno a la mesa redonda observando los detalles del living, golpeando sobre la mesa con su encendedor.— Te puedo ayudar.&lt;br /&gt;La cara de Armando resplandeció. Era la primer frase cordial que escuchaba de su musa.&lt;br /&gt;—Pienso que me vendría bien —reconoció. —Ya estaba algo preocupado. Estoy medio atascado. Empantanado.&lt;br /&gt;La musa volvió a sentarse en el sillón frente a Armando.&lt;br /&gt;—Bueno —dijo.— Yo te puedo ayudar. Puedo pasarte las cosas a máquina.&lt;br /&gt;Armando la miró con fijeza.&lt;br /&gt;—¿Cómo "a máquina"? —se inquietó.&lt;br /&gt;—Claro, vos me dictás y yo te voy pasando las cosas a máquina. Así haces más rápido.&lt;br /&gt;—¡No! —se puso de pie Armando. —¿Cómo "pasarte las cosas a máquina", "pasarte las cosas a máquina"? Con pasarme las cosas a máquina no arreglamos nada. ¡Lo que yo necesito son ideas! ¡Para pasarme las cosas a máquina llamo a Manpower, las llevo a la Pitman, mirá qué joda!&lt;br /&gt;—Yo escribo rápido.&lt;br /&gt;—Pero... —se envalentonó Armando. —¡Qué carajo me interesa que escribas rápido? ¿Sos una musa o una secretaria?&lt;br /&gt;—Mirá —recuperó su tono duro la musa.— Este no es el primer trabajo que hago. Fui durante mucho tiempo la inspiración de un músico francés que es uno de los que mejor anda en Europa. Fui ayudante de musa de Antonioni. Y estuve propuesta para musa de Woody Allen antes de venir acá... Así que...&lt;br /&gt;Armando dio unos pasos nerviosos por la habitación.&lt;br /&gt;—Lo que yo necesito son ideas. Ideas, —dijo, golpeándose la frente con la punta del dedo índice.&lt;br /&gt;—Muy bien... muy bien...&lt;br /&gt;—Si querés —propuso Armando. —Me tirás una idea y te vas. Después sigo yo solo, no tenés por qué quedarte.&lt;br /&gt;—Bueno, cómo no —el tono de la musa era casi burlón.— Te agradezco, pero acostumbro a terminar mis trabajos. Los empiezo y los termino.&lt;br /&gt;—Me parece bien.&lt;br /&gt;La musa se levantó del sillón, fue hasta la mesa, corrió una silla y se sentó allí.&lt;br /&gt;—Tráete papel, unos lápices, fibra mejor, la máquina de escribir...&lt;br /&gt;—¿Para qué?&lt;br /&gt;—Para trabajar ¿Para qué te parece? Si tenés café, traé. Mucho, que...&lt;br /&gt;—Pero oíme... —vaciló Armando.— Yo lo que necesito es una idea básica, una armazón, una columna vertebral... un...&lt;br /&gt;—Y bueno... —lo miró la musa.&lt;br /&gt;—Y bueno ¿qué? Decímela. Decime la idea...&lt;br /&gt;—Escúchame... —resopló la musa—... si yo la tuviera te la diría. Pero no la tengo. Por eso te digo que traigas las cosas, nos ponemos acá, y empezamos a trabajar.&lt;br /&gt;Armando la miró largamente.&lt;br /&gt;—¿O cómo te creés que salen estas cosas? —siguió ella.— Nos sentamos acá, empezamos a charlar de qué puede tratar la pieza, anotamos cosas, tiramos ideas...&lt;br /&gt;Armando se acercó y se sentó junto a ella.&lt;br /&gt;—Por eso te digo que traigas mucho café —explicó la musa.— Porque nos vamos a pasar toda la noche acá, mañana y hasta el momento en que entregues la obra no nos levantamos...&lt;br /&gt;—Pero... ¡escuchame! —Armando se puso de pie nuevamente.— ¿Qué clase de inspiración sos... qué...?&lt;br /&gt;—Hay formas de trabajo... —sonrió por primera vez ella— y formas de trabajo. Hay musas distintas, es cierto. Si no te gusta, me voy.&lt;br /&gt;Armando volvió a mirarla, apretando los labios.&lt;br /&gt;—No. Qué te vas a ir. —dijo. Y se sentó. —Pero... oíme... yo mañana a la noche tengo una reunión en lo de una amiga y...&lt;br /&gt;—Entonces olvidate... —la musa corrió hacia atrás su silla y se puso de pie— ... Andá a lo de tu amiga, hace tu vida y yo...&lt;br /&gt;—No, pará, pará... —se asustó Armando— No es obligación... Mañana la llamo por teléfono y le digo, digo...&lt;br /&gt;La musa se sentó nuevamente.&lt;br /&gt;—Olvidate del teléfono —le advirtió.— Trae el papel, lo que te dije...&lt;br /&gt;Armando fue hasta su pieza, sin embargo pudo escuchar que la musa decía a sus espaldas, como para sí: "A mí me dan cada trabajo".&lt;br /&gt;Armando volvió con una pila de papel oficio, varios lápices de fibra, gomas, reglas y otro montón de cosas innecesarias. Las puso sobre la mesa y se quedó mirando por un instante a la musa.&lt;br /&gt;—¿Qué pasa... —preguntó— qué pasa si no se nos ocurre nada?&lt;br /&gt;—¿Si no se nos ocurre nada? Copiaremos algo —sonrió ella, y él no supo si estaba bromeando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De "&lt;em&gt;El mundo ha vivido equivocado y otros cuentos&lt;/em&gt;"&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-2427155871914017185?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/2427155871914017185/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=2427155871914017185' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/2427155871914017185'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/2427155871914017185'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/04/inspiracin.html' title='Inspiración'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-8559974107779709109</id><published>2008-04-09T21:10:00.000-07:00</published><updated>2008-04-09T21:19:12.441-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Charlas de Café'/><title type='text'>Cielo de los argentinos</title><content type='html'>-¿Conseguiste?&lt;br /&gt;-Conseguí-dijo el Sordo, mostrando las hojas de lechuga que se asomaban del paquete de papel de diario.&lt;br /&gt;-¿Buena?&lt;br /&gt;-De primera. Mirá. La voy a lavar.&lt;br /&gt;-O dásela a Dora –dijo Telmo-. Está en la cocina.&lt;br /&gt;-¿Cómo anda esto? –de paso, el Sordo se acercó a la parrilla y miró adentro.&lt;br /&gt;-Lo llevo despacio –informó Telmo, mientras acomodaba las brasas, frunciendo la cara ante un estallido de chispas-. Total...&lt;br /&gt;-¿Qué apuro hay? –acordó el Sordo, mientras seguía rumbo a la cocina.&lt;br /&gt;-Qué apuro hay... –Telmo dejó el cigarrillo cuidadosamente con el fuego hacia afuera, sobre la mesada donde tenía la carne. Después tomó el vaso de vino blanco y bebió un par de tragos. En ese momento llegaba Hernán.&lt;br /&gt;-Traje el vino, campeón –dijo, poniendo un par de botellas sobre la mesa del patio-. El mismo blanco de la otra noche.&lt;br /&gt;-¿Había? –preguntó Telmo, atisbando como un mecánico especializado entre los carbones.&lt;br /&gt;-Sí. Iba a cambiar pero... ¿Para qué? Este es buenísimo... ¿Te acordás?&lt;br /&gt;-Sí, el torrontés de la otra noche...&lt;br /&gt;-Liviano, fresco...&lt;br /&gt;-Podés tomar cualquier cantidad, al otro día te levantás como si nada.&lt;br /&gt;-Son vinos buenos... –se ufanó Hernán-. No como aquéllos que tomábamos...&lt;br /&gt;-Uhhh... Pensar... Las cosas que nos hemos tomado... Y nos parecían buenos...&lt;br /&gt;Hernán se sentó y prendió un cigarrillo, exhaló la primera pitada, relajado.&lt;br /&gt;Miró hacia el televisor, encendido, sin sonido, ubicado sobre la mesita con ruedas, en la puerta de uno de los dormitorios, corrido hasta allí para que se viera desde el patio.&lt;br /&gt;-¿Ya conectaron? –preguntó.&lt;br /&gt;-Sí –dijo Telmo, sin mirarlo-. Le saqué el sonido. Así no jode.&lt;br /&gt;Se quedaron un instante callados. Desde la cocina llegó una risa compartida.&lt;br /&gt;-Esta es la mejor hora –dijo Hernán, casi solemne.&lt;br /&gt;-Esta hora es una gloria –aprobó Telmo, golpeando con el atizador una brasa rebelde-. ¿Sabés qué pasa, además, con el vino? Cuando vos andás bien de acá –se señaló la frente con un dedo- nada te cae mal... Cuando vos estás tranquilo despreocupado...&lt;br /&gt;-Eso es verdad... Eso es verdad...&lt;br /&gt;-Te cae todo bien hermano. Podés comer como una bestia, que después...&lt;br /&gt;-Lo asimilás...&lt;br /&gt;Volvieron a quedarse en silencio.&lt;br /&gt;-No estaría mal un salame ¿no? –aventuró Hernán, aburrido.&lt;br /&gt;-Decile al Sordo que traiga –Telmo miraba bajo la parrilla con la nariz arrugada, atisbando-. ¡Sordo! –gritó, sin dejar que Hernán se levantara-. ¡Traete un salamín, querés!&lt;br /&gt;-Voy –se oyó desde adentro. Y el revuelo de las voces de las mujeres, que se reían.&lt;br /&gt;-Y algo de queso –agregó Hernán, gritando.&lt;br /&gt;-Ya trae, ya trae –Telmo tomó un par de tragos de vino y se secó la transpiración con el brazo.&lt;br /&gt;-¿Pan hay? –preguntó Hernán, precavido.&lt;br /&gt;-Pero... ¡Cómo no va a haber, mi querido! –fingió enojarse Telmo-. No... no sé si hay pan... Fue a buscar Roque... El Roque fue a buscar...&lt;br /&gt;Hernán se puso de pie y tomó las botellas de la mesa.&lt;br /&gt;-Las voy a meter en la heladera –anunció.&lt;br /&gt;-Mejor metelas en el congelador. Y abrite una de las que quedaron de la otra noche.&lt;br /&gt;Hernán partió hacia adentro.&lt;br /&gt;-Oíme... –lo detuvo Telmo-. ¿Te parece que ponga el resto de la nerca?&lt;br /&gt;Hernán frunció los labios, pensativo.&lt;br /&gt;-¿Cuántos somos? –consultó-. Yo creo que con eso está bien....&lt;br /&gt;-Tengo todo este vacío –señaló Telmo hacia la mesada.&lt;br /&gt;-Yo creo que con esto está bien, Telmo... Es una barbaridad...&lt;br /&gt;-¿Y viste lo que es este jamón redondo? Es merca de primera.&lt;br /&gt;-No pongás el vacío. Si va a sobrar... Las mujeres comen poco...&lt;br /&gt;-Pero ellas van a comer adentro, Hernán... Así no rompen las bolas durante el partido.&lt;br /&gt;-Ah... Eso es bueno.&lt;br /&gt;-No sé qué carajo van a ver en el otro televisor... Creo que sacaron una porno.&lt;br /&gt;-No lo pongás, Telmo. Con eso hay de sobra.&lt;br /&gt;-Por ahí lo pongo... Según como venga la mano... Mirá que el Roque morfa. ¿Eh? A ése no lo arreglás así nomás.&lt;br /&gt;-Bueno, como vos quieras...&lt;br /&gt;-Total, si sobra... –dijo Telmo- al vacío lo podés comer al día siguiente, frío, es riquísimo. Yo no sé si no es más rico frío, mirá lo que te digo...&lt;br /&gt;-¡Eh! –asintió Hernán, yéndose-. Le sacás la grasa –hizo un gesto con la mano, horizontal, rebanando algo-. Y lo comés con pan...&lt;br /&gt;-Mayonesa...&lt;br /&gt;-Acá está el pan, acá está el pan, mi viejo... ¿qué andan protestando? –los dos se dieron vuelta ante el vozarrón de Roque, que tiró un paquete de pan sobre la mesa-. ¿Qué le pasa a ese televisor? –preguntó después, inquieto-. No me digás que se le fue el sonido...&lt;br /&gt;-No lo toqués, no lo toqués que vos lo que tocás lo hacés cagar –dijo el Sordo, llegando con la picada-. Telmo le sacó el sonido para que no rompa las bolas...&lt;br /&gt;-¿Y a vos no te podría sacar un poco el sonido, digo yo? –preguntó el Roque-. Un rato, para que no hablés tanto al pedo. Una idea ¿no?... ¿Preparaste el salame? ¿Trajiste el vermouth?&lt;br /&gt;-Acá tenés, querido...&lt;br /&gt;-Hace media hora que tendría que estar todo listo esto, hermano. ¿Y el vermouth? ¿No ves que no servís ni para tirar flit, vos, sordo puto?&lt;br /&gt;-Te lo traigo ahora pero después no me vengás a romper las bolas durante el partido porque...&lt;br /&gt;-¡Ah! –dijo el Roque de repente, desinteresándose de su amable diálogo con el Sordo-. Hay que poner un plato más en la mesa...&lt;br /&gt;Telmo, Hernán que volvía y el Sordo lo miraron.&lt;br /&gt;-¿Quién viene?&lt;br /&gt;-El Pepe.&lt;br /&gt;-¿El Pepe? –exclamaron todos al unísono.&lt;br /&gt;-El Pepe, en persona...&lt;br /&gt;-El Pepe... ¡Que raro! –se ensombreció la cara de Telmo.&lt;br /&gt;-Pero... Si estaba bien.&lt;br /&gt;Roque se encogió de hombros y se metió en la boca un pedazo enorme de pan con salame.&lt;br /&gt;-¿No lo habías visto vos, antes de venirte, y estaba bien? –le preguntó Telmo a Hernán.&lt;br /&gt;-Sí. Pero hace ya como tres meses, no te olvidés...&lt;br /&gt;-Sí, pero...&lt;br /&gt;-¿Algún accidente? –preguntó el Sordo.&lt;br /&gt;El Roque se volvió a encoger de hombros.&lt;br /&gt;-No sé, Sordo... Yo te digo lo que me dijeron...&lt;br /&gt;-¿Quién te dijo?&lt;br /&gt;-En la puerta de entrada... Ya debe estar viniendo para acá...&lt;br /&gt;-Mirá vos... –Hernán se rascó una mejilla, pensativo-. Pero... ¿El Pepe andaba mal del bobo o una cosa de ésas? Nunca me...&lt;br /&gt;-¡Qué sé yo, Hernán! –casi se enojó el Roque, con la boca llena-. No es necesario andar mal del bobo ¿no? Mirá yo... Estaba fantástico también... ¿Y?&lt;br /&gt;-Bué... –suspiró Telmo, volviendo su atención a la parrilla-. Será bienvenido.&lt;br /&gt;-¡Nooo! ¡Por favor! –se ofendió Hernán-. Encantado de Dios que venga Pepe. ¿Cómo no voy a tener ganas de verlo? Por favor, me cago de gusto... No me interpretés mal, Roque... Te digo, nomás...&lt;br /&gt;-Por eso.&lt;br /&gt;-¿Sabés qué? Hacemos la fiesta completa con Pepe...&lt;br /&gt;-Además, es futbolero –agregó Telmo, enjugándose una gota de sudor que le irritaba el ojo-. No va a venir a rompernos las bolas con que quiere ver ballet... o un concierto.&lt;br /&gt;-Como nos pasó con Parola.&lt;br /&gt;-¿Qué Parola?&lt;br /&gt;-El guitarrista del negro Acuña, que lo invitamos una vez a comer un asado y rompió las bolas porque no le gustaba el fútbol.&lt;br /&gt;-Y... –abrió los brazos, el Sordo-. Yo lo conocí de allá y no sabía.&lt;br /&gt;-Con el Pepe, no.&lt;br /&gt;Sonó el timbre.&lt;br /&gt;-¡Ahí estás! –saltaron los tres, al unísono.&lt;br /&gt;En efecto, era Pepe. Entró un poco cortado, tímido quizá, pese a la confianza. Como confundido. Hubo abrazos, palmadas, hasta alguna lágrima. Le acercaron una silla, le pusieron un vaso de vino en la mano, le ofrecieron salame, queso, pan y hasta unos pimientos en vinagre que había traído Angelita.&lt;br /&gt;-Llegás justo Pepín –le dijo Telmo, volviendo a su reducto junto al fuego.&lt;br /&gt;-¿Agregaste el vacío? –se preocupó Hernán.&lt;br /&gt;-Llegaste justo porque... –Telmo miró a Hernán-. Sí, lo agregué –tranquilizó-. Porque ahora tenemos Peñarol y River.&lt;br /&gt;-¿Peñarol y River? –preguntó Pepe, aún un poco ido, como absorto, mirando hacia todas partes, ubicándose.&lt;br /&gt;-Claro, papá –dijo Roque, sin dejar de comer-. Y mañana tenemos Bayern y Manchester United... Y pasado... ¿Pasado que teníamos?&lt;br /&gt;-Box –gritó el Sordo desde adentro-. La pelea por el título.&lt;br /&gt;-La pelea por el título –sonrió Roque, ufano-. Los medianos welters.&lt;br /&gt;-El negro que ganó las otras noches y... No sé qué otro... Un nigeriano...&lt;br /&gt;-Y así todas las noches. Todas –informó Roque-. No hay una sola en que no tengas nada para ver.&lt;br /&gt;-Y... Acá se agarra todo –dijo Hernán, que también se había sentado y estaba descorchando el blanco.&lt;br /&gt;-Che Pepe, Pepín... –sonrió Telmo-. Y de pedo no te encontraste con el Charro...&lt;br /&gt;-¿Qué Charro?&lt;br /&gt;-El Charro Moreno. Le habíamos dicho que viniera a comer, y a ver el partido.&lt;br /&gt;-¿El Charro Moreno? –se asombró Pepe-. ¿El de River?&lt;br /&gt;-Y claro, papá... El otro día vino Angelito.&lt;br /&gt;-¿Qué Angelito? ¿Labruna?&lt;br /&gt;-Sí. Vino a ver... vino a ver... –dudó Telmo-. No sé qué partido vino a ver.&lt;br /&gt;-Con el que nos cagamos de risa fue con Fidel –dijo Hernán-. Con Fidel Pintos.&lt;br /&gt;-¿Fidel Pintos? ¿Estuvo acá? –el Pepe no lo podía creer.&lt;br /&gt;-Sentado ahí mismo donde estás sentado vos –aportó el Sordo-. Un fenómeno...&lt;br /&gt;-¿Sabés a quién quiero traer yo? –dijo Hernán-. Digo... algún día...&lt;br /&gt;-¿A quién?&lt;br /&gt;-A Carlitos...&lt;br /&gt;-¡Ah! –se golpeó las palmas de las manos, Roque-. Mirá que joda.&lt;br /&gt;-Y que cante –siguió Hernán.&lt;br /&gt;-¡Yo también quiero que venga, boludo! –dijo el Roque. Telmo se reía-. Mirá que piola que sos. Todos. Pero no tiene ni una fecha libre el quía. Si todo el mundo lo invita.&lt;br /&gt;-¿Carlitos? –los miró Pepe-. ¿Está acá?&lt;br /&gt;-Todos están acá, querido –dijo Roque-. Acá te los podés encontrar a todos. A todos. El otro día vino un sobrino de Irigoyen.&lt;br /&gt;-No... Pero yo a Carlitos lo quiero traer... –insistió Hernán, como atrapado por una ensoñación.&lt;br /&gt;-Ya va a venir. Ya va a venir. –consoló Telmo-. Hay que agarrarlo con tiempo. Si acá, lo que sobra es tiempo.&lt;br /&gt;-Por otra parte, no es de hacerse el estrecho.&lt;br /&gt;-¡Para nada! ¡Le gustan estas cosas! Y el fútbol le cabe...&lt;br /&gt;-Hincha de Racing, además.&lt;br /&gt;-Y los burros. Los burros más todavía.&lt;br /&gt;-Por él soy capaz hasta de ver una carrera, te digo.&lt;br /&gt;-A la que me gustaría traer es a la rubia... –dijo el Sordo-. La Marilyn...&lt;br /&gt;-¿Está acá? –preguntó Pepe.&lt;br /&gt;-Y sigue buena –asintió el Sordo, con la cabeza-. Aunque sea para mirarla...&lt;br /&gt;-Con esa mina te caga el idioma, Sordo –dijo Roque-. Como cuando vino Fred Astaire...&lt;br /&gt;-Para mirarla nomás, te digo, Roque.&lt;br /&gt;-Después se arma quilombo con las mujeres.&lt;br /&gt;-¿Vino Fred Astaire? –el Pepe los miraba procurando detectar una broma colectiva.&lt;br /&gt;-Pero a pedir una escoba. Pasa siempre –dijo Hernán.&lt;br /&gt;-Baila con la escoba, Hernán –puntualizó Roque-. No te creas que es para barrer.&lt;br /&gt;-Che Pepe... –Telmo se acercó hasta la mesa, se secó la transpiración con un repasador y empezó a pelar minuciosamente un pedazo de salame-. ¿Llegaste bien?&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;-No sé... un pelado, de barba...&lt;br /&gt;-¡Pedro! ¡Pedrito, viejo nomás!&lt;br /&gt;-¡Grande Pedro! –apretó un puño, Roque-. “Costita”, le decimos...&lt;br /&gt;-¿”Costita”? –Pepe lo miró. No podía abandonar su tono melancólico.&lt;br /&gt;-“Costita” –dijo el Sordo-. ¿Te acordás de Costa, ése que controlaba la entrada en “Mombasa”, que decía “éste sí, éste no”? ¡”Mombasa”, el boliche bailable!&lt;br /&gt;-¡Ah sí! –esbozó Pepe una sonrisa triste-. Sí...&lt;br /&gt;-“Costita” –se rió Hernán.&lt;br /&gt;-Pepe... –requirió su atención Telmo-. Pedrito... –y le hizo un gesto de comer algo, con la punta de los dedos, unidos, hacia la boca.&lt;br /&gt;-¿Medio manyún el pelado? –sonrió Pepe.&lt;br /&gt;-Trolo. Dicen... –no se comprometió el Sordo.&lt;br /&gt;-Estos hijos de puta... –Roque se reía-. Lo ven educado al hombre...&lt;br /&gt;-Reputo, Pepe –afirmó Telmo, desde la parrilla. Se rieron.&lt;br /&gt;-Che... –dijo el Sordo-. Pero... ¿te trató bien?&lt;br /&gt;-Muy bien. Muy bien.&lt;br /&gt;-¿No te manoteó el bulto? –preguntó Roque levantándose y caminando hacia el televisor.&lt;br /&gt;-A los tipos los trata bien, querido –acotó Hernán-. A las minas, ni bola.&lt;br /&gt;-No. Muy bien, muy bien –insistió Pepe, respetuoso.&lt;br /&gt;-No –dijo Telmo-. Nosotros jodemos, pero es macanudo el pelado.&lt;br /&gt;-Macanudo.&lt;br /&gt;-Y además –se puso serio, Roque-. Incorruptible.&lt;br /&gt;-Eso sí.&lt;br /&gt;-Che –alertó Roque, que había elevado un poco el sonido del televisor- ¡Ya empezó!&lt;br /&gt;Telmo se dio vuelta hacia el aparato.&lt;br /&gt;-No, gil –dijo-. Esos son los goles del otro día. Los están repitiendo.&lt;br /&gt;-Todavía falta como media hora –calculó Hernán mirando su reloj.&lt;br /&gt;-¿Este es el partido por la Copa? –Pepe señalaba el televisor.&lt;br /&gt;-Y claro, querido...&lt;br /&gt;-Ah claro... Yo leí allá, antes de venir...&lt;br /&gt;-Por supuesto. Lo pasan en simultáneo.&lt;br /&gt;-¡Si no vas a extrañar ni un carajo! –Roque palmeó a Pepe en la espalda, volviendo a sentarse.&lt;br /&gt;-Che –Pepe perdió su vista en un punto lejano-. Y a los otros, a los capos... ¿no ven a ninguno?&lt;br /&gt;-¿Vos decís, además de Pedro?&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;-No. A nadie. Al menos desde que estoy por acá no apareció ninguno –dijo el Sordo.&lt;br /&gt;-No rompen las bolas para nada –agregó Hernán-.&lt;br /&gt;Telmo se puso de pie y caminó hasta la parrilla, elevando la voz-. Y mirá que yo hace ya diez años que estoy acá, pero... para nada.&lt;br /&gt;-¿Ni siquiera el...? –Pepe se pasó la mano izquierda por el mentón, hacia abajo, como quien estuviera alisando una larga barba. Hernán y el sordo negaron con la cabeza, pero ahora serios, como si les pesara el tema.&lt;br /&gt;-Siempre tranquilo, Pepe –dijo Hernán.&lt;br /&gt;-Sale Peñarol –anunció el Roque, que no perdía de vista el televisor.&lt;br /&gt;-Che –Telmo reclamó la atención-. Ya tengo los chorizos.&lt;br /&gt;Hernán se paró y corrió algunas cosas de la mesa, haciendo lugar.&lt;br /&gt;-Le digo a Tere que traiga los platos –propuso.&lt;br /&gt;-No... –desestimó Telmo-. Poné un plato, nomás. Lo ponemos cortadito y picamos...&lt;br /&gt;-Eso. Mientras vemos el primer tiempo.&lt;br /&gt;-¿Está Tere también? –preguntó Pepe, algo demudado.&lt;br /&gt;-Eso... No se puede mirar el partido y comer al mismo tiempo –dictaminó Hernán, muy serio.&lt;br /&gt;-Y a la tira la voy llevando despacito, así la comemos en el entretiempo –dijo Telmo.&lt;br /&gt;-Che Hernán... –Pepe procuró que alguien le hiciera caso-. ¿Está Tere acá?&lt;br /&gt;-Claro. Y Dora también.&lt;br /&gt;Distribuyeron algún plato, los vasos, el Sordo trajo los cubiertos y no se dieron cuenta de que Pepe estaba lagrimeando.&lt;br /&gt;-Ehhh –se percató, de pronto, el Sordo-. ¿Qué pasa, varón? –Hernán miró a Pepe y se acercó a apoyarle una mano en el hombro.&lt;br /&gt;-Nada –suspiró Pepe, aspirando hondo.&lt;br /&gt;-¡Te acostumbrás enseguida! –Telmo, que se había dado cuenta de lo que pasaba, gritó desde la parrilla.&lt;br /&gt;-A lo bueno uno se acostumbra rápido, Pepe. Ya vas a ver –lo palmeó Hernán.&lt;br /&gt;-Sale River –anunció Roque.&lt;br /&gt;-Es que... –un tanto avergonzado, Pepe trataba de recomponerse-. Me acuerdo de la Gallega... de los chicos...&lt;br /&gt;-¿Cómo quedó la Gallega? ¿Bien? –dijo el Sordo. Pepe aprobó con la cabeza aún confuso.&lt;br /&gt;-No te calentés, Pepe –le sirvió otro vaso de vino, Hernán-. Por ahí, en un par de meses la tenés por acá –el Sordo y el Roque lo miraron como para matarlo-. Digo… -vaciló Hernán-… tarde o temprano la vas a tener por acá. Y después, para siempre…&lt;br /&gt;-Mirá yo –dijo Roque-. Yo vine antes que Clarita.&lt;br /&gt;-Pero… qué se yo… -Pepe meneaba la cabeza, con los ojos enrojecidos-. Los chicos… Vos no sabés cómo están las cosas allá…&lt;br /&gt;-Ni nos contés como están las cosas allá –se rió, tratando de distender el momento, Roque-. No me quiero ni enterar. Otro día nos decís.&lt;br /&gt;-Además tus pibes ya deben tener como 35 años ¿no?&lt;br /&gt;-Ya era hora de que les dejaras de romper las pelotas –se rió Telmo. Pepe también se sonrió. Esto animó al Sordo.&lt;br /&gt;-Tomá Pepe. Abrite la botella –le alcanzó. Pepe tomó el destapador y ese mínimo gesto pareció iniciar su real integración al grupo y al lugar.&lt;br /&gt;-Acá están los sorchoris –anunció, llegando casi al trote, Telmo.&lt;br /&gt;-Vení Telmo, sentate –pidió Hernán.&lt;br /&gt;-Hacete amigo.&lt;br /&gt;-Che –dijo Pepe, girando el destapador-. ¿Salchichitas criollas no tenemos?&lt;br /&gt;Hernán se rió y lo palmeó fuerte en la espalda.&lt;br /&gt;-¡Ya le gustó! –gritaba-. ¡Ya le gustó al cabezón! ¡Recién estaba hecho mierda y ahora ya está pidiendo salchichita criolla!&lt;br /&gt;-Cabezón hijo de puta… ¡Recién llegás y ya empezás con las exigencias! –se reía Telmo-. No. No tenemos... A estos boludos no les gusta.&lt;br /&gt;-Además –reconsideró Pepe, poniendo la botella sobre la mesa-. Me había olvidado de que a mí me cae para la mierda.&lt;br /&gt;-Olvidate de eso, Pepe –aconsejó Roque-. Ya pasaste por ésa. Acá es distinto, cabezón.&lt;br /&gt;-Pero… Oíme Pepe –el Sordo se acodó en la mesa en tanto, de reojo, comprobaba si la iniciación del partido le daba tiempo para iniciar un tema-. ¿Yo me equivoco o vos estabas bien? De salud, digo… Vos estabas de puta madre, -Pepe osciló la cabeza de un lado al otro mientras masticaba, dando a entender que no podía hablar con la boca llena. Lo esperaron en silencio.&lt;br /&gt;-Estaba –alcanzó a decir, con los labios entrecerrados. Después chasqueó un par de veces los labios y manoteó una servilletita de papel-. Estaba… -repitió, ya liberado del bocado-. Pero… Vos no sabés lo que me pasó con el Emilio…&lt;br /&gt;-¿Qué Emilio? ¿Tu socio?&lt;br /&gt;-¡Emilio! –recordó, jubiloso, el Sordo.&lt;br /&gt;-Sí –lo abarajó en el aire, Pepe-. No sabés cómo me cagó ese hijo de puta…&lt;br /&gt;-¡No me digás?&lt;br /&gt;-Me recagó…&lt;br /&gt;-¿Emilio?&lt;br /&gt;-Siempre fue medio cagador el Emilio –acotó Roque.&lt;br /&gt;-Cagador y la fuga –completó Hernán.&lt;br /&gt;-¿Sí? –se asombró el Sordo.&lt;br /&gt;-¿No te acordás del quilombo que tuvo con el primo… -preguntó Roque- que le puso la chatita a su nombre y y…?&lt;br /&gt;-Es que yo lo conozco nada más de jugar al fútbol –se disculpó el Sordo-. Y…&lt;br /&gt;-Ah… -reconoció Hernán-. Para la joda, macanudo… Pero no pongás un sope de por medio porque…&lt;br /&gt;-Y… ¿qué paso? –Telmo apuró a Pepe.&lt;br /&gt;-Me hizo meter guita para comprar unas chapas. Mucha guita… Me hizo endeudar hasta la manija. Me dijo que era un negocio redondo. Que él había tocado a un par de puntos en la Gobernación…&lt;br /&gt;-Siempre con esos negocios el Emilio…&lt;br /&gt;-Y después resultó que no había comprado un carajo. Que todo estaba firmado por mí… El se hizo humo, desapareció de la casa… Tuve que vender el negocio, el Citröen… -Pepe parpadeó varias veces, como si estuviera por volver a llorar-. ¿Para qué te voy a contar? Hasta último momento me bicicletó de que todo estaba controlado, que había adornado a un oficial de justicia… Bueno… -todos escuchaban en silencio-. Llegó un momento en que el bobo no me aguantó más…&lt;br /&gt;-¿Podés creer vos?&lt;br /&gt;-¿Fue eso, entonces?&lt;br /&gt;-Porque vos estabas bien –irrumpió, enérgico, Hernán-. ¿Habías tenido algún anuncio, algo?&lt;br /&gt;-Nada. Diez puntos estaba…&lt;br /&gt;-Pero mirá qué hijo de puta el Emilio –dijo Roque.&lt;br /&gt;-Nunca me gustó ese tipo –agregó Telmo.&lt;br /&gt;-Pero ¡te cuento! –se animó de improviso, Pepe-. Cuando salía para acá me enteré de que había tenido un accidente…&lt;br /&gt;-¿Un accidente?&lt;br /&gt;-Con el auto… En Concordia, por ahí… Se estroló con el auto y se hizo mierda.&lt;br /&gt;-¿Se mató?&lt;br /&gt;-Decían que sí –Pepe se encogió de hombros-. Pero no me preocupé mucho en averiguarlo. Además, yo ya estaba viniéndome para acá. A mí ya me había cagado.&lt;br /&gt;-Poné otro cubierto –musitó Roque.&lt;br /&gt;-¡No! –Telmo se reía-. ¡Tené la seguridad que ése por aquí no aparece! ¡Ese tiene otro destino, no acá!&lt;br /&gt;-¡No! –el Sordo, sarcástico, acompañó la risa-. Empecemos a comer tranquilos que ése no viene. No lo vayamos a andar esperando.&lt;br /&gt;-¡Che! –simuló enojarse Telmo, mirando el televisor-. ¡Cuándo carajo empieza ese partido?&lt;br /&gt;-Están controlando los arcos –asesoró Roque, que nunca había dejado de vigilar la pantalla-. Hay gente adentro de la cancha. El referí no quiere empezar el partido. Quiere que la policía saque a la gente…&lt;br /&gt;-¡Lo que hay que sacar es a la policía! –tronó Hernán-. ¡Para ganar ahí en el Centenario lo que hay que sacar es a la policía! ¡Sabés qué?&lt;br /&gt;-Pero… Ya larga. Ya larga…&lt;br /&gt;Sonó el timbre. Se miraron entre ellos.&lt;br /&gt;-¿Quién carajo puede ser ahora?&lt;br /&gt;-¡Justo que empieza el partido!&lt;br /&gt;-¡Emilio! –abrió mucho los ojos, Hernán, tratando de adivinar.&lt;br /&gt;-El Charro… ¿No iba a venir el Charro? –se ilusionó el Sordo.&lt;br /&gt;-No… Dijo que no podía –Telmo caminó decidido hacia la puerta. Hernán había acertado. Era Emilio. Ante el silencio general entró, tímido, con una sonrisa helada y triste.&lt;br /&gt;-¡Muchachos! –se alegró, casi infantilmente. Pero pocos le respondieron. Hubo alguna palmada amistosa, un “Qué hacés, Emilio” nada enfático. Todos miraron a Pepe, que permanecía sentado, un gesto un tanto duro en la cara. Emilio vio a Pepe y se acercó a saludarlo, pero se paró en medio del patio antes de llegar, frente a la actitud fría de su ex socio.&lt;br /&gt;-Tenemos que hablar, Pepe –se disculpó-. Te juro que vos me interpretaste mal… -los demás miraban en silencio-. Vos no sabés lo que me jodió enterarme de lo tuyo… Me hizo mierda… Te digo más… Cómo tendría la cabeza con tu noticia que me hice bolsa con el auto ¿te enteraste? –miró a todos-. ¿Se enteraron?&lt;br /&gt;-Nos dijo Pepe…&lt;br /&gt;-Mirá cómo me habrá hecho de mal. No sabés cuántas noches hacía que no dormía porque yo te metí en esto… De total buena voluntad, Pepe…&lt;br /&gt;Roque pegó una ojeada hacia el televisor. El árbitro se acercaba, balón entre las manos, prometedoramente, hacia el centro del campo.&lt;br /&gt;-Che –pidió Roque- . ¿Por qué no lo hablan a esto después? Entre ustedes.&lt;br /&gt;-No… Lo que pasa… -Emilio, con cara compungida, se puso una mano sobre el pecho-. Es que yo le quiero explicar, porque…&lt;br /&gt;-Está bien, está bien –dijo Telmo-. Tenés razón…Pero acá ya pasó todo, querido… Discutir es al pedo. Otro día, más tranquilos, lo conversan entre ustedes y se explican todo… ¿no es así, Pepe?&lt;br /&gt;Pepe despidió por la boca un torrente de humo de cigarrillo. No parecía muy convencido.&lt;br /&gt;-Total –se anotó el Sordo-. Acá ya no van a resolver nada. Lo que pasó, pasó.&lt;br /&gt;-Está bien –Emilio se acercó una silla-. Si ustedes lo…&lt;br /&gt;-Tomate un vino –le sirvió Hernán.&lt;br /&gt;-Ahora… eso sí… -el Roque, ya ubicado de frente al televisor, las manos en la nuca, dando espaldas a la mesa, le habló a Emilio-. Algún día nos explicás cómo mierda hiciste para que te dejaran entrar acá. Porque… después de lo que hiciste…&lt;br /&gt;-Con el pedigré tuyo, querido –lo del Sordo tampoco sonó demasiado agresivo.&lt;br /&gt;-¿Viste el flaco, el de la entrada? –preguntó Emilio.&lt;br /&gt;-¿Pedro?&lt;br /&gt;-Ese… Le puse unos mangos.&lt;br /&gt;Todos se dieron vuelta para mirarlo.&lt;br /&gt;-Le tiré unas rupias –Emilio se encogió de hombros, disculpándose por la picardía-. Si no, acá, no pasa nada… ¡Si lo hacen todos! No voy a ser el único gil que...&lt;br /&gt;-¡Ya estamos! ¡Ya estamos! –se revolvió, nervioso, acomodándose en la silla el Roque, observando al referí que levantaba su mano consultando a los lejanos arqueros.&lt;br /&gt;-Ya estamos –dijo Telmo, sentándose también.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De &lt;em&gt;"Uno nunca sabe y otros cuentos"&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-8559974107779709109?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/8559974107779709109/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=8559974107779709109' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/8559974107779709109'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/8559974107779709109'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/04/cielo-de-los-argentinos.html' title='Cielo de los argentinos'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-1350803378302561021</id><published>2008-03-24T22:19:00.000-07:00</published><updated>2008-03-24T22:36:58.359-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Fútbol'/><title type='text'>Memorias de un wing derecho</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal"&gt;Y aquí estoy. Como siempre. Bien tirado contra la raya. Abriendo la cancha. Y eso no me enseño nadie. Son cosas que uno ya sabe solo. Y meter centros o ponerle al arco como venga. Para eso son wines. No me vengan con eso de wing “ventilador” o wing “mentiroso” o las pelotas. Arriba y contra la raya.&lt;br /&gt;Abriendo la cancha para que no se amontonen los forwards en el medio. Nada de andar bajando a ayudar al marcador de punta ni nada de eso. Si el marcador de punta no puede con el wing de él... ¿para qué m... juega de marcador de punta? Lo que pasa es que ahora cualquier mocoso le sale con esas teorías nuevas y nuevas formas de juego o te viene con la “holandesa” o la brasileña y otras estupideces.&lt;br /&gt;¡Por favor! El fútbol es uno solo y a mí no me saca de la formación clásica: el arquero bien parado en la raya y atento. Por ahí escucho decir que Gatti juega por toda el área o sale hasta el medio de la cancha... Y bueno, así le va. Yo al arquero lo quiero paradito en su arco y nada más. Para eso es arquero. Después una línea de tres. Después otra de cinco. Y arriba que nos dejen a nosotros tres. Más de veinte años hace que jugamos así y nos hemos podrido de hacer goles. De a siete hacemos. Yo ya debo llevar como 6.800. Yo solo... ¡Después me dicen de Pelé! O arman tanto despelote porque Maradona hizo cien. Cien yo hago en una temporada. Y en verano, cuando los pibes se quedan en el club como hasta las dos de la matina, me atrevo a hacer cuarenta, cincuenta goles por semana. Cuarenta, cincuenta. Yo solo... Maradona... ¡Por favor! Y eso para no hablar del centrofoward nuestro. debe llevar más de 12.000 goles. por debajo de las patas... Y...¡el tipo está ahí!&lt;br /&gt;donde deben estar los centrofoward. En la boca del arco. En el área chica. Pelota que recibe, ¡Pum! adentro. A cobrar. Y ojo, que el nueve de los de Boca no es maño tampoco. Es el mismo estilo que el nuestro. Siempre ahí: en la troya. Adonde están los japoneses. ¡Nos ha amargado más de un partido, eh! Yo no he visto los goles que nos ha hecho pero escucho los gritos y el ruido de la pelota adentro del arco.&lt;br /&gt;Le da con un fierro el guacho. Pero, claro, tiene dos wines que son dos salames. Por ahí si jugara al lado mío él también habría hecho como 12.000 goles. ¡Si le habré servido goles al nueve! ¡Si le habré servido goles! Me acuerdo el día del debut. Le estoy hablando de hace 25 años, 25 años, un cuarto de siglo. Sacaron la lona que cubría la cancha y le juro que nos escegueció la luz. Un solazo bárbaro. Yo casi no podía ver por el resplandor en las camisetas, especialmente en las nuestras. Claro, por el blanco. Las bandas rojas parecían fuego. No como ahora, que está saltando todo el esmalte y se ve el plomo. O el piso, del verde ya no queda casi nada. ¡Cómo está ésta cancha! ¡Qué lástima! Qué poco cuidada está. Pero bueno, ese día fue algo inolvidable. Era domingo al mediodía y se ve que los muchachos estaban alborotados porque esa tarde jugaban River y Boca en el Monumental y ellos se habían reunido en el club para irse todos juntos en el camión para el partido. ¡Huy, lo que era ese día! Y claro, llegaron ahí y se encontraron con que la Comisión Directiva había comprado el metegol.&lt;br /&gt;Yo había escuchado desde abajo de la lona que pensaban inaugurarlo esa noche cuando los socios se juntaban en la sede social a comentar los partidos o tomarse un fernet antes de cenar. Pero... ¡qué!... apenas los muchachos vieron el metegol al lado de la cancha de básquet ni siquiera se molestaron en meterlo adentro.&lt;br /&gt;¡Además, esto es pesado, eh! No sé cuántos kilos debe pesar esto, pero es pesado. Puro fierro, de las cosas que se hacían antes. Bueno, ahí nomás lo destaparon y se armó el partido. Yo calculo, calculo, que había de haber entre 20 y 25 años personal viendo el partido. ¡No menos, eh! No menos. Una multitud. Y había apuestas y todo. Le digo que calculo que había esa gente porque yo ni miré para arriba, le juro, no me atrevía a levantar la vista del cagazo que tenía. Le juro. Uno escuchaba bramar esa tribuna y temblaba.&lt;br /&gt;¡Qué cosa inolvidable! Nosotros, los tres de adelante, tuvimos suerte porque el tipo que nos manejaba se ve que sabía. Yo apenas sentí que se movía, dije: “Hoy vamos a andar bien”. porque también es importante el tipo que a uno le toque para manejarlo. Usted podrá tener condiciones, es más, podrá ser un fenómeno, pero si el que está afuera es un queso, va muerto. Y yo le digo, ahora, con experiencia, yo apenas noto cómo el tipo me mueve ya me doy cuenta si conoce o no. Es una cuestión de experiencia , nada más. No es que uno sea sabio. Escúcheme, usted ve un tipo cómo se para en la cancha y ya sabe cómo juega al fútbol. No tiene necesidad ni de verlo correr. ¡Por favor! Pero ese día se ve que el tipo conocía. No era ni improvisado ni uno que agarra la manija porque está aburrido y para matar el tiempo se juega un metegol. De esos que usted trata de ayudarlos, de darles una mano pero al final el que queda como un patadura es usted. Cuando el culpable es el que tiene la manija. Y usted los escucha gritar: “¡Qué tronco es el siete ese! ¡Qué animal el wing!”. Hay que aguantar cada cosa. ¡Por favor! Pero ese día no. Ese día tuve suerte, lo que es importante en un debut. Y más en un River-Boca. Usted sabe bien cómo son estos partidos. Un clásico es un clásico, digan lo que digan ahora yo ya tengo como 30.000 clásicos jugados y así y todo, le digo, todavía cuando escucho el pique de la primera pelota en la mitad de la cancha me pongo nervioso. Parece mentira. Es que son partidos muy parejos. Somos equipos que nos conocemos mucho. Pero aquél día tuvimos suerte, por lo menos los de adelante. De la mitad de la cancha para adelante la rompimos, la hacíamos de trapo. “Tachola”, me acuerdo que se llamaba el que tenía la manija. Me acuerdo porque le gritaban permanentemente y además porque durante cuatro años vuelta a vuelta venía al club y jugaba. ¡Cómo sabía ese tipo! Lo arruinó la bebida. Cuando llegaba en pedo yo me daba cuenta porque nos hacía hacer molinetes y cada cagada que ni le cuento. Un día me hizo hacer un molinete y yo cacé un chute que la pelota saltó del metegol e hizo sonar un vaso. Me quería hacer pagar a mí el desgraciado. Pero cuando estaba sobrio era un león. Y ese día la gasté. En la defensa no andábamos tan bien porque el que manajaba a los tres era un salame. Un paspado. Pero con los de adelante bastaba.&lt;br /&gt;No hay mejor defensa que un buen ataque, mi amigo, eso lo sabe cualquiera. ¡Por favor! Ahora se meten todos abajo. Están locos. tres pepas hice ese día. Y las otras tres se las serví al nueve, al morochón. Y no tenía bigotes. Lo que pasa es que algún mocoso se los pintó con birome para que se pareciera a Luque. Un gol, me acuerdo, un gol, la bola rebotó en el corner y se me vino. Ibamos perdiendo uno a cero, porque ¡ojo! habíamos arrancado perdiendo, y la hinchada bramaba. La puse debajo de la suela y casi la astillo. La empecé a pisar y me la traje despacito para el medio. El nueve se fue para la izquierda y el once también, para abrirme un buco. Yo la masé y un par de veces amagué el puntazo, pero el fullback me tapaba el tiro y no veía ángulo para el taponazo. Le cuento que yo no le hago asco a patear y cuando veo luz le sacudo. A mí no me vengan con boludeces. Pero el rubio que me marcaba me tapaba bien. Entonces yo agarro y la engancho de nuevo para afuera, para mi lado, como para meterle un derechazo cruzado, al segundo palo, a la ratonera. ¡Si habré hecho goles así! Y cuando el rubio me sigue para taparme y el arquero cubre el primer palo, de revés nomás, cortita, la toco para el medio. Y el nueve, sin pararla ché, le puso semejante quema que abolló la chapa del fondo del arco. ¡Qué golazo! ¡Lo que fue eso! Yo lo había escuchado al negro, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha y ví que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha ví que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro que me grita: “¡Ah!”. Y se la toqué. Lo mató al Negro. Lo mató. La hacemos siempre a ésa. Diga que ya nos conocen. ¡Qué partido fue ése! Y para esta noche tenemos uno lindo. Si es que vienen los muchachos. Porque los escuché decir que iban a las maquinitas. Siempre hablan de las maquinitas. Vaya a saber qué es eso. Acá una vez al club trajeron una. Yo siempre escuchaba unos ruidos raros, unas cosas como “pluic” “plinc” , “clun” y unas sacudidas. Unas luces. Pero después no lo sentí más. Dicen que se le jodió algo adentro a la máquina, algún fusible y nunca hay guita para comprarlo. Son máquinas delicadas. De ésas que hacen los yanquis. Por eso los muchachos siempre vuelven. Porque el fútbol es el fútbol. Esa es la única verdad. ¡Qué me vienen con esas cosas! Son modas que se ponen de moda y después pasan. El fútbol es el fútbol, viejo. El fútbol. La única verdad.&lt;br /&gt;¡Por favor!&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;De "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;El mundo ha vivido equivocado y otros cuentos&lt;/span&gt;" y de "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Puro Fútbol&lt;/span&gt;"&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-1350803378302561021?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/1350803378302561021/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=1350803378302561021' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/1350803378302561021'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/1350803378302561021'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/03/memorias-de-un-wing-derecho.html' title='Memorias de un wing derecho'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-1575917834745909391</id><published>2008-03-18T20:14:00.000-07:00</published><updated>2008-03-18T20:30:35.305-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Monólogos'/><title type='text'>Ella dijo</title><content type='html'>&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt;Vamos a ver, vamos a ver, vamos a pasar todo de vuelta para no caer en contradicciones ni en en­gaños ni nada de eso. Vamos por parte, arrancando desde el comienzo, desde el principio. Ella estaba parada en la esquina. Muy bien. Ella estaba parada en la esquina y yo le dije "Hola, qué tal"... ¿Así le di­je yo? O "Hola" nada más. No, yo le dije "Hola qué tal", de eso me acuerdo seguro. "Hola, qué tal". Ella me había visto y... pero... No... Vamos a la verdad de la cosa ¿Ella me había visto? ¿En realidad ella me había visto venir por Urquiza? Porque no se sor­prendió, me dijo "Hola" como si ya me hubiera visto venir. O tal vez no, no me vio y lo que pasa es que es poco demostrativa y no se sorprende tan fácilmente. O miraba para mi lado pero en realidad estaba mi­rando a ver si venía o no venía el ómnibus, como tantas veces que uno mira a lo lejos y no ve lo que está más cerca. Es muy probable, muy pero muy probable que ella no me haya visto venir. Entonces yo me acerco, la encaro —porque la verdad de la milanesa es que yo la encaré bien encarada, como se debe hacer— yo la encaré y le dije "Hola qué tal". Hasta ahí va bien. Muy bien vamos hasta ahí. Después... pero... No. No nos vamos a engañar, digamos las cosas descarnadamente. Lo único que me falta es que me haga el verso a mí mismo, seamos sinceros... ¡La mina no podía dejar de verme, querido! Ella me vio, bien que me vio cuando yo venía, pero se hizo la boluda, bien la boluda que se hizo, para ver si, en una de ésas yo pasaba de largo, sin darle bola ni pa­rarme a hablarle ni nada de eso. Ésa es la cosa, aun­que duela, ésa es la cosa, mi viejo ¿Para qué nos va­mos a engañar? ¿Para qué nos vamos a decir una co­sa por otra? Se hizo la boluda porque mirando para el lado donde estaba mirando tenía que ser ciega pa­ra no verme ¡Si yo venía de frente! ¡De frente a ella venía! Aunque... tal vez&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;tal vez sea una de esas minas, de esas personas, bah, que parecen que están mirando algo pero están en Babia, en pelotas están, miran sin ver, están perdidas en sus mundos perso­nales, son gente con una intensa vida interior. Y me parece que esta mina es de esa clase de gente. Se la ve sensible, sensitiva, etérea, qué sé yo... Carismática. Por ahí no me reconoció al venir. Digamos, no es­taba acostumbrada a verme ahí, por esa calle. Hay que considerar que me ve siempre en el club y hay que dejar en claro que yo me desvié bien desviado de mi recorrido habitual solo para encontrarla. Eso hay que considerar. Yo fui allí con la peor de mis inten­ciones, viejo lobo en celo en época de cacería Des­pués de todo, cuando yo le dije "Hola qué tal".... ¿Yo le dije ''Hola qué tal" o ''Hola cómo te va"? "Hola qué tal" le dije yo, ''Hola qué tal" ¡Puta qué boludo! ¡De­bería haber grabado la conversación! Cuando yo le dije eso, ella me miro un instante, un solo instante como si no me reconociera, ésa fue la impresión que tuve. O por ahí no me escuchó muy bien ¿Será sor­da? Me cago. Primero chicata que mira sin ver y después sorda. O se hacía la boluda, digamos la verdad. Se hacía la boluda como para disimular el no haberme saludado antes. Más bien se tiró el lance de que yo pasara por al lado y no le dirigiera la pala­bra O, por ahí, es distraída, ahí está el punto. Dis­traída como son estas minas así, tan lindas. Están en otra cosa, en otro mundo, en otro nivel ¡Y qué lin­da estaba ayer! Hermosa, así, con el pelo recogido. No sé si no le queda mejor la cola de caballo que el pelo recogido, mirá lo que te&lt;i&gt; &lt;/i&gt;digo. Y ese &lt;i&gt;look &lt;/i&gt;bien de nena, con &lt;i&gt;el jogging &lt;/i&gt;de gimnasia, la pollera tableada y las medias tres cuartos. Por suerte no estaba con esa musculosa violeta ajustada que le vi en el vera­no porque si estaba con esa violeta nomás me caigo muerto al piso, no me sale una palabra de la boca. En donde me paro frente a ella ahí nomás se me cortan todas las cuerdas vocales de un solo sa­que y no me sale una palabra ni que me cague. Si estaba con la musculosa violeta yo iba a empezar a gesticular y en vez de darme bola me iba a dar una moneda de limosna esta mina. Por otra parte, si hu­biera estado con la musculosa violeta se hubiera recagado bien de frío la pobrecita porque el tornillo que había ayer a la tarde era considerable, te cuen­to. Pero lo cierto, lo cierto de todo, lo .. ¿cómo diría­mos? lo pragmatico, es que me contestó "Hola". Bien, así nomás, contestó “Hola”. Yo le dije "Hola qué tal” y la mina contestó "Hola". Ni una cosa terri­ble tipo ''Hola mi cielo, mi&lt;i&gt; &lt;/i&gt;amor, cómo estás!", pero tampoco me mandó a la puta madre que me reparió ni esas cosas. O hubiera podido quedarse callada también, después de todo ¿Por qué no? Si en el club nunca nos habíamos hablado antes. Nos veíamos, sí, yo la miraba todo el tiempo y eso, pero hablar lo que se dice hablar, hablar, nada. Ni un cabeceo si­quiera, yo soy tan pelotudo que no me animaba. Hay que ser boludo. Pero ahora se acabó, ahora es otra cosa. Ahora Miguelito ha tomado otra actitud y va a los bifes. Encara, apura, exige. Lo pensé y lo hice. "Hola qué tal" dije. Y ella contesó "Hola". Ni bien ni mal, no exageremos tampoco. Ni es una respuesta para enloquecerse ni tampoco para tirarse debajo de un tren por fría y desinteresada, no. "¿Estás espe­rando el ómnibus?" le pregunté entonces. No... no... eso fue después. Lo del ómnibus fue después de eso. Yo le pregunté primero "¿Qué hacés?". Eso mismo. Yo le pregunté "¿Qué haces?". Una formalidad, diga­mos, pero que demuestra cierto interés de uno por la actividad de ella, digamos, como que su actividad no te resbala, no te pasa desapercibida. Tal vez debería haberle preguntado algo más inteligente, más pro­fundo ¡Soy un pelotudo! Días, meses, años preparan­do el encuentro y no haber pensado en otra pregunta más interesante. Algo referido al cine de Kurosawa, por ejemplo, o al teatro, algo que diera pie para una conversación más comprometida. Pero... mejor no. Mejor no apresurar tanto las cosas. Estuve bien. Es­tuve bien. Paso a paso, despacito. Nada de atropellarla. No es mi estilo por otra parte. "¿Qué hacés?" Incluso corto, seco, tajante, a lo Mickey Rourke. Na­da de "¿Qué hacés?" María, o Isabel, o como se lla­me. "Peti" creo que le dicen y no le voy a decir Peti a la primera de cambio. "¿Qué hacés?". Cortito, exac­to, económico digamos... ¿Qué dijo ella entonces? "Bien", dijo. "Bien", créase o no. Ella contestó "Bien". Pienso que confundió las preguntas, creyó que yo le había preguntado "¿Cómo estás?", otra gilada, otra formalidad. Pero es posible, digamos, es seguro que ella creyó eso. No me trago la teoría de que sea sorda. Más bien me confirma lo de su dis­tracción. La cosa es que contestó "Bien". Cortita también. Como quien no quiere descubrir sus emo­ciones. Como quien no quiere mostrar todas las cartas cuando alguien la apura como la apure yo, bien apurada... También podía estar hinchada las pelo­tas, seamos sinceros. Y si hay que ser crueles sea­mos crueles. Por ahí me vio y se la imaginó. Se dijo, "Este pendejo pelotudo me va a venir a atracar, ya me lo veo". Porque esas minas tan pero tan lindas ya tienen toda una cultura, una prevención con res­pecto al atraque. ¡Si todos se las quieren levantar! ¡Es un infierno! Ven bajo el barro estas pendejas. Y eso que yo fui sin mostrar mis intenciones. Bien manso que fui. Si ella se hacía la estrecha o la difícil bien que yo podía decirle "¿Pero vos te pensás que lo que yo intento es atracarte? ¿Quién te crees que sos, Kim Basinger te creés que sos?" le hubiera podido decir. Pero la verdad de la milanesa, la realidad pu­ra, señor mío, mal que le pese a todos los que andan detrás de ella, es que la mina no me sentó de culo ni me rebotó. Me dijo "Bien", equivocada o no, y me dio pie para seguir con la conversación, ésa es la cosa. Si me hubiera dicho "¿Y a vos qué mierda te impor­ta?" hubiese sido otra cosa y, ahí sí, admito que el intento se podría haber considerado un fracaso. Pero no fue para nada así. Por eso digo que el asunto fue un gran adelanto, mi querido ¡Miguelito viejo, nomás! Un gran adelanto. De no poder ni saludarla en el club, por el cagazo o por las circunstancias, a po­der ahora hablar con ella cuando se me cante y vol­ver a encararla en el club, hay un gran paso ¿Es un adelanto o no es un adelanto? Tal vez ella, sí... un po­co... no nos vayamos de boca... un poco fría, frio­na. Fría por demás, acordemos. Porque... bien po­dría haber sonreído un poco. No digo mucho, un po­co. Algo, como de compromiso. Aunque yo la he visto bastante seriota en el club. Por ahí es su manera de ser. Por ahí tiene algún quilombo grande en su vida. Por ahí tiene el viejo enfermo o... Pero... Después de que ella dijo&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;“Bien" ¿qué vino? Ah... yo le pregunté si estaba esperando el ómnibus. Le pregunté sí... Seriota... ¡Hay que ser hijo de puta pera disfrazar las cosas! Seriota... ¡Cómo si no la hubiera visto ca­garse de risa con el rubio pelotudo ése&lt;i&gt;, &lt;/i&gt;en el club! Seria conmigo, en todo caso. Con el rubio bien que se cagaba de risa. Aunque tampoco hubiera sido muy lógico que se cagara de risa con lo que le preguntaba yo. Si venía el ómnibus o qué estaba haciendo. Un tipo casi desconocido como yo, para colmo. Tendría que ser una tarada total, una imbécil, una mogólica. Vamos a tratar de ser sinceros y autocríticos hasta el dolor si es necesario, pero tampoco es la cosa ti­rarse mierda... ¿De qué se iba reír la pobre mina con las boludeces que yo le preguntaba? ¿Cómo fue que le dije? ¿Estás esperando el ómnibus&lt;sup&gt;?&lt;/sup&gt; Así le dije. Y ella me contesta "Sí". Es notorio que seguía atenta la conversación. Miento. Dijo "Sí, el 112". Se ve que quería darme una satisfacción, informarme un poco más. O darme un dato de para donde rumbeaba. No, eso es una boludez, porque después me dijo por don­de vivía ¡Ahí tenés otro punto muy positivo! Muy se­ca, muy calladita, pero se dio maña para decirme por donde vivía “Si el 112”. Será muy distraída pe­ro sabía el&lt;i&gt; &lt;/i&gt;ómnibus que tenía que tomar. “¿Vivís lejos? Le dije. “Mendoza al 3000" contesta. No, primero dudó... “Sí... No” se contradijo. “Sí... No... Mendoza al 3000”. Entonces... ¿Qué pasó después? Ah... se hizo el silencio, ¡Se hizo el silencio! Una brecha, un buco ¡Qué pelotudo! Me quedé sin nada que decir, qué imbécil. Cuando me acuerdo me hago mierda ¿Cómo se puede ser tan pelotudo? Porque fue un si­lencio incomodísimo,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;estúpido...&lt;span style="font-variant: small-caps;"&gt; ¿Có&lt;/span&gt;mo llamarlo?... Precario... Porque no fue que los dos nos quedamos en silencio tratando de&lt;i&gt; &lt;/i&gt;disfrutar la belleza del momento, no. El silencio se alargaba, se alargaba y a mí no se me ocurría nada para decir. Por suerte ahí no sucumbí a la tentación de decirle "Bueno, chau" y pirarme con la cola entre las piernas, escapando de ese tormento. En eso estuve bien, tuve la templanza de superar ese impulso. Me sobrepuse, enfrié la ca­beza y le metí para adelante. "Ah... lejos" le dije. Ya sé, ya sé, una boludez insigne. Pero un recurso más que apropiado para salir del paso. Tanto que ella, y como para evitar caer en otro pozo, tal vez para alentarme, enseguida dijo "¡Qué frío hace!"... ¡Y ése era el momento! ¡Ése era el momento, Dios mío! ¿Có­mo pude haberlo dejado pasar? ¡Ese era el momento para decirle "¿Querés ir a tomar un café?" ¡Ese era el momento exacto! Ella tenía frío, estaba oscure­ciendo y me daba el pie, para colmo; yo tenía que aprovecharlo invitándola a tomar un café, ahí esta­ba el tiro, mi querido. Y... ¿por qué no lo hice? ¿Por qué? Un poco por cagazo, es cierto. Una pregunta de ésas es ya desnudarse completamente, dejar al des­cubierto los más bajos instintos, pero otro poco por­que no se podía, no era posible. Yo estuve bien, pese a todo lo que quiera torturarme, estuve bien. La mi­na estaba esperando el ómnibus, tenía que volver a la casa, la estaban esperando los viejos, creo que hasta tiene el viejo enfermo y no tenía tiempo para ir a tomar un café. Eso era. Por eso no lo hice. El ómnibus podía aparecer en cualquier momento, por otra parte. Es cierto que yo no lo veía, pero lo intuía, lo olfateaba en el aire. Los omnibuses aparecen de improviso, andan a lo loco, y yo no iba a andar invi­tándola a un café cuando la piba estaba esperándo­lo. Y eso que tenía guita para invitarla y todo, te cuento. Pero no me pareció prudente. Es una cosa de respeto hacia la otra persona, hacia el ser querido. No me pareció que... ¡Mentira! ¡Soy un pelotudo, un pelotudo atómico! ¡Tenía que invitarla a tomar un café! Dejar sentado un precedente. Aun sabiendo que ella no iba a aceptar porque estaba muy apura­da. Y todavía mejor si no aceptaba porque no era mucha la guita que yo tenía, aun yendo preparado. Clavar una pica en Flandes era la cosa, ¿era Flan-des? Hacerle saber bien claramente que el mío es un interés sincero, que yo no vengo con buenas inten­ciones, que conmigo no cuente como amigo, que a mí no me venga con confidencias de otros noviazgos. No. Tenía que invitarla. Admitámoslo, fui un pelotu­do. Y en eso, para colmo, viene el ómnibus. Yo creo que ahí se empezó a desbarrancar el tema. Ella dijo "Allí viene", siempre mirando lejos, siempre los bra­zos cruzados sobre el pecho, apretando los libros de inglés. "Allí viene". "¿Quién?" dije yo, siempre boludo ¡Temí que fuera un novio, el rubio, por ejemplo! Te juro que me corrió un escalofrío por la columna, aparte del frío helado que hacía anoche. "El ómni­bus" dijo ella. Entonces yo le pregunto, le digo... ¿có­mo le dije?... "¿Vas a andar por el club?" ya cuando se subía al ómnibus. Porque... ¡qué rápido que llegó ese hijo de puta hasta la esquina! Después dicen que el servicio urbano es malo. Ella dijo que venía el óm­nibus y dos segundos después el ómnibus ya estaba en la esquina. Después quieren que no haya acci­dentes corriendo estos hijos de puta como corren. ''Sí... No... No sé..." otra vez sus clásicas indecisio­nes. Ya me tiene podrido con esa indefinición. No sé si es tan inteligente como parece. "Sí... No... No sé..." me dice, subiéndose... "En una de ésas"... Al menos me tiró una esperanza, me dejó abierta una puertita, hasta creo que se sonrió al despedirse... ¿Qué le dije yo, en ese momento? "Nos vemos, enton­ces" le dije. Una cosa optimista, arriba, un canto a la vida, a la esperanza. Y dando por cerrado el diálogo, sin darle tiempo a agregar nada. Quedándome con la última palabra. Hay que hacer así. A estas minas es como a Maradona, no hay que darles tiempo a pensar. Si lo dejás dar vuelta te pinta la cara, te dis­fraza el Diego. Con estas minas es lo mismo. "Nos vemos, entonces", en afirmativa, poniendo yo las condiciones, seguro de mí mismo ¡Vamos Miguelito! Bien, bien, muy bien lo mío. Bien yo, bien yo, muy bien yo. Porque ahora, el sábado, puedo ir al club y encararla directamente, preguntarle algo de nuestro pasado en común. "¿Qué tal el viaje?" por ejemplo. Ahí está. "¿Qué tal el viaje?". ¿Y si está con el rubio? ¡Mejor, querido, mejor aun! Total, yo no la ofendo ni le digo a ella nada grave. Me acerco y le digo ''Hola Peti ¿qué tal el viaje el otro día?" Y el rubio que se muerda los codos. Porque yo, con esa frase, con esa pregunta, estoy dando por sentado un episodio en común, un hecho compartido, en el cual él ha queda­do completamente &lt;i&gt;out, &lt;/i&gt;afuera, de lado, a la mierda, mirá lo que te digo. Ya está. Muy bien, muy bien... muy bien yo. . Es así... Así son las cosas... ¡Qué querés que te diga! Seamos realistas... Miguel, sea­mos realistas.. No me dio ni cinco de pelota. Me contesto así, al voleo, por educación. Porque es una mina educada y no me quiso escupir en la cara. No me quiso cortar el rostro. Pero no me dio ni cinco de pelota. Ni se alegró de verme ni le causó ningún pla­cer conversar conmigo, vamos a la verdad pura de la milanesa. Mejor que dejemos el asunto de lado, de una buena vez por todas y nos dejemos de joder. Ca­so cerrado. Derrota total. A otra cosa. Basta con la Peti. Se acabó. Nuestra relación ha terminado. A la lona... Pensemos mejor en la Valeria que estará fu­lera pero me da bola. Bah, pienso que si la encaro me dará bola. Al menos me busca, me habla, me mi­ra cuanto más no sea. No será tan linda como la otra, pero ahí se vislumbra una posibilidad al me­nos. Vamos adelante con la Valeria. Chau. Listo el pollo. A ver, a otro tema... ¿Cómo forma Central el domingo? En el arco, el Oso. Muy bien, perfecto... ¿Quién va de cuatro? Di Leo, el Camello Di Leo. Me gusta... De dos... Pero ella se sonrió al subir al óm­nibus. O yo soy muy boludo o juraría que ella se son­rió al subir al ómnibus. Como un rictus, como un al­go pero ella se sonrió. Además, me tiró el dato de por donde vivía. Ella dijo... ¿cómo fue que ella dijo? Ella dijo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De &lt;span style="font-style: italic;"&gt;"La Mesa de Los Galanes y otros cuentos"&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-1575917834745909391?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/1575917834745909391/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=1575917834745909391' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/1575917834745909391'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/1575917834745909391'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/03/ella-dijo.html' title='Ella dijo'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-4113872035398721706</id><published>2008-03-12T16:46:00.000-07:00</published><updated>2008-03-14T08:47:12.310-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Relato'/><title type='text'>La solución de Sotelo</title><content type='html'>Me dijo eso (“La puta que lo parió. Ya cagamos...”) y se quedó mirando de costado, los brazos cruzados sobre la mesa, sobre las carpetas, frunciendo la cara en una sonrisa que podía confundirse con una mueca. Pensé, en ese momento, que me estaba haciendo una broma. Pero algo también me decía que era en serio. No lo conocía tanto como para darme cuenta. Y de cualquier manera me cayó para la mierda, como una compadrada, como una manera muy pueril de hacerse el canchero. Así, personalmente, a Sotelo lo había conocido esa misma tarde, pocas horas antes del encuentro en la cafetería de Grimaldi.&lt;br /&gt;Personalmente, digo, porque por referencias o contactos telefónicos ya lo conocía desde hacía un par de meses a través de las charlas con Vettori. Y aun así, sin conocerlo (y admito lo prejuicioso de mi actitud) no me gustaba. No sé por qué. Quizás por esa jerarquía de “experto” que se le atribuía. Del tipo que desde Buenos Aires podía hablar y dictaminar sobre “el perfil” de una campaña, elaborar teorías sobre marketing, arriesgar estrategias para definir el target de un cliente. A mí esas cosas nunca me habían interesado un carajo. Lo único que me preocupaba (aun sin confesarlo públicamente) era que los avisos gráficos fueran lindos, que salieran bien impresos, que me gustaran.&lt;br /&gt;-Jamás creí en la publicidad –le comentaría muchos años después a Vettori, justamente, cuando lo llamé para comunicarle el extraño destino de Sotelo. Nunca pensé que alguien por leer un aviso en un diario, podía levantarse de su asiento, vestirse, salir de su casa e ir a comprar el producto. Jamás lo pensé, tal vez porque a mí nunca me sucedió ni me sucede. Lo único que a mí me importaba era que el aviso fuese lindo.&lt;br /&gt;El mismo Vettori lo había contactado a Sotelo, a quien había conocido en un congreso de publicidad, para que lo asesorara sobre el enfoque de las campañas. Sotelo era un licenciado, manejaba el lenguaje de las agencias, llamaba a los grandes capos del cine publicitario por sus apodos y había trabajado en Walter Thompson. Tenía, por lo tanto, la autoridad de bajarle el pulgar a un aviso, por más hermoso que fuera, si no se adecuaba a las exigencias del mercado. Esgrimía asimismo razones y argumentos contundentes como para destruir cualquier intento mío de defender la estética por la estética misma.&lt;br /&gt;Cuando llego a Monte Maíz y lo vi por primera vez, me sorprendió fundamentalmente su juventud. Yo para esa época tendría veintiún años y Sotelo no más de veintiocho, veintinueve. Pero parecía menor, porque era flaco, enjuto, y no muy alto. No más alto que yo, al menos.&lt;br /&gt;Y, por supuesto, de traje, corbata y attaché. Le quedaba chica la imagen del ómnibus que lo dejó en Monte Maíz. Por la soltura, por el desparpajo con que hablaba torciendo la boca para que no se le cayera el cigarrillo, hubiese necesitado llegar en avión. En un vuelo de Aerolíneas o, digo más, en un Jet Lear particular. Pero vino en ómnibus.&lt;br /&gt;Y al poco tiempo estaba en las oficinas de Grimaldi, saludándome. Cordial y preciso en el vocabulario, profesionalmente simpático, me preguntó sobre el material que yo había llevado desde Rosario. Los carpetones con los bocetos de los avisos y los afiches, y las cajas con las diapositivas del audiovisual. Hubiese preferido que fuese más cortante, menos cordial, como para refrendar la imagen previa que yo tenía de él. Pero era amable.&lt;br /&gt;Me trataba de “usted”, eso sí, algo medianamente común en esos años, aun entre gente joven. De cualquier forma, el hecho de que se vistiera de traje ya marcaba la diferencia. Siempre hubo una brecha filosófica entre la gente del Departamento Arte y los del Departamento Ventas en las agencias de publicidad. Incluso en las revistas. Nosotros –los de Arte- éramos los prolijamente desarrapados, los de barba, los que vestíamos vaqueros y no respetábamos demasiado los horarios. Ellos eran los atildados, los que vivían para figurar, los de Relaciones Públicas. Nosotros éramos los bohemios puros que desechábamos el dinero, la ambición económica y los ambientes formales. Ellos eran los chacales ávidos de poder, dinero, coches lujosos y hoteles cinco estrellas.&lt;br /&gt;-Estoy reventado –me confesó, sin embargo, Sotelo mientras sacábamos una infinidad de fotocopias en la oficina que el señor Guajardo (mano derecha de Gloover, capo de Grimaldi) había puesto a nuestra disposición.&lt;br /&gt;-El viaje –arriesgué yo.&lt;br /&gt;-Y anoche –acotó él, con una economía de lenguaje que luego se revelaría permanente-. Muy tarde, yo. Muy tarde.&lt;br /&gt;Hasta ese momento no había notado ninguna actitud en Sotelo que sirviera de apoyatura a lo que me iba a confesar después (en el encuentro en la mesa de la cafetería) con esa sonrisa símil mueca. Y si bien es cierto que hacía muy poco que estábamos juntos, podría haberse manifestado de entrada más explícitamente en aquellas oficinas pobladas de mujeres.&lt;br /&gt;Recién al final, cuando terminamos con las fotocopias de los cuadros estadísticos y las tendencias de venta y pasó a nuestro lado Rosita, la secretaria que el señor Guajardo nos había asignado como enlace, Sotelo me miró y levantó en forma cómplice las cejas.&lt;br /&gt;Yo no le di bola. Había comprendido, obviamente, su intención –Rosita estaba muy fuerte-, pero no quería compartir sobreentendidos con Sotelo. Yo ya estaba bastante caliente por haber tenido que viajar a Monte Maíz, cuando por lógica correspondía que viajara Vettori, o de última Acuña.&lt;br /&gt;-Vettori tuvo que irse a Chile –le expliqué luego a Sotelo, ya en la mesa de la cafetería. Serían las siete de la tarde-. Y Acuña está enfermo. Creo que con gripe.&lt;br /&gt;-Anda mucho la gripe en estos días –murmuró Sotelo hojeando las carpetas, ya desentendido de mi respuesta-. Es una lástima que no haya venido Vettori. Hubiese sido importante que estuviera.&lt;br /&gt;-Seguro... No sé por qué no esperaron que él volviera de Chile para hacer la presentación. Es el director de la agencia, después de todo.&lt;br /&gt;-Lo que pasa es que Gloover solamente puede mañana por la mañana, ¿me entiende?&lt;br /&gt;El discurso de Sotelo tenía una cierta condescendencia para conmigo, como entendiendo que el movimiento en los altos círculos de las empresas no estaba al alcance de mi comprensión.&lt;br /&gt;-Y él viene una vez cada cuatro o cinco meses. Llega con su avión particular a la pista que está acá atrás –se torció sobre la silla para señalarme a sus espaldas- y se va a los pedos. No se olvide que él también maneja Incofer, Saborido y Laminados Schbab. A estos tipos hay que agarrarlos cuando ellos pueden: sino, es imposible. Gloover verá nuestra campaña mañana y supongo que dará una media palabra de aprobación o rechazo inmediatamente. Después se las toma. Son tipos así, ejecutivos, drásticos. Por eso han llegado adónde han llegado.&lt;br /&gt;-Si. Pero Vettori hubiese sido necesario.&lt;br /&gt;Sotelo no levantó la vista de una carpeta.&lt;br /&gt;-Yo los puedo manejar –resopló, largando el humo de su cigarrillo-. Yo los puedo manejar. Hay que comprimir el informe. Comprimirlo al nivel de shock. Tipo golpe de mano. Robo al banco. No irse por las ramas. Estar concentrado. Muy lúcido. Por eso esta noche voy a comer alguna cosita rápida y después me voy al hotel. A estudiarme bien esta carpeta –la levantó en el aire-. Quitar lo superfluo. Dejar lo medular... Es sencillo... Lo único que hay que demostrarle a esta gente es que uno está convencido de lo que hace. Que domina la situación. Piense usted...&lt;br /&gt;-Ferraro.&lt;br /&gt;-...Ferraro... –se sonrió-. No crea que me olvidé de su apellido, lo que estaba tratando de recordar era su nombre...&lt;br /&gt;-Leopoldo.&lt;br /&gt;-Sí..., pero le dicen...&lt;br /&gt;-Polo.&lt;br /&gt;-Permítame que le diga Polo... –continuó, canchero-... Piense usted que esta gente, como Gloover, ha llegado a puestos de decisión, a menearse en circuitos internacionales, pero no deja de tener un cierto tono... ¿cómo decirlo?... provinciano... Una actitud provinciana...&lt;br /&gt;-Yo soy provinciano –advertí.&lt;br /&gt;-¡Y yo también, yo también! De Tandil. Lo que pasa es que hace quince años que ando en Buenos Aires, entre gente de publicidad, grandes agencias, modelos publicitarias... y eso le da a uno cierto roce, cierta gimnasia, no digo ni buena ni mala, que suele no tener esta gente de provincia...&lt;br /&gt;Me quedé pensando.&lt;br /&gt;-Gloover... –sonrió Sotelo-... Mecánico. Gloover es mecánico. Ni más ni menos. Con guita, con avión, con auto... pero mecánico, Ferraro, créame. Mecánico. Así fue como empezó, cuando hizo la primera cosechadora. Le falta... ¿cómo decirlo?... Le falta frivolidad, Ferraro, frivolidad.&lt;br /&gt;Hice un gesto despectivo.&lt;br /&gt;-Ya sé, ya sé... –admitió Sotelo-. En general la frivolidad está catalogada como un defecto, una liviandad, un vicio. Pero eso también podría aplicar al camelo, tan caro a nuestra actividad. Nuestra actividad tiene un porcentaje elevadísimo de camelo...&lt;br /&gt;Se quedó en silencio. Elevó su rostro al cielo y despidió el humo de su cigarrillo como si no quisiera contaminar el ambiente. Tuve la sensación de que me hallaba ante un típico chanta porteño.&lt;br /&gt;-Pero el camelo... –sonrió, casi asombrado- hay que saberlo hacer. Es un arte hacer bien el camelo, Polo, oíme...&lt;br /&gt;Allí comprendí que había empezado a tutearme.&lt;br /&gt;-Como tampoco es sencillo ser frívolo –dictaminó-, se necesita cierto refinamiento, cierta información, ciertos puntos de referencia... Y esa rusticidad que tiene Gloover, ese atisbo de ramplonería que tiene Gloover bajo su aureola de poder, es lo que hay que explotar convenientemente mañana, Polo. Convenientemente mañana.&lt;br /&gt;-Usted. Yo no.&lt;br /&gt;-Yo. Por supuesto, yo.&lt;br /&gt;Suspiré, aliviado. Aunque de antemano suponía que Sotelo no iba a permitir que alguien robara su protagonismo, ni siquiera en parte. Nadie iba a impedirle poner en práctica todo lo leído y aprendido y subrayado con rotulador en Cómo ganar amigos, de Dale Carnegie.&lt;br /&gt;-Pero vos me vas a ayudar con el audiovisual –constató, en tanto recogía todas las carpetas cuidando de no voltear los pocillos de café.&lt;br /&gt;-Sí. Aunque está todo sincronizado...&lt;br /&gt;En ese momento dejé de hablarle porque vi que se tomaba la frente con la mano derecha, bajaba la cabeza y se quedaba así, mirando la mesa.&lt;br /&gt;-¿Se olvidó algo? –pregunté, sin suponer que se aprestaba a hacerme la revelación que anuncié al comienzo de este relato. Sotelo negó con la cabeza, sin levantar la vista ni dejar de cubrirse el rostro con la mano. Después, sí, elevó la cabeza, miró casi con disimulo hacia un costado mientras se apretaba las fosas nasales con la mano.&lt;br /&gt;-La puta que lo parió. Ya cagamos... –sonrió tristemente.&lt;br /&gt;Me di cuenta, por lo evasivo de su mirada, que algo de allí adentro, de la cafetería, lo perturbaba.&lt;br /&gt;-No te des vuelta, no te des vuelta –susurró. Luego habló en voz baja, mirando a la mesa-. Detrás tuyo, en una mesa con una amiga, está Rosita...&lt;br /&gt;-Ajá... –asentí-. ¿Y...?&lt;br /&gt;-Me mira.&lt;br /&gt;Lo observé sin entender demasiado.&lt;br /&gt;-Lo mira.&lt;br /&gt;-Me mira.&lt;br /&gt;-¿Y?&lt;br /&gt;Sotelo meneó la cabeza y sonrió casi con tristeza.&lt;br /&gt;-Y... Es una mina... ¿Para qué te va a mirar una mina?&lt;br /&gt;No contesté; tampoco quería pasar por pelotudo.&lt;br /&gt;-¿Seguro que lo mira a usted?&lt;br /&gt;-¿Hay alguien detrás de mí? –Sotelo adelantó el cuerpo hacia mí, bajando la voz. Su curiosidad parecía real-. ¿Hay alguien detrás de mí?&lt;br /&gt;Debí admitir que no. Que en las mesas de atrás no había nadie. Sotelo cruzó sus manos frente a su boca.&lt;br /&gt;-La puta que lo parió –murmuró-. Siempre me pasa lo mismo.&lt;br /&gt;-¿Qué le pasa? –el asunto, francamente, ya me había enardecido. Que aquel sorete, aquel tipo más bien bajito, desgarbado, con cara de nada, asumiera una postura fatalista de seductor implacable, me sacaba de quicio.&lt;br /&gt;-La primera vez –me explicó Sotelo mirando hacia otro lado para disimular- pensé que era casualidad. O la lógica curiosidad de esta gente de los pueblos por alguien de afuera. A la segunda vez que levanté la vista y ella me estaba mirando, ya empecé a sospechar. Y a la tercera ya no me quedan dudas, Polo. Cagué. No hay otra. Tengo muchas situaciones en el lomo como para no darme cuenta.&lt;br /&gt;Nos quedamos en silencio. Yo, enervado en mi asiento, mirándolo sin poder admitirlo. Él resoplando, como admitiendo a regañadientes su difícil destino.&lt;br /&gt;-Para colmo –dijo-. Tendría que leerme todo este informe –levantó la carpeta-. Te dije que esta noche me iba a meter en mi habitación a repasar toda la presentación ¿Te dije o no te dije?&lt;br /&gt;Yo no podía creerlo.&lt;br /&gt;-Usted no tiene por qué ir a hablarle –le recordé.&lt;br /&gt;-¿A quién?&lt;br /&gt;-A la de acá atrás. A esa mina, la Rosita.&lt;br /&gt;-Yo no me voy a levantar para ir a hablarle –me contestó, casi airado u ofendido-. Ni lo pienso. Pero ella va a venir a encararme. Ella.&lt;br /&gt;Resoplé. Conocía petulantes porteños, pero éste los superaba ampliamente.&lt;br /&gt;-¿Y por qué no se levanta y se va? ¿Por qué no nos levantamos y nos vamos ahora?&lt;br /&gt;Sotelo entornó los ojos, derrotado.&lt;br /&gt;-Vos rechazarías a esa mujer? –consultó-. Si la vida te pone enfrente a esa mujer, ¿vos la rechazarías?&lt;br /&gt;Me encogí de hombros.&lt;br /&gt;-No me pareció gran cosa –mentí.&lt;br /&gt;-Ahora vas a ver cuando venga. Mirala bien. Mirá las piernas que tiene.&lt;br /&gt;No soy creyente, pero rogué a Dios que ella no viniera.&lt;br /&gt;-Yo sé que a vos te parece un poco raro –modificó su tono Sotelo, haciéndolo más tolerante, mas didáctico-. Porque yo no soy, digamos, un Robert Redford... un Paul Newman... Para mí también es raro. Tengo espejo en mi casa, sé como soy. Pero me gustan las minas. Trato de brindarles el tiempo que se merecen, aunque mi trabajo no me deja, prácticamente, un minuto libre. A lo que vos es a que me interesan. Creo que llegaría a ridiculeces, de ser necesario, para engancharlas. A teñirme el pelo cuando se me ponga canoso. O a usar peluca. Más aún: me haría una cirugía estética si tuviera una nariz como la de Palmieri, por ejemplo.&lt;br /&gt;Sonreí sin ganas. Palmieri era un empleado de la agencia, muy narigón.&lt;br /&gt;-No le hago asco a la cirugía –continuó Sotelo-. Me saqué un lunar medio dudoso. Me operé de una hernia inguinal apenas me la descubrieron. Hay tipos que se la dejan así nomás y solo van al cuchillo ya cuando se les estrangula. Pero yo me haría la nariz... Me haría, acá... –se tocó las bolsas bajo los ojos, muy poco marcadas, sin embargo-. Pero vos sabés que nada de eso es definitivo... En una de ésas toda tu preocupación estética es al pedo. Hay algo más misterioso en la elección de las mujeres...&lt;br /&gt;-Es difícil acertar por qué les puede llegar a gustar un tipo... –admití, más relajado.&lt;br /&gt;-Tal vez algo de perversidad...&lt;br /&gt;Reímos de nuevo. Me caía mejor esa versión seudo humilde de Sotelo.&lt;br /&gt;-¿Vamos? –intenté, pensando que quizás la anécdota había terminado.&lt;br /&gt;-Esperá, esperá –retornó al tono misterioso Sotelo, encendiendo un nuevo cigarrillo-. Esperá que ya viene... ¿Sos casado?&lt;br /&gt;-No –entendí que buscaba un nuevo tema para ganar tiempo-. ¿Usted?&lt;br /&gt;-Estuve a punto de casarme, dos meses atrás. Y pasó una cosa como ésta. Algo así. Lo de siempre... Se me hace muy difícil, Polo... Muy difícil...&lt;br /&gt;-Sin embargo, me parece... –empecé a decir, pero su cara cortó mi arranque. Levantó la vista hacia alguien que estaba a mis espaldas y sonrió, cordial e inquisitivo. Allí, junto a mí, pero mirándolo a él, estaban Rosita y la amiga.&lt;br /&gt;-Perdone –dijo Rosita, meliflua-, los interrumpí en la charla...&lt;br /&gt;-Por favor –alargó su sonrisa Sotelo-, faltaba más...&lt;br /&gt;Rosita estaba muy bien, fuerte, morocha, bastante alta. No demasiado linda de cara, pero de boca ancha y ojos grandes algo bizcos. Una turca tentadora, digamos. Su amiga era solamente grandota, mucho más rústica. Se había quedado más atrás, un poco tímida, quizás.&lt;br /&gt;-Quería invitarlo a una reunión que hacemos esta noche –dijo Rosita.&lt;br /&gt;-¿Una reunión? ¿Dónde?&lt;br /&gt;-En un boliche que se llama Niarchos, que queda en el centro, cerca del hotel donde está usted.&lt;br /&gt;-Ah... no es una reunión familiar...&lt;br /&gt;Rosita y su amiga rieron exageradamente ante tamaña estupidez.&lt;br /&gt;-No –siguió Rosita-. Es que van algunos muchachos y chicas de la empresa. Pero tampoco es cosa de trabajo. Simplemente, algunos de nosotros vamos los viernes a ese boliche y... bueno... no sé...&lt;br /&gt;-¿Vos vas a ir? –preguntó Sotelo, inútilmente sobreactuado.&lt;br /&gt;-Sí, por supuesto... –volvió a reír Rosita, como si la situación fuese enormemente cómica.&lt;br /&gt;-Ah... entonces voy –dijo Sotelo. Nuevas risas-. Si vas vos, yo voy. Pero, digo yo... ¿Vas sola, o vas con un novio, con tu esposo?&lt;br /&gt;Esta vez sí se había mostrado directo y con experiencia.&lt;br /&gt;-¡Nooo! ¡Que horror! ¿Mi esposo? –se retorció Rosita-. Voy sola, voy sola... Por eso lo invito...&lt;br /&gt;-Ahí estaremos, ahí estaremos –prometió Sotelo-. Acá... –me incluyó con el mentón- con el amigo.&lt;br /&gt;Por primera vez las dos mujeres parecieron reparar en mi presencia. Giraron hacia mí para mirarme.&lt;br /&gt;-Ay, sí –dijo Rosita-. Vaya, vaya usted también, por favor... Hay chicas... –excluyéndose de la lista de posibilidades.&lt;br /&gt;-No sé... no sé... –musité, amargo-. Mañana hay que levantarse muy temprano.&lt;br /&gt;-Como quiera –cortó Rosita, volviéndose hacia Sotelo, sin siquiera fingir la cortesía de insistir.&lt;br /&gt;-Yo voy a estar –afirmó Sotelo-. ¿A qué hora será eso?&lt;br /&gt;-No antes de las doce –dijo Rosita, casi como despedida.&lt;br /&gt;-¿Y vas a llevar esa minifalda? –se puso de pie Sotelo.&lt;br /&gt;Rosita miró hacia abajo como si recién descubriera su pollera.&lt;br /&gt;-¿Le gustan? –río.&lt;br /&gt;-Me encantan. Bah... en realidad me gustan un poco más cortas... –agregó el imbécil, pícaro.&lt;br /&gt;-Tengo, tengo un poco más cortas... Pero no sé... –se puso una mano, candorosa, sobre el pecho-, me da un poco de vergüenza... Me dicen cosas...&lt;br /&gt;-Llevalas... –Sotelo le tomó la otra mano-, llevalas por favor... Prometo no decirte nada... “Lo esencial es invisible a los ojos” –recitó, ridículo-. Antoine de Saint-Exupéry... El Principito –se apresuró a aclarar ante la mirada de extrañeza que advirtió en las mujeres-. Chau –dijo luego, dándole a Rosita un beso en la mejilla.&lt;br /&gt;-A las doce –recordó ella.&lt;br /&gt;-A las doce, a las doce –prometió Sotelo, volviendo a sentarse. Rosita dio unos pasos hacia la salida, y giró lanzándome un beso cortito con la punta de los dedos. Su amiga, algo más cercana, condescendió a inclinarse y rozarme con la mejilla con los labios antes de esbozar un “adiós” de frialdad antártica.&lt;br /&gt;Nos quedamos en silencio. Sotelo rascándose pensativo la nariz. Yo, resoplando de nuevo. Al ver a Rosita alejándose, los tacos resonando en los mosaicos, protuberantes las pantorrillas, marcadas las nalgas duras bajo la pollera ajustada, comprendí que jamás en mi vida había visto una mujer que estuviera tan buena.&lt;br /&gt;-¿Vas a ir? –me preguntó al descuido Sotelo-. Vení –apuntó, como descontando mi respuesta.&lt;br /&gt;-No... Es muy temprano mañana...&lt;br /&gt;-Pero... No es demasiado lo que tenés que hacer... Ubicar los tres proyectores y después controlar que no falle nada... El timer hace todo...&lt;br /&gt;-No... Esas reuniones... esos bailes... Por ahí, si uno no es del ambiente, son un plomo...&lt;br /&gt;-Eso es verdad.&lt;br /&gt;-¿Usted?&lt;br /&gt;Me miró, los ojos grandes, no sé si por asombro o resignación.&lt;br /&gt;-¿Y qué otra cosa puedo hacer? –dijo. Se levantó, tomando las carpetas.&lt;br /&gt;Nos fuimos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Voy a intentar ser breve para contar lo de la mañana siguiente. Porque a las ocho y media desayuné solo en el hotel, esperando a Sotelo. A eso de las nueve lo hice llamar a la habitación y no estaba. El tipo de la recepción me dijo que no había vuelto en toda la noche.&lt;br /&gt;Esperé hasta las diez menos cuarto, cuando nos vino a buscar el coche que mandaba Guajardo. Ahí tomé todas las cosas, pasé por la pieza de Sotelo y golpeé fuerte un par de veces. Luego salí del hotel y subí al auto.&lt;br /&gt;En el trayecto hacia Grimaldi decidí cuál sería mi actitud: estipularía firmemente mi lejanía con el compromiso. Yo era un mero técnico. Un componente del Departamento de Arte que había viajado únicamente porque no había otro que lo hiciera. Se había borrado primero el principal interesado, Vettori, director de la agencia. Luego Fernando Acuña, jefe de Ventas, por constipación, faringitis o gripe. Y por último, Ezequiel Sotelo Gómez, licenciado en Motivación y Marketing, por desaparición misteriosa en el mismo lugar de los hechos.&lt;br /&gt;No sería yo quien sacara la cara para defender la campaña. No tenía tampoco capacidad para eso. Hasta mi vestimenta (jean y campera) lo denotaba. Si el importante señor Gloover lo comprendía, bien. Si no, mala suerte. Ya escucharía el amigo Sotelo, llegado el momento, alguna reprimenda de parte de Vettori por haberse rajado de joda con una turca en lugar de explicar prolijamente los lineamientos de la campaña. Mi sorpresa fue ver, al llegar, que Sotelo ya estaba allí, en las oficinas de Gloover, esperándome. Se me acercó, de inmediato –cómplice- y me habló al oído.&lt;br /&gt;-Recién llego –confesó. Apestaba a alcohol y de su saco emanaba un tufo a cigarrillo-. Me vine de la casa de la mina para acá. ¿Me trajiste las cosas?&lt;br /&gt;Le di sus carpetas, sin palabras.&lt;br /&gt;-Fenómeno –musitó-. Sos un fenómeno. Me salvaste. Si pasaba por el hotel no llegaba a tiempo.&lt;br /&gt;-¿Todo bien? –atiné a preguntarle, ya resignado ante su éxito. Giró, yéndose hacia las oficinas del directorio y levantó las cejas. Eso fue todo. Tenía unas ojeras impresionantes.&lt;br /&gt;La presentación de Sotelo frente al señor Gloover y el Directorio completo fue un fracaso. La pudo conducir con dignidad los primeros diez minutos, pero después se desbarrancó en una seguidilla de errores y olvidos. Pasó por alto más de la mitad de la exposición, mezcló las explicaciones de los afiches y, cada vez que caminaba para buscar algo, vacilaba sospechosamente. No lucía, para nada, su clásica facilidad de palabra, e incluso, era difícil entenderle. Por último, en un rasgo de lucidez, adelantó en media hora la presentación audiovisual, como para no tener que seguir hablando y soportando preguntas que no atinaba a contestar. Cuando tras el audiovisual se encendieron las luces, Sotelo dormía profundamente en uno de los sillones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La desgraciada presentación de Grimaldi no fue motivo suficiente para su despido. Pero, sin duda, torpedeó de mala forma su imagen por debajo de la línea de flotación. Cuatro meses más tarde, luego de intervenir en algunos trabajos menores, un manto de silencio cayó sobre su nombre. Al año, una tarde como al pasar, Vettori me comentó que Sotelo no pertenecía más a la empresa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Veintiséis años después, miren lo que les digo, veintiséis años después, volví a encontrarlo. Yo ya hacía mucho que trabajaba como periodista, pero de vez en cuando aceptaba trabajos de publicidad. No llevan mucho tiempo y se pagan bien. Me propusieron entonces escribir los textos para una campañita corta, de un lubricante. Y me indicaron que fuera a ver a un tal Ezequiel Sotelo, en San Isidro, que manejaba la cuenta. Pensé que debía ser él, que no podía darse tanta casualidad. Y, en efecto era él. Sin embargo, casi no lo reconocí al verlo. Estaba mucho, pero mucho más gordo y usaba lentes. Me atendió en salida de baño y pantuflas, mal afeitado y con un aspecto general de hombre entregado. Confieso que casi me alegró verlo así. Nunca había podido digerir correctamente su exitosa noche de sexo, allá en Monte Maíz. Lo noté, si, más tranquilo, menos acelerado, menos tenso, como en paz consigo mismo.&lt;br /&gt;-Senté cabeza, eso es todo –me remarcó, mientras tomábamos un café.&lt;br /&gt;-¿Se casó? –pregunté, escrutando los rincones del departamento en busca de algún indicio femenino, o infantil.&lt;br /&gt;-Nooo... –sonrió amargamente Sotelo. Se levantó acercando una estufa a querosén que había en la pieza-. Después de aquella vez que nos vimos, allá en Monte Maíz, estuve a punto de casarme un par de veces. Pero a punto de casarme, ¿eh?...&lt;br /&gt;-Y... ¿por qué no se casó?&lt;br /&gt;-Lo de siempre –Sotelo se había servido un vaso grande de leche tibia y lo sorbía a tragos cortos-. Problemas de mujeres... Otras minas... Tentaciones... Sin yo buscarlas, por supuesto...&lt;br /&gt;-Me consta.&lt;br /&gt;-Te consta... Vos ya viste... –se relamía, tratando de quitarse de la comisura de los labios y el bigote ralo, gotas de la leche-. Sin yo buscarlas...&lt;br /&gt;-Pero aceptándolas...&lt;br /&gt;-Eso sí... Uno no es nadie para negarse a los designios de Dios...&lt;br /&gt;-No me diga que se me ha vuelto místico.&lt;br /&gt;Sonrió, frunció la frente.&lt;br /&gt;-Algo de eso hay, algo de eso hay... –le cruzó la cara un gesto de fastidio-. Perdí muchas cosas por las mujeres –se rió, anticipando el chiste-. Otras mujeres, por ejemplo... No, no, fuera de broma. Perdí mujeres valiosas como Isabel, o Charito, a quienes quería realmente y hubiesen sido compañeras para el resto de mi vida. Y perdí trabajos importantes. Como el de Sigma Propaganda, con Vettori, que no era importante lo que digamos importante, pero podía haber llegado a serlo. Como el de Walter Thompson, el de Cícero &amp;amp; Ted Bates... Entonces, cuando me vi en la ruina, prácticamente cuando vi que lo único que me quedaba era este departamento mugriento...&lt;br /&gt;-Mugriento, no –concedí.&lt;br /&gt;-Miserable, acordemos. O mínimo, cuanto menos... Después de haber vivido en dúplex lujosos, en hoteles cinco estrellas... Entonces decidí largar...&lt;br /&gt;-¿Largar qué? ¿Las mujeres...?&lt;br /&gt;-Las mujeres... Y lo hice, lo hice... Y esa decisión me cambió la vida, me modificó todo. Ahora estoy trabajando bien de nuevo, de a poquito, sin distracciones, sin gastos de energía superfluos. Me notarás más calmo, menos tenso...&lt;br /&gt;Asentí con la cabeza.&lt;br /&gt;-¿Y no se le ocurre entonces casarse, por ejemplo? –pregunté-. Como para completar el cuadro, digo yo.&lt;br /&gt;Sotelo tensó los músculos del cuello y aspiró hondo. Me pareció que no sabía si continuar con la conversación.&lt;br /&gt;-Es que... –se decidió al fin-. ¿Sabés cómo terminé con las mujeres?&lt;br /&gt;Un pequeño rayo de estremecimiento me pegó entre los dos ojos. Adiviné algo terrible.&lt;br /&gt;-Me castré, Polo. Me castré. Corté por lo sano.&lt;br /&gt;Sonreí, esperando la carcajada de él, subrayando el chiste. Pero no llegó.&lt;br /&gt;-No tenía otra, Polo.&lt;br /&gt;-No... no me joda.&lt;br /&gt;-No te jodo. Cirugía, Polo. Así de simple. Si no te impresiona mucho, te muestro.&lt;br /&gt;Se había puesto de pie, abriéndose la bata de baño y amagando con bajarse los pantalones. Yo sentía un millón de pinchazos recorriéndome el cuerpo. Extendí la mano sobre la mesa.&lt;br /&gt;-No... no... –balbuceé.&lt;br /&gt;-Te muestro –reafirmó Sotelo, casi exhibicionista. Y se bajó los pantalones junto con el calzoncillo. Aparté un poco la vista, pero alcancé a ver un triángulo de vello oscuro, una especie de costurón grisáceo y un vacío llano y despojado, una carne llena de canutos como la de un pollo congelado. Desvié del todo la mirada, posándola tontamente en una pared. Sotelo se arregló la ropa, veloz y quizás acostumbrado.&lt;br /&gt;-Pero estoy más tranquilo –me dijo, sentándose de nuevo-. No sabés lo tranquilo que estoy.-Me imagino –le dije aún perturbado. Y no hablamos ya del tema. Después me dio unos papeles con indicaciones, arreglamos un precio más o menos decoroso por el texto que le tenía que escribir y me fui. No volví a verlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Usted no me lo va a creer y otros cuentos&lt;/span&gt;"&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-4113872035398721706?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/4113872035398721706/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=4113872035398721706' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/4113872035398721706'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/4113872035398721706'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/03/la-solucin-de-sotelo.html' title='La solución de Sotelo'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-4042935597391089472</id><published>2008-02-14T22:18:00.000-08:00</published><updated>2008-02-14T22:23:39.146-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Reflexión'/><title type='text'>El Discípulo</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Es una selva alta. Cuando se mira hacia arriba, las copas de los árboles forman un techo irregular y tupido que casi no deja ver el cielo. Ni penetrar el agua de las lluvias.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Y llueve mucho en esa zona del Pastaza, en el Ecuador. El macizo de Corihuairazo, que habíamos visto desde la carretera Oriental antes de meternos en la espesura, forma parte del ecosistema de los bosques lluviosos. Pero el agua llega hasta la base de los árboles en forma de manantiales que discurren por los troncos y las ramas, no como gotas. La humedad es altísima. El aire, asfixiante. Se oye el griterío dispar de miles de pájaros, el chirrido de los insectos y el ulular de los monos. Y hasta el crujido de los altos árboles al balancearse.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-La palma vaca –Lizardo nos indica una palmera que puede alcanzar los setenta metros y que, cuando se bambolea, produce con su madera porosa un lamento hondo y prolongado que parece el mugido de una vaca.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-Si se lo propone alcanza los setenta metros –aclara Lizardo- pero no se lo propone y queda en cuarenta, cincuenta... Así son las plantas ecuatoriales, dejadas, faltas de voluntad. Tal vez sea el calor el que les imprime ese carácter.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Lizardo es un descendiente de indio capayós, de un villorrio lindante con Babahoyo, y tiene unos treinta y cinco años. Posee algunas cabras y cultiva el suelo. Y se ha ofrecido a guiarnos hasta donde el río Aguasola confluye con el Curaray. Dice haber cursado la escuela primaria por correspondencia pero no sabe leer ni escribir.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Eso sí, conoce al dedillo la fauna y la flora de la zona y nos la describe meticulosamente. Aquello es un palo de balsa, este es un jipijapa, aquel otro una tagua, lo de más acá paja toquilla. Afirma que puede reconocer una culebra de veneno mortal sólo por su picadura.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Marito le dice que mucho más sano sería si pudiera identificarlas antes. Lizardo no entiende. Les atribuye a la flora y la fauna connotaciones humanoides y religiosas. Ha prometido que llegaremos al lugar de la cita cuando el sol esté alto, al mediodía, para encontrarnos con la gente de “El Discípulo”. Pero Marito, mi fotógrafo, duda. Se nos ha dañado el GPS, para colmo, y no sabemos muy bien dónde estamos. Una largatija, del tamaño de un fósforo de cera, se metió dentro del orientador electrónico y lo dañó totalmente. Marito maldice. Es buen fotógrafo. Tuve que hablar horas con él para convencerlo de que me acompañara a hacer esta entrevista.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Conozco a Marito desde pequeño y ha sido fotógrafo de guerra en Haití, Irán y Afganistán. Pero su verdadera vocación es ser fotógrafo de sociales. Tiene fotos maravillosas del Ayatollah Kermanshah bailando, rodeado de sus sobrinos, y se llenó de dinero con las fotos que obtuvo en el casamiento del imán de Kuwait, Mosul Nishapur, con una rica heredera de Andorra. El imán contrató a Marito especialmente para la boda, pues había visto en &lt;i&gt;Le Monde &lt;/i&gt;unas fotos suyas sobre un fusilamiento en Rezaye. Cuando la revista me aceptó la idea del reportaje fui a buscar a Marito a La Plata, donde estaba dedicado a la lombricultura, alejado ya de la fotografía. Tuve que insistir mucho para convencerlo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-Me he apegado mucho a estos bichitos –me dijo, y a mí me costó mucho aceptar que se refería a sus lombrices-. No te confundas, Jorge –insistió- son organismos que generan sentimientos. Me extrañan si me voy por más de un día.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Tuve que explicarle que Gabriel Beltrame, “El Discípulo”, era un argentino que había fundado un movimiento guerrillero en la selva de Morona, en Ecuador, que no se conocía su ideología ni su móviles políticos. Se lo relacionaba con Sendero Luminoso pero también con confusos movimientos religiosos. Era considerado admirador de Tirofijo Marulanda, el mítico combatiente colombiano y, de hecho, se había mostrado por Internet exhibiendo una foto de Tirofijo autografiada. Pero, sin duda, la relación más inmediata se establecía con Ernesto Guevara, también argentino, también rosarino, que se fue al monte y enfrentó al sistema.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-¿Por eso le dicen “El Discípulo”? –se interesa ahora Marito bajo el tufo agobiante de la jungla, con el rostro casi deformado, al igual que el mío, por las picaduras de los insectos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-Supongo que sí –respondo, ambiguo, mirando las altísimas copas de los árboles, que producen una penumbra brumosa aquí abajo. Nada es claro respecto a este nuevo guerrillero argentino que recién ahora sale a la luz con comunicados y declaraciones. E incluso con acciones militares, tras permanecer con su gente veinticinco años escondido en la selva.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-¿Veinticinco años? –se alarma Marito. Lleva colgados bolsos con distintos tipos de cámaras y lentes. Y, en bandolera, un paraguas aluminizado, de los que ya no se usan, para dirigir la luz del flash. Tiene en la mejilla un escorpión negro y plateado que le camina lento hacia el cuello de la remera. Pero la piel se le ha curtido, perdiendo sensibilidad y no lo percibe. Ni yo le aviso, para no alarmarlo. Ya los cuerpos se nos han tornado insensibles a las picaduras de las alimañas: llevé ceñida a mi tobillo una anguila verdosa, fina como un cordel, durante dos días, pensando que era uno de los cordones de mi zapato, antes de que Lizardo me lo advirtiera.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-Beltrame y su gente han atacado tres escuelas rurales en el último mes –le cuento a Marito- lo que indica un recrudecimiento en el accionar de la guerrilla.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-¿Tres escuelas?.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-Doble escolaridad –informo-. Se llevaron a dos preceptores, tizas, borradores y hasta un pizarrón donde se supone diagramaron nuevos golpes.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Dejaron en las paredes consignas vivando a Pol Pot, el despiadado conductor de los Khmer rojos camboyanos. Pero “Pol” estaba escrito “Paul” como Paul McCartney y era impensable suponer una conjura Khmer-Beatles. La CIA cree que sólo se trata de una maniobra de distracción, para enmascarar su verdadera ideología.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;&lt;!--[if !supportEmptyParas]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Llegamos a la confluencia del río Aguasola con el Curaray cuando el sol estaba alto, milagrosamente puntuales para la cita. Había allí un claro en la selva y podían verse no muy lejos las verdes y radiantes elevaciones del macizo Corihuairazo. En dos oportunidades escuchamos ruido de helicópteros pero no vimos ninguno. Sabíamos que la DEA controlaba la zona pero sólo vislumbramos, luego, y con la ayuda del poderoso &lt;i&gt;zoom &lt;/i&gt;de Marito, una avioneta blanca, del tipo Cessna, arrastrando a su cola un larguísimo cartel de tela que publicitaba un conocido dentífrico con blanqueador y flúor.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Tres horas estuvimos allí, aguardando el contacto con “El Discípulo”. Llegué a pensar que era una broma pesada como la que me había llevado a Nunivak, en Alaska, por una entrevista con el líder indonesio del Frente Revolucionario Macasar, Sula Sulawesi. Cerca de las cuatro de la tarde, no obstante, aparecieron desde la espesura dos hombres armados.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;No diferían demasiado en su aspecto del resto de los integrantes de movimientos revolucionarios latinoamericanos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Tampoco, paradójicamente, de los hombres que componían los escuadrones gubernamentales dedicados a combatir a esos movimientos. Sombreros de ala ancha rebatida en uno de los lados, ropa camuflada, correaje y botas de origen ruso. Certificaban su condición revolucionaria, eso sí, los fusiles Kalashnikov AK 47 que ambos cargaban sobre sus hombros.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Traían un burro. Casi no hablaron. Nos vendaron los ojos. A Lizardo, Marito, a mí y al burro. Comprendí que andaríamos por senderos de montaña, riscos peligrosos donde el animal podía asustarse.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Las ocho horas siguientes fueron de marcha y creo que la hicimos dando vueltas en círculo. Pude escuchar la caída de agua de una cascada, el derrumbe de unas rocas montañosas, el canto enérgico de guacamayos, tucanes y periquitos, luego el rumor de motores de una carretera, el resoplar sorpresivo de una máquina de café express, otra vez las rocas y de nuevo la caída de agua.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Cuando nos sacaron las vendas estábamos dentro de un bohío, apenas un quincho realmente, rodeados de hombres uniformados que iban y venían, perros, gallinas y chanchos por doquier. Nos hicieron sentar en unas sillas desvencijadas frente a un sillón de peluquería, que imaginé producto de algún saqueo en el pueblo vecino de Imbabura.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Pedí algo para comer. Nos trajeron mangos, plátanos, arepas, frijoles, maracuyá, guanábana, cacao, porotos de soja y jugo de lulo. Media hora después de que hubiéramos terminado con la variada merienda, ya noche cerrada, llegó Beltrame.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;También con la ropa camuflada, correaje, botas, pistola a la cintura y la cabeza descubierta, sin boina ni sombrero.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Aparentaba alrededor de sesenta años, tenía el pelo entrecano y largo, buen porte y un atisbo de dolor y sufrimiento en su mirada.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-Nada que ver con el Che, compañero –me aclaró de entrada, apenas encendí mi grabador Geloso, previa aprobación suya-. Nada que ver. Salvo que nacimos a pocas cuadras de distancia. Él en la esquina de Urquiza y Entre Ríos y yo en San Martín entre San Lorenzo y Urquiza, a metros del Savoy.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Se interesó por saber de qué barrio de Rosario era yo, preguntó si aún seguía abierto el Sorocabana y si yo conocía, por casualidad, a un tal Ignacio Covelli, dueño de una mercería de la calle San Luis.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-Mis razones, compañero, nacen en la infancia –se ensombreció luego-, en mi más tierna infancia.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Se le notaba aún el acento argentino, pero hablaba, lógicamente tras tantos años en la zona, con giros y modismos ecuatorianos. Y también quizás por involuntario mimetismo, aspiraba algunas letras, haciéndolas casi desaparecer. “Orje” me decía a mí, por “Jorge”.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-En mi más tierna infancia, compañero... –repitió casi poético, rascándose cada tanto la nuez de Adán, cubierta por su barba blanca, perdiendo la vista en la oscuridad de la noche, mientras fumaba uno de esos enormes cigarros de hoja.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-Me los manda Fidel –me comentó, mientras me convidaba uno-. Pero no Fidel Castro, con quien no comulgo, sino Fidel de la Canaleja Ortuño, un jurista y pensador español, experto en educación, con quien mantengo una activa correspondencia.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-Algo, en mis primeros años, forjó mi espíritu revolucionario –continuó, grave- y me lanzó a este intento por cambiar el estado de cosas, por revertir un devenir histórico que tanto daño me hizo y nos hace. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Hizo un silencio.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-Sufrí mucho de niño, Jorge. Sufrí mucho.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Percibí que no debía formular preguntas, que “El Discípulo” estaba dispuesto a contar, a narrar, a sincerarse, motivado tal vez por la calma de la noche y el vaso de whisky que sostenía en su mano y que un atento edecán uniformado volvía a llenar apenas disminuía su contenido.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-Me levantaban a las seis de la mañana, Jorge. A las seis de la mañana.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Su voz se crispó y, por un momento, pensé que iba a largarse a llorar. Era, sin duda, un hombre sensible y delicado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-En pleno invierno, Jorge –se repuso-. En pleno invierno y con un frío insoportable, cruel. Tú conoces el frío húmedo de Rosario. Tienes más o menos mi edad, entonces sabes que antes, en aquellos tiempos, hacía mucho más frío. La codicia impúdica del capitalismo salvaje no vacila en recalentar el planeta con la emanación de gases de carbono, y ahora ya no se ven esas veredas cubiertas de escarcha como cuando yo salía de la calidez de mi casa para caminar las once cuadras hasta la escuela Mariano Moreno N° 60 de la calle Paraguay, Jorge...Pero en esa época había escarcha, Jorge, escarcha había en el piso porque cuando salíamos todavía era de noche.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;De noche, Jorge. Niños de seis años arrancados del calor de sus camas por sus propios padres, cómplices del Sistema, y arrojados a la oscuridad y el frío hiriente y lacerante de la calle, Jorge.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Beltrame hizo estallar una palmada de furia sobre la mesa rústica. Se puso de pie, mirando al vacío. Había terminado la frase gritando y le temblaba la voz.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-¡Seis de la mañana, carajo! –aulló-. ¡Y en pantalones cortos! ¡Porque antes no nos ponían pantalones largos, no había pantalones largos, no existían, o existían pero no se usaban para los niños porque no era la moda! ¡Esa puta moda dictada desde los polos del poder, por los dictadores del &lt;i&gt;prët-á-porter&lt;/i&gt;!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Se volvió a sentar más calmo. Pero lucía infinitamente triste.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-Criaturas de seis años, Jorge. Que dormían arropadas en sus camas, retemplados los pies por la bolsa de agua caliente, despertados a empujones en el medio de la madrugada oscura, que debían levantarse muertos de sueño, atrasados de sueño y salir de la cama medio desnudos a enfrentarse con el frío helado de una habitación enorme, de techos altos, que apenas intentaba entibiarse con una estufa a kerosén. No había calefacción central, Jorge, ni losa radiante, tú lo recuerdas. Una estufa estéril, a kerosén, que tu madre o tu padre llevaban tomada por el manillar de una pieza a la otra, según adonde se movieran, intentando calentar el lugar inútilmente... Y el sueño, Jorge, ese sueño inmenso, terrible, que nos mantenía en un sopor doloroso, que nos hacía caminar bamboleantes, como zombis, hasta el baño, para lavarnos los dientes...¿Sabes lo que dice II Chung, Señor de la Guerra, en su libro &lt;i&gt;Copad los flancos&lt;/i&gt;? “El descanso es un arma”, Jorge. Eso dice. El combatiente descansado cuenta con esa arma a su favor. Está lúcido, presto, atento. El niño que es arrancado de su lecho a las seis de la mañana no sirve para nada, sólo sufre y mantiene una duermevela, mezcla de sueño y lucidez que lo confunde y no entiende luego ni qué es el sustantivo ni qué es el predicado, Jorge. No entiende. Y sale a la calle y es de noche. Están las luces de la calle encendidas, Jorge. Y las de la escuela, están todas encendidas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Hay sombras en el patio y en los pasillos, los otros zombis pequeños como él y las maestras y la directora no son más que volúmenes fantasmagóricos, dramatizados por la penumbra. ¡Y los sabañones, Jorge! Los sabañones que nos enardecían los dedos de los pies, de las manos y también de las orejas: ¡las orejas!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Se tomó una de las orejas con las manos y me la señaló como si aún hubiesen quedado allí secuelas del tormento.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-Nunca me rasqué tanto, Jorge. Ni cuando llegué a la jungla y me devoraron los insectos zancudos tropicales.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Beltrame cayó en otro silencio prolongado. Desde afuera llegaban, reducidos, los sonidos nocturnos. Un guardia paseaba en el perímetro de luz arrojado por una farola. Beltrame parecía agotado luego del desahogo. Yo estaba atento al clic que me indicaría el final de la cinta de mi grabador. Marito, a mi lado, permanecía sentado, su cámara en posición pero sin accionarla casi, abismado por las palabras del líder guerrillero.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Él, Marito, que había presenciado las atrocidades de Croacia, que había sido testigo presencial de la conferencia de prensa donde el jefe bandolero colombiano Isidro Pablo Cortés rebeló su arrebatadora homosexualidad y su pasión por Ricky Martin, estaba ahora transido por la confesión de Beltrame.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-A veces llovía, Jorge. A veces llovía –continuó Beltrame-.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;No sólo era de noche, no sólo hacía un frío realmente de cagarse, no sólo eran las seis de la mañana y afuera estaban las luces encendidas sino que también llovía. Y había veces, pocas pero las había, en que mis padres no me mandaban a la escuela si llovía mucho. En ocasiones hacían eso, me concedían esa gracia. Entonces, había noches en que a mí me despertaban los truenos, los relámpagos y el fragor del aguacero golpeando contra el patio y yo me apretujaba bajo las sábanas y las cinco o seis frazadas que me ponían para atenuar el frío. Me acurrucaba, Jorge, y sin ser creyente rezaba para que no parara la lluvia, para que siguiera, que diluviara para no tener que salir botado de esa tibieza, de ese nido acogedor y hermoso donde yo estaba para ir a la escuela. Nunca he sufrido tanto, Jorge, nunca he sentido tanta ansiedad y angustia de que me vinieran a buscar. Entredormido, temblando, calculaba. “Ya son más de las seis, y no me vienen a buscar, ya pasó la hora de levantarse, ya no vienen por mí esos bastardos, hoy me dejan quedarme en casa jugando a los soldaditos”.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;“Y procuraba oír, afuera, el ruido de la lluvia cómplice, comprensiva. Paraba la oreja para escuchar si pegaban las gotas en la galería o si caía el chorrito del desagüe sobre el patio. A veces pensaba que ya me había salvado, que había zafado. Entonces, aterrado, escuchaba las chancletas de mi madre por el pasillo, arrastrándose como reptiles, y la puerta que se abría, y la voz de mi madre falsa, meliflua, anunciando casi en un canto: ‘Negrito... Es la hora... Vamos... arriba’. ¡Y me moría de odio, carajo! Contra el mundo, contra la humanidad entera. Y no era levantarse para ir al cine, Jorge, tú me entiendes, ni para ir al parque de diversiones, ni nada de eso. Era para ir a la escuela, con su Gramática y su Matemática y todas esas mierdas, mi viejo, todo eso. Pero lo peor era la hora, la hora para despertar a un niño de seis años que no sabe nada y piensa que ése es su destino. Nunca he sufrido tanta angustia como esas noches de lluvia cuando me ilusionaba y luego sufría el cachetazo atroz del desengaño. Nunca. Ni cuando, años después, venían a buscarme los Federales rastreándome en mis diversas casas de Chapinero o El Vedado”.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;El asistente gordo llenó de nuevo el vaso de whisky de Beltrame. Luego éste descartó encender un nuevo puro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-Sólo fumo puros de no más de quince centímetros de largo-me dijo, aplastando la colilla del último-. Los detectores de calor de los helicópteros yankis tardan veinticuatro minutos en localizar el humo y el calor que produce un cigarro. Luego de eso, te cagas. Al centímetro número doce el láser te localiza y te meten un cohetazo, una de esas roquetas que ellos tienen.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Es el peligro del tabaco, Augusto –dirigió esta última frase a su asistente gordo, sonriendo. Fue el único rasgo de humor que le vi durante el encuentro. Beltrame se puso de pie masajeándose el estómago abultado. Se lo veía relajado. Bostezó. Sin duda, la entrevista, la primera entrevista que “El Discípulo” concedía a un medio gráfico, estaba terminada.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-He preguntado Jorge... –pasó amistosamente su brazo sobre mi hombro, mientras me conducía hacía afuera, donde los dos milicianos que nos habían traído estaban esperando-. He preguntado por qué los niños deben levantarse tan temprano para ir a la escuela y nadie ha sabido contestarme, te juro. No soy necio. Quise asegurarme, antes de lanzarme a la lucha armada, de que no hubiera causas justificadas para este sacrificio infantil. Supervivencia de la especie humana, preservación del medio ambiente, prevención de pestes devastadoras, algo así, que justificase el castigo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;“Nadie supo contestarme. Ni las maestras, ni los padres, ni el portero de la escuela, ni don Fidel de la Canaleja Ortuño, el agudo educador. El sacrificio por el sacrificio mismo. Me juramenté en cuarto grado, cuando quisieron comprar mi aprobación con la ridícula distinción de escolta de abanderado, en cuarto grado, te juro, me dije: ‘Cuando sea grande no habrá poder humano, ni religioso, ni militar, que logre despertarme temprano’”.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Nos despedimos brevemente, como amigos que saben que van a volver a verse prontamente. Los dos milicianos me ayudaron con las cámaras y los focos de Marito. Lizardo, el guía cayapó, se sumó a nosotros. El burro de los guerrilleros ya tenía los ojos vendados. La noche era profunda y fragante, crujía con los lejanos reclamos de los búhos selváticos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-¿Lo despierto a alguna hora, mañana, Comandante? –le escuché preguntar al asistente gordo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;-Ni se te ocurra, Augusto –contestó Beltrame en tono alegre y bostezando-. Ni aunque vengan los helicópteros americanos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;Nos fuimos. A la tarde del día siguiente ya estábamos en Otavalo. Y, por la tarde, tomábamos con Mario el vuelo a Porto Alegre donde, con suerte, alcanzaríamos la combinación a Buenos Aires. Sobrevolando Iguazú, Marito, pensativo, me comentó, en voz baja: “Después nos preguntamos cómo se originan los movimientos revolucionarios latinoamericanos”.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Trebuchet MS&amp;quot;;" lang="ES-AR"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;De "El Rey de la Milonga y otros cuentos"&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-4042935597391089472?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/4042935597391089472/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=4042935597391089472' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/4042935597391089472'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/4042935597391089472'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/02/el-discpulo.html' title='El Discípulo'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-7488440843608787331</id><published>2008-02-08T09:08:00.000-08:00</published><updated>2008-02-08T09:17:39.475-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Fútbol'/><title type='text'>La observación de los pájaros</title><content type='html'>&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt;Uno abre la puerta y sale a la calle con un in­fierno escarbándole las entrañas. Afuera, la siesta del domingo transcurre silenciosa y quieta, como si no pasara nada. Y no pasa nada, hermano, no pasa nada. Si después de todo, es apenas un partido más. Un partido más entre los miles de partidos que han jugado los clásicos equipos rosarinos. ¿O acaso uno piensa o alguien se acuerda de cómo salieron en el primer partido del año 75? ¿O en el segundo? Ni uno mismo lo sabe. Ni se acuerda. Son emociones mo­mentáneas, pasajeras. Intensas pero fugaces. Un do­lor profundo, una alegría enceguecedora pero que al día siguiente ya se va, desaparece sin dejar huellas físicas visibles, como la varicela. Seguro que no hay casi nadie en la cancha. Casi vacío el Parque. Maña­na dirá el diario que el partido concitó poco público. Que la campaña irregular de los sempiternos riva­les, la promesa de un mal partido y la amenaza de un nuevo empate alejó a las parcialidades, por su­puesto. No tiene importancia el partido. Si se pier­de, habrá un chisporroteo urticante durante un rato, alguna cargada extemporánea, una mirada sobradora, pero nada más. Nada más. Pero será un empate.&lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt;Quedan 45 minutos apenas, si es que ya ha empeza­do el segundo tiempo. 45 minutos. Pero ¿cómo es po­sible que tarden tanto en pasar 45 minutos? ¿Cómo puede ser que se transformen en una eternidad inacabable? La cosa es no mirar el reloj. No mirarlo nunca. Entonces, de pronto, cuando uno en un refle­jo natural y entendible de animal urbano mira el cuadrante, ya han pasado 40 minutos o 43, no queda nada. Dos minutos apenas, un suspiro, una minucia de tiempo, un preámbulo mísero al gesto altivo del árbitro que levanta la mano derecha y muestra a los jugadores, a la tribuna y al mundo, que adiciona dos minutos solamente, que le importa un carajo que haya habido ocho de demora por choques y turba­multas y que está dispuesto a cortar el clásico lo an­tes posible con la tranquilidad de haber sacado el partido sin problemas mayores ni expulsiones injus­tas. Es así. Pero lo más jodido son los primeros 20 del segundo tiempo, eso es lo jodido, uno cavila. Allí todavía los equipos quieren llevarse los dos puntos y el local especialmente, carajo, se lanzará al ataque obligado por su condición de dueño de casa. ¡Y los nuestros son tan boludos que siempre se desconcen­tran en los primeros minutos! Entran dormidos, no encuentran las marcas, les meten goles imbéciles tras un rebote. Goles boludos... ¿Qué es eso? ¿Qué es eso? ¡Un bocinazo! ¡Hay un gol! ¡Alguien festeja! Si se escucha otra bocina no quedan dudas, ya se cele­bra... Pero no hay nada. Vuelve el silencio. Uno ca­mina y percibe un golpeteo sordo, un tam-tam opre­sivo desde el lado de adentro del pecho. La boca pas­tosa ¿cómo mierda pueden tardar tanto en pasar 45 minutos? Si uno va a comer por ejemplo, o a tomar un café y esta allí, al pedo, charlando, mirando a la gente, distraído y de pronto cuando mira el reloj, ya se le ha pasado más de una hora ¿Cómo es posible&lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt;esa diferencia de densidad en el tiempo? Es más, ha­ce muy poco, digamos ayer sin ir más lejos, uno esta­ba en el patio de su casa jugando a los soldaditos y ahora, de golpe y porrazo, ya tiene la edad que tiene y se le ha caído el pelo de la cabeza. Hace horas prácticamente, se reunía con los compañeros de la secundaria festejando la finalización del quinto año, estrechaba la mano de Podestá, jodía con Carelli y de pronto, en un soplo, está aquí, caminando por las calles del barrio como un prófugo, como un linyera, como un fugitivo, tratando de que pase de una bue­na vez por todas ese puto clásico con el resultado que sea. Eso mismo. El resultado que sea. Victoria, empate o derrota. Incluso derrota. Porque la derrota, cuando se acepta, cuando se instala, invade el cuerpo como una medicina amarga pero relajante, resignada. Lo que a uno lo destruye es la ansiedad. Dos semanas, tres semanas, cuatro, esperando que llegue el día preanunciado. Séptima fecha de las re­vanchas. Y lo inapelable de lo indefectible. Esa bola en el estómago que se va formando en los comentarios previos, durante el partido con Vélez, durante el partido con Ferro, durante el partido con Boca, en torno al clásico que se acerca. La fiesta de la ciu­dad... ¡justamente! Se van a la concha de su madre con la fiesta de la ciudad. Feliz es ese perro que cru­za la calle. Se oyen incluso las pisadas acolchadas de sus patas sobre el empedrado, tal es el silencio de la siesta. No sabe nada del fútbol, no sabe nada del clásico, no le importa un sorete el resultado ¿Y eso? Alguien gritó. Sí. Alguien gritó. En una casa cercana se elevó un grito. ¿Hombre o mujer? Si es mujer pue­de que no haya pasado nada. Un reproche a su hijo tal vez. Si es de un hombre puede ser un gol. Aun­que hay mujeres terriblemente fanáticas también. Es más. Son las peores con las cosas que les gritan a&lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt;los jugadores en la cancha. La casa es humilde. Pue­de ser gol de Central, entonces. El barrio es un re­ducto canalla. Pero ahora está todo muy mezclado. Antes los verduleros eran de Central y los oligarcas leprosos. Pero ahora uno ve conchetos que son cana­llas y unos grones impresionantes que son leprosos. Se ven incluso niños con la rojinegra muchas veces. No hay seguridad por lo tanto de que ese grito de alborozo provenga de un centralista. De todos modos, no se repite. Uno mira hacia el entorno como un in­dio. Olfatea el aire, para las orejas, gira la cabeza buscando indicios en el aire. No se puede sufrir tan­to. Tal vez sea mejor ir a la cancha. Uno esta allí &lt;i&gt;in situ, &lt;/i&gt;en el lugar propiamente dicho de los hechos. Enclavado en medio de la popu, mirando lo que pa­sa, sin necesidad de adivinar nada ni de que se lo cuenten. Pero hay que ir muy temprano, cuando em­pieza la reserva. Y pararse y sentarse, y pararse y sentarse y pararse y sentarse cada vez que hay una situación de gol hasta que al fin se paran todos para siempre y se termina esa historia. Hay que estar más entrenado que los jugadores, carajo. Estrujado, además, por la sudorosa multitud bajo el sol incle­mente del estío. Y ver el insufrible espectáculo de los lepras cubiertos de banderas gigantescas, saltan­do y gritando como demonios en la bandeja de enfrente. Porque no se puede ir a las plateas y correr el riesgo de quedar sentado junto al enemigo. Y des­pués, la otra, la verdad: de visitante, sea en la Bom­bonera, en el Gasómetro o en el Monumental, es muy pero muy probable que te rompan el culo. His­tóricamente ha sido así. Y el regreso es duro. Pero lo peor es la radio. Es mucho peor que ir a la cancha. Es como pelearse con un tipo en una habitación a os­curas. Los relatores asumen la responsabilidad fren­te a sus oyentes, y más que nada frente a sus anunciantes, de dotar de dramatismo al espectáculo, esa verdadera fiesta del fútbol rosarino. Por lo tanto, los remates siempre salen rozando los maderos, las ata­jadas siempre revisten la condición de milagrosas y los ataques en profundidad despiden invariablemen­te un definitivo aroma a gol. Hay que guiarse enton­ces por el estallido de la tribuna, allá, en el fondo. El rumoreo de la indiada como telón de fondo del tipo que transmite. Uno escucha el "Uhhh" que se trans­forma en "Ahhh" cuando todavía el relator no ha al­canzado a gritar que esa pelota se viene como balazo para el marco, y uno ya entiende que nos salvamos de pedo o que volvimos a perder una ocasión irrepe­tible. Uno escucha el estallido lejano cuando el tipo aún está anunciando que llega el centro y ya sabe que el grandote de ellos saltó y te la mandó a guar­dar. En la cancha al menos, uno ve dónde está el &lt;i&gt;wing, &lt;/i&gt;dónde se fue esa pelota y a qué distancia real del arco se desarrolla la jugada. Aunque también es­tá el recurso de escuchar otro partido y esperar la conexión con Rosario. River-San Lorenzo por ejem­plo, que conectará a cada momento con la emoción que se vive en el Parque Independencia en otra edi­ción de uno de los clásicos más antiguos de nuestro fútbol. Pero allí la cosa suele ser peor. El corazón es­tá inerme ante el sablazo fatal de la noticia. Antes por lo menos, con Fioravanti —un caballero de la ra­diofonía deportiva— alguien te anunciaba: "Atento Fioravanti". "¡Atento Fioravanti!" llamaba un tipo. Entonces uno se agarraba de las almohadas, por ejemplo —si estaba tirado en la catrera— daba una vuelta carnero sobre el lecho, mordía la sábana y aguardaba, como un pelotudo, como un cordero ante la destreza final del matarife, el golpe artero. Podía ser que llamaran desde otra parte, supongamos, desde Platense en Manuela Pedraza y Cramer, después de todo. O bien desde el coqueto estadio de Atlanta, para anunciar un gol de un ignoto puntero izquierdo. A veces uno, antes, un segundo antes, percibía detrás de aquel llamado cobardemente anó­nimo el corto e inusual estallido del público, de al­gún público, más parecido al sonoro griterío de los locales que al apagado de los visitantes y entonces intuía, detectaba, temía, que el llamado fuese desde Rosario. Y para colmo, Fioravanti demoraba la cone­xión comentando, preciso y atildado, que en esos mo­mentos, los bravos muchachos azulgranas estaban armando la barrera, la empalizada, el valladar, el muro de contención... Pero aquel anuncio, el "¡Aten­to Fioravanti!", alertaba el espíritu, prevenía la psiquis y disponía el terreno para recibir el dolor su­premo o la alegría enceguecedora. En cambio ahora no. Ahora, de buenas a primeras descaradamente, crudamente, ferozmente, un desaforado se mete en la transmisión vociferando "¡Gol de Boca!" y a la mierda. Uno queda aterido, trémulo, abofeteado, pensando que en esas tres palabras pudo haber cam­biado el sentido de la vida, el eje del movimiento del mundo y el sentido mismo de nuestra existencia so­bre la Tierra. Por eso, por preservación tal vez, uno puede decidir que no quiere saber absolutamente nada sobre el partido. No quiere verlo ni escucharlo, ni siquiera enterarse del resultado hasta el momen­to exacto del pitazo final. ¿Por qué? Porque uno sabe que todo sufrimiento tiene un límite, que su cansado corazón no podrá aguantar el trámite, que la angus­tiosa transmisión radial se sumará a la tensión pro­pia hasta alcanzar ribetes intolerables y que prefie­re, en suma, conocer el marcador ya puesto de un impacto seco, un manotazo duro, un golpe helado. Sin embargo encerrarse en un ropero, en la piecita chica de la terraza, puede ser ocioso. El sonido radial es finito, incisivo, líquido y se filtra por las pa­redes. Usted conoce que su vecino suele estallar en un mugido estremecedor ante los goles. Y están también las lejanas bombas de estruendo. Y las bo­cinas... El cine puede ser. El cine es una opción. Pe­ro siempre habrá en la platea casi desierta del do­mingo a la siesta, filas más atrás, otro cobarde con una radio portátil incrustada en el oído. Uno, sensibilizado como un animal en carne viva, pese a las ti­nieblas lo ha visto y asume desde ese mismo mo­mento, que Sharon Stone podrá ponerse en bolas una y mil veces, que Michael Douglas podrá aga­rrarse los huevos contra una puerta en repetidas ocasiones, pero que, a uno solo lo tendrá sobre as­cuas ese mínimo canturreo oscilante y rápido que más que escuchar, adivina y que proviene de la ra­dio del hijo de mil putas de la fila de atrás que hu­biese podido elegir otro cine para refugiarse. Por eso, ahora uno está en la calle. Intentó ver televisión y fue lo mismo. Tomó café, dio vueltas por la cocina pero el tiempo se había detenido en la casa como aquel tiempo que diseñara Bioy Casares en &lt;i&gt;La in­vención de Morel. &lt;/i&gt;De pronto hubo una explosión, cla­ra, inequívoca. Una bomba de estruendo. ¡Aquello era un gol, sin duda alguna! Se levantó de la silla y giró varias veces en torno a la mesa, cautivo del in­fernal desasosiego. En la cocina la radio, apagada, muda, lo esperaba ¡Podía ser un gol de Central y uno estaba ahí, como un boludo, sufriendo al pedo! Y si era gol de Newells mala suerte. La resignación, sabía, habría de invadirlo como una melaza repara­dora. Hubo que correr hasta la radio y encenderla. El dial capturaba un programa musical, insensible a los problemas medulares de la sociedad. Uno buscó locamente con el dial. Apareció una propaganda gri­tona y vertiginosa ¡Era allí! "Vamos a la boca del túnel" indicó un tipo. Atrás, el rumoreo. No había exci­tación en los comentaristas, no había exaltación ni clamoreo. "El empate está bien, hasta el momento" sentenció otro. Era el entretiempo y cero a cero. Al­gún pelotudo descerebrado había hecho explotar aquella bomba perturbando a la gente en su descan­so, atentando contra la vecindad inocente. Uno apa­gó la radio, casi con rabia ante su ataque de debili­dad. Cuarenta y cinco minutos nomás para el final del suplicio. No se podría aguantar allí adentro. La adrenalina recorría el cuerpo como uno de esos ca­rritos multicolores que suben y bajan, endemonia­dos, por las Montañas Rusas. Había que salir. Cami­nar. Hacer algo. Ya deben ir como 20 del segundo. Ya seguro los equipos se conforman con el empate. Más vale no arriesgar, quedarse en el molde, cuidar atrás. Un punto es negocio para los dos, ni vencedo­res ni vencidos, la ciudad tranquila. Todos conten­tos. Pasa, veloz, un auto. Su conductor lleva el gesto adusto ¡Puede ser otro hincha de Central que está escuchando el resultado tan temido! Sí, a uno le pa­rece haber visto el péndulo de un escarpín azul y amarillo colgando del espejito... ¡Suena una bocina varias veces! Puede ser el inicio de un festejo u, oja­lá, el anuncio fatal de un accidente... ¡Ladra un pe­rro! Tal vez se alarmó ante el salto gozoso de su amo, lepra insigne... ¡Atruena el escape abierto de una moto! ¿O son petardos? ¿Hay gol de alguien? ¿Será alborozo ajeno o fuego propio? Uno recupera, de pronto, aquel instinto primario y animal que infructuosamente trataran de legarnos nuestros an­cestros aborígenes. Comienza a rastrear señales en la copa de los árboles, a adivinar conductas en la ac­titud de los animales, a bucear respuestas en los in­dicios de la naturaleza, en la interpretación del vue­lo de los pájaros. Desde una persiana cerrada llega&lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt;la bocanada fugaz de un relator de radio. Uno apura el paso pero la voz lo persigue como un misil de ca­beza inteligente. ¿Qué inflexión ignota había en su voz? ¿La entusiasta y exitista del cronista ante la vi­bración de una victoria? ¿La cadencia monótona y desilusionada ante la mediocridad de un nuevo em­pate? Uno es un radar, es una antena, es el cervati­llo frágil que eleva el morro húmedo en la espesura, el oráculo que adivina el destino en la lectura sutil de los guijarros. Recuerda sin duda la última tarde en que se perdió —catastróficamente— un clásico. Aquella mañana previa al hecho los perros ladraron alocados, las aves enmudecieron y los gatos tuvieron un comportamiento errático y equívoco revolcándo­se, aparatosos, sobre sus propias heces. Deben ir, uno calcula, 30 minutos, media hora. Que todo siga así, en calma chicha, que no cambie ¡Otra vez una explosión, otra de estruendo! ¡Que la corten con eso, pelotudos! Ya se la hicieron correr una vez y era mentira. Tiran por tirar. Para hacerlo cagar a uno en las patas, nada más. Aunque sabe que si se confirma un gol de Central lo va a gritar. Solo y en la calle, como un pavote, seguro que pega un salto y se lo grita. Sí señor. Es toda una avalancha de presión que tiene acá, en la boca de la garganta, esperando salir, atragantada. Dobla lentamente un auto, el conductor lo mira y va hacia uno. Es el Negro Mario. ¿Qué quiere este boludo? ¿Por qué aminora la mar­cha, por qué lo mira? Mario saca media cabeza por la ventana, la menea y sonríe con una mueca triste. "¡Qué verga que somos, hermano!" dice. Un estilete de hielo le baja a uno desde el pecho hasta la entre­pierna. "¿Qué pasa? ¿Perdemos?" pregunta. "Uno a cero". "Qué va a hacer" dice uno, supuestamente fi­losófico, medio como si no le importara, como si hu­biera salido a caminar porque quiere reflexionar&lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt;tranquilo sobre el devenir humano en el próximo mi­lenio. Mario acelera y se va. Uno está destruido, pul­verizado. Un hachazo feroz lo ha partido por el me­dio. "Qué va a hacer" se repite ¡Una mierda "Qué va a hacer"! ¡Mañana y pasado y toda la semana viendo en la televisión ese gol puto! Y el festejo, y el salto interminable de los lepra, y la pila de jugadores roji­negros celebrando. Y eso si es un solo gol, después de todo. Porque por ahí Central se va a la desespera­da a buscar el empate y se come cuatro. Decí que falta poco... Y aguantarse la cargada de Marini. La cara de sobrador del pelado Vega. Los mil chistes malos que brotan como hongos después de cada de­rrota. El "¿Sabes cómo le dicen a Central?". Hay que meterse en la cama y no salir por 20 días. Eso hay que hacer, la puta madre que lo reparió ¿Para qué carajo uno se pone esa remera mugrienta, la blanca con el dibujo del oso panda, que lo acompañara en tres victorias? ¿Para qué mierda se la pone uno? De ahora en adelante, no los ayuda más, así de claro. No los ayuda más. Después de todo ¿qué tiene que ver uno con ellos, con el equipo? ¿Juega acaso? ¿Uno entra a la cancha y juega, acaso? Son once mucha­chos medianamente conocidos y a la mierda. Nada más. Apenas eso. Hay cosas más importantes en la vida. Si a uno se le estuviera muriendo la madre en este momento, poco y nada de bola le daría al clási­co. Un clásico que no pasará a la historia, de eso no hay duda. Uno de tantos. ¿Cuánto va? Ya debe estar por terminar, casi seguro. Ahora sí, que pase algo. Alguna otra explosión, algún otro dato que permita aferrarse a una ilusión momentánea por lo menos. Aunque después resulte otro gol de Ñuls, mirá lo que te digo. Un dos a cero no es goleada, un dos a ce­ro... ¡Hay otra explosión, otra bomba de estruendo! ¡Y ahora otra, y otra más! Terminó. No cabe duda.&lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt;Se acabó el clásico y nos ganaron. La reputísima madre que lo reparió. Y bueno, ya pasó. Hay cosas peores. Seguimos arriba, de todos modos, en la estadística. Se oscureció la tarde, está nublado. Ojalá que llueva y se arruine todo. Que nadie ande por la calle. Sale un chico de una casa y después otro. El primero, en cueros grita "¡Vamos Central, todavía!". Un relampagueo de flash lo ilumina a uno por den­tro. Se le seca la garganta. Balbuceante alcanza a preguntar, "¿Terminó?". "Uno a uno" dice el chico, "empató Central sobre la hora". Uno camina, ahora aterido, por inercia, por instrumental. ¡Central so­bre la hora, carajo! ¡Central sobre la hora! No grita. No hace un gesto. No levanta la mano. El grito le ex­plota adentro como una bomba de profundidad ¡Va­mos los canallas, todavía! Parece mentira. Uno hu­biese pensado que iba a saltar, desencajado; brincar sobre una verja, treparse a un árbol como un simio, escalar por un balcón hasta una terraza. Pero no. No es para tanto. No era tan terrible, después de todo. Tal vez no tan importante. Pero una sensación de la­situd, de calidez, de infinita paz interior lo va inva­diendo cordialmente. Ya está a una cuadra de su ca­sa. Tiene hambre, tiene ganas de ver a su madre, de estar con sus amigos, de acariciar la cabeza de los niños que juegan en la vereda, futuro de la Patria. La tarde está clara, plena de sol y hasta más fresca. Uno se detiene un momento antes de entrar a abrir la puerta y cruza un par de frases con su vecina. Le pregunta por las flores que está regando, por la di­mensión insólita que ha alcanzado la enamorada del muro. Comprende, de pronto que esa vieja hinchapelotas y mal llevada, no es tan mala. Por lo contrario, es muy simpática. Entra por fin y va hasta el baño, antes de prender la radio para oír, de punta a punta, los comentarios finales. Orina. Se lava las manos, se&lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 204, 204);font-family:trebuchet ms;"  lang="ES-TRAD"&gt;mira en el espejo. Tiene más de mil nuevas canas en las sienes. Hay dos arrugas novedosas y profundas en la frente. Las ojeras se han tornado más oscuras. Uno ha envejecido cinco años otra vez, igual que siempre. Todo por un clásico, apenas. Un partido de fútbol, simplemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;De "La mesa de los galanes.... y otros cuentos" y de "Puro fútbol".&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-7488440843608787331?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/7488440843608787331/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=7488440843608787331' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/7488440843608787331'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/7488440843608787331'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/02/la-observacin-de-los-pjaros.html' title='La observación de los pájaros'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-3831593309919158677</id><published>2008-02-01T22:07:00.000-08:00</published><updated>2008-02-01T22:20:03.984-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Relato'/><title type='text'>Medieval Times</title><content type='html'>No, dejame explicarte. No porque me haya ido a los Estados Unidos quiere decir que ande derecho. Quiero aclarártelo bien porque vos bien sabés que yo nunca cagué a nadie. Ahora, si vos me das quince minutos te explico bien qué fue lo que me pasó por&amp;shy;que te juro que si alguien te lo cuenta no se lo podés creer. Solamente a mí me pasan este tipo de cosas, será porque soy un pelotudo o por que soy de esa clase de tipos que no se la bancan ¿me entendés? Hay otra gente que se queda más en el molde y se aguanta lo que le tiren pero yo en ese aspecto, no sé si para bien o para mal, siempre fui medio retobado ¿me explico? Pero lo que quiero es dejar la cosa bien clarito con vos como para que entiendas cómo viene la mano y que no estoy tratando, de ninguna mane&amp;shy;ra, de pasarte. Es verdad que yo me fui a los Estados Unidos, es verdad. Yo te admito que habíamos quedado en vernos el 14 de febrero y yo me piré y no te avisé absolutamente nada. Pero no te avisé por&amp;shy;que no tuve tiempo y vos sabés cómo es el Pancho. Dijo "vamos, vamos" y a mí me pareció interesante la mano y agarré viaje. En parte también para ver si se enderezaba la cosa y empezaba a verle las patas a la sota de una buena vez por todas. Porque yo fui a laburar a los Estados Unidos, Horacio, fui a poner la giba, no me fui de joda como es posible que te hayan batido por ahí. El Pancho y Rulo —porque el Rulo también fue— hace como cuatro años que hacen este tipo de viajes a Miami a comprar pilchas para las vaquerías y han hecho su buena diferencia. Y vos lo sabés bien, Horacio, a mí se me estaba cayendo el negocio, especialmente después del quilombo con la Negra. Entonces agarré, junté los pocos pesos que tenía y me fui con Pancho y el Rulo, no solo para ver el asunto de los vaqueros —porque el mercado del jean ya está un poco emputecido— sino también lo de los muñecos de peluche, que allá están a un pre&amp;shy;cio que es joda, verdadera joda, y son unos muñecos con una confección de la puta madre y que acá los fabricantes no pueden competir en precios ni que se caguen. Porque allá los yankis, vos viste cómo son estos hijos de puta, ahora han encontrado el yeite de hacer laburar a los amarillos. Vos agarrás las pil&amp;shy;chas, los artefactos, los juguetes y son todos de Taiwán, Corea, Singapur, de todos esos lugares donde al obrero lo tienen bajo un régimen de explotación esclavista y los hacen laburar día y noche por una taza de arroz. Porque los hacen laburar por una taza de arroz a esos tipos. Eso, cuando no hacen laburar a los que están en la cárcel, te juro, para mantener&amp;shy;los ocupados, y no les pagan un carajo. ¡Los famosos Tigres del Pacífico! Se los han recogido bien cogidos a los famosos tigres del Pacífico. Estos yankis si no te cagan militarmente te cagan con el comercio. La cuestión es que me interesaban también los ositos de peluche porque si la cosa sigue así con la vaque&amp;shy;ría yo no me hago mucho drama y largo a la mierda. A otra cosa. Pongo un salón de ventas, lo lleno de pelotudeces y a otra cosa mariposa. Traje de esos bichos de felpa, una belleza te juro ¿Qué edad tiene tu pibe? No, tu pibe ya está grande pero te digo que a los pendejos les vuelan el bocho esos muñecos. Has&amp;shy;ta pescados de peluche te hacen los hijos de puta. Vos nunca te hubieras imaginado un pescado peludo pero los guachos lo hacen y no quedan nada mal, mi&amp;shy;rá lo que te digo. Me fui Horacio, entonces ¿qué iba a hacer? Vos no sabés el quilombo que yo tenía aquí, pero me fui. Bah, vos sí lo sabías. Así que no tenía otra. No tenía otra. Muy bien, llegamos a Miami y ahí empezamos a entrevistarnos con distintos tipos. Bien los tipos, bien. Cubanos casi todos. Una suerte, te digo, porque el Pancho y el Rulo no hablan un sorete de inglés. Que yo antes me preguntaba ¿cómo hacen estos monos para entenderse en una charla de negocios si no saben un joraca de inglés? Pero, bue&amp;shy;no, allá son todos cubanos y la cosa se hace más fá&amp;shy;cil. Más fácil es un decir. Rápidos los cubanos. El más boludo se coge una avestruz al trote. No te creas que han hecho la guita por infelices. Me de&amp;shy;cían que el poderío actual de todo Miami es gracias a estos cubanos, cosa que yo no podía creer, gusanos de mierda, que se rajaron todos huyendo de la Revo&amp;shy;lución y llegaron con el culo a cuatro manos hasta Miami, sin un puto mango. Porque yo pregunté si habían llegado con guita y me dijeron que no. Que Fidel no les dio tiempo ni para llevarse un calzonci&amp;shy;llo, mirá lo que te digo. Y sin embargo los ñatos, los que habían sido multimillonarios en Cuba a los veinte años, veinte años después ya habían recupe&amp;shy;rado esa fortuna en Miami. Mirá vos los tipos. Unas luces los cubanos. Charlamos un poco con ellos a pe&amp;shy;sar del asco que me daban esos gusanos y se nos quedó colgada una entrevista con un pesado de las pilcherías, un tal Ajubel, me acuerdo, para tres días después. Teníamos tres días al pedo entonces. Y va el Pancho, que tiene un petardo en el culo, vos lo co&amp;shy;nocés: no hay Dios que lo haga quedar más de dos minutos en un mismo lugar y se le ocurre ir a Disneylandia. ¡A Disneylandia, fijate vos! Que no había ido nunca, que para qué mierda nos íbamos a quedar en Miami y todo eso, empezó a romper las pelotas. Y el Rulo se anotó. También con lo mismo. Yo no que&amp;shy;ría ir ni en pedo. Y te lo digo porque sin duda ya ha&amp;shy;brá habido alguno que te haya venido con el cuento de que yo me piré a Disneylandia en onda bacán y todo ese verso. Yo fui porque aquellos dos se encaje&amp;shy;taron con eso y si no yo me iba a tener que quedar como un pelotudo en Miami, solito mi alma, miran&amp;shy;do los canales para latinos ¡Yo me quería ir para Las Vegas, querido! De haber tenido guita y tiempo, yo me hubiera ido para Las Vegas ¡Qué te parece! Nin&amp;shy;guna duda. Me dijeron que estaba en pedo, que Las Vegas estaba en la loma del orto, que el avión, que el tiempo, que las pelotas de Mahoma, en fin... Nos fui&amp;shy;mos a Orlando. El Pancho alquiló un auto, porque le encanta manejar, y nos fuimos para Disneylandia. Te juro, no sé si no era más lejos que Las Vegas. Es lejísimos eso. Yo escuchaba siempre hablar de Disneylandia, de Miami, de la Península de Florida y me creía que estaba ahí nomás. Como si vos cazás el auto acá en Rosario y te vas hasta Roldán, o a San Lorenzo, una cosa así. Santa Fe, por decirte mucho. Los otros dos boludos encantados. Que la ruta, que el coche, que la señalización, que las hamburgue&amp;shy;sas... Te la hago corta. Llegamos a Orlando, nos me&amp;shy;timos en un hotel cerca de los parques (porque son como parques eso), y nos fuimos el primer día a Dis&amp;shy;neylandia... A las cuatro horas de caminar, te juro, yo ya tenía las pelotas por el suelo. Lo llegaba a en&amp;shy;contrar a Mickey y lo cagaba a trompadas, te lo juro. Gente grande, jugando a esas cosas, haciendo colas para ver la Cueva de los Piratas. Pelotudos grandotes en pantaloncito corto, tomando helados. Árabes, iraníes con una cara de turcos que asustaba, musul&amp;shy;manes, mi viejo, fundamentalistas que vos pensabas que estarían ahí para ponerle una bomba a la Man&amp;shy;sión de los Fantasmas, comiendo pororó y esperando como corderos para meterse en esas lanchitas donde te ataca el tiburón. Una cosa de locos, demencial, te juro. Una cagada. Tenía razón el mexicano que manejaba la combi que nos llevó hasta Magic Kingdom, —ellos le llaman Magic Kingdom a Disneylandia—y te llevan desde el hotel en una combi. El mexicano, Luis se llamaba, un facho hijo de mil putas, nos decía, "Son retardados los yankis, retrasados menta&amp;shy;les. Les gustan todas estas cosas, se enloquecen con estos juegos. Retardados mentales, señor" nos decía. Aunque él, te digo, yo no sé si se las quería tirar del reivindicador de Latinoamérica, del gran revolucio&amp;shy;nario, de Emiliano Zapata o qué. Por ahí como nos veía argentinos y sabía que nosotros siempre hemos pensado que a los mexicanos los yankis se los han vi&amp;shy;vido recogiendo —como cuando les chorearon Te&amp;shy;xas— se las quería tirar de vengador de los pobres, de algo así. "Yo tuve como cuarenta de estos yankis a mi cargo, señor" nos decía, porque había laburado en una empresa de transporte. "Y los trataba mal, mal los trataba. No; son retardados. Imbéciles, drogadictos". Pero bien que el hijo de puta no solo vivía en los Estados Unidos, sino que se había comprado una casa para cuando se jubilara —"el retiro" le de&amp;shy;cía él— y se la había comprado ahí, en la costa de Florida, nos contaba. Mexicano piojoso. Los otros le mataban el hambre y éste se la tiraba de revolucionario. Y en esa combi que viajamos a Disney fue con nosotros también una venezolana, que justo se sien&amp;shy;ta al lado mío. Te digo que la venezolana era un cuatro, a lo sumo un cinco. Del uno al diez era un cinco, digamos, siendo generosos. Te juro que acá esa mina no me tocaba el culo ni con un palo, pero allá, ¿vis&amp;shy;te? la soledad te lleva a hacerte un poco el pelotudo. La venezolana, Leonor creo que se llamaba, andaba sola y como nosotros, también le habían quedado un par de días sandwich por negocios. Justo vuelve en la misma combi con nosotros y ahí retomamos el chamuyo. Y al día siguiente, a la mañana la volve&amp;shy;mos a encontrar para el desayuno. Una casualidad de aquellas, porque son unos hoteles de la gran pu&amp;shy;ta que están siempre llenos de gente. Pero la en&amp;shy;cuentro. Pancho y el Rulo de nuevo para Magic Kingdom, mejor dicho para Epcot, que me decían que era más interesante, más para intelectuales, me cargaban. Yo los mandé a la concha de su madre, les dije que se fueran solos, que a mí no me agarraban más. Aparte tenía los pies que eran dos albóndigas de tanto patear el día anterior en Disneylandia. Me quedé en el telo pero arreglé con la venezolana de salir juntos a cenar esa noche. Te repito que la vene&amp;shy;zolana no me movía un pelo pero, en parte, también quería un poco refregársela por la jeta a los otros dos boludos que andaban babosos con "Regreso al Futuro", "La Montaña Espacial" y me venían a ha&amp;shy;blar maravillas de la tecnología y del Primer Mun&amp;shy;do. Que si eso es el Primer Mundo mejor que nos cor&amp;shy;temos las bolas y se las tiremos a los chanchos. Un poco decirles, "Loco, ustedes sigan sacándose fotos con Minnie y el Perro Pluto que yo me voy de conga con una mina. En una de ésas hasta me echo un fie&amp;shy;rro y que después me la vengan a contar de la Mon&amp;shy;taña Rusa". Porque vos sabés bien, Horacio —y en eso somos todos parecidos— que yo puedo decirte que la venezolana no me movía un pelo, pero que si la mina me daba bola —y me daba bola— a eso de las doce de la noche (porque allá es todo más tem&amp;shy;prano) con un par de cervezas de más yo soy capaz de voltearme a esa venezolana y si me quedo más de tres días hasta en una de ésas me lo pincho al mexi&amp;shy;cano hijo de mil putas y todo, vos lo sabés. La en&amp;shy;cuentro a la venezolana a la noche y me dice, muy animada, que incluso ya me había preparado un programa. Que íbamos a ir a Medieval Times, que ya había reservado mesa, contratado el transporte y que ella me invitaba. Ahí me di cuenta de que me quería bajar la caña, pero me hice bien el boludo. Un duro ¿viste? Tipo Clint Eastwood. Le pregunté, como te preguntarías vos, como se preguntaría cual&amp;shy;quiera, qué era eso de Medieval Times. Me dijo que era un restaurante que, mientras vos morfás, hay un espectáculo medieval, de esos con caballeros, que hacen duelos con lanzas ¿Te acordás Horacio de aquella película "Ivanhoe", que hacían esas justas medievales, a caballo, con escudos y lanzas, que el que lo tiraba al otro a la mierda del caballo ganaba? Bueno, de eso, me dice. "Cagamos", pensé. Yo que imaginaba, no te digo en un Mc Donald, pero una co&amp;shy;sita modesta, algún boliche italiano que los hay, donde comer alguna pasta. Incluso una pizza, un va&amp;shy;so de vino. Yo hacía cuatro días que estaba en Miami y ya extrañaba la comida. Mirá qué boludo. Pare&amp;shy;ce mentira pero es así. Y esta mina me salía con eso. Comer mientras se ve un espectáculo de caballeros con armadura, que se cagan a espadazos. Te juro que estuve a punto de decirle que no, que no iba, que se metiera en el orto las invitaciones y las reser&amp;shy;vas. Pero estaba al pedo, tenía hambre y ya me ha&amp;shy;bía quedado desenganchado de los muchachos. Ellos no iban a llegar al hotel hasta tarde y además iban a venir destrozados, como yo volví el día anterior, después de caminar más de ocho horas como unos pelotudos por todo Epcot. Ir solo a comer no me con&amp;shy;venía porque con un solo año de inglés en la Cultu&amp;shy;ral —cuando yo tenía siete— no me alcanzaba ni pa&amp;shy;ra pedir la sal en un boliche. Y allí en Orlando no es como en Miami que todo el mundo la parla en caste&amp;shy;llano. Allá la cagaste, hermano. Algo de inglés tenés que manejar y esta venezolana me había dicho que ella lo hablaba perfectamente porque había trabaja&amp;shy;do en Maracaibo en una compañía petrolera de los yankis. Sabés que los yankis también se los han co&amp;shy;gido bien recogidos a los venezolanos, entre otros muchos, con el verso de la privatización del petróleo y todo eso. Así que me fui con la mina. Por supues&amp;shy;to, de nuevo el chofer de la combi era el gordo Luis. Y otra vez con lo mismo. Ya no conmigo, sino con una pareja de españoles que iba con nosotros. "Re&amp;shy;trasados mentales, señor, idiotas, ladrones también" y decía, refiriéndose a eso del Medieval Times: ''Es&amp;shy;tá bien, sí, muy bonito" con un tono ¿cómo te diría? despectivo, "Como para venir una sola vez, por su&amp;shy;puesto. Usted lo ve una vez y ya está bien, señor". Medio medio ya como tratándonos como infradotados por ir a ver ese espectáculo. Como diciendo: "¡Gente grande viniendo a ver estas pelotudeces!". Te juro que me dio bronca, ya me hinchó las bolas el mexicano. Tanto, te juro, que me predispuso bien con el espectáculo ¿Viste? De contrera nomás. Yo soy así, por eso me pasan las cosas que me pasan. Dije: "Es&amp;shy;te mexicano está hablando al pedo. No hay verga que le venga bien". Y entré contento al boliche, entré bien, de buen ánimo... ¡Para qué! Dios querido... ¡Para qué! Tenía razón el hombre. Primero te cuen&amp;shy;to que es un lugar inmenso, que quiere imitar a un castillo, por la parte de afuera. Entrás por arriba de un puente levadizo y te metés a una especie de sala de espera, enorme, muy grande. Adentro, para mí que quería una cena íntima, ya había como mil per&amp;shy;sonas. Pero no te lo digo en sentido figurado. Había como mil personas, no menos. Pero antes, antes de entrar —cuando te piden la reserva, las entradas y esas cosas— ahí una minita vestida de la Edad Me&amp;shy;dia, te entrega una corona. Una corona berreta de esas de cartón que se usan para los cumpleaños de los pendejos ¿viste? De algún color. Verde, o azul, o rojo. A nosotros nos tocó una a cuadritos blanca y negra. Y nos indicaron que nos las pusiéramos. Ahí yo ya agarré para la mierda ¿Viste cuando uno em&amp;shy;pieza a sentir como una calentura que le sube desde el estómago hacia la cabeza? Una cosa así empecé a sentir yo. La venezolana se puso la corona lo más campante y me pidió que yo hiciera lo mismo. Y yo no le di ni cinco de pelota. Hasta ese momento trata&amp;shy;ba de ser más o menos cordial, trataba de no darme máquina porque yo me conozco. Además, no quería dejarla para la mierda a esta pobre mina —que era buenita te cuento— porque ella me había invitado y hacía todo con la mejor buena voluntad. Lo que pasa es que los venezolanos son unos colonizados y yo no sé por qué, pero les caben todas esas payasadas que hacen los yankis. Porque te juro que eso era una reverenda payasada. Eso de que te reciban en un boli&amp;shy;che y te den una coronita de cartón pintado para que te la pongas. Y no era la Cantina del Lolo, que uno va con globos a bailar la tarantela. No. Eso preten&amp;shy;día ser un lugar bacán, un boliche de primera. Aga&amp;shy;rré la corona y me la metí debajo del brazo, por no desentonar y tirarla ahí mismo al carajo. Después la máxima: antes de pasar a la sala te recibe un tipo vestido de rey ¡de rey, mi viejo! Con capa, corona do&amp;shy;rada, barba, espada, y tenés que sacarte una foto con él. Bah, te ofrecen sacarte una foto con él, casi que te obligan, porque si no no pasás. Segunda payasada de la noche. No solo te tenés que poner una corona como un pelotudo sino que tenés que sacarte una foto con esa corona y con un tipo disfrazado de monarca, cosa de que quede un testimonio gráfico para las generaciones futuras y que después los mu&amp;shy;chachos del barrio se caguen de risa del pelotudo que viajó a Miami. Para colmo, yo no tuve reacción para mandarlo al monarca a la concha de su madre. Me quedé como un pelotudo al lado de él y me escracharon en la foto. Porque es todo rápido, chas, chas y a la lona. Y eso, el no haber podido reaccionar, me dio más bronca todavía. Por suerte, no salí con la coronita puesta —al menos defendí ese pedacito de mi honor— salí con la corona debajo del brazo, como co&amp;shy;rresponde a alguien que no le da pelota a esas cosas. Arriba la venezolana, después, ya en el salón, me cargaba. Me decía que había salido muy lindo y que le podría llevar esa foto a mis chicos. Me quería sa&amp;shy;car información la minita, muy bicha, sobre si yo es&amp;shy;taba casado y esas cosas, pero yo tenía tal moto en&amp;shy;cima que ni siquiera le prestaba atención a la mina.&lt;br /&gt;En la sala de espera Horacio, te juro, toda la gente, las casi mil personas, con la coronita puesta. A los yankis les decís que se pongan un sorete en la cabeza y se lo ponen. Tipos grandes, viejos, gordos pelados, viejas chotas de lo más elegantes, con la co&amp;shy;ronita puesta. Y entonces, vino lo máximo. Lo que ya me sacó definitivamente de mis casillas y me dio bien por el forro de las pelotas. La minita que nos había recibido en la puerta del castillo le habla a la venezolana y le indica una cosa, que después la ve&amp;shy;nezolana me transmite. A nosotros nos había tocado la corona blanca y negra y entonces teníamos que hinchar por el caballero Blanco y Negro. ¡Pero mirá vos si serán pelotudos estos yankis! ¡Mirá si se caga&amp;shy;rán en la libre determinación de los pueblos! ¡No solo te obligaban a ponerte una coronita ridícula sino que, además, te indicaban para quién tenías que hinchar en la pelea a espadazos! ¡Es algo inconcebi&amp;shy;ble! ¡Tenías coronita blanca y negra y tenías que alentar al caballero Blanco y Negro! Es como si acá vos, por ejemplo, vas a un cuadrangular de fútbol-sala y no sos hincha de ninguno de los cuatro equi&amp;shy;pos. Bueno, muy bien, a los cinco minutos de verlos jugar, si se te cantan las pelotas, ya podes elegir a alguno de los equipos. Porque te gusta cómo la pi&amp;shy;san, porque juega un tipo que es amigo tuyo, por el color de la camiseta, porque van perdiendo y te re&amp;shy;sultan simpáticos o por lo que puta fuere, querido, por lo que puta fuere. Pero decidís vos, elegís vos, vos solito. Te juro que yo, a esa altura, ya tenía un veneno, pero un veneno, que no le daba ni cinco de bola a la venezolana que creo ya se estaba dando cuenta de que esa noche no me cogía. Aunque te cuento que yo, hasta ese momento, tragaba y traga&amp;shy;ba. No te digo que me sonreía pero trataba de no agarrar para la mierda y empezar a putearlos a to&amp;shy;dos en voz alta. Para colmo aparece el payaso del rey ese, el barbudo, y anuncia que nos preparáramos para pasar al lugar del espectáculo. En inglés, por supuesto, pero la venezolana me iba traduciendo. Que primero iban a pasar los de corona verde, des&amp;shy;pués los de corona roja, y así hasta pasar todos. Y yo pensaba "¿Pero qué es esto? ¿El colegio? ¿Por qué no nos hacen formar fila y agarrarnos de la mano tam&amp;shy;bién?" ¡Y los yankis lo más contentos! ¡Todos iban pasando de acuerdo al color de las coronitas, saltan&amp;shy;do, cagándose de risa! ¡Cómo corderos, mi viejo! ¡Después te vienen con la exaltación del individua&amp;shy;lismo y todos esos versos! ¡Con John Wayne salu&amp;shy;dando solo desde el horizonte o Bruce Willis hacien&amp;shy;do la suya a pesar de que el jefe de policía le ordena lo contrario! ¡Te juro que Bruce Willis va a Medieval Times y se pone la coronita colorada y grita para el caballero Colorado como cualquiera de esos otros pe&amp;shy;lotudos! ¡Si así los han llevado a Vietnam, a Corea, a la Segunda Guerra, querido! ¡Cómo corderos! Les di&amp;shy;cen te damos una gorra y una escopeta y ellos feli&amp;shy;ces, dale que va... ¡Uy cómo estaba yo, mi viejo! Envenenado estaba, te juro, envenenado. Entramos —cuando nos tocó el turno— al salón del show, del espectáculo y donde presumiblemente teníamos que morfar. Mirá, es una especie de tinglado, largo, rectangular, enorme —no sé cuánto tendrá de largo— como si te dijera una cuadra por cuarenta metros de ancho. A lo largo, a los dos costados, las tribunas pa&amp;shy;ra la gente, que está dividida por sectores. Acá los rojos, acá los verdes, acá los azules, cosa de que no se mezclen las parcialidades. Porque si llegan a ha&amp;shy;cer lo mismo en la Argentina, al primer vino que nos tomamos ya estamos todos cagándonos a trompadas. Y son como graderías, donde vos estás sentado en una tribuna y adelante tenés una especie de mostradorcito, también todo a lo largo, como un pupitre continuo te diría, adonde te podés apoyar y adonde además te ponen las cosas para comer. Y todo bas&amp;shy;tante apretadito, pegado al lado tuyo nomás tenés la otra persona, el ñato que sigue. En una de las cabe&amp;shy;ceras, alto, hay una especie de palco, que es donde va el tipo disfrazado de rey, el barbudo que, además, es el que dirige la batuta y no para de hablar en to&amp;shy;da la noche. Y por la otra cabecera entran los caba&amp;shy;lleros. Entre tribuna y tribuna, por supuesto, el pi&amp;shy;so, la pista, no sé cómo decirle, para los caballos. Que tiene una especie de arena, como en los circos. Y las luces, las banderas, esas trompetas que anun&amp;shy;cian cuando llega el rey, o la reina. O cuando salen los tipos que se van a cagar a lanzazos, todo eso. Yo me dije "Bueno Carlitos, pará la mano, relajate y disfrutá. Tratá de pasarla lo mejor posible y bajate de la moto". Porque por ahí, en una de esas, hasta me garchaba a la venezolana y todo. Ya se había puesto medio cariñosona ¿viste? y se aprovechaba de que había que estar bastante apretaditos para franelearme un poco. Me daba en la boca unos pedazos de apio, de pepino, no sé qué mierda era lo que nos habían puesto en unos platitos, como entrada fría. Todo medio rústico —porque se come con la mano ahí— como en las películas, eso no te lo había conta&amp;shy;do. Una copa grisácea de plástico o no sé de qué carajo era, que pretendía ser de bronce. Un copón, co&amp;shy;mo para el Príncipe Valiente. Aparte, un vaso de vi&amp;shy;drio y el platito con los pepinos. Para mejor, en mi intento por aflojarme y ser feliz, cuando empiezan a servir —pasaba un flaco disfrazado de paje o cosa así— me llenan el vaso de sangría ¡Sangría, loco! ¡Cómo en Sportivo Constitución! Yo no sé si estará de moda o en la Corte del Rey Arturo se tomaría, lo cierto es que nos llenan los vasos con sangría. Y ahí le empecé a dar parejo a la sangría. Meta sangría. Cada vez que me pasaba por adelante el paje ese, yo lo cazaba de esa especie de bombachudito que ellos usan y le pedía otro vaso. Al final ya medio me mira&amp;shy;ba fulero pero me daba, me daba. Porque si hay algo envidiable en esos tipos es la buena onda con que trabajan. Al parecer siempre contentos, siempre cagándose de risa. Yo pensaba "Claro... ¡cómo no van a progresar estos quías con semejante contracción para el laburo y semejante estado de ánimo! No son co&amp;shy;mo los japoneses que laburan porque son enfermos del bocho y si paran de laburar se agarran una depre terrible y se tiran debajo de un Tren Bala. A és&amp;shy;tos les gusta". Hasta que la venezolana me lo aclaró. Los pibes laburan por la propina. Por eso tienen tan buena onda, o fingen tener tan buena onda. Y allá el patrón te quiere rajar y te dice te tomás el piro y minga de preaviso de despido, o de indemnización o cualquiera de esas cosas. Te pegan una patada en el medio del orto y andá a reclamarle una mensualidad al Seguro de Desempleo. Para colmo, te cuento, para colmo, al poco rato de dejar las sangrías, pasa de nuevo el rubio, esta vez con cerveza, y me la sirve en una jarrita grande, también símil peltre o cosa así. Y ya mezclé la bebida, ya mezclé la bebida. Yo, que sé que me hace mal. Porque si yo largo con champú, puedo seguirla con champú toda la noche que vos ni lo notás. Pero si por ahí lo mezclo con algún whisky o algún gin-tonic, ahí viene la cagada, eso me ha pa&amp;shy;sado.&lt;br /&gt;Y te cuento que estos ñatos no te servían san&amp;shy;gría y además cerveza de generosos nomás ¡Te lo sirven así porque no saben chupar, hermano! Ellos mezclan, mezclan cualquier cosa ¿O acaso no toman cerveza con tequila? ¡Toman cerveza con tequila! A mí me contaron que hacen así. Y creen que tomando vino son más refinados. Vos viste que en las pelícu&amp;shy;las los que aparecen tomando vino son los intelec&amp;shy;tuales y resulta que tienen unos vinos de mierda que no se pueden ni probar. Se la pasan hablando de los vinos californianos y me decía Pancho que te to&amp;shy;más un vaso y andás con cagadera como cuatro días con ese vino. La cosa es que te cuento que la cerveza y la sangría me cayeron para la mierda y no me re&amp;shy;lajaron un sorete. Para colmo de arranque los tipos largan con una sopa. De arranque ¿viste? ¡Una sopa, podés creer? Mirame a mi, muchacho grande, to&amp;shy;mando una sopa en la Corte del Rey Arturo. Se la ofrecí a la venezolana que, te aseguro, chupaba y morfaba lo que le ponían adelante. Han sido países muy hambreados ¿viste? Y aunque se notaba que la venezolana andaba bien de guita también era claro que la gente de esas nacionalidades sojuzgadas cuando les dan de comer, aprovechan, no tiran nada, porque no saben si el día de mañana van a tener pa&amp;shy;ra lastrar. Aunque la venezolana ya estaba en otra. Habían entrado los caballeros, digamos, había empezado el espectáculo y la gente se había vuelto completamente loca ¡Pero completamente loca, te ju&amp;shy;ro Horacio! A los que les habían dicho que gritaran para el Caballero Verde, gritaban para el Caballero Verde. A los que les habían dicho que gritaran para el Caballero Rojo, gritaban para el Caballero Rojo ¡Y todo así! ¡Cómo corderos, hermano! ¡Te llevaban co&amp;shy;mo ciego a mear estos imperialistas guachos! Y la venezolana estaba como desorbitada. Gritaba y aplaudía al Caballero Blanco y Negro que se había parado delante nuestro a saludar a su hinchada, porque cada uno se paraba delante de su hinchada para saludarla. Me acuerdo que yo le digo —yo esta&amp;shy;ba muy mal, te juro— le digo: "¡Pero vos sos una re&amp;shy;ventada hija de mil putas!". Decí que la mina no me escuchó con el griterío y todo eso, no me escuchó. Pe&amp;shy;ro entonces yo decidí gritar por el Amarillo. A la mierda. De contrera, nomás. Por el Amarillo. Parado en medio de la tribuna de los del Blanco y Negro, empecé a los gritos: "¡Vamos, Amarillo, todavía! ¡Va&amp;shy;mos Amarillo, carajo!". Los que estaban alrededor mío medio que me miraban raro. Incluso los de las otras hinchadas. Si hasta te digo que atrás nuestro había un grupo de pendejas brasileñas de no más de catorce, quince años, que hacían un quilombo de no&amp;shy;vela, que me empezaron a abuchear ¡Cómo a un traidor me abucheaban! ¡Si hasta el Amarillo se dio cuenta del despelote y miró para mi lado y yo lo sa&amp;shy;ludé con un puño en alto! ¡Tenía una pinta de grone del Saladillo el pobre santo que más ganas me dieron de hinchar para él! Debía ser algún chicano, al&amp;shy;guno de esos portorriqueños o algún mexicanito de esos que se cuelan en los Estados Unidos escondidos adentro de un mionca o cruzando un río. Vendría de alguna hacienda por ahí en Guadalajara y por eso sabría andar a caballo y el pobre cristo había ido a parar a esa payasada y tenía que seguir con el circo para ganarse un mango. Me imagino la vergüenza de escribir una carta a tu vieja diciendo "Conseguí laburo en los Estados Unidos" y mandarle una foto en donde estás vos disfrazado de dama antigua con esa lanza, el escudo, la espadita de juguete. Porque están empilchados perfectamente de época los des&amp;shy;graciados. Así como vos los ves en las películas esas de los castillos. Y los caballos también, te aseguro. Te juro que cuando las brasucas ésas, las pendejas brasileñas me empezaron a abuchear, me paré, me di vuelta y las mande a la concha de su madre. Me hervía la sangre, te juro, y para colmo la mezcla de bebidas ya me había puesto muy alterado. Se ve que ahora están de moda esos viajes de pendejas de quince años, que en lugar de festejar el cumpleaños con una fiesta las mandan a Disneylandia. Y salta&amp;shy;ban, gritaban, cantaban esas cosas de Xuxa, y esta&amp;shy;ban todas recalientes con el Caballero Blanco y Ne&amp;shy;gro que había venido a saludar a su parcialidad y que tenía una pinta de trolo el hijo de puta, vos no sabés la pinta de trolo que tenía ese muchacho. Pero claro, con esas pilchas, con el pelito largo, el caballo, todo eso, las pendejas estaban recalientes y chilla&amp;shy;ban como si lo vieran a Michael Jackson. Si a esas brasucas las mandan los viejos a los Estados Unidos a ver si algún negro se las recoge de una buena vez por todas y las desvirgan, para eso las mandan. Y yo me ponía más loco. Dejame de joder, un pueblo crea&amp;shy;tivo como el brasileño, con ese condimento africano, alentando a un vago nada más porque a la entrada les dijeron que tenían que alentarlo ¿Pero por qué no se van a la reputa madre que los reparió? Por al&amp;shy;go les va como les va, por algo son casi todos analfa&amp;shy;betos esos guampudos, que no saben ni leer.Decí que en eso trajeron pollo para comer y yo me puse a comer pollo. Pero la joda es que no te traían un pedazo de pollo, un cuarto de pollo, no era que el paje ese, el rubio de bombachudo, te pregun&amp;shy;taba "¿La pata o la pechuga" No. El rubio venía con una bandeja así de grande y le iba dejando un pollo a cada uno. Un pollito no muy grande, así sería, enterito, al horno y con una de esas salsas que ellos le ponen a todo, medio dulzona. Porque te aseguro que ellos se creen que comen muy bien y no saben comer un carajo. A todo le meten el ketchup y esas porque&amp;shy;rías. La savora, la salsa de tomate. Y con la mano, mi viejo, como los reyes. Yo le entré a dar al pollo por dos razones. Primero, que estaba buenísimo, hay que reconocerlo; y segundo, que me di cuenta de que tenía que comer algo porque había venido chupando groso y con el estomago vacío. Y eso es mortal. Me había levantado una curda en cinco minutos porque no había comido nada hasta ese momento. Y esa es otra maniobra de estos yankis hijos de puta. Te po&amp;shy;nen en pedo para quebrarte la voluntad. Uno, borra&amp;shy;cho, hace lo que el otro quiere. Y estos yankis lo aprendieron de los españoles, esos otros hijos de pu&amp;shy;ta. ¿O no lo aprendieron de los españoles? ¿O los es&amp;shy;pañoles no los cagaron a los indios con el alcohol? Los cagaron con el alcohol, mi querido. ¿O acaso la península de Florida no estuvo llena de españoles? Y te garanto que, conmigo, lo consiguieron. Porque yo me comí el pollo, que estaba buenísimo, y tam&amp;shy;bién un par de costillitas de cerdo que también te traían, y una papa al horno y no se me pasó la mamúa. Te aseguro que hay partes que no te cuento porque no me acuerdo un carajo. Es toda una nebu&amp;shy;losa que no me acuerdo y eso fue uno de los argumentos —después te voy a completar bien el asun&amp;shy;to— de donde se agarró la abogada, aunque eso es algo que te voy a ir ampliando al final. Lo que sí te juro es que quedé con grasa hasta las pelotas con ene fato de comer con la mano. Porque además, ya habían empezado las peleas eliminatorias entre los caballeros. Te explico: primero los tipos estos hacen una especie de ejercitación de destreza, digamos. Sa&amp;shy;can con la lanza una argolla parecida a la sortija, clavan unas lanzas más cortitas en unos blancos de paja. En fin... te diría que esa es la parte más ho&amp;shy;nesta de la cosa porque ahí no hay arreglo, ahí es simplemente una demostración de habilidad ecues&amp;shy;tre. Pero en las peleas es un completo circo, un arre&amp;shy;glo donde deben decir '"Bueno, hoy ganás vos y ma&amp;shy;ñana gana este otro". Así de simple, como en "Titanes en el Ring". Cosa de que no gane siempre el mismo y el tipo se sienta Gardel y ya pretenda el día de mañana irse a las Olimpíadas de las Justas Medie&amp;shy;vales. O se les descuelgue a los tipos con que quiere más guita porque él es el Rey de la Milonga. La cosa es que habían empezado a eliminarse entre ellos y la gente deliraba. Hacían duelos de uno contra uno, de aquellos de Ivanhoe. Con las lanzas largas, uno a cada lado de una especie de valla bajita, se venían y se pegaban en los escudos. El que caía quedaba eli&amp;shy;minado ¡Y el mío venía prendido, che! Y yo que ha&amp;shy;bía seguido con la sangría, estaba cada vez más da&amp;shy;do vuelta, te reconozco. Me limpiaba las manos con grasa en la espalda de la venezolana, por ejemplo. No por hijo de puta. De los nervios, nomás ¿Viste cuando vos ves que estás perdiendo el control, que hay algo que te sube y te sube desde el estómago por la garganta y no lo podés contener? Para colmo las brasileñas me gritaban de todo porque el Blanco y Negro también venía clasificándose para la final ¡Cómo estaría yo de acelerado, de desorbitado, fuera de mí mismo, que el Caballero Amarillo cuando ganó la penúltima pelea, primero saludó a su público y después se vino enfrente mío y me saludó con una inclinación de la lanza! Hasta el rey, el pelotudo ese que no paraba de hablar, me miró desde su palco co&amp;shy;mo cabrero ¡Y para qué te cuento que la final fue en&amp;shy;tre el Caballero Amarillo y el Blanco y Negro! Ahí me volví loco. Me paré en mi asiento, me di vuelta hacia las brasucas, saqué guita que tenía en el bolsi&amp;shy;llo y la estrellé contra el respaldo de nuestra fila. "¡Hay guita a mano del Amarillo!" grité "¡Hay guita a mano del Amarillo, la concha de su madre!". Y arrugaron, las brasileñas arrugaron —vos bien sa&amp;shy;bes que los brasucas arrugan de visitantes— pero empezaron a cantar no sé qué cosa. Me miraban y me señalaban, se reían las pendejas, muy ladillas, saltaban en sus asientos. Empezó el duelo final y yo, te lo digo con una mano en el corazón, estaba más nervioso que con Central. Para colmo, tenía la intui&amp;shy;ción de que al Caballero Amarillo no le tocaba ganar esa noche, pero que se había agrandado fundamen&amp;shy;talmente por el apoyo mío. Había encontrado un pe&amp;shy;lotudo que lo alentaba contra viento y marea, meti&amp;shy;do entre medio de la hinchada de los contrarios, pa&amp;shy;teándole el tablero a todos esos yankis mariconazos y había dicho "Yo a este tipo no puedo fallarle". El morocho se había envalentonado, cansado de que lo basurearan los otros por ser hispanoparlante y ha&amp;shy;bía dicho "Esta noche gano yo y se van todos a la pu&amp;shy;ta madre que los reparió" ¡Y se vienen che, y el Amarillo lo sienta al otro de culo de un lanzazo! ¡A la mierda con el rubiecito trolo, el Blanco y Negro! No sé, no me acuerdo muy bien qué fue lo que hice. Me paré en el asiento, creo que le grité algo al rey y me agarraba las bolas, le hice así con los dedos como que me los cogía a todos. Después me di vuelta hacia las brasileñas y también me agarraba los huevos y se los mostraba. Ni sé dónde carajo había ido a pa&amp;shy;rar la venezolana, por ejemplo. Creo que le pegué un empujón cuando el Blanco y Negro rodó por el piso y la tiré como cuatro escalones más abajo. Estaba loco, loco. Tan loco estaba puteándolas a las brasuquitas que no me di cuenta de que el Blanco y Negro se ha&amp;shy;bía parado, había sacado su espada y se le venía al humo al Amarillo ¡La pelea no había terminado! Me apiolé recién cuando vi que las brasuquitas ya no me puteaban sino que saltaban y alentaban de nue&amp;shy;vo mirando la pista de las peleas. Y el Blanco y Ne&amp;shy;gro lo cagó al Amarillo. Simularon pelearse a espa&amp;shy;das y con esas bolas de pinchos —porque fue una si&amp;shy;mulación asquerosa— y el negro puto ese del mexica&amp;shy;no se tiró al piso como quien se tira a la pileta, se dejó ganar el hijo de puta. La dignidad azteca en la que yo había confiado no le alcanzó para tanto. Ha&amp;shy;brá pensado, el piojoso, que era mejor asegurarse un plato de frijoles que ganar esa noche para darle el gusto a un argentino totalmente en pedo. Entonces el Caballero Blanco y Negro se vino hacia nosotros, hacia nuestro sector, caminando nomás, y saludó con la espada hacia su tribuna, especialmente hacia el grupito de brasileñas que chillaban histéricas. Ahí fue donde yo cacé el vaso, yo cacé el vaso de vi&amp;shy;drio, el alto, el de la sangría Horacio, yo cacé el vaso y, mirá —el Caballero Blanco y Negro estaría como de acá a allá— y le zumbé con el vaso. Acá se lo pu&amp;shy;se, exactamente acá, en medio de la trucha, en el en&amp;shy;trecejo. Cayó redondo el hijo de puta. No dijo ni "Ay". Le salía sangre hasta de las orejas. Acá se la puse. Lo que vino después, bueno, vos te lo imagi&amp;shy;nás. Vos sabés como son estos yankis con la cuestión de los juicios. Hay una industria del juicio allá. Vos venís a mi casa a comer una noche, te atragantás con una miga de pan y me metés un juicio, así no más, derecho viejo. No sabés el tiempo que estuve detenido. Después pude salir por eso que te decía de la abogada que adujo "Descontrol psíquico bajo esta&amp;shy;do de emoción violenta". Pero la cosa continúa, Ho&amp;shy;racio. A través de la embajada. Si tengo que poner&amp;shy;me son arriba de 27.000 dólares, hermano, no es mo&amp;shy;co de pavo ¿me entendés? Por eso te digo que me aguantes un poco, yo no tengo ninguna intención de cagarte, eso de más está decirlo. Vos sabés bien có&amp;shy;mo son los norteamericanos. Y ésta es otra de las formas que los tipos tienen para sacarle la guita a los tercermundistas. Especialmente a todos aquellos que se oponen al sistema. Por eso te digo, aguanta&amp;shy;me un cacho hasta que salga la sentencia. Aguánta&amp;shy;me un cacho, Horacio, que yo creo que todo se va a solucionar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De "La mesa de los galanes y otros cuentos"&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-3831593309919158677?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/3831593309919158677/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=3831593309919158677' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/3831593309919158677'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/3831593309919158677'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/02/medieval-times.html' title='Medieval Times'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-5330724986297180964</id><published>2008-01-25T20:18:00.000-08:00</published><updated>2008-01-25T20:21:32.548-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Relato'/><title type='text'>Un hombre de carácter</title><content type='html'>Siempre me asombró que a tío Julio no lo hubieran cagado a trompadas muchas mas veces. Lo digo porque, si bien yo nunca vi que lo fajaran, él me contó que de joven le habían pegado en varias oportunidades. Posiblemente, el hecho de que le perdonaran la vida y no le rompieran la cara durante el tiempo en que nos tocó estar más tiempo juntos, respondía a que ya tío Julio era un hombre grande, de unos setenta años: técnicamente viejo. Y eso lo salvaba, quizás, de que no lo cagaran a puñetes.&lt;br /&gt;Lo cierto es que las veces que lo vi calentarse podía decirse que tenía razón, se calentaba con fundamento, pero era algo desmesurado y, si se quiere, injusto.&lt;br /&gt;-Tiene el termostato alterado –me explicó una vez mi Viejo, refiriéndose a su hermano mayor-, tiene el termostato alterado y levanta temperatura con facilidad.&lt;br /&gt;Sin embargo, viéndolo a Julio, era difícil suponer que pudiera pasarle eso. Era un tipo más que agradable, ameno, divertido, conversador, culto: lo que solían definir las mujeres como “un encanto”. Muy activo, además, siempre dinámico, culoinquieto, aunque ya estaba jubilado. Sin cantar, sin bailar arriba de las mesas, sin contar chistes verdes, yo lo había visto siempre constituirse en el animador de las fiestas familiares. Un poco por eso creo que mi Viejo no lo soportaba demasiado. Por envidia. Mi Viejo era más callado, más seco, menos sociable y siempre quedaba opacado por la figura del tío Julio.&lt;br /&gt;A mí, debo reconocerlo, Julio me parecía algo pelotudo, meloso, un tanto sensiblero.&lt;br /&gt;-¿Es medio bobalicón, no es cierto? –me lo definía mi Vieja en secreto, incómoda a veces por la excesiva facilidad con que Julio se emocionaba por cualquier cosa. Aparecía una prima con un bebito nuevo y a Julio se le llenaban los ojos de lágrimas, hablaba del hambre en algunas naciones africanas y se le cortaba la voz, veía pasar una bandada de pájaros volando hacia la isla y corría a llamarnos a nosotros para que la admiráramos.&lt;br /&gt;Yo había intuido ya, sin embargo, que en algún pliegue de su personalidad palpitaba un verdadero monstruo.&lt;br /&gt;-Cuando no le agarra la viaraza es un buen tipo... –le escuché decir alguna vez a tía Adelfa, haciendo un giro con los dedos de su mano derecha junto a la sien.&lt;br /&gt;-Ahora... cuando se saca... –había aportado en otra ocasión mi prima Dora dejando entrever el costado oscuro de tío Julio.&lt;br /&gt;Además Julio hablaba, era una máquina de hablar que no paraba nunca. Flaco, alto, de bigotito ya cano, andaba siempre de camisa y corbata y con unos pantalones bastante por encima de la línea de la cintura.&lt;br /&gt;-Dejalo que venga conmigo, Enrique –le propuso a mi Viejo una mañana en que había venido a casa a buscar una aspiradora. Mi Viejo se encogió de hombros. Yo tenía dieciséis años, había dejado la escuela secundaria, y estaba completamente al pedo. Tío Julio no sé que trámites hacía con el auto, trayendo y llevando papeles del negocio de artefactos eléctricos que ahora manejaba casi íntegramente Ricardo, su hijo mayor, mi primo.&lt;br /&gt;-Me lo llevo y por ahí aprende lo del negocio –agregó tío Julio-. Además, así tengo con quien conversar, che.&lt;br /&gt;Y había que estar allí, en el auto, escuchándolo por horas al tío Julio. Era un hombre torrencial, incontenible, que cuando no tenía algo para decir leía los carteles de publicidad en voz alta.&lt;br /&gt;-La Catalana, La Virginia, San Ignacio –recitaba, como si yo no supiera leer. Pero, en ese lapso durante el cual fui su acompañante, aprendí a quererlo. Era enormemente generoso conmigo, cálido, respetuoso, y cuando nos bajábamos a hablar con los clientes todos lo recibían con enorme afecto. Julio transmitía una franca cordialidad y bonhomía. Se reía, fácil, además, con las bromas y comentarios de los demás.&lt;br /&gt;La primera vez que tuvo una reacción extemporánea, sobre las que tanto me habían alertado, fue en la calle, mientras yo lo acompañaba en el auto una mañana de sol de verano, en el centro de Rosario. Nos habíamos detenido en un semáforo y Julio me estaba contando, apasionado, cómo el deporte es vital para los jóvenes y recordaba que una vez había acompañado a una delegación de Gimnasia y Esgrima para una competencia de atletismo en Mendoza.&lt;br /&gt;Justo cuando el semáforo nos dio el verde, a una vieja pelotuda que había estado dudando durante toda la luz roja si cruzar o no cruzar, se le ocurrió hacerlo. Iba con dos pibitos que debían ser sus nietos y nos hacía señas con las manos como pidiendo disculpas. Fue entonces cuando sonaron dos bocinazos imperativos desde atrás. Julio clavó la mirada en el espejito retrovisor y se aferró con las manos al volante como si quisiera partirlo. Vi claramente que se le hinchaba una vena del cuello y otra en la sien. Para colmo, de inmediato, otro bocinazo.&lt;br /&gt;Julio salió disparado del auto, saltó como lanzado por un asiento eyector de ésos que tienen los aviones de combate.&lt;br /&gt;-¿Qué querés que haga, pelotudo? ¿No la ves? ¿Qué mierda tenés en los ojos, boludazo?&lt;br /&gt;El otro optó por quedarse en el molde. A su lado estaba una mujer que, sin duda, desaprobaba los bocinazos de su marido tanto como tío Julio.&lt;br /&gt;-No la vi, no la vi –admitió por fin el tipo de atrás.&lt;br /&gt;-¿No la viste? Claro, vas hablando al pedo con la turra que tenés al lado y no ves nada, pelotudo...&lt;br /&gt;Ahí el conductor amagó bajarse y yo comencé a barajar la posibilidad de hacerlo también antes de que el quilombo pasara a mayores.&lt;br /&gt;-Dejalo Héctor, dejalo –oí que decía la mina. Tío Julio resoplaba, los puños cerrados. Se quedó un instante perforando al tipo con la mirada, como desafiándolo a bajar. Ya se había juntado bastante gente en la esquina y se había formado un matete de autos detenidos. Por fin, tío Julio, lavado su honor al menos, decidió volver a nuestro auto, que había quedado con la puerta abierta. Pero dio apenas dos pasos y volvió casi saltando a clavarse frente al coche de atrás como atacado de nuevo por otro repentino e incontrolable impulso criminal.&lt;br /&gt;-¡Y bajate infeliz, bajate! –desafió, iniciando el antiguo y ridículo gesto de arremangarse los puños de la camisa y ponerse en guardia-. ¡Bajate, hijo de mil putas, y vas a ver cómo te recontracago a trompadas, basura! ¡Teneme el reloj, Alfredito! –me llamó, pero el tipo de atrás ya maniobraba su coche como para zafar del bloqueo al que lo sometía el coche nuestro y seguir su marcha. Pero los paragolpes estaban demasiado cercanos y se le hacía difícil.&lt;br /&gt;-¡Cagón, cagoneta! –aullaba Julio-. ¡Para atropellar mujeres y niños sí sos valiente, basura, pero no te bancás bajarte a pelear, marica!&lt;br /&gt;-Andá, andá, sacá el auto –pidió, contenido y con cara de culo, el tipo de atrás. Cuando Julio advirtió que no habría pelea, bajo la guardia, pero se quedó junto a la ventanilla del otro, como para que todos esos curiosos supiesen de la humillación que había sufrido el imprudente. Fue cuando se oyó la otra voz, áspera.&lt;br /&gt;-¡Vamos, viejo, que tenemos que laburar!&lt;br /&gt;Y ahí lo vi: detrás del coche del tipo que le tocaba la bocina a Julio había un taxi y, adentro del taxi, un chofer descomunal al punto que no parecía caber dentro del auto. Yo alcanzaba a verle, encuadrado por la ventanilla, un mentón inmenso con sombra de barba, un escarbadientes en la boca, y unas patillas peludas y enruladas. Pero lo que más me impactó fue el brazo izquierdo que el taxista sacaba por la ventanilla apoyándolo sobre la puerta amarilla. Un segmento de boa constrictor, un cacho de cilindro oscuro y tenso, lleno de protuberancias y músculos que se adivinaban bajo una piel del color de los caballos alazanes.&lt;br /&gt;Fue como si a Julio le pegaran una cachetada. Se volvió hacia el nuevo enemigo.&lt;br /&gt;-¿Y vos qué te metés, tachero hijo de puta? –aulló-. ¿Quién carajo te dio vela en este entierro, sorete, tachero sucio, villero?&lt;br /&gt;Temí lo peor. Supe que si el taxista se bajaba, yo, al menos simbólicamente, también iba a tener que bajarme a respaldar a mi tío. Por suerte, todos los otros autos –ya eran como mil- empezaron a tocar sus bocinas reclamando paso. Y por otra parte el taxista había considerado sin duda poco deportiva una pelea con tío Julio, a quien podía partir en cuatro pedazos tan sólo con un revés de una de sus manos que parecían dos tortugas de las Galápagos.&lt;br /&gt;-¡Tachero tenías que ser para ser sorete! –siguió Julio, mientras el público ya lo abucheaba-. ¡Ladrón, tachero choro, que tocás el reloj para robarle a las viejas, delincuente!&lt;br /&gt;Se vino para el auto y se metió adentro dando un portazo. Puso el motor en marcha.&lt;br /&gt;-Delincuente –siguió diciendo- delincuente de mierda. Te meten un cómplice en el auto y te despluman estos hijos de puta... Disculpá, disculpá, Alfredito. Me caliento. Al pedo me caliento. Pero me enfurecen las injusticias, che, me pongo loco. Me saco, me saco... ¿Adónde teníamos que ir? Leeme el próximo remito.&lt;br /&gt;Cinco minutos después yo seguía con taquicardia y tío Julio canturreaba, feliz, un trozo de “Violetas imperiales”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La segunda oportunidad fue en un ambiente más recoleto, más circunspecto, que no hacía pensar que podía convertirse en el entorno adecuado para originar un despelote. Por la circunstancia, además.&lt;br /&gt;-Acompañame al médico, Alfredito –me pidió tío Julio unos veinte días después del episodio del semáforo.&lt;br /&gt;-¿Andás jodido? –atiné a preguntar.&lt;br /&gt;-No. Es por Ana. No sé bien qué tiene. Quiero hablar con el médico para que me cuente, sin estar Ana presente. Le pedí turno.&lt;br /&gt;Se lo veía preocupado. El tiempo le iba a dar la razón para estarlo.&lt;br /&gt;El médico nos atendió tras media hora de espera.&lt;br /&gt;-El es mi sobrino –me presentó Julio-. Una maravillosa persona, de mi más plena confianza. Por eso me tomé el atrevimiento de traerlo.&lt;br /&gt;El médico me ignoró. Yo, pese a los conceptos de Julio, me sentía un intruso.&lt;br /&gt;-¿Es serio, doctor? –preguntó Julio, luego de que el médico, con una fría cordialidad, le explicara algo referido al mal funcionamiento de los riñones de Ana.&lt;br /&gt;-Es serio. Es serio.&lt;br /&gt;-¿Es curable?&lt;br /&gt;-Es curable. Es curable.&lt;br /&gt;El doctor decía todo dos veces por si no se entendía.&lt;br /&gt;-¿Hay un tratamiento para eso? –preguntó Julio. Ansioso, estaba casi apoyando el pecho contra el escritorio del médico y jugueteaba con su mano derecha con uno de esos entretenimientos plásticos que regalan los laboratorios.&lt;br /&gt;-Hay un tratamiento. Hay un tratamiento.&lt;br /&gt;-¿Y es efectivo?&lt;br /&gt;-A veces sí. A veces no.&lt;br /&gt;Julio se quedó estático, como una víbora observando su presa, y detuvo el jugueteo con el regalo del laboratorio. Intuí que dentro de él estaba creciendo, trepando, subiendo, efervescente e incontenible como la lava a punto de saltar en erupción, una bronca negra y reconcentrada.&lt;br /&gt;-Usted me dice... Usted me dice... –advertí que procuraba calmarse, Julio-, usted me dice que el tratamiento a veces da resultado y a veces no da resultado...&lt;br /&gt;-Es así. No hay enfermedades, hay enfermos.&lt;br /&gt;-Eso es como si yo le preguntara a usted... –Julio no quitaba los ojos de los ojos del médico y podía decirse que sonreía- si un perro es amaestrado y usted me dijera que si. Entonces yo le preguntara si muerde y usted me dijera: “A veces sí y a veces no”.&lt;br /&gt;El médico frunció el ceño, algo confuso.&lt;br /&gt;-Lo que quiere decir, doctor –Julio empezó a levantar gradualmente la voz-, que ese perro, ese perro no está amaestrado un carajo. Porque si a veces se le cantan las pelotas de morder y a veces no se le cantan las pelotas, no está amaestrado un carajo, doctor: ¡ese perro hace lo que se le canta el culo!&lt;br /&gt;-Escúcheme, Rodríguez –intentó apaciguarlo el médico, algo alarmado.&lt;br /&gt;-¡Usted me dice que es una enfermedad controlable –siguió Julio, ya completamente fuera de sí-, pero que el tratamiento a veces es efectivo y que a veces no tiene el más puto dominio de la enfermedad!&lt;br /&gt;-Rodríguez, Rodríguez... La medicina...&lt;br /&gt;-¡La medicina un carajo, mi viejo! ¡Lo que pasa es que ustedes son una banda de hijos de mil putas que no saben un soberano carajo de estas cosas! ¡No saben una mierda y no quieren admitirlo! ¡Terribles hijos de puta que lo único que quieren es afanarle la guita a la gente! ¡Ladrones! ¡Mercachifles de la ciencia!&lt;br /&gt;Se había parado y yo le tironeaba vanamente del saco para que se calmara. El médico también se puso de pie, pálido, tomando prudente distancia.&lt;br /&gt;-¡Soltame, carajo! –me ordenó-. ¡Yo vengo a preguntar sobre lo más sagrado que tengo -clamaba Julio- que es mi señora, y tengo que oír a este hijo de remilputas engañándome con que tienen un tratamiento para curarla pero que a veces da resultado y a veces no, lo que me confirma que no tiene la más puta idea de lo que habla, matarife repugnante!&lt;br /&gt;Se abrió la puerta de golpe y apareció allí otro médico alto, joven y robusto, mirando hacia adentro con gesto torvo e inquisitivo. Había escuchado los gritos de Julio, por supuesto, como debían haberlo oído todos los seres humanos en dos cuadras a la redonda.&lt;br /&gt;-¡Acá los tenés! –Julio, sin achicarse, me señaló al aparecido, triunfante-. ¡Acá los tenés, protegiéndose unos a otros como los mafiosos, apenas se sienten atacados!&lt;br /&gt;¡Chacales, lacras humanas, tapándose las cagadas unos a otros, ocultando las operaciones que hacen al pedo donde le sacan el hígado al tipo que fue por el apéndice y le operan una rodilla al que vino por el oído! ¡Estafadores hijos de mil putas, ladrones!&lt;br /&gt;Tío Julio seguía gritando cuando lo sacaron a la calle entre cuatro enfermeros y dos enfermeras que trataban de calmarlo hablándole dulcemente, bajo la mirada despavorida de los pacientes que aguardaban en la sala de espera. Pude entrever en el tumulto, incluso, a una enfermera mostrándole una jeringa a un médico con mirada interrogante y recibiendo la negativa del médico con la cabeza. Ya afuera, en el auto, tío Julio tardó casi diez minutos en controlarse.&lt;br /&gt;-Perdoname, Alfredito, perdoname –me dijo luego (debió haberme visto demudado)-, pero es la salud de Ana y yo no puedo permitir que me vengan con pavadas, con inventos, con fantasías... Prefiero que me digan: “No sabemos, señor, no tenemos ni la más pálida idea de lo que se trata”. Pero... bueno... hacen lo que pueden... –y agregó, repentinamente tolerante-: Es buen médico este Carranza, serio, estudioso... Es buen médico...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La última vez fue en el aeropuerto de Rosario. Yo ya estaba temeroso de acompañarlo, por los episodios anteriores, pero me divertía salir con él en auto a recorrer la ciudad e incluso los pueblos de los alrededores.&lt;br /&gt;Su esposa Ana se iba a Buenos Aires por unos días a ver a la hermana. Julio no había aceptado que Ana, en ese estado, se fuera en ómnibus, y le sacó un pasaje en avión. Si bien no se trataba de acompañar al tío en sus correrías de trabajo, yo ya me había constituido en un copiloto obligado, su compañero de ruta.&lt;br /&gt;-Le van a venir bien unos días a Anita en Buenos Aires –me comentó Julio-. Se va a despejar un poco. Le trabaja todo el día la cabeza con el asunto de su enfermedad.&lt;br /&gt;No volvió a hablar hasta que pasamos a buscar a Ana. Julio se había emocionado, como si llevara a su mujer a salir de viaje para Europa. En el aeropuerto de Fisherton había muchísima gente. Nos pusimos en la cola del mostrador de Aerolíneas. Julio llevaba en sus manos el pasaje de Anita, tomando el control de la situación, ahorrándole a su mujer las confusiones del embarque.&lt;br /&gt;-La señora está en lista de espera –escuché que decía la empleada, fría y eficiente. Yo estaba algo alejado de la cola, distraído, en otra cosa, pero oí a la empleada y vislumbré el quilombo.&lt;br /&gt;-¿Cómo? –a Julio se le congeló su perenne sonrisa-, ¿Cómo me dijo?&lt;br /&gt;-El vuelo está sobrevendido. La señora está en lista de espera. Yo le hago el check in, ella pasa al embarque y espera a ver si la podemos ubicar... El siguiente, por favor...&lt;br /&gt;-Si la podemos ubicar, la poronga... Si la podemos ubicar, la poronga... –Julio apoyó el pecho sobre el filo de mostrador, dejando en claro que no pensaba moverse de allí y silabeó esa frase masticando odio, en voz baja pero audible. La empleada simuló no haberlo escuchado, pero acusó el golpe.&lt;br /&gt;-Córrase, señor, y déjeme atender a los demás –no tuvo mejor idea que decir.&lt;br /&gt;-¿Qué me corra? ¿Qué me corra? –ahora sí ladró Julio alertando a todo el inmenso salón de embarque-. ¡Vos empezá a correr, turra hija de mil putas, vos empezá a correr porque te voy a romper el culo a patadas, pelotuda!&lt;br /&gt;La asistente comenzó a tocar un timbre oculto bajo el mostrador.&lt;br /&gt;-¡Este pasaje está okey –siguió Julio-, está aprobado, yo y mi señora hemos venido a la hora correcta, una hora antes del embarque como ustedes mismos lo exigieron, y ahora vos, conchuda hija de mil putas, me venís a decir que ella está en lista de espera, vos me lo venís a decir!&lt;br /&gt;-Señor, señor... –otro asistente, pelado y de bigotitos apareció al lado de la empleada, intercediendo, con intención de tomar el mando de la situación-. Escúcheme, déjeme que le explique...&lt;br /&gt;-¡A tu hermana le vas a explicar, sorete! ¡De qué la vas con ese bigotito de puto reventado, sorete! ¿Qué me vas a explicar maricón? ¿Te creés que porque aparecés con ese uniforme aputanado me vas a hacer callar la boca, trolazo?&lt;br /&gt;-Señor... señor... –aparecieron otros asistentes, y un oficial de la policía aeronáutica se había aproximado, cauto.&lt;br /&gt;-¡El pasaje está emitido y aprobado, boludo, acá lo tenés! –enarbolaba el ticket el tío Julio-. ¡Te metés la lista de espera en el orto, caradura! ¿Qué culpa tengo yo si ustedes sobrevenden el vuelo, pelotudo? ¡Así viaja la gente después, apretujada como bosta de cojudo!&lt;br /&gt;Todo era ya un griterío. La gente se amontonaba detrás nuestro.&lt;br /&gt;-¡El hombre tiene razón! –vociferó alguien.&lt;br /&gt;-Sí, pero no puede decirle eso a la chica –terció una señora-, la chica está trabajando.&lt;br /&gt;Fue como si a Julio lo hubieran punzado con un estilete. Se volvió hacia la señora.&lt;br /&gt;-¿Y yo no estoy trabajando, pelotuda? –le gritó en la cara-. ¿Yo no trabajo? ¿Quién me mantiene a mí? ¿Vos, vos y el cornudo de tu marido?&lt;br /&gt;El marido de la señora, hombre grande, amagó abalanzarse, pero dos policías de la Aeronáutica se interpusieron.&lt;br /&gt;-¡Vieja puta mal cogida, acostumbrada a que la mantengan, cree que nadie labura! –siguió Julio-. ¡Resulta que la única que labura ahora es la argolluda de esta azafata de mierda! –se volvió hacia el mostrador, casi encaramado en él, buscando a la empleada que, varios metros atrás, estaba blanca-. ¿Y a quién querés que le proteste, decime? –siguió Julio-. ¿A quién querés que lo putee? ¡Si este negocio puto de las aerolíneas es un negocio de intermediación! ¡Nadie da la cara! ¡Nadie es responsable! ¿A quién voy a ir a protestarle? ¡Al señor Aerolíneas, que me va a decir que él no tiene nada que ver porque es una decisión de Iberia, y si voy a Madrid me van a decir que ellos dependen de una oficina de Nueva York y que no tienen poder de decisión, eso van a decirme? Entonces, entonces... –Julio, desgañitado en el mostrador de Aerolíneas mirando hacia la multitud, arengando, en tanto Anita, estremecida, quería calmarlo abrazándose a sus rodillas-. ¡Entonces yo –siguió Julio- puteo a esta pelotuda que atiende acá, aunque ella no sea la culpable, porque a ella le pagan para eso, para que ponga la cara cuando la recontraputean cuando ocurren estas cosas! ¡No le pagan para que venda pasajes ni para que decida la ubicación de los asientos, le pagan para recibir todas las puteadas que los de más arriba se merecen! ¡Entonces, yo la puteo a ella, que es a la única a la que tengo acceso y que ella a su vez putee a su superior y su superior al otro, y el otro al otro hasta llegar al máximo hijo de remil putas que sobrevende los vuelos!&lt;br /&gt;Ahí fue cuando una mano lo tomó de la nuca a tío Julio y lo hizo desaparecer detrás del mostrador. Lo último que vi fueron sus piernas en el aire y escuché los alaridos de Anita. Hubo algunos aplausos entre la gente y también abucheos.&lt;br /&gt;-El hombre tiene razón –repitió alguien.&lt;br /&gt;Casi una hora después tío Julio llegó al auto, donde yo me había refugiado a esperarlo, resignadamente.&lt;br /&gt;-Perdoname Alfredito –dijo, buscando el ticket de estacionamiento en sus bolsillos-. Pero me enfurecen estas cosas.&lt;br /&gt;-¿Y la tía?&lt;br /&gt;-Ya está en el avión. Le dieron un sedante. Pobre.&lt;br /&gt;-Y a vos... ¿Te pegaron? ¿Te hicieron algo?&lt;br /&gt;-¡Qué me van a pegar, Alfredito! –desechó la posibilidad, Julio, desafiante-. Los cago a patadas a todos... Además... Ellos hacen su trabajo... No hacen más que cumplir con su deber...&lt;br /&gt;Y era así. Nunca lo fajaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero después de ese quilombo en el Aeropuerto ya no quise acompañarlo más. Había tenido demasiado. Sabía que, en cualquier momento, la iba a ligar yo también. Le dije que empezaba a estudiar Diseño y que no podía seguir siendo su copiloto.&lt;br /&gt;Lo entendió perfectamente. Hasta se ofreció a regalarme una mesa de dibujo, cuando ya habían pasado de moda con el asunto de las computadoras.&lt;br /&gt;Cuando me dijeron que estaba mal, casi un año después, sí fui a verlo. Mi Viejo me explicó que Julio había decaído bastante con la muerte de Anita y que estaba internado, bastante jodido. Me fui hasta el sanatorio pero no pude visitarlo. El médico estaba en su habitación y yo no podía pasar. Sólo lo vi, fugazmente, cuando una de las enfermeras abrió la puerta.&lt;br /&gt;Julio tenía una cánula que le salía de la nariz y un barbijo de plástico le cubría la boca. Pero me vio. Y me hizo una seña rara, como señalando a la enfermera, un par de veces. No le entendí, y luego cerraron la puerta. Afuera me encontré con tía Adelfa.&lt;br /&gt;-Va a mejorar –me contó-. Estuvo mal pero ya pasó lo peor. Sigue internado porque respira con dificultad, pero me dijo el doctor Brebbia que ya en unos días se va...Lo que lo mata es el carácter ese... Anoche tuvo un tole tole bravo y se agita, le sube la presión...&lt;br /&gt;Me fui, me fui con la versión de la tía. Por eso me sorprendió cuando al día siguiente me dijeron que había muerto. Un paro cardíaco, un paro respiratorio, algo así. Amaneció muerto.&lt;br /&gt;-Es raro –dijo mi Viejo, refregándose las cejas con los dedos, y menos consternado de lo que yo hubiera imaginado-. Estaba bien. Es como si alguien le hubiera desconectado el respirador.&lt;br /&gt;-¿Y quién pudo haber hecho algo así? –pregunté.&lt;br /&gt;-No sé. No sé. Digo que pudo haber pasado –dijo mi Viejo-. Se me ocurre. Vos sabés que Julio era bastante jodido cuando se enculaba...Bastante jodido...Aprobé en silencio. Pero no me entraba en la cabeza que fuera para tanto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;De "El Rey de la Milonga y otros cuentos"&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-5330724986297180964?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/5330724986297180964/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=5330724986297180964' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/5330724986297180964'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/5330724986297180964'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/01/un-hombre-de-carcter.html' title='Un hombre de carácter'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-6814617796615128742</id><published>2008-01-20T19:49:00.000-08:00</published><updated>2008-01-21T08:43:28.650-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Monólogos'/><title type='text'>Estimada Aurelia...</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;&lt;br /&gt;&lt;?xml:namespace prefix = o /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;Si me atrevo a tomar la pluma y escribirle es, mas que nada, porque me he enterado de su delicado estado de salud.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;No piense, por favor, que estuve averiguando o haciendo preguntas sobre su vida, pero el destino quiso que escuchara parte de una conversación en el almacén donde siempre hacíamos las compras en el barrio. Tampoco fue un chismorreo, al que no hubiese dado crédito, sino un par de comentarios al pasar, bastante cautos y respetuosos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;Comprenderá usted, con el conocimiento que le da el hecho de haber convivido conmigo algo más de siete años, lo difícil que me resulta escribirle, pero no quisiera pasar por descortés o desinteresado. Temo, le confieso, asimismo, que la lectura de esta carta le provoque algún tipo de inconveniente, como ser el de tener que incorporarse en su cama y adoptar, quizás, una posición forzada que agrave aun más su estado de salud. O que le obligue a forzar la vista acarreándole, tal vez, dolores de cabeza insoportables si es que su afección es de índole mental, cosa que desconozco y que lejos está de mi intención conocer.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;Le aclaro: no pretendo ningún tipo de respuesta ni de explicación sobre su extraño mal, ya que no es mi ambición avanzar sobre algo absolutamente personal suyo y de carácter, a juzgar por los comentarios, francamente íntimo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;Tampoco le pregunté nada aquella vez ¿recuerda? Cuando apareció usted en casa con un ojo negro, producto, sin duda, de un golpe. No quería, en aquella incómoda situación, abundar sobre un hecho que, seguramente, le resultaba doloroso ante su sola mención. ¿Qué sentido tiene revolver heridas pasadas? ¿Para qué recrear, con mi curiosidad, el mal momento que usted había vivido? Conozco la fea sensación de ser invadido en mi privacidad de esa forma porque también resultaba, para mí, muy molesto cuando la gente me preguntaba, por ejemplo, sobre mi varicela, contraída, no se habrá usted olvidado, a poco de iniciada nuestra convivencia. Yo quería, Aurelia, olvidarme del trago amargo y había amigos inoportunos que se empeñaban en refrescarme el fastidioso mal.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;Pero, además, si he decidido no incomodarla con preguntas, es porque imagino –disculpe que me tome la libertad de imaginar- que lo suyo se trata de lo vulgarmente conocido como embarazo, deducción a la que accedo casi, por deformación profesional. Es lo mío.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;Sabe usted&lt;span style="font-size:+0;"&gt; &lt;/span&gt;bien, Aurelia, que mi paso por este valle de lágrimas es en puntas de pie, procurando no perturbar ni molestar a nadie. Y menos que menos a una persona como usted, por la cual sólo guardo afecto y respeto. Sucede que, ahora, a la distancia, comprendo un poco el malentendido que pudo suscitarse con mi conducta basada en el antiguo precepto de que los derechos de una persona terminan donde comienzan los derechos de los demás. Admito, Aurelia, que puede usted haberse sentido un tanto herida por mi renuencia a preguntarle cosas sobre su vida, o sobre su actividad o, simplemente,&lt;span style="font-size:+0;"&gt; &lt;/span&gt;sobre lo que había hecho, día a día, de los tantos que compartimos en pareja. Pero usted sabe que no me gusta meterme en las cosas de los demás. Comprendo, ahora, a la luz de los acontecimientos, que mi actitud podía interpretarse como desinterés de mi parte, frialdad o lejanía. Sin embargo, no era otra cosa, Aurelia, que un sumo respeto por su vida privada, el deseo de no invadir jurisdicciones, la intención de no herir a usted ni con el pétalo de una rosa.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;Ahora advierto que la cuestión de su estado interesante agudizó esa controversia. Es cierto, yo la notaba a usted más gorda y más gorda, observaba cómo crecía a ojos vista el volumen de su abdomen. Pero... ¿cómo puede un hombre educado, criterioso, medido, centrado, hacer ese tipo de preguntas a una señora? Digo a una señora y no a una perdida cualquiera que pueda encontrarse por la calle. Y no sólo digo a una señora sino... ¡a su propia señora!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;¿Cómo preguntarle sobre una deformación física y estética, absolutamente incómoda, relacionada directamente con procesos internos femeninos, sin sentirme un grosero, un procaz o un patotero? Y especialmente en estos días, donde la gordura es vista como un pecado venial y se exaltan las dudosas ventajas de la anorexia. ¿Cómo instalar en nuestras conversaciones, de común sencillas pero inspiradas –siempre girando en torno a la poesía de Martí o a la prosa de Mallea, cuando no se refería al cuidado de las plantas-, un tema tan delicado como el de la gravidez, baluarte, por otra parte, del espíritu femenino? La prudencia, Aurelia, ha sido siempre mi rasgo de carácter y admito que ya fue un motivo de desconcierto para el querido padre Anselmo cuando me tuvo que rogar tres veces para que yo contestara si la quería a usted, o no, por esposa. ¿Cómo me iba él a preguntar tal cosa, Aurelia, frente a tanta gente, sin ponerme en una situación comprometida? Con la cabeza asentí, lo recuerdo, Aurelia, y me retiré de la iglesia como siempre lo he hecho, en puntas de pie, para no perturbar a los allí presentes.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;No era que no me importara, le juro, no era que yo fuese indiferente a todo. No era que no me acongojara verla llorar, revolcarse en la cama, escucharla gritar que se sentía muy sola y todo eso. Se supone que, si alguien llora, es porque lo acongoja algo muy íntimo y personal y la intimidad de las personas es un santuario donde yo no debo meterme para nada, Aurelia. Suponía yo que esos llantos obedecían a problemas suyos con su señora madre y, por lo tanto, se trataba de conflictos familiares que no me eran atinentes. Cada familia es un mundo, decía mi padre. Mantuve siempre mi lugar, Aurelia, silencioso pero firme.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;Recuerdo como si fuera hoy cuando usted me regañó por no preguntarle nada acerca de sus continuas náuseas y, disculpe la expresión, repetidos vómitos. Aurelia, hubiese sido como si usted me preguntara sobre mi hernia inguinal. ¿Cómo contestar a semejante pregunta sin mencionar partes recónditas de mi cuerpo, sectores poco agraciados, detalles torpes y escatológicos? ¿Cómo referirme (y perdone si soy crudo) a la higienización del braguero, sin herir su sensibilidad ni romper esa maravillosa complicidad poética y espiritual que alguna vez supimos conseguir? No podré borrar jamás de mi memoria todos los ácidos reproches que derramó usted sobre mí, pálida y desencajada, tras uno de aquellos episodios. Y mi silencio, mártir casi.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;Me atenazaba la duda, lo confieso, ya que yo ignoraba lo de su embarazo. La notaba rara, es cierto, corpulenta, pero también en alguna oportunidad lo noté corpulento al general De Gaulle, en una foto del “Life” y sin embargo no sospeché nada.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;Después, ya fuera de esa casa que fuera nuestra y que aún extraño, calculé los meses, hice cuentas y comprendí que sí, que bien podía relacionar su particular proceso como el resultado de nuestro amor, físico, no platónico, para llamarlo de algún modo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;Me dolió, le confieso, la expulsión del hogar. Su enojo, su estallido, su descontrol. Entiendo que tal vez usted necesitaba a su lado a alguien más invasor, más entrometido. O, quizás, mas expresivo. Alguien que la volviera loca a preguntas, que la cansara interrogándola sobre esa ropita color celeste que usted sacaba día a día y dispersaba sobre nuestra cama y que yo siempre pensé que era para vender entre las amigas y conocidas. Cuando la conocí, Aurelia, recuerde, usted se mantenía vendiendo &lt;i&gt;tupperware&lt;/i&gt; , por lo tanto no era descabellada mi teoría. Le confieso, eso sí, y no lo tome a mal, perdone mi imprudencia, que me gustaría saber el nombre que ha de llevar la criatura. No soy de los que se mueren por conocer el nombre de todas las personas, y eso es algo que me ha perjudicado bastante en mi carrera de Oficial de Investigaciones. Tampoco le pregunté el nombre de aquel señor que la acompañó de vuelta hasta casa aquella noche en que usted volvía de una cena de ex alumnos, tal como me lo notificó, desafiante, porque entendí que todo debía quedar en la habitual complicidad cerrada de los grupos de estudio. Sucede, simplemente, que quisiera enviarle unas flores con una tarjetita para usted y nuestro hijo el día en que este nazca y me agradaría incluir vuestros nombres.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-AR"  style="font-family:';"&gt;¿Era Adelaida el segundo nombre suyo, o la memoria me juega una mala pasada? Y, en cuanto a las flores, creo recordar que, en algún momento, regando en el patio, usted comentó que los crisantemos eran sus preferidos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="FONT-STYLE: italic"&gt;De "Te digo más... y otros cuentos"&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-6814617796615128742?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/6814617796615128742/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=6814617796615128742' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/6814617796615128742'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/6814617796615128742'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/01/estimada-aurelia.html' title='Estimada Aurelia...'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-4435708123062841938</id><published>2008-01-14T08:47:00.000-08:00</published><updated>2008-01-14T08:59:12.017-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Diálogos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Relato'/><title type='text'>Experiencia en "El Cairo"</title><content type='html'>Eran dos diferentes estilos dentro de una misma vocación. Silvio era el clásico tipo de plomo cordial, afable, con un afán de servicio que, de haberse puesto en beneficio del bien, lo hubiese llevado, sin duda alguna, a las consagratorias instancias de la canonización.&lt;br /&gt;Favio era distinto, tenía un manejo más como ausente, de acercamientos medulosos, o quizás sería que, como se presentó después en el teatro de los acontecimientos, se tardó más en conocerlo, estudiarlo, y por ende lograr su neutralización aunque fuera en parte.&lt;br /&gt;De cualquier forma ambos reunían una característica fundamental en la subsistencia y ascenso de todo plomo: eran buenos tipos. Bajo la densa, pesada e insoportable personalidad de los dos se adivinaba que no había una intención explícita de molestar o ponerse cargoso. Y eso los salvaba. De haber sido tanto Silvio como Favio, malos bichos, nada los hubiese librado de que muchas de sus víctimas los mandasen, sin eufemismo alguno, a la "reputa madre que los parió" como bien lo sintetizara el Lunfa en uno de los tantos comentarios sobre el tema.&lt;br /&gt;Lo que nadie supuso, en la mesa cotidiana de "El Cairo", es que la confluencia de Favio y Silvio sobre ese mismo sitio, derivaría en una experiencia sin antecedentes conocidos. Porque, al principio, ninguno de los muchachos tenía conocimiento de la ruin existencia de Favio. Sólo Silvio y sus deleznables costumbres eran materia de discusión, justificada furia o pánico.&lt;br /&gt;—El boliche tendría que haber hecho algo contra esto —había dicho Quique ya hacía mucho—. De la misma forma que echan a los pibes que manguean, tendrían que prohibirle la entrada al Silvio.&lt;br /&gt;—¿Por qué? —reprochó Manuel, que hacía poco que alternaba en la mesa.&lt;br /&gt;—¿Por qué? ¿Todavía preguntas por qué? —se sulfuró Quique—. ¡Ese plomo insoportable! ¡Es imbancable ese hijo de puta!&lt;br /&gt;—¡Eh, viejo! Me parece que estás exagerando. . . no sé. . .&lt;br /&gt;—Vos porque no lo conoces. Vos no sabes lo que es cuando se te prende. . .&lt;br /&gt;—No. Yo no lo conozco —admitió Manuel— pero estuve con él un par de veces y no me parece tan terrible. Me pareció un buen tipo, bah, un tipo normal. Como cualquiera de nosotros.&lt;br /&gt;—No. Vos porque lo viste en un grupo. Pero deja que te agarre solo. Ahí es donde él se ensaña. Cuando te ve solo. . .&lt;br /&gt;Manuel hizo un gesto de escepticismo.&lt;br /&gt;—Por eso te digo que el boliche lo tendría que espantar —argumentó Quique—, porque te juro que te asusta venir a sentarte solo en una mesa. Porque él anda merodeando y adonde te ve solo viene y se te sienta.&lt;br /&gt;Y era verdad. Como los lobos solitarios, Silvio rondaba la esquina de Santa Fe y Sarmiento a eso de las siete de la tarde. Pasaba por la vereda de enfrente, con andar cansino, sin mirar decididamente hacia adentro, unos libros en la mano, pero sus ojos avizores hacían un repaso completo de los sufridos militantes de las mesas de El Cairo. Cuando venía por Sarmiento, desde Córdoba, ya cuando empezaba a bordear el Banco de Galicia, levantaba su nariz pronunciada, entrecerraba los ojos y comenzaba a ventear la posible presa. En muchas ocasiones sus pasos lo llevaban hasta la puerta misma de la ochava sin haber logrado dar con ningún conocido que se hallase solo en una mesa. Entonces fingía comprar cigarrillos en el kiosco de al lado, por Santa Fe, o directamente entraba a El Cairo, iba al baño y en el recorrido de ida y vuelta proseguía la pesquisa ocular.&lt;br /&gt;—Yo, directamente no le doy pelota —fue drástico el Lunfa—. Ni bola. Ni lo miro.&lt;br /&gt;—No podes. No podes —contemporizó el Negro.&lt;br /&gt;—¿Cómo "no podes", boludo? No lo miras y chau. No lo miras.&lt;br /&gt;—Lo que pasa es que es como los perros, ¿viste? esos cachorros —explicó Chonchón—. Apenas vos los miras se te vienen. Es como dice el Lunfa, no lo tenes que mirar.&lt;br /&gt;—Un diario —opinó Carlitos—. Un diario es lo mejor.&lt;br /&gt;—¿Cómo "un diario"?&lt;br /&gt;—Claro. Si llegas y ves que no hay nadie, te compras un diario y te sentás a leer. Si el tipo te ve leyendo no te va a venir a romper las pelotas. Además vos te haces que miras el diario y te haces el que no lo junaste.&lt;br /&gt;—Ah, sí. ¡ Toma! —se mofó el Lunfa.&lt;br /&gt;—A ése no lo paras con un diario —dijo Chonchón—, se te sienta lo mismo.&lt;br /&gt;—Y bueno —defendió su teoría Carlitos—. Si se te sienta vos te haces el sota y seguís leyendo. No le das bola.&lt;br /&gt;—No podes. No podes —repitió el Negro.&lt;br /&gt;—Ustedes son muy buenos. Yo lo mando a la puta que lo parió —El Lunfa se mantenía, en su tesitura—: Yo me inclino por la violencia.&lt;br /&gt;—Es que ahí consiste la habilidad de estos tipos —dijo Manuel—, nunca llegan a un punto en que se justifique el mandarlos a la mierda.&lt;br /&gt;—Pero sin llegar a eso, sin llegar a eso. . . —arrancó el Negro.&lt;br /&gt;—No te dan motivo.&lt;br /&gt;—Sin llegar a eso, los podes ahuyentar. Mira, yo el otro día le dije. Yo estaba sentado ahí, con el Flaco Nico y viene el plomazo este, no saluda y se queda parado al lado. . .&lt;br /&gt;—Como para ver si lo invitabas a sentarse. . .&lt;br /&gt;—Claro. Y nosotros ni bola, seguimos charlando. Y medio en voz baja —esto lo puntualizó el Negro—, como si estuviésemos discutiendo algo personal, muy privado, alguna fulería. . .&lt;br /&gt;—No hay caso, él se queda —desestimó el Lunfa.&lt;br /&gt;—Efectivamente, él se queda —acordó el Negro—. Pero entonces yo le dije: "Silvio, perdona pero con el Flaco tenemos que discutir un asunto de laburo, eh. . . ¿Nos perdonas?" Y se fue. Chau. Se piró. Y no tuve que comprarme un diario, ni mandarlo al carajo, nada.&lt;br /&gt;—Ah, qué piola que sos vos —dijo Chonchón—, de a dos es más fácil. Así yo también. Lo jodido es en la situación mía, que generalmente llego más temprano de lo que llegan ustedes y ahí, cuando estás solari es cuando cae este coso.&lt;br /&gt;—Es cierto lo que decía Quique —recordó Carlitos—. Acá tendrían, no digo que prohibirle la entrada. . .&lt;br /&gt;—¿Por qué no? ¿Acaso la casa no se reserva el derecho de admisión?&lt;br /&gt;—No. No. Pero podrían empezar a cobrarle el café una barbaridad. Indexarle los cortados, no sé. . . Algo tendrían que hacer. . .&lt;br /&gt;—Porque, te digo. . . —advirtió el Negro— . . . mañana logra que Chonchón no venga más, o no venga más temprano y ya les haces cagar un cliente. Y después, seguro se va a ocupar de otro, y así. . .&lt;br /&gt;—A Silvio lo mandan del Odeón. . .&lt;br /&gt;—Además, lo que vos decías, Negro. . . —retomó la anécdota el Turco, que había permanecido callado hasta entonces— . . . lo que vos contabas. Yo he estado estudiando que el poder maléfico de este tipo se diluye en forma proporcional al número de personas que integran la mesa.&lt;br /&gt;La sesuda observación del Turco, algo habitual en él, fue recibida con muestras de aprobación general.&lt;br /&gt;—Por ejemplo, si vos. . . —prosiguió, animado, el Turco— . . . en vez de decirle que estabas hablando de cosas muy importantes con este amigo tuyo. . .&lt;br /&gt;—Nico.&lt;br /&gt;—Con Nico. . . Le decías "sentate, vení sentate", hubieses visto que ahí no es tan plomo como cuando estás solo con él. Porque se diluye. Ahí se diluye la densidad plúmbica del sujeto. Y mientras más sean, menos es el. . . como decirte. . .&lt;br /&gt;—Es cierto —acordó Chonchón—, eso es cierto. Se ve que es algo químico.&lt;br /&gt;—Porque no es boludo ¿eh? No es boludo —estableció el Turco—. Y cuando hay mucha gente se queda callado, mete poco la cuchara. Escucha. Entonces pasa desapercibido.&lt;br /&gt;—¿Que no es boludo? —desafió el Lunfa—. Es insoportable. Pregúntale al Puma.&lt;br /&gt;—Entonces está visto que hay que agruparse, viejo —resumió el Negro—. No vengamos de a uno. A tal hora nos juntamos todos en la esquina de Mitre y venimos juntos. Hay que unirse ante esta amenaza.&lt;br /&gt;Lo cierto es que había una pequeña dosis de culpa en todos. Quique, por ejemplo, contaba que en cierta ocasión había admitido de buena gana que Silvio se sentase a su mesa. Por disculparse, Quique remarcaba que en aquella ocasión se hallaba solo, no conocía demasiado a Silvio y que le pareció un interlocutor potable. Es más, reconocía con pesar Quique, Silvio le pareció un tipo lúcido, bastante entretenido, al punto de admitir de buen grado, al día siguiente, repetir la experiencia. Sólo después Silvio fue sacando de su interior el verdadero monstruo que ocultaba. Silvio tenía un puñado de actitudes que lo hacían francamente imposible. Era de una suave cordialidad que ofuscaba. En su boca jugueteaba siempre una sonrisa comprensiva, los párpados entrecerrados y soñadores, la voz baja y un tono de "perdóname lo que te digo" que exasperaba. Y no sabía dejar de lado cuando estaba con hombres, actitudes que quizás alguna vez le diesen resultado con las mujeres; es decir, galanterías, gestos. Atenciones, en una palabra.&lt;br /&gt;—¿Qué tal, cómo estás, estás bien? —era su preocupación primaria al encontrarse con alguien—. ¿No querés un poco más de azúcar? Te puedo dar mi vaso de agua —eran sus fórmulas si compartía un café con alguien—. ¿No te molesta el viento del ventilador ahí? ¿No querés cambiar el lugar conmigo?&lt;br /&gt;—Te hace sentir una embarazada —había definido una vez el Lunfa. Además, Silvio miraba fijamente a los ojos con su expresión tierna y adelantaba la nariz hasta ubicarla a escasos centímetros de su interlocutor. Bebía la charla de éste e inclinaba ligeramente la cabeza hacia uno de los lados, como los perros que perciben un sonido extraño. Y asentía siempre, difícilmente oponía argumentos encontrados. Pero lo más denso era cuando charlaba con uno de pie. Repetía el mismo acercamiento que sentado o sea que acercaba su rostro a extremos casi de concupiscencia y no había forma de escape. Si uno retrocedía dos pasos, él los adelantaba. Si uno ensayaba un side-step boxístico hacia un costado, él de inmediato ocupaba la posición abandonada manteniendo la distancia "nariz-nariz" que era sin duda, el secreto de la imantación.&lt;br /&gt;—Y no se ofende —meneó la cabeza el Negro.&lt;br /&gt;—¡No! Es tenaz —agregó Carlitos.&lt;br /&gt;—Es que, justamente. . . —esgrimió el Turco a manera de prólogo de su nuevo estudio— . . . la falta de orgullo es una de las características que hacen a la supervivencia de esta especie. Si los tipos se sintieran heridos ante el más mínimo desaire, ante el primero que lo mandase a la mierda, se termina su condición de plomo. El hombre es plomo precisamente porque insiste. El ve la dificultad, percibe la oposición, registra el fastidio en su presa y eso lo hace más terco, más empecinado. Con lo que quiero decirte, Negro, que la falta de orgullo es, justamente, la condición esencial que debe atesorar todo plomo. La falta de orgullo es inherente al plomo.&lt;br /&gt;Así, poco a poco, se iba asentando una jurisprudencia en El Cairo con respecto al caso. Y de la misma forma en que se dice del cáncer que mucha más gente vive de él que la que muere por su causa, el "tema Silvio" insumía mucho más tiempo de estudio lejos de su presencia que el tiempo real en que se debía sufrirlo. Se había llegado a conclusiones en verdad profundas con respecto a la naturaleza humana y el arcano misterio de la vida.&lt;br /&gt;—Yo no me quiero poner en defensor de Silvio —Manuel se puso la punta de los dedos de la mano derecha sobre el pecho—. Lo único que te digo es que no es un mal tipo. Eso es lo único.&lt;br /&gt;—Nadie dice que es un mal tipo.&lt;br /&gt;—Por eso pienso que a veces uno se pasa de rosca y es medio injusto con él. Por ahí se lo trata para el culo y no se lo merece.&lt;br /&gt;En aquella ocasión estaba también en la mesa Ornar. Ornar era psicólogo y quizás por su condición profesional se había convertido en una suerte de compilador de las conclusiones que se iban produciendo, casi siempre provenientes del Turco. Pero ese día Ornar aportó sus propias conclusiones.&lt;br /&gt;—Lo que pasa, Manuel. . . —dijo— . . . es que hay una frase bíblica que dice: "Los boludos no son malos". Está en la Biblia, se repite en el Corán, aparece, explicada con diferentes palabras, en distintas religiones. Es inevitable, no son malos, porque no les da el cuero para ser malos. Para ser malo hay que tener malicia, que es una especie de picardía. Y si tenes picardía, tan tan boludo no sos.&lt;br /&gt;—No son buenos por convicción. Son buenos por limitación —concretó el Turco. Lo había leído en alguna parte.&lt;br /&gt;—No sé, no estoy convencido —dudó Manuel—. Yo creo que es una nueva especie. Una malformación genética o algo así. Algo que producen las explosiones atómicas o el olor al plástico. No sé.&lt;br /&gt;—Oíme —dijo el Lunfa—. Plomos ha habido en todas las épocas.&lt;br /&gt;—Es más viejo que orinar en los portones —agregó Quique.&lt;br /&gt;—Yo creo que no es tan boludo, ni tan bueno —tiró el Lunfa— y si no pregúntale al Puma.&lt;br /&gt;Entonces, el Puma fue llamado a declarar.&lt;br /&gt;—Yo andaba —empezó sin rodeos— tratando de enganchar a una pendeja que es una barbaridad. Una cosa de locos. Bueno, la mina no me daba bola. Me daba un poco, sí, pero. . . Bueno, no les voy a contar la historia de la mina porque no viene al caso. La cuestión es que un día quedo en encontrarme con esta piba, acá, en El Cairo. Digamos, encontrarnos los dos solos a tomar un café, porque hasta ese momento habíamos estado un par de veces pero siempre con otra gente. La pendeja estudia y andaba siempre en patota con otras amigas. No había forma de cazarla sola, siempre acompañada. De cualquier manera yo, con tal de engancharla, me mezclaba por ahí, hablaba al pedo, en fin. Pero ese día había estado hablando con esta mina y con el fato de que a ella le interesa la música y yo que le dije que era representante de cantantes, bueno, quedamos en que yo le iba a alcanzar un artículo que había salido en "Clarín", sobre el rock nacional y esas cosas. Resumiendo: aun considerando que lo más probable era que no pasara nada con esa pendeja, era la primera vez que íbamos a poder estar los dos solos en una mesa, charlando y tomando un café. Incluso la mina me había dicho que nos encontráramos un poco más temprano de la hora a la que llegaban sus amigas habitualmente para así poder charlar sin las otras. Y yo, pelotudo de mí, le había dicho a Silvio que pasara por el boliche a dejarme un long-play, que él decía que había conseguido expresamente para mí. Yo, pensando que éste pasaba, me dejaba el long-play y se piraba. . .&lt;br /&gt;—Cagaste —profetizó Carlitos.&lt;br /&gt;—Para colmo, éste llega un poco antes que la mina y, como yo tenía un poco la duda de si la mina iba a venir o no, no me tenía mucha fe, lo hago sentar. ¿Para qué? ¡ Hijo de puta! A los dos minutos llegó la mina y se sentó conmigo. Entonces yo pienso: "Bueno, ahora éste se pira". Estaba como pegado el hijo de puta. ¡Y eso que me había dicho que se quedaba un minuto nomás! Cuando llegó la mina entró a acomodarse en el asiento, decía "Bueno. . ." y yo pensaba "Ahora saluda y se va". Nada. Agarraba las cosas, tenía unas carpetas, amagaba levantarse y seguía charlando. Yo me lo quería morfar. Hasta empecé a tratarlo para la mierda. No lo miraba. No le contestaba. Hablaba con la mina y a él no le daba bola. O le contestaba mal. A cada momento le decía "Bueno Silvio, cualquier cosa te llamo", para darle a entender que mi fato con él se había terminado. . .&lt;br /&gt;—¿No ves? Hay que matarlo —resopló el Lunfa.&lt;br /&gt;—¡Hijo de puta! —siguió el Puma a quien el solo recuerdo lo ofuscaba segundo a segundo—. Se pidió un café, él que había dicho que no iba a tomar nada porque ya se iba antes de que viniera la mina. Tomó el café y de nuevo agarraba las carpetas como para irse y las volvía a dejar sobre la mesa. Un infierno.&lt;br /&gt;—¡Qué pedazo de pelotudo!&lt;br /&gt;—Un infierno —sacudió la cabeza el Puma, conmovido ante el solo recuerdo de lo espantoso de la situación.&lt;br /&gt;— ¡No te digo yo! —insistió el Lunfa—. Que se vaya a la concha de su madre.&lt;br /&gt;Aquella anécdota llenó de odio a todos los muchachos y aumentó la repulsa hacia Silvio. Pero no era esa la característica habitual de las emociones que generaban las charlas. Se inclinaban más hacia las reflexiones profundas, el buceo de las costumbres.&lt;br /&gt;—Qué notable, qué notable —puntualizó el Turco un día— el poder de esta gente. Esa capacidad de polarizar el rechazo general. No es joda lograr que en tan poco tiempo todo el mundo te raje. Que todo el mundo te haga el vacío. Es una condición muy particular que no creo sea muy fácil de lograr.&lt;br /&gt;—Es un don —dijo el Negro.&lt;br /&gt;—Macana. Debe ser jodido —se apesadumbró Carlitos—¿vos sabes qué jodido que te raje todo el mundo? Déjame.&lt;br /&gt;—¿Y las minas, che? ¿Las minas le darán bola? —se preguntó Chonchón.&lt;br /&gt;—¿Estás en pedo vos? —se interesó el Lunfa.&lt;br /&gt;—No. Yo digo porque como es un tipo tan cordial, tan servicial. A veces a las minas eso les gusta. Qué sé yo.&lt;br /&gt;—No, loco —aportó el Negro—. La otra vez me dijo Liliana que no lo soportan. Es un sobador insoportable. Un baboso.&lt;br /&gt;—Debe ser jodido —reiteró Carlitos. Y se hizo un silencio que rompió Chonchón al preguntarse:&lt;br /&gt;—¿Uno no será así y no se da cuenta? —La requisitoria levantó una tormenta en la mesa. Hubo protestas y algunos gestos de duda—. Porque por ahí. . . —arremetió Chonchón— uno no se da cuenta y hay gente que cuando vos te acercas dice "Rajemos que viene el plomazo aquel" . . . ¿Eh?. . .&lt;br /&gt;—No. No. —Hubo varios que negaron, tal vez sin querer admitir, tan siquiera, la posibilidad de invertir la teoría filosófica y verse del mismo lado que sujetos tan vituperables.&lt;br /&gt;—Habría que pensarlo. . . habría que pensarlo. . . —accedió el Turco, y un estremecimiento de espanto pobló al grupo frente a la alternativa de que ellos mismos albergaran en sus propios cuerpos el engendro de ese mal extraño e irreversible.&lt;br /&gt;—El saturnismo —arriesgó Carlitos.&lt;br /&gt;—No. No —invalidó Omar—. El saturnismo es la intoxicación de plomo. Eso sería lo que nos ataca a nosotros. Los que nos vemos amenazados por los plomos.&lt;br /&gt;Por todo lo relatado, es notorio cuál era el clima que imperaba en la mesa del boliche el siniestro día en que el Negro llegó con la noticia que los llenó de pavor: había aparecido otro plomo, quizás más letal y temible que el propio Silvio.&lt;br /&gt;—No puede ser —dijeron varios.&lt;br /&gt;—Estás jodiendo.&lt;br /&gt;El único que dio crédito a la versión fue Carlitos quien, demudado, musitó:&lt;br /&gt;—Es un azote.&lt;br /&gt;—De veras, loco —aseveró el Negro.&lt;br /&gt;—Pero. . . ¿De veras? ¿Dónde? —preguntó Quique.&lt;br /&gt;—En el Odeón. El Puma estuvo con él. Parece que se llama Favio. Se lo presentaron al Puma y alguien le batió que es un plomo inigualable. Parece que en el Odeón es rejunado y le rajan que no lo podes creer.&lt;br /&gt;—No puede ser. Dios no puede permitir tanta maldad —dijo Chonchón.&lt;br /&gt;—Debe darse este año alguna conjunción astral, algo que. . . —empezó el Turco.&lt;br /&gt;—No debe ser cierto, viejo —argüyó Quique—. En esto tiene que haber una ley química, o física. Dos cuerpos de tales características no pueden estar juntos, no pueden darse tan cerca. . .&lt;br /&gt;—Dice el Puma que lo va a traer —informó el Negro.&lt;br /&gt;—¿Para qué? —se alarmó el Lunfa.&lt;br /&gt;—Para estudiarlo.&lt;br /&gt;—¿Pero por qué no se van a cagar? —se enojó el Lunfa—. ¿No tenes bastante con el Silvio y ahora van a traer a otro? ¿Pero por qué no se van a cagar?&lt;br /&gt;—Loco. . . —lo reprendió Carlitos—, es una oportunidad única para ampliar nuestro informe. Ahí podemos constatar, hacer comparaciones, profundizar. . .&lt;br /&gt;—Oíme —advirtió el Lunfa— si el Puma trae ese tipo por acá, te juro que me voy y no aparezco más—. Se había enojado.&lt;br /&gt;—Lunfa. . . oíme —le habló el Turco—. Nosotros ya estamos jugados. Somos como conejitos de India. Le debemos este aporte a la civilización.&lt;br /&gt;—¿Te imaginas todo lo que podemos adelantar en este tema? —agregó Chonchón.&lt;br /&gt;—Yo advierto —dijo el Lunfa—. Si traen a otro coso de esos, se van a la concha de su madre.&lt;br /&gt;—Es un interés científico, Lunfa —trató de convencerlo Quique.&lt;br /&gt;—¿Por qué no traen alguna mina de vez en cuando? — preguntó, agresivo, el Lunfa.&lt;br /&gt;—No mezclemos las prioridades —trataba de frenar el Turco.&lt;br /&gt;—Yo te juro que me alzo a la mierda —dejó constancia el Lunfa.&lt;br /&gt;Pese a eso, privó la decisión mayoritaria y al día siguiente el Puma cayó junto a un petisito, flaquito, cara de nada. Lo integró a la mesa y los primeros días no hubo síntomas que confirmaran la fama de la que venía precedido el recién llegado. Se comenzó a comentar que se trataba de una falsa alarma, lo que reafirmó la preeminencia de Silvio en la materia. Incluso hubo una especie de revalorización de Silvio como plomo genuino e incontaminado. De cualquier modo el grupo, especialista, sabía que un plomo no revela su condición a los primeros contactos, sino que se va manifestando muy lentamente. Tuvieron paciencia y esta paciencia tuvo su premio. Un día Quique llegó a la mesa, llamó la atención con una palmada que hizo tambalear las botellas de gaseosas y dijo:&lt;br /&gt;—Es uno de ellos. —Y pasó al relato de los hechos.&lt;br /&gt;—Hoy venía por calle Córdoba —contó— cuando lo veo venir al Favio Parecía que no me había visto, venía medio del otro costado. Pero por ahí veo que empieza a cerrar la línea hacia por donde venía yo. ¿Viste? —Quique trazó, sobre la mesa, una diagonal con el dorso de la mano—: Así. Y era una cosa muy rara, porque él venía caminando mirando para adelante y con la punta de los pies bien para adelante pero derivaba hacia el centro de la calle. Escoraba el loco, para donde venía yo. Y los ojos perdidos más allá. En el infinito. Tanto que yo no sabía si me había visto o me estaba por chocar de pedo, nomás. Pero se paró un metro delante mío. "Hola" me dijo, mirando para otro lado. "Hola Favio. ¿Qué tal?" le digo. Y se quedaba callado. No decía nada. Yo no sabía si iba a seguir hablando, si quería conversar, si iba a seguir caminando, qué carajo iba a hacer. "¿Todo bien?" le pregunto. "Sí" me dice y como se vuelve a quedar callado yo le digo "Bueno, chau. Nos vemos". Entonces me dice "Vos no sabes. . . donde puedo conseguir. . ." lento, ¿viste? Una lenteja impresionante. Y yo andaba medio apurado. Estaba laburando. ". . .Dónde puedo conseguir. . . una revista. . . de donde sacar. . .". No sé qué carajo quería, que tenía que copiar para un trabajo de publicidad. ¿Trabaja en publicidad?&lt;br /&gt;—Sí —asesoró el Puma.&lt;br /&gt;—Bueno, un laburo en publicidad, qué se yo qué carajo. Le digo "No, Favio. Mira, no sé. Estoy apurado". ¡Y arranca a caminar al lado mío!&lt;br /&gt;—Para el otro lado.&lt;br /&gt;—¡Para el otro lado de donde venía! Y me empezó a contar de ese trabajo que tenía que hacer y si yo no conocía a nadie que trabajara el telgopor. . . qué se yo la historia. . . Pero todo lento ¿viste? Lento, lento. . .&lt;br /&gt;—Terrible. Terrible —comprendió Chonchón.&lt;br /&gt;—Cuando llegamos a la esquina de Entre Ríos . . . —siguió Quique— . . . se para adelante mío mientras esperábamos que pasaran los autos. Se para como dispuesto a volverse y retomar su camino. Y se queda callado. Entonces yo de nuevo le digo "Bueno Favio. . .". ¡Para despedirme! Y arranca de nuevo: "Porque ahora queremos hacer una campaña. . .". ¡Hasta España me acompañó el hijo de puta!&lt;br /&gt;—¿¡ Hasta España!?&lt;br /&gt;—No me lo podía despegar. Un abrojo el guacho.&lt;br /&gt;El Negro se agarraba la cabeza. Era notorio que había algunos que sufrían. Aquel sacerdocio de inocularse con el flagelo plúmbico no era fácil de sobrellevar.&lt;br /&gt;—Es peor que Silvio. Te juro —culminó Quique.&lt;br /&gt;Esta conclusión no fue creída. O al menos quedó la duda y se consideró que una aseveración tan terminante no podía brindarse con ligereza, más que nada en un caso de la importancia como el tratado.&lt;br /&gt;Se decidió que Favio no debía ser rechazado cuando se acercase a la mesa y estudiar su comportamiento en el grupo. "El síndrome de la manada" llamó a esa fase el Turco, sin que nadie entendiese demasiado.&lt;br /&gt;Pronto hubo comprobaciones interesantes. A diferencia de Silvio, Favio no diluía su densidad en la cantidad. Usaba el anonimato de la multitud para mezclarse en ella y luego persistía en la caza solitaria. Casi siempre llegaba un poco más tarde y se ubicaba, digamos, en una segunda fila, con alguna silla sobrante que pedía de otra mesa. Ya habían observado la premura con que en las mesas circundantes le facilitaban la silla, tras el primer momento de terror que atenaceaba a cualquiera cuando Favio se acercaba en actitud interrogante. Su fama se había expandido como veneno en el agua. Conseguido un pequeño espacio entre los integrantes de la mesa, un poco más atrás su silla que las demás, Favio adelantaba su cabeza y hombros como cuña, sentado en el borde del asiento, para no perderse la conversación que a la sazón se desarrollase. Pero fuese cual fuere la conversación general, él elegía la víctima más cercana, casi siempre el que tenía sentado al lado o alguno que, desaprensivamente, cometía la torpeza de contestar alguna frase suya. A él se abocaba Favio, entonces. Si la charla era sobre fútbol, por ejemplo, Favio mechaba el recuerdo de un tío suyo que había sido partidario de Tiro Federal. Si alguien picaba y, cordial, le concedía un modesto "¿Sí?" de fingida curiosidad, sobre él caía la tozuda anécdota de Favio. No importaba que la víctima intentara volver a integrarse a la liviana y refrescante charla grupal, no. El continuaba con la historia del tío, que vivía en Chabás, que un día fue a ver a River a Teodelina, que eran inmigrantes. La víctima asentía con la cabeza, procuraba retomar el hilo general de la conversación, pero no podía abandonar la mirada hipnótica que sobre él, como una cobra, mantenía Favio.&lt;br /&gt;"Es que el problema de los inmigrantes. . ." seguía Fabio ". . . el desarraigo de esa gente" y si el otro se distraía, reclamaba "Eh, Negro". O Quique, o Carlos, o quien fuese el atrapado. "Eh, Negro. Che, oí. El desarraigo de esa gente. . . Negro. El desarraigo. . .". Era inútil que interrumpiese el mozo trayendo el pedido, que el Negro inventase un viaje al baño para cortar la anécdota, todo era inútil. Superada la interrupción Favio retomaba con la misma tenacidad: "Porque en los inmigrantes, como el caso de mi tío . . ." .&lt;br /&gt;Ya a la luz, ya clasificado, se arribó a un paso que, según el Turco era impostergable.&lt;br /&gt;—Hay que llevar esta experiencia hasta su punto máximo —lanzó—. Hay que enfrentarlos.&lt;br /&gt;Lo que más sedujo al resto de los muchachos para acometer la empresa no fue sólo la seguridad de que podrían lograrse de tal enfrentamiento enseñanzas de notable interés científico para el Mundo Libre, sino el carácter de desafío, de encontronazo casi pugilístico que tenía la cosa.&lt;br /&gt;—Porque también allí hay otra cosa que dilucidar —argumentó Ornar, el psicólogo—, la supremacía de El Cairo o el Odeón. Puede decirse que dos culturas se verán frente a frente.&lt;br /&gt;—Acá se va a repetir lo de los guapos y los cuchilleros —acotó Chonchón—, el taura de Santa Fe y Mitre contra el taura de Sarmiento y Mitre.&lt;br /&gt;—No es posible —dijo el Turco—, no es ni geográfica ni astronómicamente posible que dos ejemplares de semejante calibre se den en un radio tan pequeño. Y no sólo no es posible sino que no es justo. No es justo que nosotros, por ejemplo, tengamos que soportar a dos de estos hinchapelotas. Uno tiene que desaparecer.&lt;br /&gt;Allí, en esas palabras, también quedó claro que el "Informe Manucci" (apellido de Silvio) llegaba a su fin. Que, agotado ya el martirologio a que se había sometido la mesa, la paciencia llegaba a su fin y no podía estirarse más el experimento. Se abocaron, entonces, a concertar la cita. Hasta el Lunfa, permanente partidario de la violencia, se unió a la programación.&lt;br /&gt;—Tenemos que comprender —avisó el Turco— que seremos nosotros unos de los pocos privilegiados que asistiremos a esta prueba. Será un día histórico.&lt;br /&gt;Acordaron apostar un señuelo y se llegó a la certeza que Chonchón sería quien despertaría menos sospechas. Se lo colocaría solo en una mesa y nadie debía acercársele hasta que no picara la primera presa. Los demás simularían charlas individuales en mesas alejadas, provistos algunos de mujeres como para justificar el alejamiento y atentos a impedir que cualquier despistado ajeno al tema fuera a quebrar la espera de Chonchón.&lt;br /&gt;Alguno de los dos plomos caería, con seguridad, en la trampa. Y luego el otro. Era válido incluso que Chonchón los llamase, en caso de duda de los merodeadores. Sentados ya ambos plomos con Chonchón, éste abandonaría de improviso la mesa con una excusa cualquiera. Los dejaría así solos, tras haberlos presentado.&lt;br /&gt;—Una noche y dando muestras de coraje, los dos plomos se enfrentaron en el Bajo —parafraseó el Lunfa, en una sentencia que, no por poco original, dejaba de ser rigurosamente gráfica.&lt;br /&gt;Se cruzaron apuestas sobre cuál de los dos plomos se levantaría primero tras quedar enfrentados. Quique fue el más arriesgado y aventuró que Favio no le aguantaba ni media hora a Silvito. El Puma, totalmente confiado en su pollo, estimó que en menos de una hora Silvio escapaba con el rabo entre las piernas.&lt;br /&gt;Y todos se equivocaron. Porque Silvio y Favio congeniaron desde el primer instante. A las 11.45, hora en que el Turco abandonó el recinto para irse a cenar dejando, por lo tanto, de cronometrar, todavía ambos se hallaban trenzados en una charla fragorosa e intensa. El Turco fue el último que abandonó el barco y al día siguiente compartió su sorpresa con todos los demás. Porque al día siguiente, al llegar, ya estaban Silvio y Favio compartiendo una mesa junto a la ventana, charlando animadamente. Llegaron a pensar que no habían abandonado el boliche desde la noche anterior.&lt;br /&gt;Desde aquel histórico día de la experiencia, ninguno de los dos plomos se acercó de nuevo a la mesa. Se autoabastecían. Y un mes después se los dejó de ver por el lugar. Desde el Odeón informaron que tampoco hacían acto de presencia por allí.&lt;br /&gt;Un año después Carlitos se encontró con Favio y éste le confesó que ahora él y Silvio paraban en otro boliche, en Pico Fino, porque en El Cairo había gente que les caía medio pesada y no los dejaban charlar con tranquilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;De "No sé si he sido claro y otros cuentos"&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-4435708123062841938?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/4435708123062841938/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=4435708123062841938' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/4435708123062841938'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/4435708123062841938'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/01/experiencia-en-el-cairo.html' title='Experiencia en &quot;El Cairo&quot;'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-8372435219638540748</id><published>2008-01-03T22:46:00.000-08:00</published><updated>2008-01-04T08:39:32.150-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Diálogos'/><title type='text'>El mundo ha vivido equivocado</title><content type='html'>—¿Sabés cómo sería un día perfecto? —dijo Hugo tocándose, pensativo, la punta de la nariz. Pipo meneó la cabeza lentamente, sin mirarlo. Estaba abstraído observando algo a través de los ventanales.&lt;br /&gt;—Suponete... —enunció Hugo entrecerrando algo los ojos, acomodándose mecánicamente el bigote, corriendo un poco hacia el costado el sexteto de tazas de café que se amontonaba sobre la mesa de nerolite-... que vos vas de viaje y llegás, ponele, a una isla del Caribe. Qué sé yo, Martinica, ponele, Barbados, no sé... Saint Thomas.&lt;br /&gt;—¿Martinica es una isla? —preguntó Pipo, aún sin mirarlo, hurgando con el índice de su mano izquierda en su dentadura.&lt;br /&gt;—Sí. Creo que sí. Martinica. La isla de Martinica.&lt;br /&gt;Pipo aprobó con la cabeza y se estiró un poco más en la silla, las piernas por debajo de la mesa, casi tocando la pared.&lt;br /&gt;—Llegás a la isla... —prosiguió Hugo-... Solo ¿viste? Tenés que estar un día, ponele. Un par de días. Entonces vas, llegás al hotel, un hotel de la gran puta, cinco estrellas, subís a la habitación, dejás las cosas y bajás a la cafetería a tomar algo. Es de mañana, vos llegaste en un avión bien temprano, entonces es media mañana. Bajás a tomar algo.&lt;br /&gt;—Un jugo —aportó Pipo, bostezando, pero al parecer algo más interesado.&lt;br /&gt;—Un jugo. Un jugo de tamarindo, de piña...&lt;br /&gt;—De guayaba, de guayaba —corrigió Pipo.&lt;br /&gt;—De guayaba, de esas frutas raras que tienen por ahí. Calor. Hace calor. Vos bajás, pantaloncito blanco livianón. Camisita. Zapatillitas.&lt;br /&gt;—Deportivo.&lt;br /&gt;—Deportivo.&lt;br /&gt;—Tipo tennis.&lt;br /&gt;—No. No. Ojo, pantaloncito blanco pero largo ¿eh? No short. No.&lt;br /&gt;Largo. Livianón. Bajás... Poca gente. Música suave. Cafetería amplia. Te sentás en una mesa y... se ve el mar ¿No? Se ve el mar. El hotel tiene su playa privada, como corresponde. Poca gente. Poca gente. No mucha gente. No es temporada. Porque tampoco vos vas de turismo. Vos vas por laburo. Una cosa así.&lt;br /&gt;—Claro. —Pipo aprobó con la cabeza y saludó con un dedo levantado al Chango que se iba con una rulienta.&lt;br /&gt;—Entonces ahí... —Hugo estiró las sílabas de esas palabras anunciando que se acercaba el meollo de la cuestión-... a un par de mesas de la mesa tuya: una mina, sentadita. Desayunando.&lt;br /&gt;—Sola —por primera vez Pipo mira a Hugo, frunciendo el entrecejo.&lt;br /&gt;Hugo arruga la cara, dudando.&lt;br /&gt;—Sola... o con un macho. Mejor con un macho ¿viste? Pero, la mina, te juna. Te marca. No alevosamente, pero, registra. La mina, muy buena, alta rubia, ojos verdes, tipo Jacqueline Bisset.&lt;br /&gt;—Me gusta.&lt;br /&gt;—La mina, poca bola. Marca de vez en cuando, pero poca bola.&lt;br /&gt;—Jacqueline Bisset no es rubia.&lt;br /&gt;—¿No es rubia? ¿Qué es? Castaña.&lt;br /&gt;—Sí, castaña, castañona.&lt;br /&gt;—Bueno... Pero ésta es rubia. Remerita azul, pantaloncitos blancos. Cruzada de gambas, fumando. Hablando con el tipo, recostada en el respaldo del silloncito. Esos silloncitos de caña.&lt;br /&gt;—¿Silloncitos de caña? ¿En una cafetería? —dudó Pipo.&lt;br /&gt;—Bueno, no. —admitió Hugo— Uno de esos comunes. O como éstos —giró un poco el torso y pegó dos tincazos cortos contra el plástico de un respaldo— Pero con apoyabrazos ¿me entendés? Porque la mina está estirada, así, para atrás, medio alejada de la mesa. Mirando al tipo, cruzada de gambas. O sea, queda de perfil a vos. Pero... ¿qué pasa?&lt;br /&gt;—¿Qué pasa?&lt;br /&gt;—La mina se aburre. Se nota que se aburre. El tipo chamuya algunas boludeces y la mina hace así, con la cabeza —Hugo imita gesto de asentimiento- pero se nota que se hincha las pelotas.&lt;br /&gt;—Y claro, loco... —&lt;br /&gt;—Entonces, entonces... —Hugo toca levemente el antebrazo de Pipo llamando su atención— Vos empezás a hacerte el bocho. Con la mina. ¿Viste cuando vos empezás a junar a una mina y no podés dejar de mirarla? ¿Y que entrás a pensar: "Mamita, si te agarro"? Vos te empezás a hacer el bocho. Claro, te hacés el boludo...&lt;br /&gt;—Porque está el macho.&lt;br /&gt;—No. Pero el macho no calienta. Porque está de espaldas. No te ve. No te ve. Vos te hacés el boludo por si la mina mira. Cosa de que no vaya a ser cosa que mire y vos estás sonriendo como un boludo, o que le hagás una inclinación de cabeza...&lt;br /&gt;—O que se te esté cayendo un hilo de baba sobre la mesa.&lt;br /&gt;—Claro, claro —se rió, definitivamente entusiasmado con su propio relato Hugo, haciendo gestos elocuentes de refregarse la boca con el dorso de la mano y limpiar la mesa con una servilleta de papel— No. No. Vos, atento, atento, pero digno. Tipo Mitchum. Tipo Robert Mitchum.&lt;br /&gt;—Bogart, loco. Vamos a los clásicos.&lt;br /&gt;—Sí. Una cosa así. Fumando el hombre. Medio entrecerrados los ojuelos por el humo del faso. Un duro.&lt;br /&gt;—Sí. A esa altura yo ya estaría duro.&lt;br /&gt;—También. También. Pero con dignidad —sentenció Hugo— Porque por ahí te tenés que levantar y tenés que salir encorvado como el jorobado de Notre Dame y ahí se te va a la mierda el encanto. Cagó el atraque. No. Vos, en la tuya. Juguito, un par de sorbos vichando por encima de las pajitas ésas, de colores...&lt;br /&gt;—Los sorbetes.&lt;br /&gt;—Los sorbetes. Una pitada. Mirando de vez en cuando al mar. Pero vos siempre atento a la rubia que balancea lentamente la piernita y a vos...&lt;br /&gt;—A vos te corre un sudor helado desde la nuca...&lt;br /&gt;—Desde la nuca hasta el mismo nacimiento de los glúteos. Y una palpitación en la garganta... ¿viste? como los sapos. Que se les hincha la garganta.&lt;br /&gt;—Lindo espectáculo para la mina si te mira.&lt;br /&gt;—No pero eso te parece a vos desde adentro— Hugo golpea con uno de sus puños contra su pecho—. No. Vos, un duque. Un duque. Y... ¿viste? ¿Viste cuando vos decís: "Viejo, si esta mina me da bola yo me muero. Me caigo al piso redondo" Y que medio agradecés que la mina esté con un macho porque te saca de encima el compromiso de tener que atracártela. Pero por otro lado vos decís "¿Cómo carajo no me le voy a tirar, si esta mina es un avión, un avión?" ¿Viste?&lt;br /&gt;—Típico.&lt;br /&gt;—Pero vos, claro, perdedor neto, también pensás: "Esta mina, ni en pedo me puede dar bola a mí". Porque es una mina de ésas de James Bond, de ésas bien de las películas. Un aparato infernal. Digamos, todo el hotel es de las películas. Con piletas, piscinas, parques, palmeras, cocoteros, playa privada...&lt;br /&gt;—Catamaranes.&lt;br /&gt;—Surf, grones, confitería con pianista, negro también. Una cosa de locos. Entonces vos decís: "Esta mina no me puede dar bola en la puta vida de Dios". Pero, pero...&lt;br /&gt;—Al frente —indicó Pipo, con la mano.&lt;br /&gt;—¡Al frente, sí señor! —se enardeció Hugo —Al frente —Y por ahí, por ahí... el tipo se levanta.&lt;br /&gt;—El tipo que está con la mina.&lt;br /&gt;—El tipo que está con la mina se levanta y se pira. Le da un besito en la boca, corto, y se pira. A vos medio se te estruja el corazón porque pensás: "si el tipo éste la besó en la boca, es el macho. No hay duda".&lt;br /&gt;Pipo meneó la cabeza, dudando.&lt;br /&gt;—Porque uno siempre al principio tiene esa esperanza -prosiguió Hugo- "Puede ser el hermano", piensa, "un amigo" "o el tío", que sé yo...&lt;br /&gt;—O una tía muy extraña que se viste de hombre.&lt;br /&gt;—También.&lt;br /&gt;—Una institutriz de esas alemanas. Muy rígidas —documentó un poco más su aporte Pipo.&lt;br /&gt;—Claro. Claro. Pero cuando el tipo le zampa un beso en la trucha ya ahí medio que se te acaban las posibilidades. —Hugo se corta. Se queda pensando. —Aunque viste cómo son los yanquis. Se besan por cualquier cosa —aclara. —Ahí viene una mina y te da un chupón y es cosa de todos los días.&lt;br /&gt;—¿Sí?&lt;br /&gt;—Sí. Bueno, bueno. La cuestión que la mina se ha quedado sola en la mesa. El tipo se piró. Se fue. Y la rubia está en la mesa, mirando el mar. Balanceando la piernita. Y ahí te agarra el ataque. Ahí te agarra el ataque. ¡Está servida, loco! Sola y aburrida. Rebuena, para colmo.&lt;br /&gt;—¡Qué te parece!&lt;br /&gt;—Claro, primero vos esperás. Te hacés el sota y esperás. Porque en una de esas vuelve el marido. O el tipo ése que estaba con ella y es un quilombo. Entonces vos te quedás en el molde. Y te empieza a laburar el marote de que si te vas y te sentás con ella. ¿Qué carajo le decís?&lt;br /&gt;—Y además la mina habla en inglés.&lt;br /&gt;—No sé. No sé. Eso no sé —vacila Hugo.&lt;br /&gt;—¿La mina no es norteamericana?&lt;br /&gt;—No sé. Porque vos no la escuchás. Vos la viste que está ahí chamuyando con el tipo pero no escuchás en qué habla.&lt;br /&gt;—Y... si habla en inglés te caga.&lt;br /&gt;—Sí, sí —admite Hugo, turbado— pero esperá...&lt;br /&gt;—Bah. Si habla en inglés, o en francés o en ruso, te caga.&lt;br /&gt;—Pará, pará.&lt;br /&gt;—Vos inglés no hablás, que yo sepa.&lt;br /&gt;— ¡Pará, pará! —se enoja Hugo.&lt;br /&gt;—Porque nosotros, acá, porque manejamos el verso, pero si te agarra una mina que no hable castellano...&lt;br /&gt;—Oíme boludo. Pará. ¿Vos sos amigo mío o amigo de la mina? La mina puede ser francesa, por ejemplo, y saber un poco de castellano.&lt;br /&gt;—O española —simplifica Pipo— La mina es española.&lt;br /&gt;—¡No! Española no. Dejame de joder con las españolas.&lt;br /&gt;—¿Por qué no?&lt;br /&gt;—Las españolas son horribles. Tienen unos pelos así en las piernas.&lt;br /&gt;—Sí, mirá la Cantudo.&lt;br /&gt;—No, no —se empecina Hugo— dejame de joder con la Cantudo. La mina es una francesa tipo, tipo...&lt;br /&gt;— ¿Por qué no la Cantudo?&lt;br /&gt;—Tipo... ¿Cómo se llama esta mina? —Hugo golpetea con un dedo sobre el nerolite.&lt;br /&gt;—Romy Schneider.&lt;br /&gt;—No. No. Esta mina que canta...&lt;br /&gt;—A mí dejame con la Cantudo y sabés...&lt;br /&gt;—¡No rompás las bolas con la Cantudo! ¿Cómo se llama esta mina? —Hugo señala con el dedo a Pipo, ya cabrero —Mirá, el día que vos me vengas con tu día perfecto, muy bien, que la mina sea la Cantudo. Pero yo te estoy contando mi día. Además esta mina es rubia.&lt;br /&gt;—Bueno —aprueba Pipo, reacomodándose algo en la silla— La próxima vez que me cuentes tu día perfecto, vos quedate con la rubia. Pero que la rubia esté con la Cantudo y salimos los cuatro. Así...&lt;br /&gt;—Está bien, está bien -concede Hugo sin dejar de rebuscar en su memoria— ¡Françoise Hardy! ¡Françoise Hardy! Un tipo así.&lt;br /&gt;—Tampoco es del todo rubia.&lt;br /&gt;—Bueno, pero de ese tipo. De cara medio angulosa. Jetona. Más rubia, eso sí. Y con esa voz así... profunda.&lt;br /&gt;—Oíme -cortó Pipo- Si no la escuchaste hablar. Decías...&lt;br /&gt;—La mina es francesa —se embaló Hugo— Pero habla castellano porque ha vivido un tiempo en Perú. ¿Viste que los franceses viajan mucho a Perú?&lt;br /&gt;—¿Sí? —se interesa Pipo. Se acomoda definitivamente erguido en la silla, gira y con un gesto pide otro café a Molina, el morocho, que está descansando contra la barra, aprovechando la poca gente de las once de la noche.&lt;br /&gt;—Claro. Porque esta mina es una mina del jet-set. Una arqueóloga o algo así, que viaja por todo el mundo.&lt;br /&gt;—Una cosmetóloga.&lt;br /&gt;—O dirige una línea internacional de cosmética. Una línea suiza de cosmética —sopesa Hugo— O diseña moda. Habla varios idiomas. Y entonces habla castellano con un acento francés, arrastra las erres...&lt;br /&gt;—Como el dueño del hotel donde para Patoruzú -ejemplifica Pipo.&lt;br /&gt;—Eso. Y tiene una voz profunda. Medio áspera. Como Ornella Vanoni.&lt;br /&gt;—Ajá, ajá. Me gusta —aprueba Pipo, dispuesto a colaborar mientras se echa algo hacia atrás para permitir que Molina le deje, sin una palabra, un café, un vaso de agua, tire otros saquitos de azúcar junto al cenicero y apriete un nuevo ticket bajo la pata del servilletero.&lt;br /&gt;—La cuestión es que la mina se quedó sola en la mesa, fumando —recupera el hilo Hugo— y vos estás ahí, haciendo el bocho, viendo cómo carajo hacés para atracártela. Para colmo todavía no sabés en qué carajo habla esta mina. Entonces, entonces, empezás a junar las pilchas, los zapatos, la remera, los cigarrillos que la mina tiene sobre la mesa para ver si dicen alguna marca, algún dato que te bata más o menos de dónde es la mina. La mina llama al mozo. Paga su cuenta. Vos ahí parás la oreja para ver si agarrás en qué habla, pero la mina habla en voz baja, como se habla en esos ambientes internacionales...&lt;br /&gt;—Además la mina con esa voz profunda que tiene... —Pipo ha terminado de sacudir rítmicamente la bolsita de azúcar y se dispone a arrancarle uno de los ángulos.&lt;br /&gt;—Claro. Agarra un bolso que tiene sobre otro sillón y ahí... ahí... Primero... —se autointerrumpe Hugo— cuando se para, ahí te das cuenta realmente de que la mina es un avión aerodinámico. De esas minas elegantes, pero que están un vagón. De ésas flacas pero fibrosas, ésas que juegan al tenis y que vos les tocás las gambas y son una madera. Entonces ahí, en tanto la mina se acomoda el bolso sobre el hombro y agarra los puchos y el encendedor de arriba de la mesa...&lt;br /&gt;—Los puchos son Gitanes -documenta Pipo.&lt;br /&gt;—Claro. Los puchos son Gitanes y tiene ¿viste? atado a una de las manijas del bolso, un pañuelo de seda, fucsia. Bueno, ahí, cuando la mina se levanta. Se da vuelta. Y te mira.&lt;br /&gt;—¡Mierda!&lt;br /&gt;—Te mira ¿viste? —Hugo está envarado sobre la silla, tenso. Una mano en el borde del asiento y la otra sobre el borde de la mesa. Los ojos algo entrecerrados miran fijo en dirección a la ventana que da a calle Sarmiento —Te mira un momentito, pero un momentito largón. Ya no es la mirada de refilón... eh... la mirada de rigor de cuando uno mira a una persona que entra o que se te sienta cerca. No. No. Una mirada ya de interés. Profunda.&lt;br /&gt;—Ahí te acabás.&lt;br /&gt;—No. Vos... un hielo. Le mantenés la mirada. Serio. Sin un gesto. Como diciendo "¿Qué te pasa, cariño?". Claro, por dentro se te arma tal quilombo en el mate, se te ponen en cortocircuito todos los cables. "Uy, la puta que lo reparió, no puede ser", decís. "No puede ser. Dios querido". Pero le sostenés la mirada hasta que la mina da media vuelta y se va para la playa con el bolso al hombro.&lt;br /&gt;—Y... —se sonríe Hugo— ¿Viste cuando las minas se dan cuenta de que las están junando, entonces caminan un poquito remarcando más el balanceo? —Hugo oscila sus propios hombros y el torso— ¿así? La mina se va para la playa, despacito. Matadora. Claro. Vos estás paralizado en la silla, tenés la boca seca y si te mandás un trago del jugo te parece que tragas papel picado. Cualquier cosa parece. Te zumban los oídos.&lt;br /&gt;—Te sale sangre por la nariz.&lt;br /&gt;—No. No. Porque ya te recuperaste. Ya te recuperaste —ataja Hugo—. Y ya empezás a sentir ¿viste? Esa sensación, esa sensación, ese olfato, esa cosa... de la cacería. ¿No? Para colmo, para colmo —Hugo vuelve a poner su mano sobre el antebrazo de Pipo para concentrar su atención.&lt;br /&gt;—Ahá...&lt;br /&gt;—Para colmo, la mina llega al ventanal, todo vidriado. Porque la parte de la cafetería que da al mar es puro vidrio —asesora Hugo—. Entonces cuando la mina llega a la parte de la puerta donde ya sale a la parte de playa, que hay una explanada y después está la arena, se para. Se para en la puerta, ¿viste? Como deslumbrada por el sol. Y mira para todos lados. Busca algo adentro del bolso con un gesto como de fastidio...&lt;br /&gt;—Los lentes negros.&lt;br /&gt;—Algo así. Lo que pasa es que la mina está aburrida. Y en eso, antes de salir ya del todo, gira un poco. Y te vuelve a mirar...&lt;br /&gt;—Ahh... jajajá... —ríe nervioso Pipo.&lt;br /&gt;—¿Viste cuando de golpe una mina te mira y vos no sabés...?&lt;br /&gt;—Sí. Si te mira a vos o a alguien de atrás.&lt;br /&gt;—Claro, claro, eso —se enfervoriza Hugo— Que vos te das vuelta para ver si atrás no hay otro tipo, qué sé yo. Como para asegurarte.&lt;br /&gt;—Sí, sí —se vuelve a reír Pipo.&lt;br /&gt;—Pero no. La mina te vuelve a mirar a vos. Ya no tan largo, pero...&lt;br /&gt;—Está con vos.&lt;br /&gt;—Está con vos.&lt;br /&gt;—La mina siempre seria -casi pregunta Pipo.&lt;br /&gt;—Ah, sí. Sí. Seria. Juna pero ni una sonrisa. Los ojitos nada más. No. No se regala. Digamos...&lt;br /&gt;—Insinúa.&lt;br /&gt;—Eso. Insinúa... Entonces, vos, llamás al mozo. ¿Viste? —se divierte Hugo. Hace voz afónica— "Mozo"... No te sale ni la voz. Tenés la garganta seca. "Mozo". Firmás tu cuenta y ahí no más te mandás para la habitación. A los pedos.&lt;br /&gt;—A la habitación.&lt;br /&gt;—Claro. Porque vos ya viste que la mina se fue para la playa. O sea, la tenés ubicada y un poco la seguridad de que la mina se va a quedar ahí. Entonces vas a la habitación y te pones la malla, cazás una toalla. Una revista...&lt;br /&gt;—Ah. Eso sí. Imprescindible. Un libro...&lt;br /&gt;—Sí. Sí, sí. Un libro, una revista, cualquier cosa, para llevar debajo del brazo y salís rajando para la playa cosa de que no vaya a aparecer algún otro y te primeree. Bajás y te mandás a la playa. Como siempre pasa, la primer ojeada que das, no la ves. Ahí te puteás, decís "¿Para qué mierda me fui arriba a cambiar?". Y te desesperás. Pero por ahí la ves que viene caminando, entre alguna gente que hay, tomando una Coca Cola que ha ido a comprar. La mina te ve pero se hace la sota. Se tira por ahí, en una lona. No, en una de esas reposeras y se pone a tomar sol. Medio se apoliya.&lt;br /&gt;—Ahí te cagó.&lt;br /&gt;—No. Bueno. Al fin te la atracás —sintetiza Hugo.&lt;br /&gt;—Ah no. ¡Qué piola! —se enerva Pipo— Así cualquiera. Es como en esas películas donde un tipo dice "Me voy a atracar a esa mina" y después ya aparece con la mina, charlando lo más piola, encamado. Y no te dicen cómo el tipo se la atracó, atracó. Que es la parte jodida.&lt;br /&gt;—Bueno. Pará. Pará —contemporiza Hugo— Vos te quedás vigilando. Ves por ejemplo que no hay ningún peligro cercano. Ningún tipo, algún tiburonazo como vos que ande rondando. O hay algún tipo con su mujer que vicha pero se tiene que quedar en el molde pero además vos viste cómo son estas cosas. Los yanquis, los ingleses por ahí ven una mina que es una bestia increíble y no se les mueve un pelo. Ni se dan vuelta. No dan bola. No son latinos. Entonces vos ves que no hay peligro cercano y planeas la cosa. Vos tenés una situación privilegiada. Estás solo. Tenés tiempo. Tenés guita...&lt;br /&gt;—No como acá.&lt;br /&gt;—Claro. Además ahí no te juna nadie. No hay quemo posible. Entonces por ahí te vas un poco al mar, nadás, hacés la plancha. Y cuando volvés ves que la mina está leyendo. En la reposera, pero leyendo. Entonces vos, desde tu puesto de vigilancia, ni muy cerca ni muy lejos, te ponés también a leer. Por ahí te dan ganas, ¿viste? —Hugo busca las palabras— de largar todo a la mierda, cazar un bote, alquilar un catamarán y disfrutar un poco en lugar de andar sufriendo por una mina que por ahí... Pero claro, cuando la mirás y por ahí la ves mover una piernita, sacudir un poco el pelo rubio se te queman todos los papeles. Te hacés el bocho como un loco. Se te seca de nuevo la garganta.&lt;br /&gt;—Venís muerto.&lt;br /&gt;—Lógico. En eso la mina se levanta y se va para un barcito que hay en la playa, muy bacán. Ese es el momento, es el momento... Lo que vos me pedías que te explicara.&lt;br /&gt;—Claro —parece que se disculpara Pipo— porque si no, es muy fácil...&lt;br /&gt;—La mina va, se sienta en un taburete, debajo de esos quinchos ¿viste? como de paja, cónicos, pero grande, porque ahí está el bar. Y vos vas y te sentás al lado. Ya sin hacerte tanto el boludo, ya, ya en la lucha. Y ahí vas a los bifes. Le preguntás, por ejemplo "¿Usted es norteamericana?" En un tono monocorde, casi digamos, periodístico. Sin sonrisitas ni nada de eso. Ahí la mina te mira un momento, fijamente y es cuando...&lt;br /&gt;—Te cagás en las patas —dictamina Pipo.&lt;br /&gt;—¡Claro! ¡Claro! Porque ése es el momento crucial. Ahí se juega el destino del país. Si la mina se hace la sota y mira para otro lado. O dice "sí" caza el vaso y se alza a la mierda, perdiste. Perdiste completamente. Pero no. La mina te mira, dice: "Sí". "Sí ¿por qué?". Y se sonríe.&lt;br /&gt;—¡Papito!&lt;br /&gt;—¡Papito! ¡Vamos Argentina todavía! ¡Se viene abajo el estadio! —Hugo se sacude en la silla— ¿Viste esas minas que son serias, que no se ríen ni de casualidad, pero que por ahí se sonríen y es como si tuvieran un fluorescente en la boca? ¿Qué vos no sabés de dónde carajo sacan tantos dientes? Una cosa... —Hugo estira la comisura de los labios con los dientes de arriba tocándose apretadamente con los de la fila inferior.&lt;br /&gt;—Como la Farrah Fawcett.&lt;br /&gt;—Sí. Que es una particularidad de las modelos —asesora Hugo— Están serias, de golpe le dicen "sonreí" y ¡plin! encienden una sonrisa de puta madre que no sabés de dónde la sacan... Buena, la rubia te mira, te dice "sí ¿por qué?" y...&lt;br /&gt;—Te da el pie.&lt;br /&gt;—Claro. Te da el pie, para colmo. Entonces vos decís "permiso", el barrio es el barrio, y te sentás en el taburete de al lado y entrás al chamuyo... —Hugo lleva dos o tres veces el dedo índice de su mano derecha a la boca y lo hace girar hacia adelante como quien desenrolla algo. Pipo hace un gesto escéptico.&lt;br /&gt;—Muy facilongo lo veo —dice.&lt;br /&gt;—Lo que pasa es que la mina está con vos. Está con vos. La mina ya tiene decidido que te va a dar bola. No va a andar haciendo las boludeces de hacerse la estrecha o esas cosas. Es una mina que está en el gran mundo internacional y sabe lo que quiere. La mina va a los bifes. No se regala pero va a los bifes. Si le gusta un tipo le da pelota de entrada y a otra cosa.&lt;br /&gt;—Eso es cierto. Esas minas son así.&lt;br /&gt;—Entonces vos empezás el chamuyo. Ya tranquilo. Ya gozando la cosa porque sabés que la cosa viene bien, ya estás en ganador y medio que ya te estás haciendo la croqueta pensando que te vas a llevar la rubia para la pieza del hotel y esas cosas. Ya entrás a disfrutar, ahí, vos, ganador. Garpás los tragos, tirás unas rupias sobre el mostrador al grone y te vas con la mina para las reposeras. La mina, claro, una bola bárbara. Y vos ves que los tipos te junan como diciendo "hijo de puta, se levantó el avión ése". Pero vos, un duque, fumás, te hacés el sota y la ves caminar a la rubia adelante tuyo, en la arena, ahí, el pantaloncito ajustado y pensás "Dios querido ¡Y esta mina está conmigo!". Y bueno...&lt;br /&gt;—Bueno —suspira Pipo, aflojando un poco la tensión. El peor momento ya ha pasado.&lt;br /&gt;—En fin. Entonces escuchame como es la milonga. ¿No? La milonga del día perfecto. Al menos para mí. Primero, ahí, en la playa, con la rubiona. Un poco de natación, el mar, las olas. Alquilás un catamarán, te vas con la mina de recorrida. Y a eso de las seis, siete de la tarde, te mandás al bar y te das algún trago largo...&lt;br /&gt;—Un ron Barbados.&lt;br /&gt;—Puede ser. Puede ser. Fijate, fijate... —gesticula, calculador, Hugo- Me gustaría más un gin-tonic. Un gin-tonic.&lt;br /&gt;—Loco, eso pedilo en Mombasa, en algún boliche de ésos. Pero no te pidas un gin-tonic en un lugar así. Con esa mina...&lt;br /&gt;—Grave error. Grave error. ¿Qué tomaban los tipos que aparecen en la novela de Hemingway, de ésas en el Caribe, Islas en el Golfo, por ejemplo?&lt;br /&gt;—Bacardí.&lt;br /&gt;—Bacardí ¡Y gin-tonic! Gin-tonic, mi amigo. Pero la cosa no es esa. No es que vos vayas a pedir tal o cual trago. No. La cosa es que no te des con algún trago que te tire a la lona. Tenés que tomar algo que más o menos sepas que te la aguantás. Algo que te achispe, que te ponga vivaracho pero que no te haga pelota. Mirá si todavía que ya tenés la mina en casa te levantás un pedo que flameás o te descomponés y después andás con diarrea, te cagás ahí en el lobby del hotel...&lt;br /&gt;—Vomitás —se asqueó Pipo.&lt;br /&gt;—Vomitás. Le vomitás las pilchas a la mina. Un asco. No. No. Por eso, por eso, pedís algo sobrio, que vos sabés que te la aguantás y que te ponga ahí, en el umbral de la locura para acometer el acto... el acto... el acto carnal. Además vos ves que el asunto viene sobrio. Sin espectacularidad. No te vas a pedir tampoco uno de esos tragos que vienen adentro de un coco partido por la mitad, que adentro le meten flores, guirnaldas, guindas, que lo tomás con pajita. Eso es para las películas de Doris Day que todos bailaban en bolas al lado de la pileta...&lt;br /&gt;—Doris Day. Qué antigüedad.&lt;br /&gt;—No. Vos te pedís entonces un gin-tonic. La mina alguna otra cosa así. Ahí charlás un ratito. La mina muy piola. Muy bien. Muy agradable. Simpática.&lt;br /&gt;—Muy bien la mina —certificó Pipo, como asombrado.&lt;br /&gt;—Sí. Sí. Una mina de unos 26, 27 años. No una pendeja. Casada. Bien en su matrimonio. Bien. Que sabe lo que está haciendo. La mina quiere pasar bien esa noche, y a otra cosa.&lt;br /&gt;—Claro.&lt;br /&gt;—Claro. Ninguna complicación. No es de las que te va a hacer un quilombo al día siguiente ni nada de eso. La mina sabe cómo son estas cosas.&lt;br /&gt;—No. No se te va a venir a la Argentina tampoco.&lt;br /&gt;—¡Nooo! ¡No! No es de ésas que agarran el teléfono y te dicen "Arribo a Fisherton mañana". Y se te arma tal despelote. No nada de eso. Entonces...&lt;br /&gt;—Entonces.&lt;br /&gt;—Entonces, son como las siete, las ocho de la tarde —el relato de Hugo se hace moroso— Te vas con la rubia a la habitación del hotel.&lt;br /&gt;—¿A la tuya o a la de la mina?&lt;br /&gt;—A cualquiera. Allá no es como acá que por ahí te agarra el conserje y no te deja entrar con la mina en la pieza. Allá no hay problemas. Te vas con la mina a la habitación. No. Mejor le decís a la mina que vaya a su habitación. Vos vas a la tuya y te das una buena ducha.&lt;br /&gt;—Te sacás toda la arena.&lt;br /&gt;—Claro, te sacás la arena. Los moluscos que te hayan quedado pegados. Y te vas a la pieza de ella. —Hugo hace un pequeño silencio contenido. Y bueno. Ahí, viejo ¿para qué te cuento? —sigue— Te echás veinte, veinticinco polvos. Cualquier cosa.&lt;br /&gt;—¿Veinticinco, che? —duda Pipo.&lt;br /&gt;—Bueno... Dejame lugar para la fantasía. Bah... Te echás cinco, seis. De esas cosas que ya los dos últimos la mina te tiene que hacer respiración boca a boca porque vos estás al borde del infarto...&lt;br /&gt;—Sí. Que ya lo hacés de vicioso.&lt;br /&gt;—Claro. Pero que te decís: "Hay un país detrás mío." No es joda.&lt;br /&gt;—Muy lindo, che. Muy lindo —aprueba Pipo, que se ha vuelto a repantigar en la silla y manotea, distraído, el paquete de cigarrillos.&lt;br /&gt;—No. No —le llama la atención Hugo.— No. Ahora viene lo interesante. Porque yo te digo una cosa. Te digo una cosa... eh... Pipo. Te digo una cosa Pipo: El mundo ha vivido equivocado. El mundo ha vivido equivocado. Yo no sé por qué carajo en todas las películas el tipo, para atracarse la mina, primero la invita a cenar. La lleva a morfar, a un lugar muy elegante, de esos con candelabros, con violinistas. Y morfan como leones, pavo, pato, ciervo, le dan groso al champán mientras el tipo se la parla para encamarse con ella. Yo, Pipo, yo, si hago eso... ¡me agarra un apoliyo! Un apoliyo me agarra, que la mina me tiene que llevar después dormido a mi casa y tirarme ahí en el pasillo. O si no me apoliyo me agarra una pesadez, un dolor de balero. Eructo.&lt;br /&gt;—Y eso no colabora.&lt;br /&gt;—No. Eso no colabora —Hugo se pega repetidamente con la punta de los dedos agrupados en la frente— ¿A quién se le ocurre, a quién se le ocurre ir a encamarse después de haber morfado como un beduino? Es como terminar de comer e ir a darte quince vueltas corriendo alrededor del Parque Urquiza. Hay que estar loco.&lt;br /&gt;—Sí. Es cierto.&lt;br /&gt;—Por eso te digo. El mundo ha vivido equivocado. Yo no sé cómo hacían los galanes esos de cine que se iban a encamar después de comer.&lt;br /&gt;—Es la magia del cinematógrafo, Hugo. Hay que admitirlo.&lt;br /&gt;—Pero en este día perfecto que te digo yo —puntualiza, orgulloso, Hugo— Vos terminás de echarte los quince polvos con la rubia, te levantás hecho un duque. Te pegás una flor de ducha, cosa de quitarte de encima los residuos del pecado y ¿qué te pasa? Tenés un hambre de la puta madre que te parió. ¡Loco! No comés desde el desayuno. Acordate que no comés desde el desayuno que picaste alguna boludez. Y después no almorzaste porque un tipo que está de cacería no puede permitirse andar con sueño y hecho un pelotudo. Entonces, entonces... imaginate bien, eh. Prestá atención. Te empilchás livianito, la mina también. Ya es de noche, te has pasado cerca de tres horas cogiendo y la luna se ve sobre el mar. Está fresquito. No hay ese calor puto que suele haber acá. Ahí refresca de noche. Vos abrís bien las puertas de vidrio que dan al balconcito y desde abajo se escucha la música de una orquesta que es la que anima el bailongo que se hace abajo, porque hay mesitas en los jardines, entre las palmeras y ahí los yankis cenan y esas cosas. Vos no. Vos como un duque, pedís el morfi en la habitación. ¡Imaginate vos! -Hugo reclama más atención de parte de Pipo- Vos ahí te sentís Gardel. Acabás de encamarte con una mina de novela. Estás en un lugar de puta madre, tenés un hambre de lobo. Sabés que tenés todo el tiempo del mundo para comer tranquilo. La mina es muy piola y agradable y no te hace nada, al contrario, te gratifica que ella se quede con vos después de la sesión de encame. No es de esas minas que después de encamarte tenés unas ganas locas de decirle "nena, ha sido un gusto haberte conocido; ahora vestite y tómatela que tengo un sueño que me muero y quiero apoliyar cruzado en la cama grande". No. La mina es un encanto. Entonces te hacés traer un vino blanco helado, pero bien helado de esos que te duelen acá —Hugo se señala entre las cejas- ¡Bien helado!&lt;br /&gt;—¡Papito!&lt;br /&gt;—Porque también tenés una sed que te morís. Te has pasado todo el día en la playa, bajo el sol. Y además después de un enfrentamiento amoroso de ese tipo si no tenés a tiro un buen vino blanco pronto capaz que te chupás hasta el bronceador.&lt;br /&gt;—La crema Nivea.&lt;br /&gt;—Y ahí te sentás con la rubia -Hugo se arrellana en su silla, hace ademán de apartar las cosas de la mesita— y le entrás a dar a los mariscos, los langostinos, la langosta, algún cangrejo, con la salsita, el buen pancito. Pero tranquilo, eh, tranquilo... sin apuro. Mirando el mar, escuchando el ruido del mar. Sos Pelé. Sos Pelé.&lt;br /&gt;—Alguna que otra cholga —aventura Pipo.&lt;br /&gt;—Sí, señor. Alguna que otra cholga. Pulpo. Mucho pulpito. Y siempre vino ¿viste? Le das al blanco. Sin apuro. Ahí es cuando entrás a charlar con la mina de cosas más domésticas. De la casa. De la familia. Cuando ya no es necesario hacer ningún verso.&lt;br /&gt;—Cuando ya te aflojás.&lt;br /&gt;—Claro. Ese momento es hermoso. Entonces le contás de tu vieja. De tus amigos. Que tenés un perro. Que de chico te meabas en la cama. La mina te cuenta de su granja en Kentucky. Que le gustan los helados de jengibre. Pero ya tranquilo. Estás hecho. Estás hecho. Porque si vos morfás antes de encamarte —vuelve a la carga Hugo—, por más que te sirvan el plato más sensacional y lo que más te gusta en la vida a vos no te pasa un sorete por la garganta porque tenés el bocho puesto en la mina y en saber si te va a dar bola o no te va a dar bola. Comés nervioso, para el culo, te queda el morfi acá. La mina te habla de cualquier cosa y vos estás pensando "Mamita, si te agarro" y no sabés ni de qué mierda está hablando ella ni qué carajo le contestás vos. Es así. ¿Es así o no es así?&lt;br /&gt;—Es así.&lt;br /&gt;—Entonces ahí, después de morfar como un asqueroso, después de bajarte con la rubia dos o tres tubos de blanco, vos vas sintiendo que te entra a agarrar un apoliyo ¡pero un apoliyo! Sentís que se te bajan las persianas.&lt;br /&gt;—Ahí es cuando uno ya se entra a reír de cualquier pavada.&lt;br /&gt;—¡Eso! ¡Claro! -se alboroza Hugo por el aporte de Pipo-, que te reís de cualquier cosa. Bueno, ahí, te vas al sobre. Sabés, además, que podés al día siguiente dormir hasta cualquier hora porque vos te vas, ponele, a la noche del día siguiente. Y te acostás con la rubia, ya sin ningún apetito de ningún tipo, sólo a disfrutar de la catrera. Te vas hundiendo en el sueño. Te vas hundiendo. Está fresquito. Entra por la ventana la brisa del mar. Oís el ruido del mar. Un poco la música de abajo...&lt;br /&gt;Hugo se queda en silencio, mordisqueándose una uña. Casi no hay nadie en El Cairo. Pipo también se ha quedado callado. Bosteza. Mira para calle Santa Fe. Hugo busca con la vista a Molina, que está charlando con el adicionista. Levanta un dedo para llamarlo. Molina se acerca despacioso pegando al pasar con una servilleta en las mesas vacías.&lt;br /&gt;—Cobrame -dice Hugo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;De "El mundo ha vivido equivocado y otros cuentos"&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-8372435219638540748?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/8372435219638540748/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=8372435219638540748' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/8372435219638540748'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/8372435219638540748'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2008/01/el-mundo-ha-vivido-equivocado.html' title='El mundo ha vivido equivocado'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-8476272981248990476</id><published>2007-12-30T22:13:00.000-08:00</published><updated>2007-12-30T22:15:31.243-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Charlas de Café'/><title type='text'>Una interesante observación sobre las narigonas</title><content type='html'>Viste que todas las narigonas son tetonas? –preguntó el Pitufo cuando el Flaco Damián ya había encarado con el tema del tejido social.&lt;br /&gt;—No me jodás –dudó Pedro.&lt;br /&gt;—Fijate, fijate y vas a ver que tengo razón. Todas las narigonas son tetonas.&lt;br /&gt;—Andá a cagar –se rió el Chelo, pegando con la palma de la mano sobre la mesa–. Che –alertó a los demás–, mirá con la pelotudez que sale éste. Que todas las narigonas son tetonas.&lt;br /&gt;—Mi prima Antonia es narigona y es tetona –corroboró el Peruano que, sin embargo, era uno de los pocos que le había prestado atención al Flaco Damián.&lt;br /&gt;Porque un poco antes el Flaco había sido presentado a la mesa por el Negro, y le habían dado una bola relativa, como era habitual, salvo Pedro, que le extendió la mano, y el Peruano que le dijo que se acercara una silla. El Flaco, ruliento, de lentes, algo narigón, de saco y corbata pero con jeans, se ubicó en un ángulo. Era viernes y en la mesa de “La Sede” estaban casi todos.&lt;br /&gt;—¿Cuál es el tema? –preguntó el Negro tras la presentación, acomodándose y procurando integrarse.&lt;br /&gt;—Chiquito pregunta si se puede mezclar el Viagra con el mate cocido.&lt;br /&gt;Chiquito asintió con la cabeza.&lt;br /&gt;—Me hace el efecto inverso –admitió.&lt;br /&gt;—¿No es un poco temprano para Viagra? –trató el Flaco de meterse en la conversación.&lt;br /&gt;—No, son las ocho –dijo Ricardo–, yo en un rato me tengo que poner en funcionamiento.&lt;br /&gt;—No, digo si no es demasiado temprano, por la edad de todos.&lt;br /&gt;—Vos tenés que conseguir cuerno de rinoceronte, Chiquito, para que se te pare –Pedro se restregó las manos.&lt;br /&gt;—Dicen que es afrodisíaco, ¿no?&lt;br /&gt;—Sí –apuntó el Chelo–. Te lo metés en el orto y te vuelve loco.&lt;br /&gt;—No, pelotudo. Lo rallan y parece que el polvo es afrodisíaco; por eso los cazan tanto a los rinocerontes.&lt;br /&gt;—Un polvo siempre es afrodisíaco.&lt;br /&gt;—Lo rallan y lo usan para cubrir las milanesas como te las hace tu jermu –ejemplificó Ricardo mostrando la mano para arriba y para abajo–. Para que engordés, gordo.&lt;br /&gt;—Le da resultado, te cuento –dijo Belmondo.&lt;br /&gt;—Mierda, qué éxito tuvo ese plato.&lt;br /&gt;—Lo vi el otro día en Discovery Channel, Chiquito –insistió Pedro–. Buscate a alguien que tenga un rinoceronte y...&lt;br /&gt;—A éste ya no hay nada que le dé resultado. Está usando el Gimonte como bronceador.&lt;br /&gt;—Otro que mira el Discovery Channel –rezongó Ricardo, señalando a Pedro–. ¿Por qué no mirás, mejor, la guerra entre las vedettes, boludo, que se dicen de todo en Mar del Plata? Se cagan a cachetazos, se tiran de los pelos...&lt;br /&gt;—Eso es lo que mirás vos, pelotudo, que tenés una teta en el cerebro.&lt;br /&gt;—Mirando siempre esas pelotudeces de los animalitos, los rinocerontes y todas esas chiquilinadas... No sé por qué no les dejan de romper las bolas a esos bichos, que los filman mientras están comiendo, están cagando, están cogiendo... Esas cosas mirás vos...&lt;br /&gt;—Chupame la pija, nabo –dijo Pedro. El Negro lo chistó, riéndose. Con la cabeza le señaló la mesa de al lado, llena de señoras grandes.&lt;br /&gt;—Más despacio, Pedro –se unió el Chelo.&lt;br /&gt;—A ver si alguna me oye y se viene para la mesa –Pedro también se reía.&lt;br /&gt;—Y te hace un pete.&lt;br /&gt;—¿Cuánto le puedo cobrar una tirada de goma?&lt;br /&gt;—Che... –pidió atención el Negro. Lo miraron. Hubo que esperar que Belmondo, en la otra punta, terminara de cuchichear con el Turco–. Che... –repitió el Negro, conseguido el silencio–... acá el Flaco quería comentarles algo. Por eso vino a la mesa.&lt;br /&gt;—¿Sabés cuáles minas están siempre buenas? –Belmondo señaló al Pitufo–. Perdoname un momento, Flaco... Las que van cruzadas de brazos, así...&lt;br /&gt;—Buenísimas –brincó el Pitufo–. Interesante observación.&lt;br /&gt;Como si tuvieran frío, como si caminaran con frío.&lt;br /&gt;—Pero no van así por el frío –aclaró Belmondo–. Van así para sostenerse las tetas. Las que caminan así son tetonas. Fijate y vas a ver...&lt;br /&gt;—Che... che... –repitió el Negro–. ¿Podrá hablar este muchacho?&lt;br /&gt;—Perdoná, Flaco –se echó hacia atrás Belmondo, dando por terminada su intervención–. Perdoná, quería hacer ese aporte nada más.&lt;br /&gt;—La inseguridad. La inseguridad ha hecho también otra contribución notable –intervino el Colorado, que recién llegaba de una mesa vecina–. Las minas que se cruzan la correa de la cartera desde el hombro derecho, por ejemplo, a la cadera izquierda, para que no se la afanen, y la correa les pasa por acá, por entre las gomas, y eso les remarca bien el volumen. Las hace más...&lt;br /&gt;—¿Podrá ser? ¿Podrá ser? –rogó el Negro–. Dale, Flaco. Largá.&lt;br /&gt;—Bueno... –carraspeó el Flaco–... la cosa es así.&lt;br /&gt;El Chelo tomó por el borde una de las mesas –eran dos juntas– interrumpiendo.&lt;br /&gt;—Ricardo –pidió–, ¿la podés terminar con la Singer?&lt;br /&gt;—Sí, terminala –dijo el Peru–. Se mueve todo.&lt;br /&gt;—Este boludo se la pasa moviendo la pierna debajo de la mesa. Y como seguro está apoyado en una de las patas, tiembla todo –le explicó el Pitu al Flaco.&lt;br /&gt;—Parece que estuviera cosiendo a máquina.&lt;br /&gt;—Es el Parkinson, Pitu –dijo Belmondo.&lt;br /&gt;—Tiemblan todos los pocillos, pelotudo –reprochó el Chelo–, parece una de esas películas donde se acerca Godzilla.&lt;br /&gt;—¿Y cuando vos te acercás –contraatacó Ricardo– que ya desde enfrente, antes de cruzar, se sacuden los vidrios?&lt;br /&gt;—Chupame un huevo.&lt;br /&gt;—Este gordo me dice a mí...&lt;br /&gt;—Seguí, Flaco. Y perdoná, pero... –intercedió el Turco.&lt;br /&gt;El Flaco Damián sonrió, restándole importancia a la cosa.&lt;br /&gt;—Yo estoy en un grupo de Estudios Sociales –arrancó– relacionado con Humanidades. Es un grupo independiente, de reflexión más que nada. Lo conduce Marcela Adorno. Y estamos estudiando todo este asunto de la ruptura del tejido social que se ha dado por la crisis económica, el quiebre de la comunicación a nivel medio...&lt;br /&gt;—No de comunicación mediática...&lt;br /&gt;—No. No. Lo nuestro es más modesto, o más inmediato. Nos interesa estudiar el fenómeno de la comunicación humana, urbana, a través de lo que ocurre en las oficinas, en los talleres, en las fábricas. Digamos que estamos estudiando la recomposición del diálogo, incluso entre grupos e individuos aparentemente de diferentes niveles...&lt;br /&gt;—Como acá –señaló Ricardo.&lt;br /&gt;—Eso. Como acá –aseveró, contento, el Flaco.&lt;br /&gt;—Que yo no sé cómo les doy bola a estos fracasados.&lt;br /&gt;—Como acá, como acá –procuró no perder la manija el Flaco–. Por eso vengo, porque, según me contaba el Negro, esta mesa es...&lt;br /&gt;—O al peruca este –siguió Ricardo–. Indocumentado, que vino de Lima a matarse el hambre y ahora critica a San Martín...&lt;br /&gt;—Te sale con que al dulce de leche lo inventaron los incas.&lt;br /&gt;—Esta mesa –reafirmó el Flaco– es un buen ejemplo de individuos que provienen de diversos estratos, de diversas ocupaciones.&lt;br /&gt;—Postiglione, por ejemplo –se irguió el Pitufo–, es pecho frío y, sin embargo...&lt;br /&gt;—Lo respetamos como se respeta a las minorías silenciosas.&lt;br /&gt;—Yo he nacido de una familia patricia de Salta, descendientes de Güemes –dijo Chiquito–. Y no me explico cómo me junto con estos canallones verduleros, peronistas, cabecitas negras. El aluvión zoológico.&lt;br /&gt;—A eso iba, a eso iba... –el Flaco advirtió que perdía consenso–. Entonces, creo que sería muy piola un acercamiento, una intervención de ustedes en los talleres, por ejemplo, de Marcela Adorno...&lt;br /&gt;—¿Está buena? –preguntó Belmondo.&lt;br /&gt;—¿Cuál es Marcela Adorno? ¿La profesora?&lt;br /&gt;—Profesora de Letras –dijo el Flaco.&lt;br /&gt;—¿La narigona, esposa de David Verasio?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;Fue entonces que el Pitufo salió con lo de que todas las narigonas son tetonas.&lt;br /&gt;—Es una teoría científica –se exaltó el Pitufo–. Se ve que hay alguna ley física que lo marca así. Del mismo modo que en las costas marinas, a grandes elevaciones, grandes profundidades. Donde hay montañas sobre la playa la profundidad del mar es más grande.&lt;br /&gt;—Porque cae así... –el Turco trazó una línea descendente con el filo de la mano– como acá, en la barranca de Granadero Baigorria.&lt;br /&gt;—¡Mirá con lo que sale éste! –se paró el Pitufo–. Con la barranca de Granadero Baigorria.&lt;br /&gt;—¿No está el remanso Valerio ahí, pelotudo?&lt;br /&gt;—Yo le hablo de Río, de la Costa Azul, de los fiordos noruegos, de Cadaqués...&lt;br /&gt;—Sabés cuántos se cagaron muriendo ahí...&lt;br /&gt;—... y éste me sale con eso, con Granadero Baigorria. Es de cuarta.&lt;br /&gt;—Puede ser que haya un orden anatómico –dudó Pedro–, ergonómico, que indica que la mujer con nariz grande es tetona.&lt;br /&gt;—¡Y éste le cree! –se sacudió el Chelo–. ¡Qué boludo, se prende en cualquier barrabasada!&lt;br /&gt;¿En el hombre no se da?&lt;br /&gt;—No. En ese caso son pijudos.&lt;br /&gt;—Bueno... Se ve que no es tu caso. En tu barrio te decían el Ñato, ¿no?&lt;br /&gt;—Yo me operé, nabo.&lt;br /&gt;—¿Te hiciste la cirugía de nariz?&lt;br /&gt;—No, me corté ocho centímetros de poronga. Los doné a los Estados Unidos para que estudiaran cómo es el macho argentino.&lt;br /&gt;—Lo tienen en formol en la Nasa.&lt;br /&gt;—Pero... –reflexionó el Turco– hay una cuestión de equilibrio, boludo. Una mujer de nariz grande y tetas grandes se cae de jeta.&lt;br /&gt;—Se cae para adelante.&lt;br /&gt;—Debe ser –se metió Belmondo– que la naturaleza, en su sabiduría, le da a la narigona mucha teta para que los machos no le miren el naso y ella no se avergüence.&lt;br /&gt;—Ojo que aquí, el quía... –Ricardo se echó hacia atrás en su silla, para que no lo viera el Flaco, y deslizó los dedos sobre la nariz, hacia la punta, como estirándola– también tiene lo suyo, vayan respirando por turno porque...&lt;br /&gt;—Yo conozco una mina que es narigona y no tiene nada de tetas.&lt;br /&gt;—Se habrá operado.&lt;br /&gt;—¿Qué? ¿Se agregó nariz?&lt;br /&gt;—No. Se sacó tetas, pelotudo.&lt;br /&gt;—¿Se hacen eso las minas?&lt;br /&gt;—Yo conozco una que se sacó como dos kilos.&lt;br /&gt;—Algunas, para no andar sacándose un poco de cada lado, se sacan una sola, entera.&lt;br /&gt;—Como las amazonas.&lt;br /&gt;—O se las cambian de lugar, la derecha pasa a la izquierda y la izquierda a la derecha.&lt;br /&gt;—Como la rotación de las ruedas de los autos.&lt;br /&gt;—Uy, boludo –se tocó la frente el Turco–, me hiciste acordar de que tengo que hacer eso...&lt;br /&gt;—Algunas porque tienen un bebé y les chupa siempre del mismo wing...&lt;br /&gt;—Acá, el Chelo tomó la teta hasta el año pasado.&lt;br /&gt;—A las de adelante ya se les borró el dibujo. Las de atrás todavía aguantan.&lt;br /&gt;—Flaco –de repente Ricardo volvió a Damián, que había optado por mirar fijamente su carpeta, mordiendo la birome–. ¿Y hay algún mango en ese asunto, en el del grupo de reflexión, por participar?&lt;br /&gt;El Flaco se rió.&lt;br /&gt;—¿Si hay que pagar, preguntás vos? –siguió la broma. Se lo notaba un tanto resignado.&lt;br /&gt;—Un cachet digo, una moneda, alguna colaboración... Algo acá, para los muchachos...&lt;br /&gt;—De veras que éste es un caso interesante –arremetió Damián, jugando su última carta–, porque según me cuenta el Negro, se trata de una mesa aluvional, donde ustedes se han ido juntando un poco al azar, de pedo, porque uno es amigo de un amigo, otro...&lt;br /&gt;—Otro era el novio del Pitufo.&lt;br /&gt;—¿Podés creer? –resopló el Peruano–. El novio de mi hija le regaló un perro.&lt;br /&gt;—No digás.&lt;br /&gt;—Cachorro. Pero después se ponen enormes esos bichos. Un labrador, para colmo.&lt;br /&gt;—¿Y para qué querés un labrador? No tenés campo. Ni jardín tenés. Te hubiera traído un electricista.&lt;br /&gt;—Y después el novio de tu hija se pira y te queda el perro rompiendo las bolas.&lt;br /&gt;—Eso pasa siempre. A la mía una vez le regalaron un hamster. El noviecito duró una semana y el hamster tres años, bicho hijo de puta...&lt;br /&gt;—A mí se me escapó el perro, ¿podés creer? –el Turco miraba al infinito.&lt;br /&gt;—Y bueno... Si no le das de comer...&lt;br /&gt;—Estás en pedo. ¿Sabés cómo comía? Mi pibe más chico está desconsolado...&lt;br /&gt;—Che, Flaco, perdoná –elevó la voz Pedro–, terminá con este asunto, redondiemos la idea porque, como nuestro nivel de atención es reducido... ¿Cómo sería el asunto? ¿Hay que ir a algún lado? ¿Hay que...?&lt;br /&gt;El Flaco Damián tomó aire, se pegó con la base de la birome en los dientes y se aprestó a intentar de nuevo.&lt;br /&gt;—Y hasta el perrito compañero... –canturreó Ricardo, riéndose.&lt;br /&gt;—... que por tu ausencia no comía... –se unió el Chelo, también a las carcajadas.&lt;br /&gt;—... al verme solo el otro día, también se fue –terminaron los dos al unísono.&lt;br /&gt;—Ojo, ojo, ojo –casi se puso de pie el Pitufo–, que ese tango replantea muy seriamente la verosimilitud de lo que se dice de que los perros son tan fieles, el mejor amigo del hombre y todo eso.&lt;br /&gt;—Perro hijo de mil putas, apenas lo vio solo a ese muchacho se fue a la mierda...&lt;br /&gt;—Ah sí, viejo –se enojó el Chelo– si vos no le das de comer o lo cuidás, cómo querés que se quede con vos.&lt;br /&gt;—¡Porque es tu amigo, querido –saltó Ricardo–, y te debe lealtad!&lt;br /&gt;—Lealtad, las pelotas –dijo Belmondo–. Seguro que ahí la que le daba de comer era la mina. Cuando se piró la mina el tipo ya se tiró al abandono y no le daba ni cinco de bola al perro ese.&lt;br /&gt;—Porque ese tango es engañoso –agitó el dedo índice el Pitu–. Narra ese acontecimiento como al pasar, sin darle importancia, pero no es un dato menor que un perro argentino se raje de la casa porque el tipo se quedó solo.&lt;br /&gt;—Era un dogo argentino que no reconoce al dueño.&lt;br /&gt;—¡El perro –Ricardo golpeó con el puño contra la mesa– se tiene que quedar ahí con el dueño aunque el dueño sea un pelotudo al que lo cagó la mina, porque para eso es un perro de tango! ¡Si quiere comer bombones o canapés que labure en un bolero!&lt;br /&gt;—Vos porque sos un negro esclavista que todavía creés en la servidumbre... ¡Hizo bien el perro en pirarse! ¡Mirá si lo va a tener que aguantar al amargo del dueño llorando por los rincones porque lo cagó la mina, que para amargo ya lo tenemos al pecho frío de Chiquito que no me deja mentir!&lt;br /&gt;—Se tiene que quedar con el dueño –terció el Peruano– que le dio de comer durante años cuando estaba en la buena. Resulta que ahora que el tipo está en la mala el perro se raja.&lt;br /&gt;Ricardo le dio la mano.&lt;br /&gt;—Y te lo dice –señaló al Peruano– un hermano latinoamericano sojuzgado, que les ha besado las bolas a los españoles durante años y sabe lo que es obedecer y...&lt;br /&gt;—Bien que a los faraones los enterraban con sus perros.&lt;br /&gt;—Sí, pero hubo faraones que cuando se les murió el perro no se quisieron enterrar con él ni en pedo.&lt;br /&gt;—Es el eterno tema del poder.&lt;br /&gt;—Como Tutankamón, por ejemplo. Tutankamón, cuando le dijeron que se tenía que enterrar con su perro, los mandó a todos a la concha de su madre.&lt;br /&gt;—Un chihuahua, para colmo.&lt;br /&gt;—Claro, había chihuahuas en Egipto.&lt;br /&gt;—Lógico, boludo. Aparecen en los dibujos que ellos hacían en las pirámides. De perfil aparecen. Lo que pasa es que aparecen chiquitos. Son chiquitos y aparecen más chiquitos todavía.&lt;br /&gt;—Pensá que esos dibujos son reducidos.&lt;br /&gt;—Son fotocopias. A esos dibujos arqueológicos, tan valiosos, no los van a poner en las paredes para que los turistas los escriban todos.&lt;br /&gt;—“Pepe y María”.&lt;br /&gt;—“Chelo y Norberto”. Eran egipcios pero no boludos. ¿Por qué pensás que Tutankamón duró hasta ahora embalsamado? Ni fecha de vencimiento tiene el cajón.&lt;br /&gt;Ya afuera, en la esquina, el Negro la hizo corta, algo incómodo tal vez.&lt;br /&gt;—Chau, Flaco... –saludó a su amigo, al que había acercado infructuosamente a la mesa–, después te hablo –y se fue para calle Urquiza.&lt;br /&gt;El Flaco amagó irse hacia Corrientes pero volvió, dubitativo.&lt;br /&gt;—¿Adónde vas, Flaco? –le preguntó Pedro, que salía, las llaves del auto en la mano.&lt;br /&gt;Ya en el auto, el Flaco se quedó en silencio, tironeando algunos pelos de su barba rala, mientras Pedro maniobraba con el volante para salir por San Lorenzo hacia Mitre.&lt;br /&gt;—Es un grupo... algo... –dijo el Flaco.&lt;br /&gt;—Disperso –se rió Pedro–. Muy disperso. Difícil que se pueda mantener un tema de conversación por mucho tiempo.&lt;br /&gt;—Sí... pero... A veces uno supone que... no sé... podrían tocar temas un poco más...&lt;br /&gt;—Profundos –rió Pedro.&lt;br /&gt;—Profundos. O al menos, serios. Será por esa imagen popular de los tipos que intentan arreglar el mundo en una mesa de café, la filosofía de café.&lt;br /&gt;—¿Vos conocés algún tipo que haya arreglado el mundo desde una mesa de café?&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—Porque lo de Hitler fue desde una cervecería...&lt;br /&gt;—No sé –insistió el Flaco–, al menos intentar responder a los interrogantes del ser humano.&lt;br /&gt;—La vida, la muerte –enumeró Pedro–, la razón del Ser, la eternidad...&lt;br /&gt;—Sin llegar a eso. Pero...&lt;br /&gt;—¿Sabés qué pasa, Flaco? –Pedro se puso serio–. Nosotros ya pasamos por eso...&lt;br /&gt;—¿Cómo... ya pasaron? –lo miró el Flaco.&lt;br /&gt;—Claro. Ya pasamos por eso. Son temas que tenemos superados. Aunque te parezca una boludez, cuando uno alcanza un nivel de charla como el que vos oíste hoy, por ejemplo, es porque ya se ha superado un montón de incógnitas, de problemas, de contradicciones, de dudas. Y puede acceder entonces a lo trivial, a lo doméstico, a lo inmediato. Ya con tranquilidad, sin culpas. Es cuando uno ya está de vuelta, o sin expresarlo tan taxativamente, cuando se ha alcanzado cierta armonía.&lt;br /&gt;El Flaco miraba ahora hacia adelante, aferrado a su carpeta.&lt;br /&gt;—Tenés que andar muy bien, pero muy bien del bocho –siguió Pedro–, para poder acceder, para poder darte el lujo de hablar de todas estas cosas.&lt;br /&gt;—En la esquina. Dejame ahí nomás –señaló el Flaco.&lt;br /&gt;—Y algo más –Pedro no quiso dejar las cosas así–. Algo fundamental que nos convenció de alejarnos de los temas medulares... –paró el auto–. Vos habrás leído los aportes de Platón, Aristóteles, Sócrates, Demóstenes, los grandes pensadores...&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—Mirá el mundo de mierda que nos dejaron. Mirá el mundo de mierda que nos dejaron. Mirá de qué carajo sirvió todo eso que se les ocurrió.&lt;br /&gt;El Flaco se quedó mirando hacia afuera a través del parabrisas, tomado de la manija interna de la puerta.&lt;br /&gt;—Chau –dijo. Se bajó en Maipú y San Lorenzo y encaró hacia Santa Fe, tras alguna vacilación.&lt;br /&gt;El auto de Pedro se alejó con un&lt;br /&gt;bocinazo. El Flaco saludó, como al descuido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;De "El Rey de la Milonga y otros cuentos"&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-8476272981248990476?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/8476272981248990476/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=8476272981248990476' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/8476272981248990476'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/8476272981248990476'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2007/12/una-interesante-observacin-sobre-las.html' title='Una interesante observación sobre las narigonas'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-1838421457351395883</id><published>2007-12-27T19:30:00.000-08:00</published><updated>2007-12-27T19:37:27.662-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Relato'/><title type='text'>Te digo más</title><content type='html'>¿Te conté la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel? Es mundial la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel. Casi se convierte en otra víctima del imperialismo salvaje el pobre Gordo. Del colonialismo por decirlo de otra manera.&lt;br /&gt;Porque, decime vos, qué carajo tiene que ver con nosotros y con nuestras costumbres el Papá Noel. ¿Quién le dio chapa al Papá Noel? Un tipo vestido para la nieve, abrigado como para ir a la Antártida, en un trineo tirado por renos. ¡Renos, mi querido! ¿Cuándo mierda hemos visto un reno nosotros? ¿Alguna vez vos fuiste al campo y viste un reno? ¿Alguna vez te fuiste a Buenos Aires en auto y viste al costado del camino un reno morfando pasto debajo de un árbol?&lt;br /&gt;Ni siquiera en el sur, donde hace frío y a veces nieva encontrás un reno ni que te cagues. Un reno o un ciervo, un alce o como carajo se llamen esos bichos que tiran el trineo de Papá Noel. De pedo si los ves alguna vez en alguno de esos documentales que pasan en la televisión.&lt;br /&gt;Te digo más, cuando yo era chico, Papá Noel ni figuraba, no existía Papá Noel. Era el Niño Dios el de los regalos. Siempre de chicos en casa hacíamos el pesebre con el Niñito Dios, los Reyes Magos y esa especie de algodón que tenía como partículas de vidrio para representar la nieve y que te dejaba las yemas de los dedos hechas mierda porque te pinchaba la mierda esa.&lt;br /&gt;Claro, vos me dirás, también... ¿Qué sorete tienen que ver con nosotros los Reyes Magos y los camellos y toda esa historia? Está bien, de acuerdo, lo reconozco...&lt;br /&gt;Pero ese viene de mucho antes, viene de siempre. Si es por eso nosotros, es verdad, no inventamos nada, todo lo trajeron los españoles.&lt;br /&gt;Si fuéramos coherentes tendríamos que celebrar alguna fiesta indígena, reverenciar al Dios de la Lluvia, bailar en pelotas bajo la luna y esas cosas, pero...&lt;br /&gt;Pero el apellido tuyo es turco y el mío italiano o sea que mucho que ver con los mapuches tampoco tenemos y entonces admitamos que hay muchas cosas, casi todas, que nos han impuesto.&lt;br /&gt;Pero te digo que esto de Papá Noel es algo reciente, viejo, que trajeron una vez más los yankis para vendernos sus cosas.&lt;br /&gt;Como Halloween ¿vos podés creer? ¿Vos podés creer que estén tratando de imponer Halloween y nosotros compremos ese paquete como unos pelotudos? ¡Somos unos forros, querido! Porque, llegado el caso, que ellos traten de vendernos sus costumbres, está bien, es el negocio de ellos, defienden su guita después de todo.&lt;br /&gt;Te digo más, si algún mercachifle de acá, que tiene un salón de ventas como tiene la santa de mi hermana, el día de mañana empieza a vender esa calabaza para que los pendejos celebren Halloween y así hacerse un mango y poder parar la olla a fin de mes, bueno, está bien, lo comprendo, qué le vamos a hacer, hay que morfar.&lt;br /&gt;Pero si el día de mañana aparece el más chico de mis pendejos con un zapallo en el balero para festejar Halloween, te juro que le pego tal voleo en el orto que lo mando a la vereda de enfrente del voleo que le pego. Eso tenelo por seguro.&lt;br /&gt;Pero, te cuento, no quiero caer en la misma de siempre, en lo que siempre decimos todos y ya parecemos boludos de tanto repetirlo, eso de que todas las comidas de Navidad y Año Nuevo son comidas para los climas árticos, llenas de frutas secas, pavos rellenos, comidas mas pesadas que la mierda, lógicas para esos países donde se cagan de frío.&lt;br /&gt;Siempre repetimos lo mismo y es al pedo, eso ya está dado así y está impuesto. Tampoco pretendo que para Navidad aparezca un tío o un abuelo disfrazado de Patoruzú a repartir los regalos porque quedaría ridículo.&lt;br /&gt;Pero el pobre Gordo Luis casi la palma con esa historia...&lt;br /&gt;¿No te conté la del Gordo Luis? Porque se la cuento a todos. Fue hace como quince años. El Gordo estaba en la lona total.&lt;br /&gt;Pero en la lona lona, no tenía un mango partido por la mitad, lo habían despedido de la proveeduría donde laburaba y lo ponías boca abajo y no le caía una moneda.&lt;br /&gt;Para colmo, se venían las fiestas y algo había que comprar para poner arriba de la mesa el 24 a la noche. El Gordo tiene dos pibes que eran muy chiquitos en ese entonces y a esa edad a los pendejos no les vas a andar explicando el fato del Fondo Monetario Internacional, la tecnología que reemplaza a los trabajadores y todas esas pelotudeces.&lt;br /&gt;La cuestión es que empezó a buscar laburo, alguna changa, cualquier cosa, trabajar de lo que fuera. Primero empezó por su barrio, con los amigos y conocidos, ahí por Mendoza al fondo. Ya después entró a andar por cualquier lado para conseguir algo.&lt;br /&gt;Y resulta que en barrio Echesortu, una vieja que tenía una casa bastante grande de electrodomésticos le ofrece disfrazarse de Papá Noel y repartir caramelos a los chicos en la puerta para promocionar el negocio. Lo de siempre. Le tiraba unos mangos, por supuesto, que al Gordo le venían bastante bien. Y ahí fue el Luis, che.&lt;br /&gt;Ahora, imaginate la escena, porque estamos hablando de Rosario, Capital de los Cereales, ubicada a orillas del anchuroso Río Paraná.&lt;br /&gt;El Gordo Luis, tenés que pensar en un tipo arriba de los cien kilos, fácil fácil debe andar por los 120 porque es alto, grandote, Luis.&lt;br /&gt;Y te digo que resultaba perfecto para Papá Noel porque el Luis es más bueno que Lassie, nunca lo he visto enojado al Gordo, es un pan de Dios.&lt;br /&gt;Pero tenés que tener en cuenta una cosa, ineludible.&lt;br /&gt;Rosario... pleno pleno verano verano... mediodía, un sol de la puta madre que lo re parió, algo así como 83 grados a la sombra, y ese gordo metido adentro de un traje de Papá Noel con una tela tipo felpa así de gruesa, así de gruesa no te miento, gorro, barba de algodón, bigotes, botas y guantes.&lt;br /&gt;¡Guantes! Porque la vieja era una vieja hinchapelotas, conservadora, que quería que el Gordo se pareciera exactamente a Papá Noel y que se vistiera todo como correspondía, el pobre Gordo.&lt;br /&gt;¿Viste que hay veces en que tipos hacen de Papá Noel pero sin guantes y hasta sin barba, o pendejas jovencitas vestidas de colorado pero con polleritas cortonas, tipo minifaldas, y las gambas al aire así están más frescas?&lt;br /&gt;Pero claro, el Gordo Luis era perfecto para hacer de Papá Noel y por eso se le ocurrió eso a esa vieja hija de puta. Porque lo vio al Gordo gordo y con esos cachetitos medios coloradones que tiene el tipo, el personaje, Santa Claus.&lt;br /&gt;Hasta voz media ronca tiene Luis... ¿Viste que Papá Noel se ríe con esa risa ronca? Jo, jo, jo... Hasta eso tiene Luis, la voz ronca. Jo, jo, jo...&lt;br /&gt;Pero vuelvo al tema.&lt;br /&gt;Doce del mediodía, pleno diciembre, un sol que rajaba la tierra, un calor infernal, los pajaritos que se caían muertos al piso por la canícula, se venían en baranda y se desnucaban contra la vereda... Y el Gordo ahí, che, con el traje de lana gruesa, barba y bigote, sacudiendo una campana de papel maché o algo así y dándoles caramelos a los chicos que se juntaban para verlo.&lt;br /&gt;A los quince minutos, a los quince minutos, te juro, el traje del Gordo ya no era colorado... ¿viste que esos trajes son colorados medio clarito? Bueno, era violeta, violeta era por la transpiración a chorros que largaba el Gordo.&lt;br /&gt;Pero no un pedazo, alguna zona del traje, no. Ni tampoco era solamente debajo de los brazos o arriba de la zapán que es donde uno transpira más, no.&lt;br /&gt;Era todo, completo, íntegro. Al Gordo le corrían ríos de sudor sobre la piel, ríos, torrentes que le empapaban acá, acá, acá, las ingles, las pelotas, las pantorrillas, ríos que le inundaban las botas, por ejemplo.&lt;br /&gt;Me contaba después –porque todo esto me lo contó el mismo- que sentía las botas llenas de agua, como si las hubiera metido en un balde lleno de agua caliente, le chapoteaban. Todo alrededor, no te miento, todo alrededor, en el piso, en un diámetro de ocho metros más o menos en torno al Gordo, parecía que habían baldeado. Toda la vereda mojada, querido, de lo que chivaba el Gordo, se le saltaban los goterones de la cabeza, parecía las Aguas Danzantes el Gordo, imaginate.&lt;br /&gt;Te digo que ya era un espectáculo grotesco, lamentable, pero Luis le seguía metiendo voluntad, le ponía ganas, caminaba de un lado para otro, se reía, llamaba a los chicos, hablaba en voz alta, hasta creo que disfrutaba , incluso, de ser un centro de atención para la zona.&lt;br /&gt;En eso, una vecina, una vieja de ésas que nunca faltan, que están al reverendo pedo como bocina de avión, que vivía a unas dos puertas del negocio de electrodomésticos, sale a la puerta y lo ve al Gordo.&lt;br /&gt;O escuchó el griterío de los chicos y salió a ver qué pasaba.&lt;br /&gt;Lo ve al Gordo y se apiada de él... ¿Viste? Esas viejas comedidas, bienintencionadas, chuecas, que caminan medio encorvadas, que les cuesta moverse pero que rompen las pelotas permanentemente, un cuete la vieja, una ladilla.&lt;br /&gt;Se manda para adentro de nuevo la vieja, flaquita ¿viste? Bajita, canosa con un rodete y aparece al rato con una jarra así de grande, pero así de grande, con un líquido amarillento que parecía limonada, lleno de hielo. Transpiraba de fría la jarra. Y se la ofrece al gordo, che.&lt;br /&gt;El gordo medio le dice que no, que no se hubiera molestado, que no puede desatender su trabajo pero, en definitiva, la acepta, lógicamente.&lt;br /&gt;Además, los hijos de mil putas del negocio de electrodomésticos no le habían alcanzado ni un vaso de agua al Gordo. ¡Ni un vaso de agua siquiera! Después hablan de los norteamericanos.&lt;br /&gt;Nosotros somos tan hijos de puta como ellos para explotar a la gente. Si acá hubiera negros los tendríamos laburando en el Chaco con el algodón. ¡Al pobre Luis que se estaba deshidratando como un chancho y que le picaba todo y que andaba como un mono con tricota el desgraciado, no le habían dado ni agua! Lo que pasa también es que a esa hora había quedado un solo encargado en el negocio.&lt;br /&gt;La vieja que contrató a Luis no había venido. El dueño del boliche, esposo de la vieja que contrató a Luis, tenía como cinco negocios por otras partes de la ciudad y andaba de recorrida; y el otro empleado que laburaba ahí se había quedado en el fondo del local, rascándose las bolas debajo del único ventilador de techo que tenían esos miserables.&lt;br /&gt;La cuestión es que la vecina saca un banquito chiquito a la calle, lo deja al lado de la puerta de su casa, medio sobre el umbral para que no le diera el sol directo, le dice a Luis “Aquí se lo dejo”, y ahí se lo deja.&lt;br /&gt;Cuando el Gordo pudo zafar un poco del pendejerío, te imaginás que con ese calor llegó un momento en que había mucha menos gente en la calle, se prendió a la limonada y se bajó media jarra de un saque, jadeando como un perro al que lo han corrido a palos...&lt;br /&gt;Pero resulta que no era limonada, boludo, no era limonada.&lt;br /&gt;Era vino blanco. Vino blanco era. La vieja le había zampado en la jarra un par de botellas de vino blanco, le había metido hielo a rolete y se lo había dejado ahí, con la mejor de las intenciones. De esas viejas que van a la iglesia, te cuento, que son las que hacen las peores cagadas, las que te incendian la casa con las velas a la Virgen.&lt;br /&gt;El Gordo, con la desesperación, con el calor que tenía en el cuerpo, recién se dio cuenta cuando ya se había mandado más de catorce litros sin respirar, de un saque.&lt;br /&gt;Y, aparte, seamos sinceros, cuando ya se dio cuenta, no pudo parar, no pudo parar, no pudo parar. Te estoy hablando de un muchacho de 120 kilos después de estar moviéndose casi tres horas a pleno sol con 4000 grados de temperatura. No pudo parar. Se mandó todo el vino blanco de una, fondo blanco. Fondo blanco.&lt;br /&gt;Bueno... te imaginarás... te imaginarás el pedo tísico que se levantó ese muchacho. Una curda inmediata y espantosa, demencial, una curda como para trescientas personas.&lt;br /&gt;Casi no había desayunado, estaba sin almorzar, no había morfado ni tan siquiera un pancho con una coca y se manda casi dos litros de vino blanco bien helado.&lt;br /&gt;Para colmo el Gordo no era un tipo que tomara mucho alcohol, al menos que yo recuerde. Un poco de vino, con la cena, nada más. Alguna copita de sidra. O a veces, en los bailes, alguno de esos tragos maricones como el gin-tonic pero con mucha más agua tónica que otra cosa.&lt;br /&gt;¡El pedo que se agarró ese muchacho, Dios querido, el pedo que se agarró!&lt;br /&gt;No te digo que empezó a cantar boludeces, ni a caminar torcido, ni a vomitar contra las paredes ni nada de eso.&lt;br /&gt;Pero entró a regalar todo lo que tenía a su alcance, se le dio por la beneficencia, le dio un ataque de comunismo acelerado. Primero terminó en cinco minutos con la existencia de caramelos y chocolatines que tenía para toda la tarde...&lt;br /&gt;¡Y después empezó a regalar los electrodomésticos!&lt;br /&gt;Empezó a regalándole una tostadora eléctrica a un pendejo. Después le regaló un ventilador a la madre de otro de los pibes, después siguió con multiprocesadoras, veladores, hornos a microondas, etcétera...&lt;br /&gt;Llamaba a la gente a los gritos, entraba al negocio y les daba algo, repartía, entregaba todo.&lt;br /&gt;Y el empleado que se rascaba las bolas adentro del negocio ni se dio cuenta, debía estar en el fondo, en una oficinita que estaba detrás, arreglando papeles, o apoliyando una siesta mientras esperaba que se hiciera la hora en que el patrón llegaba.&lt;br /&gt;Lo cierto es que, te imaginás, a los quince minutos, en la puerta del negocio había un mundo de gente, que venía de todas partes –es una zona muy transitada-, alertada por los otros que ya habían ligado algo de arribeño, por la mamúa del Gordo.&lt;br /&gt;La gente pensaba que era una promoción del negocio o, en todo caso, se hacía la turra, cazaba los artefactos, se los llevaba y a otra cosa mariposa, si te he visto no me acuerdo, andá a cantarle a Gardel.&lt;br /&gt;Tremendo quilombo frente a la puerta del negocio, una multitud amontonada allí, ya no sólo chicos te cuento. Chicos, grandes, medianos, jovatos, familias enteras tratando de aprovechar la generosidad de Luis.&lt;br /&gt;En eso aparece el dueño del boliche, un pelado con cara de amargo que llegó en su auto, un coche nuevo.&lt;br /&gt;Y cuando el tipo se dio cuenta de lo que estaba pasando se puso loco, lógicamente se puso loco. Entró a gritar, a arrebatarle las cosas a la gente, a recuperar licuadoras, televisores portátiles, radios que la gente se llevaba.&lt;br /&gt;A los gritos ese hombre, desesperado, tironeando con los beneficiarios.&lt;br /&gt;Ante el despelote se despertó el empleado de adentro y salió cagando aceite a ayudarlo al pelado. Había tironeos, forcejeos, agarrones, hasta voló algún puñete. Y en eso llegó la cana, un patrullero que andaba de ronda.&lt;br /&gt;En el despelote, cuando medio se enteró de cómo había venido la mano por lo que le contaban los que se piraban con las licuadoras y todo eso, que gritaban que Papá Noel se las regalaba, el pelado les indicó a los policías que lo metieran en cana al Gordo, responsable de todo ese quilombo.&lt;br /&gt;Y bien dice Martín Fierro, que no hay nada como el peligro para refrescar a un mamado. Ahí el Gordo se despejó, se dio cuenta, volvió a la realidad, se esclareció el Gordo.&lt;br /&gt;Además, ya había vuelto a transpirar como un litro del vino blanco me imagino, se había aliviado un poco de la tranca y comprendió la cagada que se había mandado.&lt;br /&gt;Pero te conté que es un tipo manso, un tipo tranquilo, no se iba a poner a resistirse o a echarle la culpa a nadie.&lt;br /&gt;Supo que tenía la culpa y, entonces, todavía medio tambaleante, bajo la sabiola, se fue para adentro del negocio para cambiarse la ropa en el baño y meterse, derecho viejo, solito, sin que nadie le dijera nada, adentro del patrullero.&lt;br /&gt;Afuera seguía el desbole entre el pelado, su empleado, la gente y los canas que ahora también se habían unido a la tarea de recuperar todo lo que había regalado el Gordo.&lt;br /&gt;El Gordo fue al baño, se mojó la cara, cosa que terminó de despejarlo, se sacó esas pilchas de mierda de Papá Noel, se puso la ropa que había llevado él en un bolsito y salió de nuevo para la calle.&lt;br /&gt;Cuando salía para la calle –el negocio es bastante largo- lo ve venir al dueño con uno de los canas, desencajado el pelado, a las puteadas, buscándolo.&lt;br /&gt;Claro, lo ve al Gordo sin el traje colorado, de camisita celeste y pantalones vaqueros, un bolso en la mano, pelo negro achatado por el agua de la canilla, y no lo reconoce.&lt;br /&gt;No lo reconoce porque tampoco era él quien lo había contratado sino la conchuda de su esposa. “¿Adónde está? ¿Adónde está?”, me contaba el Gordo que preguntaba el pelado, que venía a los pedos con el policía. Y el Gordo pensó que se refería al traje de Papá Noel que él se había sacado.&lt;br /&gt;Yo no sé si el Gordo lo entendió así, seguía en curda o se hizo bien el boludo, la cosa es que señaló hacía el baño y el pelado y el policía se mandaron para allí. Cuando el Gordo salió a la calle todavía había un amontonamiento de gente y el otro empleado discutía con medio mundo reclamando facturas o recibos de compra.&lt;br /&gt;Nadie lo reconoció entonces al Gordo, sin el disfraz. Incluso, de última, el otro policía del patrullero, que se había quedado afuera, lo encara al Gordo cuando el Gordo ya se piraba y el Gordo piensa “Cagamos”.&lt;br /&gt;Y el cana le pregunta: “¿Ese bolso es tuyo?”. El Gordo me contó que él le iba a decir la verdad, que sí, que era suyo.&lt;br /&gt;Pero tuvo miedo de que el cana le hiciera más preguntas, o que se lo hiciera abrir y le dijo: “No, lo vengo a devolver”. Y se lo entregó, un bolso de mierda que después de todo a él no le servía para un carajo. El gordo se piró haciéndose el pelotudo, temeroso, todavía de que alguien lo reconociese y lo mandara en cana cuando ya estaba a una cuadra.&lt;br /&gt;Casi termina preso el Gordo, mirá vos. Zafó porque la vieja que lo contrató tampoco sabía ni cómo se llamaba, ni adónde vivía. Era un contrato basura pero realmente basura el del pobre Gordo. Pero casi termina engayolado. Por tener que disfrazarse de Papá Noel con esos vestidos de invierno, podés creer. Que los argentinos nos tengamos que vestir con ropa de abrigo en pleno verano porque a los yankis se les ocurrió que Santa Claus vende más que el Niñito Dios.&lt;br /&gt;Eso le decía yo al Gordo, después, en el club. “El año que viene ofrecete para algún pesebre viviente, Gordo. Por lo menos de Niñito Dios te ponen en bolas en una cunita y te cagás de risa porque estás fresco. Les pedís que te pongan un espiral al lado de la catrera y dormís como un sapo al lado de la oveja”.&lt;br /&gt;Eso le decía yo, para joderlo.&lt;br /&gt;“De lo único que puedo hacer yo en un pesebre viviente es de vaca, Zurdo –me decía el Gordo-. De vaca”.&lt;br /&gt;Pero por lo menos es un animal conocido, ¿no es cierto? Un bicho familiar al paisaje, el rumiante emblemático de la pampa húmeda, base de la riqueza de nuestro país. Algo nuestro... ¡Qué me vienen con que a los chicos les gusta Papá Noel, el trineo y los alces esos! Si mis pibes me vienen a pedir un alce de ésos les pongo tal voleo en el orto que aterrizan más allá de la Circunvalación del voleo que les pego, tenelo por seguro.&lt;br /&gt;Ya bastante que el otro día les compré un conejo, un conejo de verdad, que es terriblemente pelotudo y lo único que hace es comer lechuga y cagarnos todo el patio. Y si me insisten con esas pelotudeces inventadas por los yankis, que se vayan a vivir a Cincinnati, pendejos colonizados de mierda.&lt;br /&gt;Que a mí no me dicen el Zurdo al pedo, querido, me lo dicen por tener una formación doctrinaria... ¡Pobre Gordo! Estuvo a punto de convertirse en una nueva víctima del capitalismo salvaje.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;De "Te digo más y otros cuentos"&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-1838421457351395883?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/1838421457351395883/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=1838421457351395883' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/1838421457351395883'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/1838421457351395883'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2007/12/te-digo-ms.html' title='Te digo más'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-6297238713808463020</id><published>2007-12-25T09:22:00.000-08:00</published><updated>2007-12-25T09:29:36.206-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Diálogos'/><title type='text'>Una lección de vida</title><content type='html'>—A las mujeres les pudrió el bocho el “Para Ti”, Borzone —dijo Reiner, fumando, la vista perdida en un punto indefinido. Borzone enarcó las cejas, interrogante.&lt;br /&gt;—Claro... —completó Reiner, alargando la “a” y acomodándose de nuevo en la silla, el cigarrillo prolijamente sostenido entre los dedos índice y mayor de la mano derecha—. Esas revistas como el “Para Ti”, el “Maribel”, el “Claudia”...&lt;br /&gt;Le gustaba recurrir a esos ejemplos arcaicos, dando nombre de productos de cuarenta años atrás, empleando palabras totalmente fuera de uso como si se complaciera en demostrar su edad (estaba arriba de los sesenta), como si su vejez le brindara un sello de distinción o conocimiento.&lt;br /&gt;—El “Maribel” —Borzone no pudo menos que sonreír.&lt;br /&gt;—Con esa falacia de la seducción permanente... ¿me entiende? —continuó Reiner—. Con esa mentira de la conquista cotidiana. “Sorprenda día a día a su marido”...”Sepa seducirlo como al comienzo”...”Aprenda a combatir la amenaza de la rutina”…&lt;br /&gt;Borzone volvió a sonreír, un tanto incómodo, tímidamente, temeroso tal vez de incomodar al Profesor. Éste, sin embargo, salvo a su llegada, no había vuelto a dirigirle la vista. Reiner hablaba mirando hacia el frente, hacia la calle, quizás hacia un imaginario público compuesto por los estudiantes que concurrían siempre a sus clases de Filosofía.&lt;br /&gt;—Se imagina usted, Borzone, que si el hombre, luego de ocho horas de trabajo en una oficina, por no decirle un taller, Borzone; con todos los quilombos que tiene en la cabeza con la cuestión de su economía, de su trabajo, de los impuestos, de la caída de los mercados financieros en Tokio, Borzone, no lo olvide; con el problema del coche al que le cagó por enésima vez la bomba de nafta, si el hombre, reitero, debe acordarse, antes de volver al anochecer para su casa, de pasar por el puesto del florista a comprar un ramito de petunias; petunias le digo, Borzone; para deslumbrar a su adorable esposa que lo espera cocinando y darle así una sorpresa que los remita a sus años de noviazgo, entonces, entonces estamos cagados, Borzone. La raza humana está recagada...&lt;br /&gt;Reiner siguió mirando a través de sus lentes hacia a calle San Lorenzo, acodado en la mesa de café, las manos cruzadas, ahora, frente a su endeble mentón oscurecido apenas por una leve sombra de barba mal afeitada. Borzone aprovechó para observarlo un poco más largamente, como nunca lo hacía en la tertulia de los atardeceres en La Sede, sofrenado por su propia timidez y por el extraño respeto, casi reverencial, que sentía por Reiner. Descubrió entonces que, a esa hora, casi a las once de una fría noche invernal, el Profesor lucía desgastado. No sólo por la barba incipiente, sino también por los puños de la camisa algo raídos y el brillo menesteroso de un saco que ni siquiera había sabido de antiguos esplendores. No podía hablarse de desaliño pero Reiner tenía esa rara particularidad de ciertos tipos que se ven desprolijos aun prolijos. Una falda de la camisa levemente salida del pantalón, el cinto demasiado flojo, el nudo de la corbata laxo y asimétrico. Tampoco podía esperarse mucho de un sueldo de docente, reflexionó el muchacho, instantes antes de que el Profesor volviera hablar.&lt;br /&gt;—Para la mujer misma es un incordio, Borzone —exhaló, doctoral y comprensivo—. Lo digo para que usted no confunda esto con una proclama machista. Para la mujer misma, que ya no es aquella de treinta años atrás. Si la mujer tiene que pegarse un baño cuando regresa del trabajo, calentar la comida que le dejó a medio cocinar la morochita que hace las veces de sierva, lidiar con el pendejo chiquito que ha alcanzado niveles de violencia demencial tras ocho horas de televisión viendo al pelotudo de Chuck Norris, y luego de eso, en los exiguos cinco minutos que le quedan libre antes de que llegue su marido con el bendito ramo de petunias debe vestirse como una diosa del Olimpo o engalanar la casa con guirnaldas de muérdago o bien aromatizar el hogar con incienso de Benarés... entonces estamos cagados, Borzone. Estamos total, definitiva y absolutamente cagados, Borzone.&lt;br /&gt;—Es verdad, es verdad —se atrevió a menear la cabeza Borzone, como para decir algo, incluso como para recordarle al profesor Reiner que él estaba allí, sentado en la silla de al lado y que no se encontraba en el aula de Humanidades junto a los pensadores del mañana.&lt;br /&gt;—Es como el asunto del diálogo —embistió, pausado, Reiner—. Otra bandera permanentemente levantada por el feminismo y también exacerbado por aquellas revistas de las cuales le hablaba...&lt;br /&gt;—El “Claudia”, el “Maribel”...&lt;br /&gt;—El “Chabela”... Publicaciones de índole indudablemente subversiva, Borzone. “Reactive el diálogo en su pareja”...”Resguardemos un espacio para el diálogo”... —Ante cada ejemplo, Reiner trazaba en el aire y frente a sus ojos una franja de supuestos titulares periodísticos, entre sus dedos índice y pulgar, bien separados— ”Enriquezca su vocabulario”...&lt;br /&gt;—Eso era del “Selecciones” —apuntó el Profesor, concediéndole un vistazo con los ojos entrecerrados—. Yo también leía literatura del imperio, no se confunda usted, mi estimado amigo. Un carajo el diálogo, Borzone, otra falacia. Usted habla con su mujer, amante o compañera, los primeros años del conocimiento mutuo. Allí usted le cuenta su vida, sus sueños, sus fracasos, sus desvelos. Le cuenta que tenía una tía que era hemipléjica, que su abuela se cayó en el patio y se quebró la cadera, que un día usted quemó el toldo con una cañita voladora, que tuvo paperas de niño y que eso es bueno porque el día de mañana ese extraño mal no va a regresar a ponerle los huevos en la garganta. Y ella, pobre santa, lo mismo. Ella le contará que escribía poemas, que bordaba al crochet, que guardaba fotografías de Sandro de América. Y ya está Borzone, ya está. Después la cosa, como es lógico, se reduce a comentar los sucesos cotidianos: el nene hoy comió más puré de manzanas, vino el cobrador de Remeros, se quemó la lamparita del pasillo, dijo la radio que hubo incidentes en Urquiza y Ovidio Lagos. Tal vez, ocasionalmente, usted recuerde que esa abuela que se cayó en el patio y se quebró la cadera tenía un escapulario donde guardaba cabellos del general Mitre y agregue eso al informe familiar para contarle a su esposa. Pero lo demás del comentario del día, mi amigo, el comentario del día.¿Ella quiere más diálogo?¿Ella desea e insiste en prolongar los encuentros para charlar? Muy bien, muy fácil. Que se vaya, Borzone, que se vaya por un par de semanas. O váyase usted Borzone, váyase por un par de semanas que cuando vuelva seguramente ella le dirá: “¡Vos no sabés todas las cosas que tengo para contarte!. Y será así, seguramente, Borzone. ¿O no ha venido muchas veces su novia y le ha dicho: “Hoy me encontré con Rosita y estuvimos charlando como tres horas porque hacía casi dos años que no nos veíamos”. Pero si usted se ve mañana tarde y noche, Borzone, que no esperen, que no esperen un lúcida composición sobre la obra poética de José Pedroni ni una esclarecedora teoría sobre las constelaciones boreales —Reiner había elevado la voz y, por primera vez, su tono dejaba de tener un atisbo de displicencia amarga para dejar paso a una cierta furia contenida—. El eterno mito de la conquista permanente. La guerra popular prolongada, muchos Vietnam, la frase que proclamaba el general Mao y que algunos trasnochados solían escribir a escondidas de la policía en las paredes del barrio Refinería, Borzone. Que así le fue a Mao, al muro de Berlín y a la pared del barrio Refinería. EL bíblico castigo de la conquista permanente. Mi mujer solía pedirme eso, Borzone. “De vez en cuando —decía pobrecita— podrías tratarme como una novia. Sacarme a pasear, regalarme flores.” “Muy bien —le decía yo—. Si querés un tratamiento de novia, vivamos cada uno en su casa, hablemos un par de veces a la semana por teléfono y salgamos los sábados a la noche”. ¡Pero ella quería el tratamiento de novia con las prerrogativas de la esposa! Flores y paseo, pero también convivencia y manutención. Ésa es la ambición femenina, mi estimado. Ésa es.&lt;br /&gt;Borzone se quedó un tanto callado, frunciendo la boca, mordisqueándose la carne interna de las mejillas, pensativamente y un poco herido. Aún permanecía sentado algo alejado de la mesa, como sin decidirse a integrarse definitivamente a ella, los brazos caídos con las manos entrelazadas entre las piernas. Igual como cuando había llegado—entusiasmado por la decisión flamante—a contarle al profesor Reiner que iba a casarse con Stella. Había pasado tarde por La Sede, rumbo a su casa, y lo había visto sentado, solo, en una de las tres únicas mesas ocupadas. No sabía que el Profesor era un parroquiano también nocturno de ese local. Solían encontrarse a menudo en la Mesa de los galanes, pero a la tardecita, y en grupo. Allí el profesor hablaba apenas (cuando no decidía aislarse en alguna otra mesa, huraño), tomaba café y lucía menos marchito y verdoso que ahora, algo deteriorado y con un vaso de whisky barato frente suyo.&lt;br /&gt;—¿A usted qué le parece? —murmuró Borzone.&lt;br /&gt;—Así es la cosa, mi estimado.&lt;br /&gt;Borzone se tocó la barbilla. Y volvió a enarcar las cejas escéptico.&lt;br /&gt;—Es que.. —dijo— cuando uno está enamorado...&lt;br /&gt;—El enamoramiento, Borzone... —Reiner había recobrado su tono neutro y doctoral, de mirada vaga—, es un noventa y cinco por ciento de calentura. Tenga en cuenta esos porcentajes. Y a toda esa calentura le sigue un enfriamiento. Eso es histórico. Al mismo planeta Tierra le ocurrió eso, es un proceso físico.&lt;br /&gt;—Pero, en este caso, Profesor... —se animó Borzone—, se imaginará que tanto mi novia como yo no llegamos vírgenes al matrimonio.&lt;br /&gt;—Los dinosaurios desaparecieron con dicho enfriamiento.&lt;br /&gt;—Ni tampoco llegamos sin saber cómo pueden resultar las relaciones sexuales entre nosotros. Aquellos tiempos de llegar vírgenes al matrimonio, creo, han quedado en el olvido.&lt;br /&gt;—Grandes animales los dinosaurios.&lt;br /&gt;—Por lo tanto, no pienso que sea sólo una cosa de calentura como usted dice.&lt;br /&gt;Reiner aspiró una pitada larga de su cigarrillo.&lt;br /&gt;—La calentura, Borzone —pontificó—, es un recurso natural no renovable, como el petróleo. Anótelo en algún cuaderno: Recurso Natural No Renovable… ¿Cuánto hace que conoce usted a esta señorita?&lt;br /&gt;—¿Mi novia? Más de un año.&lt;br /&gt;—Más de un año. Una nimiedad en el permanente devenir del cosmos, Borzone... —alertó el Profesor—. ¿Usted recuerda cuándo fue por primera vez a la cancha?&lt;br /&gt;—Sí... —vaciló Borzone, confuso y sorprendido por el cambio de tema—. Jugaban Central y Gimnasia, creo. No soy muy fanático del fútbol.&lt;br /&gt;—Muy bien. Pero se acuerda. ¿Usted recuerda cuándo fue por primera vez al Hollywood Park?&lt;br /&gt;—¿A dónde?&lt;br /&gt;—Perdón, a un parque de diversiones...&lt;br /&gt;—Sí...Yo tendría cinco años, me llevó mi viejo a un parque muy rasca de Pellegrini y...y..&lt;br /&gt;—Y Vera Mujica.&lt;br /&gt;—Y Vera Mujica.&lt;br /&gt;—Siempre paran ahí. Muy bien. ¿Usted se acuerda, Borzone, de la segunda vez que fue a la cancha?&lt;br /&gt;—N... no... Pero, le dije, no soy muy fanático.&lt;br /&gt;—No importa, no importa. Con seguridad no recuerda cuándo fue por segunda vez a la cancha, ni por tercera ni por quinta. Como tampoco recordará cuándo fue por octava vez al parque de diversiones. ¿Por qué? Porque hay una primera vez que se recuerda porque fue la primera. Después vienen la segunda, la tercera, la octava, la trigésima novena, la mil, el infinito, la nada. Para eso inventaron los números los chinos, Borzone. Para saber cuántas veces se acostaban con sus mujeres. Chinas, por cierto. Después, uno deja de contar, amigo mío. Se cansa, se olvida. A menos que usted se tome el trabajo de ir haciendo marcas en la pared, como los presos. No hablemos de un año y pico, como usted me dice. Hablemos de ocho años, de quince años, de veinticinco años, Borzone. Hasta el momento en que usted descubre que, antes de acostarse con su mujer entrañablemente querida, prefiere acostarse con esa módica y mediocre señorita que está pasando por allí enfrente, obsérvela, por la vidriera de la sandwichería.&lt;br /&gt;—Si usted conociera a mi novia... —casi se sonrojó Borzone, acomodándose el pelo—, tal vez opinaría de otra forma.&lt;br /&gt;Por segunda vez, quizás, Reiner lo miró, curioso.&lt;br /&gt;—Es muy linda... —se animó el muchacho—. Bah, al menos a mí me parece muy linda... —corrigió después, como avergonzado de su presunción.&lt;br /&gt;—Con ese criterio, Borzone —volvió a mirar hacia el infinito Reiner—, nadie se separaría de las mujeres espectaculares, de las divas del espectáculo. Y la historia del biógrafo, por ejemplo —reiteraba su predilección por recurrir a palabras perimidas—, está llena de casos donde virtuales sacerdotisas del sexo, codiciadas por media humanidad, tanto más bellas que su enternecedora novia, perdone mi crudeza Borzone, han sido abandonadas por sus parejas. ¿O no es así?&lt;br /&gt;Borzone asintió con la cabeza.&lt;br /&gt;—Ocurre que tal vez a usted le gusten, le enloquezcan, las milanesas a la napolitana, mi estimado amigo —planteó Reiner, como quien expone los fundamentos de un nuevo teorema matemático frente a una clase—. No hay comida en el mundo que pueda apetecerle más que una buena milanesa a la napolitana. Correcto. Pues bien. La sociedad, entonces, le impone comer, de aquí en más, todos los días, cada tres, o con la periodicidad que a usted le plazca, Borzone, sola, única y exclusivamente milanesas a la napolitana. Por los siglos de los siglos. Muy bien...con el paso del tiempo, de los años, de los lustros, Borzone, usted va sintiendo nacer en su ser un extraño e irreprimible deseo de comer tallarines. Acude entonces a un psicoanalista, que le recomienda variar el menú, sin abandonar la milanesa. Enriquecerlo, le dirá. “Cómo mantener ardiendo la llama de la pasión física”, arengará la revista “Chabela”. Le recomendarán, de esta forma, comer la milanesa con más orégano, con menos orégano, con ajo, con puré, con mermelada de durazno, con pimienta negra, sin la pimienta... Pero usted, Borzone, sentirá que quiere comer tallarines. Tallarines, mi amigo, tallarines.&lt;br /&gt;—Sin embargo —Borzone, golpeteando muy quedadamente con su dedo mayor sobre el filo de la mesa se animó a plantear un frente de discordia—, un tío mío hace como cuarenta años que está casado con la misma mujer y afirma que tiene muy buen sexo.&lt;br /&gt;Reiner se ajustó los lentes sobre el puente de la nariz.&lt;br /&gt;—Había un personaje en un libro de Huxley —dijo, entrecerrando los ojos—, no sé si era en Contrapunto o en Un mundo feliz —y mi falta de memoria no es para asombrar a nadie porque yo ya no me acuerdo si el Viejo Vizcacha está en el Martín Fierro de José Hernández o en Bases de Juan Bautista Alberdi—, había, le decía, un personaje en un libro de Huxley, que sostenía que San Francisco de Asís no lamía las llagas de los ulcerosos porque fuera un hombre piadoso o caritativo, Borzone, nada de eso. Lo hacía porque era un pervertido. Un pervertido. Eso decía ese personaje de Aldous Huxley sobre San Francisco de Asís. Y esto explica lo de su tío. Hay perversiones, Borzone. Hay perversiones... Véame a mí, sin ir más lejos, Estudie este rostro —Reiner se señaló la cara—. Observe esta calvicie tapizada de lunares oscuros, esta piel macilenta, estas ojeras, esta papada que me cuelga bajo el mentón, estos pelos que pugnan por escaparse de mis orejas...Y le estoy mostrando, apenas, la punta del iceberg, Borzone. Usted, Dios sea loado, no me ha visto en bolas. Una piel pálida, unos pechos caídos y fláccidos, un vientre prominente, unas piernas escuálidas y averrugosas con atisbos de várices... —fue bajando el tono de su voz como si la sola enumeración de sus atributos físicos lo llenara de desagrado—. Por no hacer mención de zonas más íntimas y recónditas, mi querido amigo. Muy bien, muy bien, muy bien... Si el día de mañana viene mi mujer y me dice: “Me inspira realmente repulsión el solo hecho de tocarte”, yo habré de entenderla perfectamente. Si me dice: “Te quiero mucho pero me da cierta repugnancia acostarme contigo”, puedo llegar a aplaudirla incluso a comprenderla. Yo tengo espejo, Borzone, no lo olvide.&lt;br /&gt;Reiner abrió un paréntesis, que no duró mucho.&lt;br /&gt;—Y si ella viene un día y me informa —continuó—: “El muchacho morocho y hercúleo que atiende en la granja de la esquina me invitó a pasar una noche con él”..¿Qué puedo yo decirle, amigo mío?... ¿Qué no vaya?... ¿Que no se dé ese gusto? Si yo la quiero realmente, si la aprecio, si la estimo, si la amo. ¿Voy a privarla de esa satisfacción? Al contrario, debo ir hasta la granja de la esquina y dejarle una propina a ese muchacho que hace feliz a mi señora. Si la quiero realmente, si la quiero...&lt;br /&gt;Cortó allí, bruscamente. Borzone torció la boca.&lt;br /&gt;—Usted, Profesor —dijo—, parece tener poco sentido de la posesión. Ser un hombre poco posesivo.&lt;br /&gt;Reiner agitó una mano frente a su cara.&lt;br /&gt;—No se confunda —desdeñó—. Lo que pasa es que procuro ser un hombre razonablemente posesivo. Oponerse a la propiedad es estar en contra de la condición humana. ¿Le ha dado usted un sonajero a un bebé y luego ha tratado de quitárselo? Ya verá usted cómo llora, patalea y se desgañita para conservarlo. Y le estoy hablando de un bebé al que todavía no hemos tenido tiempo de contagiarle nuestra codicia ni nuestra mezquindad. ¡Conozco hombres mayores de cuarenta años que todavía andan por la calle con el sonajero aferrado a la mano para que no se lo quiten! Por eso siempre me hizo reír mucho la estúpida pretensión del comunismo de terminar con la propiedad privada. Déle usted a un perro una pelotita de goma y luego intente sacársela. Y son perros que han leído a Marx, créamelo.&lt;br /&gt;Borzone dejó escapar un silbido casi inaudible.&lt;br /&gt;—Pero... —probó de nuevo, estoico—. ¿A usted le parece tan probable que su mujer, su esposa hipotéticamente hablando, una persona mayor digamos, consiga tan fácilmente que el joven musculoso de la granja de la esquina la invite a pasar una noche con él? ¿O usted mismo, Profesor considera probable que alguna jovencita le brinde lo que ya no le brindaría, por ejemplo, una mujer... por decirlo de alguna manera...antiestética?&lt;br /&gt;—El profesorado argentino —Reiner miró a los ojos a su interlocutor—, el magisterio, el Ministerio de Educación, Borzone, me ha recompensado durante años con una importantísima porción de su presupuesto, con sueldos generosos, verdaderas fortunas, para que yo, el día de mañana, jueves para ser más preciso, le pueda pagar a una profesional del amor lo que corresponde, mi estimado.&lt;br /&gt;Los dos hombres quedaron un instante en silencio. Se escuchaba, apenas, desde detrás de la barra, algún entrechocar de pocillos y algo de la música funcional.&lt;br /&gt;—¿Qué hago entonces, Profesor? —Borzone optó por un matiz casi humorístico.&lt;br /&gt;Reiner, esta vez sí torció la cabeza semicalva para mirarlo fijamente, estudiándolo, como sopesando si el joven era merecedor de recibir un mandamiento. Volvió luego de acomodarse escrutando al frente y dejando escapar el aire largamente contenido en sus pulmones.&lt;br /&gt;—Escúcheme, Borzone, escúcheme con atención —solicitó—. Y mañana, cuando mi cuerpo sea vapuleado, apedreado, lapidado en la plaza Pinasco, recuerde esta enseñanza que hoy le dicto y que está en medio siglo adelantada a nuestra cultura y a nuestra comprensión...&lt;br /&gt;Borzone frunció el ceño, curioso.&lt;br /&gt;—La base del matrimonio, Borzone... —recitó lentamente el profesor—, la base del matrimonio, es la infidelidad.&lt;br /&gt;Borzone se quedó callado, acompañando el silencio de Reiner quien daba tiempo con esa pausa, a que el impacto conceptual de sus palabras drenara perfectamente a través de la corteza cerebral de su interlocutor.&lt;br /&gt;—Sin la infidelidad, Borzone —prosiguió Reiner—, el noventa y nueve por ciento de los matrimonios volaría en pedazos a los pocos años de convivencia. Sin esos escapes de presión, sin esos paseos, minúsculos tal vez, por las regiones de la variedad y el cambio, ningún hombre, al menos, soportaría la rutina y el aburrimiento. Sin esos atisbos de libertad, sin esos engaños, esos remedos de independencia, nadie podría aguantar la repetición, los días calcados, la cadena de montaje. Porque, además, Borzone... —el Profesor juntó los dedos de su mano izquierda frente a sus labios como buscando una palabra, o fuerzas para decirla— ¿quién carajo dijo...? —golpeó con la palma de la mano sobre la mesa en un estallido iracundo que sobresaltó a los presentes— ¿Quién carajo estableció que un hombre tiene que tener sexo con una sola mujer? ¿Quién lo dijo, Borzone?&lt;br /&gt;El muchacho pestañeó repetidas veces. No sabía muy bien si se trataba de una pregunta o si era sólo una pausa efectista del Profesor en su discurso.&lt;br /&gt;—Bueno... —se animó a silabear—, uno de los diez mandamientos dice: “No desearás a la mujer del prójimo”...&lt;br /&gt;Reiner lo miró con infinita condescendencia.&lt;br /&gt;—Borzone...Borzone..—suspiró—, yo pensaba que estaba entre gente inteligente. Francamente. Que Dios le conserve esa ingenuidad de niño. Esto es como si a mí, a mí, me notificaran que el Club Atlético Provincial ha dispuesto que los socios no tengan acceso al natatorio...&lt;br /&gt;Borzone lo miró, inquisitivo.&lt;br /&gt;—Y yo soy socio del Club Atlético Provincial, Borzone —sonrió forzadamente el Profesor—. Yo no soy socio del Club Atlético Provincial, ni nunca lo he sido.&lt;br /&gt;Reiner se quedó callado, observando la calle semivacía a esa hora de la noche. Borzone se mordisqueaba los labios, lastimados por el tratamiento recibido. Admiraba al Profesor pero, sin duda, Reiner, quizás debido al whisky consumido, había caído en la desubicación de enumerar temas muy poco oportunos para ser desarrollados ante un joven que se le había acercado, jubiloso, a contarle, una tanto intempestivamente, su decisión de contraer matrimonio. Juzgó cobarde, casi una deslealtad hacia Stella, no ofrecer resistencia.&lt;br /&gt;—Es que... —buscó el argumento—no me parece muy lógico, digamos, estar junto a una mujer, mujer que uno, además ha elegido, para estar permanentemente pensando, o corriendo, detrás de otras.&lt;br /&gt;—No tiene por qué ser permanentemente —chasqueó los labios Reiner—. No tiene por qué ser permanente.&lt;br /&gt;La actitud conciliadora del profesor envalentonó a Borzone.&lt;br /&gt;—Casi le diría... —arremetió—, me parece una postura de enorme cinismo.&lt;br /&gt;—Borzone... Borzone... —el Profesor miraba la calle y por eso, a veces, costaba escucharlo—, Borzone...eso es como si estuviéramos jugando al truco y usted me acusara de mentir...¡Cuando el juego del truco se basa en la mentira, mi estimado! —otra vez la palmada sobre la mesa y un nuevo respingo general—. Usted pretende meter un hipopótamo en una caja de zapatos y no quiere que el animal se queje, Borzone. Tome usted a un gato, métalo en una pescadería y hágale jurar que sólo comerá pejerrey de río. Luego comience a pasarle frente a las narices, bogas, salmones, dorados y truchas arco iris, Borzone. Entonces, cuando sorprenda al pobre gato hincándole el diente al sábalo, acúselo de cínico y de no cumplir su palabra, acúselo de eso.&lt;br /&gt;Otra vez el silencio. Por un momento Borzone percibió de nuevo la música ambiental, alguna risa lejana, el ruido de los autos en la calle.&lt;br /&gt;—Siempre queda el recurso de no casarse, Profesor... —arriesgó, tenaz—. Nadie nos obliga.&lt;br /&gt;—En eso tiene razón... —Reiner se apretó los ojos hacia adentro, con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda—. Pero usted cásese, Borzone. Es lindo. Eso sí, no se olvide de mis indicaciones...&lt;br /&gt;—También puede mantenerse la independencia, como en su caso.&lt;br /&gt;Reiner soltó una risita que lo sacudió mínimamente en el asiento.&lt;br /&gt;—¿Mi caso?&lt;br /&gt;—¿Por qué?&lt;br /&gt;—Pero...Separado... ¿O sigue casado?&lt;br /&gt;—Sigo casado. ¿Qué le hace pensar que no?&lt;br /&gt;Borzone se encogió de hombros.&lt;br /&gt;—No sé, tal vez la hora. Verlo acá, solo. Se me ocurrió que por ahí estaba haciendo tiempo para ir al cine... —mintió. No quiso mencionar el sutil desaliño en el vestir, el poco cuidado del cuello de la camisa&lt;br /&gt;—Mi mujer es enfermera —dijo Reiner—. Vuelve bastante tarde. Yo, es verdad, hago tiempo...&lt;br /&gt;—Por otra parte... —buscó un tono cordial, el muchacho—, sus teorías sobre la pareja me hacían pensar que...&lt;br /&gt;—A mí me derrotó el confort, Borzone... —la voz de Reiner era casi inaudible—. Como en el viejo chiste, a mí no me venció la CIA, a mí me derrotó el General Electric. Yo, ahora, vuelvo a mi casa, abro la puerta y huelo a pollo a la cacerola. Y adentro está cálido, porque mi mujer ya prendió el calefactor y la cocina. Y se escuchan ruidos, hay luz, está prendido el televisor: a veces, la radio. Y eso es importante, mi estimado, créame que es importante...&lt;br /&gt;Esa imagen, algo desteñida del Profesor, alentó a Borzone.&lt;br /&gt;—No me habla de sentimientos, Profesor. Me habla de confort.&lt;br /&gt;—De vivir mejor le hablo, Borzone. Abrir la puerta y que haya olor a pollo a la cacerola es vivir mejor. Millones de seres humanos han ido a la guerra con la simple intención de vivir mejor. No es un tema menos, Borzone. Y...por otra parte, la independencia y la soledad son caras de una misma moneda. Vienen en un mismo paquete.&lt;br /&gt;Borzone meneó la cabeza y se puso de pie, no muy convencido.&lt;br /&gt;—Usted cásese, Borzone —recomendó el Profesor, siempre sin mirarlo—. Y aguante el primer topetazo contra la rutina. Ése es el peor momento. Es como atravesar la primera rompiente del oleaje. Después viene el mar calmo. Y después, la rutina se hace rutina, mi estimado amigo.&lt;br /&gt;Es así de simple.&lt;br /&gt;Borzone salió a la calle. Hacía frío. Clavó las manos dentro de los bolsillos del pantalón. No sabía muy bien si había sido una decisión oportuna entrar a conversar con Reiner. Pero ya estaba hecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;De "Una lección de vida y otros cuentos"&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8677365372047037606-6297238713808463020?l=seleccionnegra.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/feeds/6297238713808463020/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8677365372047037606&amp;postID=6297238713808463020' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/6297238713808463020'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8677365372047037606/posts/default/6297238713808463020'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://seleccionnegra.blogspot.com/2007/12/una-leccin-de-vida.html' title='Una lección de vida'/><author><name>fede87bis</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13016170275922788698</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8677365372047037606.post-974638701439042525</id><published>2007-12-22T07:29:00.000-08:00</published><updated>2008-01-02T20:52:43.835-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Relato'/><title type='text'>Una playa desierta</title><content type='html'>¡La cara! ¡La cara que puso el imbécil de Contreras! Creo que viví toda mi vida sólo para ver la cara que puso ese hijo de mil putas.&lt;br /&gt;Para ser sincero, no fue que se transfiguró o que se le saltaron los ojos de las órbitas, pero yo noté, noté como si de repente se le hubiese agolpado toda la sangre debajo de los mofletes, alrededor de los ojos, como si lo hubiesen inflado desde adentro. Observé, sí, dentro del cuidado que puse para no mirarlo demasiado, que le latía una venita en el cuello, azul la venita, casi verde, como una luz intermitente de alarma. Se puso morado, es cierto. Y se la comió, no dijo nada.&lt;br /&gt;Es que él estaba muerto con ella, con Adriana –ya puedo llamarla Adriana-, aunque se hacía el fruncido, el contenido, y nunca comentó nada.&lt;br /&gt;Pero se le notaba. Las veces que íbamos a almorzar al “Freddy” no le sacaba la vista de encima. Se sentaba incluso de frente a ella para poder mirarla.&lt;br /&gt;Me di cuenta un día en que, al llegar ella con la petisita esa que siempre la acompaña, Contreras se cambió de asiento con el pretexto de que había un reflejo que lo molestaba. Contreras no es Goñi, por supuesto, Goñi, en cambio, no dejaba de hablar de Adriana.&lt;br /&gt;-Mirá, mirá cómo se vino hoy –me anunciaba a veces entredientes, agitado, tapándose la cara como para disimular cuando su actitud era obvia para todos-. Mirá como se vino la guacha ...&lt;br /&gt;Y yo optaba por una posición intermedia. Tiraba un comentario al pasar, como para no dejar pagando a Goñi, pero no me excedía en adjetivos, algunos de los cuales le caían bastante mal al amargo de Contreras. Goñi es un exagerado, es cierto, pero la verdad es que a veces Adriana aparecía por el boliche y parecía una diosa. Siempre elegante, nunca de sport, pero invariablemente provocativa, ya sea por las polleras bien cortas, o por el cuello del saco sastre bastante escotado. Un día Contreras no aguantó más y la calificó con una palabra rebuscada.&lt;br /&gt;-Inquietante –murmuró, acompañado, esa vez sí, alguna de las opiniones más frescas y contundentes de Goñi.&lt;br /&gt;-Rebuena la guacha –había dicho Goñi, casi desplomándose sobre la mesa.&lt;br /&gt;Y no sé si decir que Adriana es linda. Es rara. Es interesante. De esas narigonas tetonas de piernas largas que, como dijera Contreras, inquietan. Siempre había un pequeño revuelo en el “Freddy” cuando llegaba ella con la petisa. Un murmullo entre las mesas de hombres, un cabeceo, un girar de cabezas al unísono.&lt;br /&gt;Lo disfruté desde el primer momento, cuando la cosa se dio bien. Tenía de alguna manera que transmitírselo a Contreras en forma no explícita, sino como algo artero, tangencial, oblicuo. Pensé durante todos esos días previos cómo pegarle la puñalada de la forma en que más le doliese. Quería ver si mantenía, después de saberlo, esa misma cara de satisfacción reprimida e hija de puta que puso la vez aquella, hará dos años, en que me negó los tres días de vacaciones. Durante los 20 minutos que duró esa reunión intentó mantener una expresión neutra y profesional de empleado jerárquico que simplemente conversa con uno de sus subalternos, pero yo le advertía adentro, muy adentro, el goce propio del malparido que goza con su poder.&lt;br /&gt;No podía ir, entonces, y contárselo de buenas a primeras, sin mediar un tema que justificara la información, porque después de todo lo nuestro no era una amistad sino una simple relación de trabajo.&lt;br /&gt;Venía con nosotros de tanto en tanto a almorzar, porque éramos pocos y, de no ser así, tenía que comer solo como un perro. Sin embargo, cuando Wulfsohn se quedaba en la oficina (y no tenía ningún almuerzo de trabajo) bien que Contreras prefería irse con él a comer un bife con ensalada al Riviera o al Mercurio.&lt;br /&gt;Supe, entonces, que podía sacar el tema con el apoyo involuntario de Goñi. Aparte, Goñi lo detesta a Contreras y sin duda le iba a complacer hacerlo mierda. Goñi no soporta la formalidad de Contreras, su pulcritud, esa permanente corrección, el hecho de que no diga malas palabras ni hable de fútbol.&lt;br /&gt;Cuando Contreras bajó, entonces, y se quedó abajo controlando lo de Bisleri Hnos. me di cuenta de que había llegado el momento. Lo llamé a Goñi y le pedí todo lo pendiente sobre la cuenta de Isurrieta.&lt;br /&gt;-¿Para qué lo querés todo? –me preguntó Goñi-. Es muchísimo. ¿Tenés que adelantar?&lt;br /&gt;-Sí –le dije. Hasta ese momento Contreras ni nos miraba, sentado en el escritorio de Resquín.&lt;br /&gt;-¿Te vas de vacaciones? –siguió Goñi.&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;-Ah, que pícaro... Ahora te lo traigo... –pero antes de irse se volvió para preguntarme, invasor-. ¿Te vas solo?&lt;br /&gt;Goñi sabía que soy soltero. Y que me había peleado con Ana hacía ya más de cuatro meses. Aguanté un poco la respuesta, como para crear la duda, y de paso observé de reojo a Contreras, que había parado la oreja.&lt;br /&gt;-Sí... Sí... –ése era el momento crucial. Si Goñi se daba vuelta y se iba, tendría que buscar otro recurso. Pero lo conozco demasiado a Goñi.&lt;br /&gt;-¿O te vas con alguna minita, Albertito, decime la verdad? –me pinchó Goñi. Amplié una sonrisa muda y meneé la cabeza, sin contestar. Intuí que Contreras me estaba mirando.&lt;br /&gt;-Te vas con una minita, hijo de puta –se rió Goñi, señalándome como a un delincuente. Como los grandes escualos, Goñi había olfateado la sangre y yo sabía que no soltaría la presa-. Te vas con una minita. Decime, contame... ¿Con quién te vas? –se me había acercado hasta casi tocar mi nariz con la suya. Me retiré un poco, como molesto, lo suficiente como para que se justificara hablar en voz alta.&lt;br /&gt;-No la conocés –mentí.&lt;br /&gt;-No la conozco.&lt;br /&gt;-Bah, sí... la conoces...&lt;br /&gt;-¿La conozco? –se exaltó Goñi. Pensó un instante-.&lt;br /&gt;¡Lucrecia! –aventuró. Lucrecia era una compañera de trabajo mas fea que un culo. El “Pacu” le decían los muchachos de empaque. Mire a Goñi con cara de ofendido.&lt;br /&gt;-No...No...&lt;br /&gt;Goñi se quedó callado, expectante. Y Contreras también, ya ni siquiera fingía estar trabajando y me miraba.&lt;br /&gt;-Adriana –dije.&lt;br /&gt;-Adriana... ¿Quién es Adriana? –balbuceó Goñi, y con el costado del ojo advertí que Contreras palidecía.&lt;br /&gt;-La flaca, la narigona que va al “Freddy”. Que almuerza siempre con la petiza –agregué, como si fuera necesario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La verdad es que ni yo lo podía creer. Lo cierto es que me costó mucho decidirme a encararla. Nunca he sido muy suelto para atracar minas.&lt;br /&gt;Pero ese día apareció sola en el boliche. Sin la petisa. Y se sentó a una mesa en compañía de un libro, La inteligencia emocional.&lt;br /&gt;Supongo que, como a casi todas las mujeres, le jodía comer sola pese a que era clienta del boliche y los dos mozos la conocían. Era, indudablemente, el momento. Y yo, el hombre indicado para aprovecharlo. Goñi me lo hizo saber, aumentando la presión, argumentando que él se marginaba de la competencia ya que era casado y que, además, no estaba a ese nivel. Contreras no había ido ese día y, por otra parte, también era casado y notablemente temeroso de lo que pudiera decirse de él.&lt;br /&gt;Había mas candidatos, sin duda, en las otras mesas, pero muchos almorzaban con compañeras de trabajo que sabían que ellos tenían esposas e hijos, situación que los paralizaba. Y algún otro aspirante, quizás, desconocido, al cual habría que adelantarse. No tomé el café, incluso, por el apuro y los nervios y, cuando ya salíamos con Goñi, me paré junto a la mesa de ella y le hice la más imbécil de las preguntas.&lt;br /&gt;-Perdoname –dije-. ¿Estás leyendo ese libro?&lt;br /&gt;-Lo estoy terminando –contestó ella, con una sonrisa.&lt;br /&gt;-Ahh... ¿Y qué te parece?... Porque lo estaba por comprar y...&lt;br /&gt;-Mirá... –frunció ella la boca, pensativa, adoptando un gesto de crítico literario. Al tiempo, señaló vagamente la silla desocupada de su mesa.&lt;br /&gt;Dije “permiso”. Y me senté. Lo demás fue fácil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo, todo demasiado fácil. No estaba casada, ni de novia, ni nada. Accedió inmediatamente a tomar un café ese fin de semana. Hablaba, se reía y me trataba con una soltura como si me hubiese conocido de años. Comentamos algo sobre nuestras ocupaciones, sobre el cansancio que genera el trabajo. Sobre lo lindo que sería tomarse un descanso. Y se prendió de inmediato en la fantasía de pasar unos días en una playa desierta.&lt;br /&gt;Le dije que eso podía ser realidad. Que a mi se me habían acumulado días de vacaciones, que tenía un buen auto y que podíamos irnos los dos juntos a algún hotelito tranquilo más al sur de Monte Hermoso. Ella incluso propuso Trelew, pero ya me pareció un poco extremo.&lt;br /&gt;Nos poníamos de acuerdo inmediatamente, era como si estuviésemos compartiendo un carrito de una montaña rusa y nos dejáramos llevar por el vértigo desenfrenado.&lt;br /&gt;No hubo sexo, sin embargo. Fue un poco como si diéramos ya por sentado que sucedería, pero no en la ciudad rugiente y cubierta de smog, sino en la abrigada habitación del hotel costero, arrullados por el restallar empecinado del oleaje. Perdonen lo barroco del lenguaje, pero tengo una cierta tendencia al romanticismo.&lt;br /&gt;-Me fascina la piel –le comenté a Contreras, cara a cara, sentados uno frente al otro, cuando él ya parecía haber asimilado a duras penas el golpe y se decidió a preguntarme cómo había sido-. Ese tono dorado, casi sepia. Y las piernas especialmente, muy fuertes, de una persona que ha hecho deportes, me da la impresión. Y usa... usa... –puntualicé, como al descuido- ...una pulserita en un tobillo...&lt;br /&gt;Contreras apretó los labios y supongo que tragaba bilis. Me juego las bolas que él pensaba atracársela. Tiene más guita, mejor coche y, admitámoslo, mas pinta que yo. Es difícil adivinar el gusto de las mujeres pero al menos Marisa y María Elena, de Sueldos, dicen que está “muy fuerte”. Pienso que las obnubila el poder, el hecho de que Contreras sea jefe de ellas. Admito que no luce mal, que el hombre tiene su pinta y está bastante entero para sus 55 años. Sé que hace gimnasia, sale a trotar y juega al golf. La va de fino además, de hombre de mundo, y eso suele emocionar a las mujeres. Pero no puede competir conmigo por algo simple, demasiado simple: no tiene tiempo. Podrá ofrecer una noche de amor clandestino, alguna cita a escondidas a la siesta, tal vez algún fin de semana en Buenos Aires. Pero no muy a menudo tendrá un sábado o un domingo para invitar a una mina a dar una vuelta, lo más piola, por el Parque Independencia, La Florida. O irse al río, a la isla.&lt;br /&gt;Goñi fue, por supuesto, más estentóreo y demostrativo. Se tiró del pelo, zapateó un poco, me puteó un rato largo y, por último, me besó efusivamente en las mejillas y confesó que me envidiaba desde lo más profundo de su corazón.&lt;br /&gt;-Pero no con una envidia sana –se apresuró a aclarar-. Con una envidia puta y enfermiza, la peor de las envidias.&lt;br /&gt;Había preguntado, había exigido detalles por supuesto, luego de verme encarar a la flaca, pero yo le dije que la cosa no había pasado de una charla cordial sobre la inteligencia emocional y que, fuera de eso, no me había dado mucha bola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que siempre soñé, seamos francos. El sueño de cualquier hombre que se precie de tal. Irse diez días a una playa desierta, acompañado por una mina nueva que está buenísima. Cómo ha influido el cine en todos nosotros.&lt;br /&gt;Pensaba en el viaje y la primera imagen que me venía a la mente era la de Adriana y yo caminando por la playa, de pantalones cortos y pullover, acompañado de un perro muy peludo –confieso que no sé de dónde carajo podría haber salido ese perro- en un atardecer un tanto gris y ventoso. Esas playas extensas, anchas, desoladas, agrestes y rectas, en las cuales uno puede caminar y caminar sin detenerse hasta llegar a Tierra del Fuego. Con médanos, pequeñas cercas de madera semipodrida y arbustos achaparrados.&lt;br /&gt;No sé si vi algo así en “Julia”, aquella película donde Jason Robards hacía de Dashiell Hammett y la Vanessa Redgrave era su esposa escritora que se iba a completar una novela a un sitio parecido. Vanessa Redgrave o Jane Fonda, alguna de las dos era la esposa.&lt;br /&gt;O tal vez en aquellas película en blanco y negro de la nouvelle vague francesa, sin música de fondo, donde los intérpretes, siempre preocupados, siempre angustiados por algo, hablaban con monosílabos sólo a intervalos de veinte minutos.&lt;br /&gt;Digamos, nada de playas tropicales con palmeras y gente en catamaranes. Nada de negros bailando calypso bananero, nada de minas en bikini jugando con una pelota enorme. Algo más austral, más profundo, más sensible, más auténtico. Mi segundo pensamiento sobre el viaje era siempre el mismo. Adriana y yo revolcándonos en la cama, haciendo el amor ferozmente en los lapsos libres en que no caminábamos con el perro peludo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tengo una pizca de decepción. Un atisbo apenas, nada serio. Y es en cuanto a lo del sexo. Fue fantástico anoche, sin duda. Adriano es, digamos, sensacional. No diría escultural, porque eso es mucho decir, pero se acerca bastante a las mujeres de las tapas de revistas. Tal vez un poco mayor, en edad. Me dijo que tiene 33, la edad de Cristo, dato muy poco válido porque estaríamos comparando personalidades, ocupaciones y conceptos de vida, en principio, bastante diferentes.&lt;br /&gt;Pero cuando contemplaba por primera vez esos pechos ceñidos, duros, tercos; ese vientre recto, los muslos firmes y casi musculosos, en tanto ella se alistaba para venir a la cama, comprendí que la vida me estaba premiando por algo.&lt;br /&gt;Ya vendrá el momento de averiguar por qué. Tal vez por ese dinero que le presté a tía Haydée para que se comprara el lavarropas.&lt;br /&gt;Un detalle, apenas. Tiene los tobillos un poquito, un poquito gruesos. Adriana, no tía Haydée. Quizás el haberme fijado demasiado en el toque perturbador de la pulserita tintineando sobre su zapato de taco alto me haya hecho pasar desapercibido ese punto. Por lo demás, una diosa. Una potra, como diría Goñi.&lt;br /&gt;A lo que me refiero más que nada, cuando hablo de una pizca de decepción, es al sexo en sí. Estuvo bien, es cierto, y tras repetir la cosa tres veces –y estoy diciendo tres veces- me sentí pleno, realizado y con hambre. Pero ella, digamos, es algo inerte.&lt;br /&gt;Que se entienda bien. Acepta, concede, gimotea incluso; pero es, podría definirse, poco participativa. Un tanto fría. No es divertida, en una palabra, ni se suelta. Como si hubiera aprendido de grande. Ana, por ejemplo, mucho menos dotada físicamente, era más graciosa, más entretenida, más risueña. Ni hablar de Elena, un poco grosera por momentos cuando gritaba barbaridades, pero vibrante, intensa. Desaforada.&lt;br /&gt;Me preocupa un poco la cifra. Tres. Que no piense Adriana que todas las noches será lo mismo. Veremos cuando me reponga. Se durmió enseguida, angelicalmente, tras haberme pedido que bajar al lobby a buscarle un yogur. Esas ocurrencias tiernas me doblegan. Es dulce, francamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me sorprende minuto a minuto. Es una persona altamente espiritual. Canturrea en forma permanente. Dice que adora la música, especialmente el jazz. Y suele ensayas unos pasos de danza, descalza.&lt;br /&gt;Lo hizo mientras me servía el desayuno en la cama. No puedo creerlo. Esta chica ha recibido una enseñanza japonesa, de geisha. Mientras yo dormía pidió el desayuno en la habitación. Y lo decoró ella misma antes de despertarme. Había cortado unas florcitas amarillas muy lindas que crecen en unos canteros en la puerta del hotel y con ellas adornó la bandeja.&lt;br /&gt;No quiero adelantarme a los acontecimientos, pero no puedo evitar el pensar en el mañana, en el retorno a Rosario y la continuidad de nuestra relación con Adriana. Hasta podría pensar en la posibilidad, siempre resistida por mí, de la convivencia. Por ahora puedo decir que aquellos momentos que yo imaginaba antes de venir aquí, se me han cumplido. Your dreams come true, como dicen los yankis.&lt;br /&gt;Ya hemos caminado horas por la playa, cerca del atardecer, tomados de la cintura, ella canturreando canciones francesas y abrigados con gorros y pulloveres.&lt;br /&gt;El que faltó a la cita, hasta el momento, es el perro peludo que yo imaginaba. Aunque supongo, esa escena la vi yo en “Un hombre y una mujer” hace mil años y ya ese perro debe haber muerto. Lo cierto es que no vimos ningún perro.&lt;br /&gt;Y no sólo eso. Ningún ser humano o viviente en la playa, salvo una gaviota que chillaba como enojada. En el pueblito incluso se ve poca gente. Es un caserío apenas, diseminado entre las dunas.&lt;br /&gt;-Una maravilla, una maravilla –repite Adriana, embelesada-. Mucho mejor de lo que yo imaginaba.&lt;br /&gt;En el hotel ella preguntó por caballos. Quiere montar a caballo junto al mar, sintiendo los fríos dedos de la espuma esparcida por el viento tocando su rostro.&lt;br /&gt;Me figuro una escena fuerte, bravía, vital, con nosotros dos cabalgando junto a las olas en la mañana medianamente polar.&lt;br /&gt;El dueño del hotel, un hombre de no menos de 78 años, nos promete que conseguirá caballos. Aunque sea uno.&lt;br /&gt;-Mi reino por un caballo –bromea Adriana. El viejo la mira, absorto. Adriana suele dejar caer esas citas algo intelectuales, que a mí me agradan pero que suelen ser inoportunas porque no elige bien los interlocutores. Lo hizo un par de veces con un mozo de un parador de la ruta, repitiéndole el título de una película de culto. El mozo sólo atinó a decirle que no tenían.&lt;br /&gt;Yo le pregunto al viejo por ciclomotores, boggies, esas motitos con gomas gordas para andar por la arena. El hombre me mira como si le hubiese mencionado un ecógrafo digital simultáneo. No vuelvo a mencionarle el tema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo de hoy fue estremecedor. En todo sentido. Adriana quiere beberse la vida de una solo trago. Me instó a levantarnos bien temprano para ver el amanecer y zambullirnos en el Atlántico. Yo me mostré un tanto remolón pero no puedo evitar su entusiasmo. A las siete de la mañana estábamos de pie, todavía estaba oscuro. Cuando salimos del hotel el frío que hacía era casi invernal, pero propio de un invierno de la taiga rusa.&lt;br /&gt;Ella cruzó la calle hacia la playa dando largas zancadas de bailarina, girando sobre sí misma y cantando. Un par de veces temí que el viento la estrellara contra la pared del taller mecánico que está enfrente. Los granos de arena nos pulían la piel como si fuesen disparados por un soplete gigantesco. Me vi tentado a sugerirle volver.&lt;br /&gt;-Esperemos un poco que calme el viento –le grité, pero el mismo aullido de esa suerte de huracán que venía desde el mar tapó mis palabras. Por otra parte, esperar que calmara el viento no dejaba de ser un deseo infantil. En todos los días que hemos estado aquí el viento no dejó de soplar ni un solo instante, empecinado, terco. Adriana corrió hasta mí, me tomo de la mano y me arrastró hacia el mar.&lt;br /&gt;Me encanta cuando actúa así. Tan natural, tan suelta, tan alejada de falsas hipocresías. El frío me despejó el sueño que tenía, pese a que había dormido bien.&lt;br /&gt;Debo decir que hemos reducido un tanto nuestra actividad sexual, luego del primer encontronazo incentivado por la curiosidad y la calentura. El paisaje del mar que vi esta mañana, iluminado apenas por la franja naranja que iba creciendo desde el horizonte, me recordó una película noruega que viera años atrás, donde un submarino alemán naufraga en el gélido mar del Norte.&lt;br /&gt;Nos sentamos en cuclillas sobre la arena frente a aquel espectáculo. Yo recibía cada tanto sobre la cara el impacto de gotas congeladas que disparaba el viento y me pegaban con la fuerza de gomerazos.&lt;br /&gt;-Qué bello... qué bello... –murmuraba Adriana, a mi lado. En un momento, la vi llorar. No supe si era por efecto de la emoción del momento, por el viento en los ojos que tanto suele molestar a los ciclistas, o por el frío que nos atería. De una forma u otra, en ese instante, la amé de verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pedí que suprimiera el desayuno en la cama. Es muy incómodo, siempre temo que se me vuelque el café sobre las frazadas y además se llena de migas entre las sábanas. Por otra parte, el olor de esas florcitas silvestres con que ella adorna la bandeja al secarse, es bastante repugnante y me hace doler la cabeza.&lt;br /&gt;Lo entendió perfectamente. También me agrada eso de ella. Es comprensiva. No intenta imponer su criterio a rajatabla. Le pedí que desayunáramos abajo, con los otros clientes del hotel.&lt;br /&gt;De todos modos hay muy pocos. Un viajante de comercio que come solo, otro hombre grande y una pareja de viejitos alemanes, muy amables. Al menos, entre ellos.&lt;br /&gt;También desayunó ayer un extraño personaje, alto, pelado, al que le faltaba un brazo, pero hoy al mediodía ya no estaba.&lt;br /&gt;El dueño del hotel tiene una prima, una señora de unos 68 años, que permanece mañana, tarde y noche mirando televisión abajo. Cuando no mira televisión, lee diarios viejos. Propuse a Adriana irnos de una escapada hasta Monte Hermoso, cenar en algún restaurante con otra gente, tomar un café en algún bar céntrico.&lt;br /&gt;-Soy egoísta –me dijo ella-. Te quiero sólo para mí.&lt;br /&gt;Y me desarmó. Me llevó también de nuevo, a ver el amanecer a la playa. Estaba un poco más frío y ventoso que la vez anterior y vimos aguasvivas que parecían tiritar sobre la arena.&lt;br /&gt;Pero en esta ocasión Adriana redobló la apuesta: insistió en que nos metiéramos al mar. Sin esperar a que yo le contestara, corrió y se internó en las aguas oscuras con la poética determinación de Alfonsina Storni.&lt;br /&gt;Yo intenté seguirla, paso a paso. Aunque ya van dos noches en me he llamado a sosiego, de tanto en tanto ella me hace referencias elogiosas hacia mi virilidad. No podía, entonces, negarme a entrar al mar, con la tonta excusa del congelamiento. Al primer contacto con el agua sentí como si en los pies me pegaran martillazos. Como si alguien con un pico me asestara golpes en los empeines. Mil puntazos agudos después en las canillas, un dolor penetrante en las rodillas y una sensación terrible de que los muslos estaban clínicamente muertos cuando el agua, torpe e invasiva, me alcanzó el borde inferior de la malla.&lt;br /&gt;No encuentro palabras, simplemente, para describir lo que sentí cuando el primer cachetazo de hielo líquido me golpeó en los testículos, pese a mis saltos desesperados para evitar que me alcan
